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La verdadera historia de la muerte del bandolero Andrés López Muñoz, "Curro Jiménez"

epidemiacolera1885

Capturar a la partida de este bandolero, famosa por sus saqueos en la Sierra de Cazalla, fue una de las misiones más duras de la Guardia Civil en el siglo XIX.

«Los diarios de Sevilla publican algunos interesantes pormenores sobre el esterminio [sic] de la partida de bandoleros, mandada por el Barquero de Cantillana». Así comenzaba una de las decenas de noticias que, el 17 de noviembre de 1849, publicaba el diario «La Época». El hecho, que apenas ocupaba tres párrafos, casi se perdía entre la ingente maraña de letras y buenas nuevas. Sin embargo, su importancia no podía ser mayor para toda Sevilla. No en vano implicaba que la recién creada Guardia Civil había acabado de una vez por todas con uno de los grupos de cuatreros más crueles de la zona: el dirigido por Andrés López. Un cruel maleante más conocido a día de hoy como Curro Jiménez (el nombre erróneo que le otorgó la pequeña pantalla).

La caza de Curro Jiménez no fue baladí. De hecho, supuso un auténtica prueba para la Benemérita y para los hombres seleccionados para atraparle: el teniente de infantería Francisco del Castillo y el sargento primero de caballería Francisco Lasso. Ambos se vieron obligados a pasar frío y penurias en el monte hasta que lograron dar con el escondrijo del que se había convertido en un auténtico fantasma andaluz. La tarea, con todo, no pudo tener un final más satisfactorio para España entera y para el nuevo cuerpo. Y así lo dejaron patente diarios como «El Observador» en una noticia publicada el 9 de noviembre: «Este suceso ha venido a dar nuevo lustre y especial recomendación al celo infatigable de la G. C. [Guardia Civil] en guardar los mas caros y vitales intereses de la sociedad».

Detrás de la leyenda

Hallar el origen de una de las aventuras más épicas y olvidadas de la Guardia Civil requiere retrasar el calendario hasta los primeros años del siglo XIX, apenas una década después de que nuestra España tuviera que enfrentarse al galo invasor durante la Guerra de la Independencia. Fue en esos años en los que los viejos soldados se arrojaban al monte para no dedicarse a las duras labores del campo en los que nació Andrés López Muñoz en Cantillana (Sevilla). Conocido también por los nombres de Andrés Francisco López Jiménez y Francisco Antonio Jiménez Ledesma. Es el mismo personaje que es conocido a día de hoy con el nombre de ficción de Curro Jiménez, según desveló en una entrevista a ABC en 1988 el antropólogo e historiador Antonio García Benítez.

En principio, López Muñoz era un pobre diablo deseoso de heredar el negocio de su padre. «Pertenecía a una familia de larga tradición en el monopolio del servicio público del transporte en barca fluvial (de una orilla a otra del Guadalquivir a su paso por Cantillana)», explicaba el experto. Sin embargo, sus sueños se truncaron cuando, tras la muerte de su progenitor, solicitó el trabajo al alcalde de la región (Don Antonio). «El Barquero fue despojado de los derechos de arriendo sobre la misma a favor de otro, injustamente», añadía a ABC García. Aquella negativa provocó que el «Barquero de Cantillana» (como posteriormente sería conocido) matara al político.

Tras acabar con la vida del alcalde, nuestro protagonista tuvo que salir por piernas hacia Cazalla de la Sierra, en la Sierra Norte sevillana, para evitar ser capturado por las autoridades. Allí fue donde, al abrigo del monte y bajo la seguridad de la arboleda, el verdadero Curro Jiménez comenzó su particular carrera en el mundo del bandolerismo.

Más pronto que tarde, la barbarie de López empezó a reflejarse en los diarios. Así quedó claro en noticias como la publicada en «El observador» el 23 de noviembre de 1848: «El célebre Andrés López Muñoz (alias el Barquero), natural de Cantillana, desertor de presidio, y de una conducta corrompida desde que lo es, trae a contribución á todas las personas de algún tener de los pueblos de este partido, especialmente del de su naturaleza, donde ha exigido á varios, en distintas sumas, hasta la de unos mil duros, quemando porción de pajares dé los propietarios que no han respondido á sus exorbitantes exigencias».

En el periódico, a su vez, se señalaba que había cometido «semejantes escesos [sic] y en esta semana ha estado dos noches en este y tiene aterrado su vecindario en términos que ninguno se atreve a salir de casa».

Años después, «El clamor público» (un periódico editado entre 1844 y 1864 en Madrid) se hizo eco de las andanzas de López. En un artículo publicado en 1849 explicaba que «los habitantes de las cercanías de Sevilla están en la mayor consternación por los excesos de una cuadrilla de malhechores activos y osados, aunque no numerosos, capitaneados por el célebre forajido Andrés López, hijo del barquero de Cantillana». En este diario se determinaba, por otro lado, que el futuro Curro Jiménez había asesinado a tres mercaderes de paños «a dos leguas y media de la capital en el mes de abril» y había perpetrado varios robos en las cercanías. Uno de ellos, a un «rico labrador de Peñaflor».

A la caza

Para muy mala suerte de López, el auge de su partida coincidió en el tiempo con la creación de la Guardia Civil, nacida en 1844 con la finalidad de proteger a los españoles del bandolerismo y de las corruptelas que asolaban el país. La Benemérita pronto recibió el encargo de acabar con los ataques de las partidas de malhechores entre Sevilla y Huelva. Regiones donde, según desvela el propio cuerpo en su dossier «La Guardia Civil y Curro Jiménez», más abundaban los asaltos a las diligencias: «Eran asaltos a cargo principalmente de la banda de Curro Jiménez, que bajaba de la Serranía de Cazalla a las horas apropiadas». Aquel fue el primer contacto de esta nueva unidad con Andrés López.

Al final, los continuos y molestos robos de la partida de Curro Jiménez llevaron a la Guardia Civil a establecer pequeños destacamentos en las localidades de Castilleja de la Cuesta, Sanlúcar la Mayor y Castilleja del Campo (todas ellas, en Sevilla). Los agentes quedaron a las órdenes, en primer término, del teniente de infantería Francisco del Castillo, pero también del sargento de caballería Francisco Lasso (a quien se nombró comandante de puesto en el segundo de los pueblos nombrados). Su trabajo, como desvela la Benemérita en el mencionado dossier, fue incansable: «Una y otra vez, sobre todo tras los primeros robos cometidos por Curro Jiménez en los carruajes, la fuerza del Puesto sube a la sierra y busca y registra cuevas, simas y grutas».

Fue precisamente en una de estas persecuciones en las que Andrés López demostró que no estaba dispuesto a caer en las manos de la Benemérita al acabar -tras tender una trampa a la Guardia Civil- con el agente Francisco Rieles Bermejo. Una triste muerte que corroboraba José Santos Torres en el artículo «Sevilla y la Guardia Civil» publicado en ABC en 1990.

Con todo, hubo que esperar hasta 1845 para que el bandolero se enfrentara a lo grande contra el cuerpo en su misma Cantillana. Aquella jornada, según explican Antonio de Quevedo y José de Sidro en «La Guardia Civil. Historia de esta institución y de todas las que se han conocido en España con destino de la persecución de malhechores, desde los tiempos más remotos hasta nuestros días», el «Barquero de Cantillana» hirió severamente a dos agentes. En las palabras de estos expertos, su actuación logró incluso acabar con la partida de Curro Jiménez: «Fue alcanzada y abatida una partida de criminales, resultando heridos el sargento segundo Victoriano Santibáñez y el guardia Cristóbal Dorado». Una ligera exageración, pues Andrés López logró escapar y -tras algún tiempo- volver a su camino de violencia.

El combate en Cantillana demostró a los bandoleros de Curro Jiménez que no les iba a resultar sencillo eludir a la justicia. Para este malhechor, el teniente Castillo y el sargento Lasso se convirtieron en sus particulares demonios.

La incansable persecución llevada a cabo por estos dos Guardias Civiles provocó un nuevo enfrentamiento en 1846. «Castillo y Lasso, que una vez más le siguen el rastro, le encuentran, le tirotean y le persiguen. La partida de Curro, para terminar con la persecución, se aposta y espera protegidos en el terreno. Cuando llegan los guardias disparan sus trabucos y reanudan la huida. Quedan heridos el sargento Lasso y el guardia de infantería Manuel Toribio. Después, por algún tiempo, no se oye hablar de la partida», se explica en el dossier elaborado por la Guardia Civil.

El continuo acoso de Del Castillo y Lasso provocó que, poco a poco, la partida de Curro Jiménez quedara reducida a lo ínfimo. Ni durante la segunda Guerra Carlista (época en la que, según varios historiadores, Andrés López se unió a los partidarios de Carlos María de Isidro) le valió para reagrupar a sus hombres y lograr volver a tener la importancia de antaño. De hecho, y siempre en palabras de la misma Guardia Civil, en los meses posteriores se dedicó a «merodear por la zona que tan bien conoce, limitado a robos menores para poder sobrevivir».

Por si fuera poco, se convirtió en un «bandolero de infantería». Es decir, que su escueta partida abandonó los ataques a lomos de jamelgos en favor del uso de las dos piernas. Aquello les facilitaba escapar de sus perseguidores, pero les impedía perpetrar sus tropelías de forma habitual.

Comando

Una vez apagado el incendio carlista, el brigadier José de Castro (jefe del Tercer Tercio) apostó por cambiar de estrategia para acabar con la partida de Andrés López. ¿Cuál fue su plan? Ordenar a Lasso y Del Castillo escoger a un grupo de agentes con los que introducirse en los montes para atrapar, de una vez por todas, a Curro Jiménez. «El procedimiento que adopta el teniente Castillo es el de permanecer casi constantemente en la sierra. Tarde o temprano verán a Curro Jiménez. La patrulla la componen él, el sargento Lasso, cuatro guardias y dos soldados que se le han agregado para esta misión», determina la Guardia Civil en su dossier.

De esta guisa quedó patente que la Guardia Civil era una de las unidades mejor preparadas de la época. Hecho que corroboró a ABC el escritor Lorenzo Silva (autor de «Sereno en el peligro. La aventura histórica de la Guardia Civil» -editado por Edaf-): «La intención de Ahumada era contar con una élite moral e intelectual dentro de lo que eran los hombres de armas. Pero también una élite que pudiera imponer respeto a la población con su sola presencia. No solo tenían que saber escribir en un país de analfabetos, no solo tenían que tener una hoja de servicios intachable, sino que también se les exigió que no contrajeran deudas. Fue algo muy inteligente. Es difícil que inspire sensación de autoridad alguien que no inspire respeto».

Exterminio

Tras algún tiempo, este grupo de la Guardia Civil pudo dar buena cuenta de Curro Jiménez el 6 de noviembre de 1849. Los sucesos de aquella jornada han sido narrados de decenas de formas diferentes en los diferentes diarios. Con todo, uno de los que mejor explicaron la captura fue «La época» en una breve noticia publicada el 17 de noviembre de ese mismo año.

Tal y como puede leerse en este reportaje, la aniquilación del grupo se sucedió casi por casualidad: «Comisionado el oficial Castillo por aquella autoridad para perseguirlo, el día 6 del actual recibió aviso de que en la hacienda de Fuente-Luenga estaban cercados unos cuantos hombres sospechosos, y a los pocos momentos tiene la confidencia de que los cercados eran Andrés López y tres mas de su partida».

Según recibió la noticia, el agente salió «a escape con su infantería» y le siguió los pasos hasta su guarida. «Llegado al punto, le señalan una casilla, donde decían hallarse encerrados los malhechores», se añade en el mencionado diario. Pintaban bastos para los hombres de Curro Jiménez, pues al fin habían sido descubiertos.

Del Castillo, temeroso de que su presa se escapara, ordenó rodear la casa para, posteriormente, asaltarla. «Tomando las disposiciones convenientes para evitar la fuga, uno de los guiás se abalanzó á dicha casilla, y observó había cuatro hombres, tres dormidos y uno que velaba», añade «La época». El agente que accedió en primer lugar a la vivienda no tardó en darse de bruces con un centinela de la partida de malhechores. Por suerte, todo acabó bien para él. «Al ver la aparición de aquel hombre, el ladrón vigilante le disparó el trabuco, sin hacerle daño, y despierta a los demás; el guía también disparó su arma, habiendo muerto al que intentó matarlo». Ya en pie los bandidos, se generalizó un tiroteo en el que «la fuerza que cercaba la casilla no se movió de su puesto».

Poco podían hacer los bandoleros para evitar ser capturados. Aunque lo intentaron. «Entonces el comandante Castillo se adelanta y llama al Barquero por su nombre, y le contesta una voz que no era la suya intimándole la rendición, que quisieron eludir con frívolos pretestos, con el fin de que la noche se aproximase para emprender la fuga», se desvela el artículo.

Como buen agente, Del Castillo instó en repetidas ocasiones a Andrés López y a sus hombres a que salieran de la vivienda. Al fin y al cabo, estaban cercados y condenados. «Reiterada la intimacion para que se entregasen, saliendo sin armas de la casa, al fin lo hicieron, pero con ellas y haciendo frente al comandante, disparan los trabucos, sin que causasen lesión á nadie los tiros», destaca «La época».

La actuación de los bandoleros de Curro Jiménez no acabó en ese punto, sino que -una vez que vieron frustrado su ataque- trataron de huir «poniéndose en fuga para ganar el terreno inmediato, que era bastante escabroso». Los agentes de la Guardia Civil, en palabras del diario, les llamaron una y otra vez a rendirse, pero no sirvió de nada. Al final, decidieron tomar medidas extremas. «Todo fue inútil, y una de las secciones que iba mas inmediata hubo de hacerles una descarga, de la que los tres prófugos quedaron muertos».

Muertos los bandoleros, se procedió a registrar la vivienda. «Entre paja se encontró un cadáver, que fue inmediatamente reconocido ser el de Andrés López Muñoz, el Barquero de Cantillana; en la misma casa se hallaban cuatro caballos y dos trabucos que pertenecían al difunto. Conducidos los cadáveres á Cantillana, fueron reconocidos de nuevo, y resultaron ser los de Andrés el Barquero, de dicho pueblo; Manuel González el Gallego, natural de Monteagudo y vecino de Málaga; Antonio Perez Gerena, natural de Cantillana; y Juan Ulivarrena el Navarro, natural de Sales y vecino de Sevilla», finaliza «La época».

Descanso final

La muerte de Andrés López y su partida de delincuentes no tardó en correr como la pólvora entre la población local. Su exterminio, lejos de ser visto como una tragedia, supuso para pobres y ricos un verdadero descanso.

Al menos, así lo dejó claro el periódico «El observador»: «Una noticia de la más alta importancia tengo hoy que anunciar a Vds. Sabido es el miedo y el terror que infundía en las comarcas del norte de esta provincia, el nombre de “Andrés, el barquero de Cantillana”. Pues este foragido con tres mas que le acompañaban, fueron aprehendidos y muertos en las inmediaciones de Lora del Rio, en la mañana de anteayer: este servicio importante á la seguridad de la provincia, acaba de prestarse por el oficial de la G. G. de aquel distrito, don Francisco del Castillo y su partida».

Otro tanto opinan Quevedo y Sidro en su obra: «Los habitantes de la Capitanía general de Sevilla agradecidos á los beneficios que recibían de la Guardia Civil, manifestaron de mil finas maneras su reconocimiento á los individuos del Tercio, y con especialidad los de San Lúcar la Mayor , pidiendo la continuación en dicho partido del sargento mencionado D. Francisco Lasso, en una entusiasta manifestación suscrita por mas de 400 personas de todas clases y matices políticos, y respetables por su posición y fortuna».

A Francisco del Castillo, su actuación le valió ser condecorado con la Cruz de San Fernando de Primera Clase. La misma medalla que recibió Lasso.

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