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La Guardia Civil en La Línea de la Concepción (X)

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La Delegación regia para la Represión del Contrabando registra en 1924 una importante petición de aumento de la plantilla 

La Línea de la Concepción constituyó la principal prioridad para Pedro de Castro Santoyo, Delegado Regio para la Represión del Contrabando y Defraudación en la Zona Sur Oeste, con residencia oficial en Sevilla, desde su nombramiento por real orden de 15 de noviembre de 1923.

Su vecindad con la colonia británica de Gibraltar y la libre circulación de personas, que registraba el paso diario de más de 15.000 por la aduana española, facilitaba que muchas de ellas se dedicasen al contrabando, ocultando los géneros entre sus ropas y efectos personales. Aunque existía una ruta marítima entre el puerto de Algeciras y el del Peñón, su entidad no era comparable con las cifras del paso terrestre.

El primer problema que existía entonces, y que continúa persistiendo, es que las autoridades españolas no sabían ni la cifra real de personas trabajadoras que pasaban a la colonia ni la identidad de las mismas. Era y sigue siendo la gran asignatura pendiente.

Sí se conocía el número de las que cada día cruzaban la aduana, controlándose aleatoria o selectivamente los hombres por los carabineros y las mujeres por las matronas de dicho Cuerpo. Significar que el porcentaje femenino que se desplazaba allí era tan elevado que en determinadas épocas llegó a haber hasta catorce matronas en plantilla para realizar registros corporales a las personas de su mismo sexo.

Pero a priori resultaba imposible discernir quienes realizaban ese trayecto, en su mayoría a pie y muy pocos en carruaje, caballo o los todavía escasos vehículos a motor, sólo para trabajar honestamente, que era un porcentaje importante o para contrabandear, que era otro porcentaje nada desdeñable. En esto hay que reconocer que se ha mejorado mucho.

Bien es cierto que por el administrador de la aduana se admitía pasar por persona adulta, y exenta de aranceles, una pequeña cantidad de productos básicos para consumo propio, pero la realidad era que muchas intentaban sacar un mayor número.

La jornada se iniciaba al amanecer con el tradicional disparo de salvas de un cañón y finalizaba con otro disparo al atardecer, cerrándose la aduana española y la puerta de Gibraltar durante la noche. No se podía entrar o salir sin un salvoconducto especial que sólo por circunstancias extraordinarias se concedía por el gobernador militar del Campo de Gibraltar y su contraparte británica.

Miles de personas se ponían cada día en marcha hacia la colonia y regresaban antes de anochecer. Los que realmente trabajaban lo hacían una sola vez por jornada y los que se dedicaban exclusivamente al contrabando, lo realizaban al menos un par de veces.

No eran cantidades importantes ya que debían ocultarse entre el ropaje y los bultos de mano que llevasen, pero si se tenía en cuenta el goteo incesante diario de miles de personas, sí que se trataba de un volumen total muy considerable.

Dispuesto pues el Delegado Regio, a acabar con esa modalidad de contrabando, comenzó a impartir una serie de instrucciones y a formular diversas propuestas de incremento de efectivos.

Respecto a la Guardia Civil, la petición más importante, dada la cifra del refuerzo solicitado, fue elevada el 15 de febrero de 1924, al director general del benemérito Instituto, teniente general Juan Zubia Bassecourt.

Al amparo del real decreto de 13 de noviembre anterior, sobre organización de dichas Delegaciones Regias y la Ley para la represión de los delitos de contrabando y defraudación, de 3 de septiembre de 1904, solicitó la ampliación de la plantilla del puesto de La Línea. Dicho aumento, “no debería nunca bajar de 25 guardias”.

La razón de ello no era dedicarlos a aprehender contrabando procedente de la colonia británica, pues para ello ya estaban los carabineros. Se trataba de infundir el debido respeto, “sin necesidad de acudir a otros medios”, mediante la presencia de esa fuerza de caballería, “a las masas de obreros y pseudo-obreros de ambos sexos a su regreso de Gibraltar, entre los que puede producirse disgusto las disposiciones adoptadas por esta Delegación regia para corregir el vicio inveterado del contrabando a que la población venía dedicándose; disgusto que no se ha exteriorizado, merced a la acertada previsión de aquellas autoridades”, refiriéndose a las del Campo de Gibraltar.

Su visión sobre la situación en La Línea no podía ser más negativa, afirmando textualmente y con extrema dureza, “que se trata de una población de 70.000 habitantes de muy escasa cultura y en su mayoría desocupados y vagamundos a los que hay que imponer restricciones en sus reprobables costumbres”.

La Línea había multiplicado por cien su población en tan sólo cinco décadas. No se trataba sólo de personas procedentes del resto de la provincia gaditana sino de las provincias limítrofes de Málaga y Sevilla así como del interior de la Península. Se trataba de un descomunal crecimiento que había desbordado las previsiones y capacidades de control y ordenación por parte de las administraciones local y estatal.

La misión concreta de la Guardia Civil en esa cuestión, como ya se expuso en capítulos anteriores, y conforme lo ordenado por el gobernador militar del Campo de Gibraltar, era mantener el orden público en las largas e interminables colas que se formaban en el denominado “campo exterior”, antes de llegar a la aduana.

Por ello era mucho más eficaz ejercer la vigilancia a caballo, pues daba mayor visión desde esa altura sobre los que estaban a pie, se imponía más respeto y podían detectar y acudir de inmediato a cualquier punto de las colas en que se hubiera producido algún incidente. Ese era el motivo por el que el delegado regio, como máximo representante del Ministerio de Hacienda para la represión del contrabando en la zona, peticionase tan importante refuerzo de caballería y no de infantería.

Aunque reconocía que previamente, “además de su puesto ordinario de ambas armas”, estaban ya concentrados en La Línea, cinco componentes del puesto de la Guardia Civil de Almoraima, lo consideraba insuficiente.

Dicho puesto, ubicado en la finca de dicho nombre, propiedad entonces del duque de Medinaceli, sita en el término municipal de Castellar de la Frontera, había sido creado por real orden de 16 de julio de 1898, del Ministerio de la Gobernación. En 1924 dependía de la Línea de Jimena de la Frontera, junto a los puestos de la residencia, Tesorillo y Buceite, ubicadas en las pedanías de San Martín y San Pablo, respectivamente.

Una vez recibida dicha solicitud en la Dirección General de la Guardia Civil, el teniente general Zubia requirió con fecha 20 de febrero siguiente, el correspondiente parecer al coronel Rafael Bernal Pastor, subinspector del 16º Tercio, con cabecera en la capital malagueña, del cual dependía entonces las Comandancias de Cádiz y Málaga.

Su minucioso y esclarecedor informe así como los que le siguieron, en relación al muy necesario aumento de plantilla de la Benemérita en La Línea y las consiguientes casas-cuarteles, serán objeto de los próximos capítulos.

Jesús Núñez Coronel de la Guardia Civil y Doctor en Historia

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