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La Mezquita de Córdoba, el esplendor de Al-Andalus

mezauita abd

La mezquita erigida por Abderramán I a finales del siglo VIII, experimentó sucesivas ampliaciones que la convirtieron, en tiempos del califato, en el edificio religioso más importante de al-Andalus y del occidente musulmán.

Durante la primera mitad del siglo VIII, el poder del califato Omeya de Damasco entró en evidente declive. La inestabilidad política y las conspiraciones fueron en aumento hasta que desembocaron en la fitna (guerra civil), que acabó con la caída de los omeyas y el acceso al trono de la familia Abasí, en el año 750. Cinco años después, los últimos omeyas desembarcaron en Almuñécar y el príncipe Abd al-Rahman ibn Muawiya aprovechó las disputas tribales para hacerse con el poder en al-Andalus.

Un año después, Abderramán I fundó un emirato con capital en Córdoba que, en 773, se independizó de Bagdad, la nueva capital del imperio abasí, y culminó la unificación de los territorios musulmanes de la península en 781. Hacia el año 785, Abderramán I mandó construir una mezquita con la intención de reafirmar su independencia del poder abasí, con el que mantenía todavía un vínculo religioso –puesto que el califa era el máximo líder espiritual del Islam–. La mezquita de Córdobaes hoy el monumento más antiguo conservado de al-Andalus.

ORÍGENES LEGENDARIOS

Hasta ahora desconocemos cómo fueron y dónde estaban las mezquitas andalusíes anteriores. En la Península, al igual que sucedió en Oriente y en el norte de África, los primeros musulmanes, salvo excepciones, no reutilizaron las iglesias como lugar de oración y, de hecho, muchos templos se mantuvieron abiertos al culto cristiano durante centurias. Todo lo contrario sucedió siglos después, cuando castellanos y aragoneses conquistaron los territorios de al-Andalus y consagraron la totalidad de las mezquitas.

La falta de noticias sobre el primer lugar de culto musulmán en Córdoba antes de 785 animó a los cronistas andalusíes del siglo X a elaborar leyendas inspiradas en los relatos orientales para establecer vínculos entre Damasco y Córdoba, sede del nuevo califato omeya en al-Andalus. Así surgió el mito de que cristianos y musulmanes habrían compartido para sus rezos el templo visigótico preexistente, la iglesia de San Vicente, la cual habría sido derribada más tarde para levantar la mezquita; se trata de una tradición idéntica a la que se contaba de la iglesia de San Juan en Damasco. Sin embargo, las diversas estructuras de la Antigüedad tardía y de época visigoda halladas hasta hoy por los arqueólogos en el subsuelo de la mezquita de Córdoba no se corresponden exactamente con una gran basílica cristiana.

 EL MITO DEL ISLAM "HISPANIZADO"

El mito de la colaboración entre religiones y culturas se mantuvo durante el siglo XIX y parte del XX. Se veía al-Andalus como una entidad política atípica y excepcional, una cultura desgajada del resto del mundo islámico; sólo así, "hispanizada" y "cristianizada", podía ser aceptada dentro de la historia de España.

Esta visión romántica llevó a interpretar, a inicios del siglo XX, algunos de los nombres y signos grabados sobre los soportes de las naves de la mezquita construidas en el siglo X como firmas de trabajadores cristianos, mozárabes y cautivos, lo que demostraría que la gran mezquita andalusí también fue obra de operarios cristianos.

La visión romántica de al-Andalus llevó a imaginar que la mezquita había sido edificada con aportaciones de cristianos y mozárabes.

Sin embargo, tras el análisis de los más de setecientos signos lapidarios documentados en la mezquita, hoy no puede afirmarse que allí trabajaran canteros cristianos. De la misma manera, todavía en la actualidad encontramos intentos de restar valor a la arquitectura islámica, atribuyendo a "Bizancio" la impactante estética de la sala de oración.

EMPERADORES, REYES Y EMIRES

Por el contrario, las investigaciones actuales han puesto de relieve cómo el Islam contribuyó a la pervivencia de la cultura y el arte de raíces grecolatinas durante varios siglos. A partir de finales del siglo IX, los cronistas andalusíes arrancaran su relato con los íberos y los griegos, siguiendo con la Hispania romana y visigoda.

Los omeyas de al-Andalus se presentaron como dignos sucesores de los emperadores hispanos y de los reyes godos de Toledo, y como tales asumieron también su legado monumental y cultural. Por eso, la reutilización de columnas romanas y visigodas en las naves de la mezquita no respondía sólo a un ahorro económico y de esfuerzos ni a una exaltación del triunfo del Islam, sino a la asunción del pasado peninsular por parte de la dinastía gobernante. En el siglo X ese discurso fue muy útil a los califas omeyas, que basaron parte de su legitimidad en esa antigua herencia.

PRIMEROS EDIFICIOS

Las dos primeras fases de la construcción de la mezquita de Córdoba corresponden a la etapa política del emirato independiente. Los arquitectos del primer edificio, al servicio de Abderramán I, pusieron las bases de la estética que ha hecho famosa a la mezquita y dieron prueba de su genialidad al concebir un edificio fundamentado en las soluciones de la arquitectura romana peninsular, pero al servicio de una nueva fórmula espacial.

El ambiente diáfano del interior se consiguió mediante la construcción de naves paralelas separadas por arquerías superpuestas –como pasaba en los acueductos romanos– que se apoyan sobre delgados soportes o columnas. El crecimiento de Córdoba en el siglo VIII obligó a Abderramán II a hacer una primera ampliación hacia el sur de la mezquita, siguiendo los mismos criterios estilísticos.

Los constructores adoptaron el arco de herradura y la alternancia de dovelas de ladrillo y de piedra, que aseguraban la estabilidad del aparentemente frágil conjunto. Aunque esta primera sala de oración hubo de ser restaurada porque los cimientos cedieron y el empuje de las arquerías inclinó la fachada de la sala hacia el patio, lo cierto es que sigue en pie después de más de doce siglos. Por su parte, la alternancia del rojo y el blanco de los arcos pasó a convertirse en una seña de identidad de los omeyas y de al-Andalus.

LA MEZQUITA DEL CALIFA

El año 929, Abderramán III (912-961) proclamó el califato para fortalecer su poder en el Mediterráneo y reafirmar la independencia de al-Andalus respecto a los califas abasíes de Bagdad. Esto exigía crear unos nuevos escenarios arquitectónicos, tanto palatinos como religiosos, acordes con la nueva dignidad y su ceremonial. Ésta fue la razón de que se construyera a las afueras de Córdoba una ciudad palatina, Medina Azahara, y también de que la mezquita mayor o aljama de Córdoba se ampliara en sucesivas fases hasta alcanzar las imponentes dimensiones que aún hoy podemos contemplar.

La primera intervención del siglo X en la mezquita fue la ampliación del patio y la construcción de un nuevo alminar que sustituyera al más antiguo. La torre que ordenó erigir Abderramán III fue la más alta de la época en el Occidente islámico y se convirtió en el primer símbolo visual del califato de Córdoba. Su hijo y sucesor al-Hakam II (961-976) emprendió la prolongación de las naves de la sala de oración en dirección sur. El objetivo no era sólo ampliar la superficie, sino también crear un espacio de representación regia, complementario de los salones palatinos.

En el interior de la macsura o espacio reservado al soberano, frente al mihrab –el nicho abierto en la alquibla o muro orientado hacia La Meca– y a los pies del almimbar o púlpito, situado junto a él, se hacía la ceremonia de juramento de los príncipes herederos y de los nuevos califas. Allí se mostraba el califa ante su pueblo cada semana y se hacía exaltación de su poder. Al-Hakam concibió una enorme macsura de tres naves con cúpulas y delimitada con pantallas de arcos, de herradura y lobulados, que se entrecruzan como si formaran una celosía.

EL RESPETO A LA TRADICIÓN

Junto a estas novedades arquitectónicas y decorativas se introdujeron numerosos guiños al pasado o, mejor dicho, a los antepasados. Al-Hakam II ordenó respetar la orientación de la primera alquibla, a pesar de que los astrónomos a su servicio le alertaron de que era errónea por dirigirse al sur y le propusieron reorientarla correctamente hacia La Meca.

El califa pidió que se llevasen al nuevo mihrab las columnas labradas hacia 848 para el de Abderramán II, y recuperó dos formas decorativas usadas por sus antecesores en las mezquitas de Damasco, Jerusalén y Medina. Una eran los mosaicos dorados. Aunque en el siglo X este tipo de mosaicos se asociaban al Imperio bizantino y a sus iglesias, en realidad el uso de esta lujosa decoración en espacios regios y religiosos se remontaba a la Antigüedad romana así como a los omeyas de los siglos VII-VIII.

El segundo era la venera, la forma de concha escogida para cubrir el mihrab, seguramente en alusión al versículo del Corán que dice: "Dios es la Luz de los cielos y de la Tierra. Su luz es comparable a una hornacina en la que hay un pabilo encendido".

Aquel lujoso escenario era el lugar idóneo para desplegar el ideario político y religioso del califato mediante un elaborado conjunto de inscripciones, en gran parte conservado. Se compuso un texto con fragmentos del Corán para exaltar el poder divino del califa, su infalibilidad y su papel como guía espiritual. Las inscripciones recuerdan a los fieles que están sujetos al determinismo divino, les alientan a mantenerse dentro de la senda de la ortodoxia, a ser buenos musulmanes y a practicar la caridad. También les aconsejan someterse a la justicia, tanto divina como terrenal, y a temer el día del juicio final. Y, por último, se les alecciona sobre la unicidad divina, con versículos que insisten en que Dios no tuvo hijos, en clara alusión a la doctrina cristiana.

A partir del siglo XVI se ubicaron las principales áreas de culto católico en el centro de la antigua mezquita, la Capilla Mayor y el coro, en la imagen.
A PARTIR DEL SIGLO XVI SE UBICARON LAS PRINCIPALES ÁREAS DE CULTO CATÓLICO EN EL CENTRO DE LA ANTIGUA MEZQUITA, LA CAPILLA MAYOR Y EL CORO, EN LA 
Una vez desaparecida la dinastía Omeya y el califato, la mezquita mayor de Córdoba siguió siendo el edificio de culto más grande de al-Andalus y el centro de enseñanza más prestigioso del Occidente islámico. Su renombre no había decaído en el siglo XII, cuando el geógrafo ceutí al-Idrisi aseguraba que no tenía igual entre las mezquitas de los musulmanes, ni por su tamaño ni por su belleza.

Con la conquista de Córdoba por el rey de Castilla Fernando III, en 1236, la mezquita se convirtió en catedral de Santa María, pero la admiración por el edificio perduró, como lo demuestra el hecho de que tanto los reyes castellanos como la población cordobesa contribuyeron activamente a su conservación y a su restauración.

La mezquita conocería en los siglos posteriores nuevas ampliaciones que la adaptarían al culto católico. La macsura de Al-Hakam fue transformada en la primera Capilla Mayor, que pasó a denominarse Capilla de Villaviciosa cuando se trasladó la Capilla Mayor al centro del edificio, lo que supuso un evidente cambio en el exterior del templo. A finales del siglo XVI, un terremoto dañó considerablemente la estructura del alminar, convertido en campanario, y se edificó la nueva torre que es la que podemos ver en la actualidad. Más adelante, la mezquita-catedral se enriqueció con nuevas capillas privadas, con lo que el edificio quedó configurado como una mezcla de estilos árabe, gótico, renacentista y barroco, que lo hacen único no solo en la península ibérica sino en el mundo.

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