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Dos gestas españolas de la División Azul frente a los letales tanques rusos en la Segunda Guerra Mundial

division azul

Los actos de valor son innegables más allá de que sean protagonizados por rojos, azules, malvas o bermellones. Lejos de ensalzar o recriminar, lo único que buscan las líneas que siguen es rememorar a dos combatientes olvidados de la División Azul que demostraron su valor en las lejana URSS durante la Segunda Guerra Mundial.

Las mismas agallas, por cierto, que tuvieron los republicanos que se enfrentaron a los Panzer de Erwin Rommel en el norte de África y que fueron calificados por los Aliados como auténticos jabatos. Si hace unos meses analizábamos su participación en el conflicto, hoy le toca el turno a Antonio Ponte y Manuel Ruiz, dos veteranos de la Guerra Civil que, allá por 1943, dieron con sus huesos en la batalla de Krasny Bor (cerca de Leningrado) y tuvieron que enfrentarse a los monstruos acorazados de Iósif Stalin.

UN ZAPADOR CONTRA UN KV-1

Hallar información sobre Antonio Ponte Anido es más que arduo. La entrada escrita sobre su vida en la Real Academia de la Historia (elaborada por Juan Carrillo de Albornoz y Galbeño) apenas cuenta con dos párrafos. Aunque su infancia parece haber sido olvidada, sí se sabe que este joven nació en La Coruña en 1920 y -tal y como explica Carlos Caballero Jurado en «La División Azul: Historia completa de los voluntarios españoles de Hitler»- sirvió como voluntario de una bandera de Falange durante la Guerra Civil. Curiosidades del destino, escogió la vida militar gracias a su padre, un reputado oficial del ejército de la República.

Ponte se enroló en la División Azul en julio de 1941, poco después de que Ramón Serrano Suñer diera el famoso discurso en el que culpaba a la URSS de la Guerra Civil y llamaba a los soldados españoles a combatir a Iósif Stalin junto a las tropas germanas: «¡Rusia es culpable! Culpable de la muerte de José Antonio, nuestro fundador. Y de la muerte de tantos camaradas y tantos soldados caídos en aquella guerra por la agresión del comunismo ruso. El exterminio de Rusia es exigencia de la Historia y del porvenir de Europa». El coruñés, que hacía el servicio militar con su quinta en aquellos días, se alistó y partió hacia el este. Desde ese momento, y según Caballero, «combatió con distinción en la 3ª Compañía de Zapadores».

En 1943, Ponte se hallaba en las cercanías de la región de Krasny Bor (al sur de San Petesburgo) cuando el ejército soviético inició la Operación Estrella Polar; el avance masivo para romper el asedio al que la Wehrmacht sometía Leningrado. «El 10 de febrero de 1943, 38 batallones soviéticos salieron de Kolpino, el barrio industrial de Leningrado ante el que estaba acantonada la División Azul, apoyados por unos ochenta tanques, unas 150 baterías y un número indeterminado de "organillos de Stalin", esto es, de lanzadoras de proyectiles» explicaba a ABC el historiador Xavier Moreno Juliá (autor de «La División Azul. Sangre española en Rusia, 1941-1945»). Frente a ellos apenas había 5.900 españoles. La contienda estaba servida.

Ponte, entonces un cabo de zapadores, se topó con esta batalla de improviso mientras llevaba a cabo una misión de enlace. Sin que nadie se lo ordenara cogió su arma, ocupó su puesto y se dispuso a enfrentarse a los rusos y a sus letales carros de combate T-34 y KV-1, los monstruos de la época. En palabras de Caballero, la suerte que tuvieron los miembros de la División Azul fue que las tripulaciones de los blindados soviéticos se negaron a lanzarse contra las posiciones enemigas sin que la infantería avanzara frente a ellos y que, cuando entendían que era imposible romper el cerco hispano, se retiraban a un lugar seguro. «En este contexto, los españoles fueron capaces de anular la ventaja que, para sus enemigos, suponían los tanques», señala el experto en su obra.

La máxima de los españoles era frenar a los carros de combate y evitar que atravesaran la línea. Y el cabo Ponte no dudó en cumplir esta orden a costa de su vida. La mayoría de expertos coinciden en que el coruñés se lanzó contra un tanque soviético (las fuentes no se deciden si fue contra un T-34 o un KV-1, aunque todo apunta a que fue el segundo, mucho más voluminoso) cuando se percató de que iba a arrasar un puesto médico de la División Azul. Decidido a evitar la tragedia, asió dos minas y se dirigió hacia él. El objetivo: ubicarlas en las orugas y hacer saltar por los aires el vehículo. Existen dudas acerca del suceso, pero autores como Gerald R. Kleinfeld y Lewis A. Tambs ( «Hitler's Spanish Legion: The Blue Division in Russia in WWII») creen que los explosivos en cuestión eran minas Teller y que el tanque había quedado dañado por varios cócteles mólotov.

Fuera cual fuese el explosivo, Ponte consiguió lo que pretendía. Bajo el fuego enemigo, llegó hasta el blindado y colocó las minas. Aunque pagó cara su actuación. «El soldado Ponte colocó una mina contracarro sobre una de las cadenas de un carro pesado, que al estallar produjo la voladura del vehículo, consiguiendo así parar la ofensiva enemiga. Debido a la explosión sufrió tan graves heridas que falleció a consecuencias de las mismas. Por su actuación fue recompensado con la Cruz de San Fernando, Laureada, concedida por la Orden de 17 de febrero de 1944», desvela Albornoz en su artículo para la Real Academia de la Historia.

Como él, otros tantos españoles resistieron el golpe. «El embate fue tal, que en menos de veinticuatro horas acabó con la vida de 1.125 españoles, hirió a más de mil y unos noventa se dieron por desaparecidos. Los infantes alemanes, a cuyo mando estaba el general Philipp Kleffel, tardaron casi diez horas en intervenir, una más que su aviación. Tan sólo con los muertos de aquel día, España saldó -e invirtió dieciséis veces- la mortandad en combate de la Legión Cóndor, que sobrepasó en poco la cifra de trescientos hombres», finalizaba Moreno Juliá en declaraciones a este diario. La contienda de Krasny Bor terminó el 19 de marzo, cuando la URSS redujo la insistencia de sus asaltos.

«¡QUE SOMOS ESPAÑOLES, ESTO NO ES NADA!»

La historia de Manuel Ruiz de Huidobro y Alzurena, nacido en 1910, es otra de las que ha sido olvidada. Como bien explica el historiador militar José Luis Isabel Sánchez en un completísimo dossier sobre este personaje, la carrera de nuestro protagonista comenzó en 1932, cuando ingresó en el Cuerpo de Ingenieros. Tras una ascensión más que rápida en el escalafón militar (no tardó en llegar a sargento), y con la llegada de la Guerra Civil, se presentó voluntario en Valladolid para combatir en las milicias de Falange. A partir de ese momento estuvo presente en una buena parte de las batallas más determinantes por la capital (entre ellas, la del Jarama o la de Brunete). Al finalizar el enfrentamiento fraticida ya había obtenido cuatro distinciones por su arrojo y se había ganado un nuevo ascenso a capitán.

Huidobro se alistó en la División Azul en abril de 1942, algo después que su compañero Ponte y cuando ya habían pasado diez meses del discurso de Muñoz Grandes. Fue destinado en el Regimiento 262, donde no tardó en ser nombrado capitán. Con esta unidad se hallaba, allá por el 10 de febrero de 1943, en Krasny Bor. «Cubría con su compañía, constituida por ciento veinte hombres, un frente de unos dos kilómetros en el frente de Leningrado», añade el autor español. Allí les iba a tocar resistir el empuje soviético.

El 10 de febrero, el día de la batalla que se convertiría -a la postre- en la más sangrienta de la División Azul, el capitán Huidobro recibió informes preocupantes. Sus exploradores le informaron de que, en un bosque cercano a las posiciones de su compañía (la 3ª), había escuchado ruidos que provenían, con casi toda seguridad, de carros de combate. El oficial se dispuso a corroborar lo que más temía: los tanques soviéticos se preparaban para un ataque. Pero no fue lo único. Casi como si supiesen que habían sido descubiertos, los hombres de Stalin iniciaron, a los pocos minutos, un intenso fuego de artillería sobre los defensores hispanos. «Huidobro se trasladó al observatorio de su compañía, en el que situó como reserva móvil diez hombres de antitanques», añade el autor español.

En vista de que un ataque se avecinaba, Huidobro preparó a sus hombres para la batalla de la única forma que podía. Recorrió la posición llamando a sus soldados a luchar hasta la muerte y les ordenó que no se levantasen del fondo de las trincheras mientras continuase el fuego de artillería. Por entonces el capitán todavía no tenía consciencia del número total de enemigos que iban a lanzarse sobre ellos. Para su desgracia, cuando los blindados se dejaron ver entendió que iba a ser una tarea hercúlea obligarlos a retroceder. El mensaje que envió a sus superiores así lo indica: «El enemigo ataca en grandes masas. Barrera de artillería delante de la posición y sobre el bosque».

Los dos primos asaltos soviéticos fueron detenidos por la 3ª Compañía de Huidobro con dificultades, pero de forma exitosa, en la linde del bosque. Y todo, a base de fuego de fusilería y de ametralladoras. Los soviéticos apenas avanzaron. Pero no ocurrió lo mismo con el tercer envite. En él, los hombres de Stalin lograron abrir brecha en el flanco derecho de la División Azul a golpe de lanzallamas. Si los carros de combate no habían sido efectivos, el fuego sí. Lejos de desesperar, el capitán recorrió las trincheras animándo a sus hombres a resistir hasta el final. Y no solo eso sino que, para servir de ejemplo, se subió a lo alto de la trinchera a pecho descubierto. «¡Que somos españoles!, ¡Que esto no es nada!, ¡Que por aquí no pasan!», cuentan que gritó.

Allí permaneció largo tiempo, según narra Isabel Sánchez. Para ser más concretos, hasta que dos de sus hombres le convenciesen de que se pusiese a cubierto. Por entonces la situación pintaba muy negra para su compañía. Diezmados, los españoles vieron como, en las horas siguientes, los soviéticos desbordaban también su flanco izquierdo y atacaban, a bayoneta calada, las trincheras. Poco más se podía hacer. Asfixiado por la presión de los soldados de la URSS, y con apenas un 25% de los hombres que contaba en un principio, Huidobro animó a los soldados supervivientes a lanzar una última carga. Y fue en ella en la que perdió la vida por culpa de un certero disparo en el cuello. Sus soldados se mantuvieron firmes todavía algunas horas más.

En 1945, el diario ABC hizo público que se había concedido la Cruz Laureada de San Fernando: «Como resultado del expediente de juicio contradictorio, Su Excelencia el Tefe del Estado v Generalísimo de los Eiércitos nacionales, se ha dignado a conceder la Cruz Laureada de San Fernando al capitán de Infantería, fallecido, don Manuel Ruiz Huidobro Alzunema. por su heroica actuación con motivo de los hechos en que encontró gloriosa muerte»,

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