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Vikingos: el misterio de los tesoros saqueados en España por los asesinos del norte

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Existen una infinidad de enigmas alrededor de los ataques perpetrados contra la península por parte de los guerreros del norte. Intrigas que se suelen obviar en favor de una versión generalizada y universal

A Björn, apodado «Costado de Hierro» en el siglo IX, la pequeña pantalla le ha hecho un favor similar al que hizo Spielberg a la Segunda Guerra Mundial. Gracias a Michael Hirst, hoy resulta imposible obviar que este rudo guerrero vikingo fue uno de los hijos del legendario Ragnar Lodbrok, a caballo también entre la fábula y la realidad. Con todo, son las sagas, una mezcolanza entre mitología e historia nórdica, las que guardan en su interior la verdad de este personaje; un tesoro documental que a veces linda con la fantasía medieval, pero que, a pesar de los siglos, continúa siendo la única fuente a la que asirse para conocer de primera mano sus aventuras.

La saga de Ragnar y el breve relato sobre sus hijos nos describen a Björn como un guerrero que peleaba «con tanta bravura que ninguna línea enemiga se le resistía»; un vikingo de tal fuerza que, cuando le comunicaron la triste noticia de la muerte de su padre, apretó de tal forma su lanza que esta «saltó en dos pedazos». Por descontado, los textos recorren las incursiones que perpetró en las décadas siguientes a través del viejo continente. Francia, Italia, Inglaterra, el norte de África… Entre sus fornidas manos tuvo la vida de los habitantes de media Europa. Y, como no podía ser de otra forma, también de la península ibérica.

Su expedición hasta nuestra patria fue de tal calibre que hizo estremecerse a hispanos y musulmanes por igual. Nadie escapó de su ira y de la sinfonía de barbas y hachas que le acompañaba. Quemó, asesinó, robó y, en definitiva, ayudó a extender la precaria fama que su pueblo se había ganado a lo largo y ancho de Europa. Aunque, en su defensa, habría que añadir que la península ya había soportado la furia nórdica en el 844, dos décadas antes de que él atravesara el Canal de la Mancha con sus drakkars. Aquella expedición fue especialmente sangrienta ya que, según las fuentes árabes, desembarcó en Sevilla con el único objetivo de sacudir sus cimientos y esclavizar a hombres, mujeres y niños por igual.

Esto es, al menos, lo que ha trascendido en decenas de libros de historia. Lo que se nos ha contado —con más o menos precisión— a lo largo de más de un milenio. Sin embargo, para Neil Price, arqueólogo especializado en la era vikinga, existen todavía una infinidad de enigmas alrededor de las incursiones nórdicas por estos lares. Así lo confirma en «Vikingos. La historia definitiva de los pueblos del norte» (Ático de los libros), una extensa y concienzuda obra que vio la luz a finales del pasado año y en la que analiza varias cuestiones tan reales como desconcertantes.

La primera que, a pesar de que existen pocas pruebas arqueológicas del contacto entre ambas civilizaciones en la península, es probable que hubiera más incursiones de las narradas en las fuentes clásicas. «Los encuentros entre los marineros escandinavos y las poblaciones cristianas e islámicas eran, casi con toda certeza, más frecuentes de lo que las fuentes contemporáneas nos quieren hacer creer, pero la única evidencia de contactos diplomáticos se limita a una supuesta delegación omeya enviada a la corte de un rey escandinavo cuyo nombre no se cita», explica en la obra. Pero también otros enigmas como que, en palabras del experto, no se haya encontrado vestigio alguno de los presuntos tesoros que Björn y el resto de sus compatriotas robaron en Hispania.

Primera incursión

En la obra, Price afirma que la primera incursión vikinga contra la península ibérica se sucedió a mediados del siglo IX, tiempo en que la región se hallaba sacudida por el enfrentamiento entre musulmanes y cristianos iniciado en el 711. El descalabro inicial de los visigodos y los posteriores esfuerzos puestos en la Reconquista motivaron, en sus palabras, que aquella razzia nórdica sembrara el caos. «Tras zarpar rumbo al sur en el 844 desde su base en Noirmoutier, en la desembocadura del Loira, una gran flota vikinga liderada por un caudillo llamado Hástein realizó incursiones a lo largo de la costa del norte de la península ibérica para, luego, seguir hacia el sur y adentrarse en territorio musulmán», desvela en su obra.

Aquello fue una tormenta de violencia. Azuzados por las historias que narraban las riquezas del imperio musulmán, los vikingos saquearon Lisboa, Cádiz y Algeciras para, acto seguido, remontar el Guadalquivir con sus manejables buques. Su objetivo podría ser Córdoba, cuyas bondades habían atravesado mares y océanos. Sin embargo, la primera urbe de importancia con la que se toparon fue Sevilla. Y no perdieron la ocasión de destruirla y saquearla. Así lo confirmó el cronista árabe Ahmad ibn Muhammad al Razi en sus escritos:

«Pasada la decimocuarta noche del mes de Muharram del año 230 (1 de octubre de 844), los navíos arribaron en Sevilla inesperadamente. La ciudad estaba indefensa, y fue saqueada por estos aprovechando la confusión reinante entre sus habitantes. […] Los majūs [vikingos], que Al-lāh los castigue, y sus barcos no hacían más que llegar y llegar, Sevilla cayó en sus manos. Saquearon la ciudad durante siete días, mataron a todos los hombres y esclavizaron a los niños y a las mujeres».

Según las palabras del cronista, la única forma de detenerlos fue reunir un gigantesco ejército (reclutado entre las regiones cercanas) y acudir a toda prisa para expulsarles de la urbe. «Los andalusíes sacaron a los vikingos de su campamento y de la ciudad utilizando unas tropas señuelo que los condujeron hasta Tablada, a unos tres kilómetros al sur de Sevilla, donde el grueso del ejército musulmán los emboscó y masacró», desvela Price. La matanza que se sucedió solo se detuvo cuando unos pocos supervivientes nórdicos se retiraron hacia sus buques y zarparon. Atrás dejaron una treintena de bajeles vacíos. La venganza no se hizo esperar: los musulmanes ahorcaron de los árboles los cadáveres de sus enemigos.

Costado de Hierro, en España

La siguiente gran expedición que se organizó fue la de Björn, cuyo apodo se relaciona en las sagas con su sorprendente capacidad para vencer en combate sin sufrir rasguño alguno. En el 859, Costado de Hierro —al que el experto califica de una «persona real», y no un personaje mitológico, como otros tantos historiadores han defendido— partió desde el Loira en dirección a la península ibérica. Y no lo hizo con unos pocos drakkars, sino con entre sesenta y dos y cien bajeles pertrechados con hombres y armas.

A partir de este punto, el recorrido escogido por Björn varía según las fuentes que se consulten. Lo más aceptado es que intentó hacerse con la ciudad de Santiago de Compostela, pero fueron rechazados por los defensores. «Los asaltantes siguieron luego hacia el sur y atacaron Sevilla, Cádiz y Algeciras. En el otoño del 859, la flota se abrió paso sin encontrar resistencia por el estrecho de Gibraltar y, por lo que sabemos, sus integrantes se convirtieron en los primeros escandinavos en hacerlo», desvela el experto. Las crónicas afirman que las riquezas que obtuvieron en la península no tuvieron parangón, aunque no se especifica qué sucedió con ellas.

El acero vikingo no se detuvo en esta zona. Tras cruzar el estrecho desembarcaron en África, donde saquearon una de las ciudades más ricas de la región y capturaron a dos mujeres de la familia real. «El emir de Córdoba pagó un gran rescate para recuperarlas», añade el experto.

Quizá enloquecidos por la victoria, los hombres de Björn volvieron sobre sus pasos y asaltaron Andalucía y Murcia. Formentera, Ibiza, Mallorca, Menorca… Una infinidad más de regiones sufrieron su furia en las semanas posteriores. Luego le tocó el turno al sur de Francia e Italia. «Existen fuentes bastante creíbles que nos hablan de un ataque a Pisa, pero en este momento la leyenda se hace con las riendas del relato», desvela el autor. Algunas hasta confirman que atacaron Luni en la creencia de que era Roma... Difícil de creer.

Después de estas dos grandes incursiones, los vikingos decidieron abandonar los saqueos de la península hasta el siglo X. Fue entonces cuando, una vez más, partieron desde el norte, cruzaron el Canal de la Mancha y desataron de nuevo su furia sobre los hispanos. Galicia fue su objetivo prioritario en varias ocasiones. No debió irles mal, pues decidieron erigir un campamento en la zona para evitarse las idas y venidas. «En el 968 una flota saqueadora estableció una base en el río Ulla, cerca de Santiago de Compostela, y pasó los siguientes tres años saqueando el campo gallego. […] Hubo más incursiones a principios de la década del 970, tras las cuales se produjo un paréntesis en los ataques hasta el siglo XI», añade.

Más dudas que certezas

Como novedad, el arqueólogo se adentra en los enigmas de las incursiones vikingas en la península. Misterios que, a pesar de los siglos transcurridos, siguen todavía vivos. En primer lugar afirma que, aunque nos han llegado muy pocas pruebas del contacto nórdico con los pueblos locales, es muy probable que «fueran más frecuentes de lo que las fuentes contemporáneas nos quieren hacer creer». Tanto violentos como pacíficos.

En sus palabras, a pesar de que «la única evidencia de contactos diplomáticos se limita a una supuesta delegación omeya enviada a la corte de un rey escandinavo cuyo nombre no se cita», existen algunos objetos que pudieron provenir de las regiones nórdicas. Uno de ellos todavía se guarda en España, según desvela Price. «Hay una caja de asta de ciervo que procede de finales del siglo X y que hoy está en el Museo de la Real Colegiata de San Isidoro, en León, que podría muy bien haber sido un regalo real escandinavo».

Por otro lado, el arqueólogo afirma estar convencido de que, en la actualidad, no existen vestigios de los tesoros que, presuntamente y según las fuentes, saquearon los vikingos de la península ibérica. «No se ha encontrado prueba alguna del botín reunido por Hástein y Björn, ni por ninguna otra flota saqueadora, en Escandinavia ni en las colonias escandinavas allende el mar», incide.

En este sentido, baraja la hipótesis de que «las fortunas dispares» con las que regresaban «los grupos que se aventuraron al sur hicieran desistir a otros de intentar establecer en la península ibérica bases más permanentes». ¿La razón? La dificultad que les planteaba llevar redes comerciales de larga distancia hasta una región cuyas riquezas desconocían.


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