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Gettysburg: la atroz batalla en la que la locura del general Lee masacró a 5.000 confederados

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El 1 de julio de 1863 comenzó la contienda que marcó el declive de los ejércitos del Sur durante la Guerra de Secesión de EEUU

 Fue una contienda que causó aproximadamente 50.000 bajas -entre muertos, heridos, capturados y desaparecidos- y que marcó el principio del fin de la revolución de los sureños (los estados partidarios de la esclavitud que se habían sublevado contra los EEUU). Sin embargo, la batalla de Gettysburg (sucedida en julio de 1863) fue también el punto de inflexión de la Guerra Civil norteamericana. Y es que, tras darse de bruces contra las unidades del general norteño George G. Meade, Robert E. Lee (el mandamás confederado) entendió que el ejército rebelde jamás podría obtener una victoria lo suficientemente determinante como para lograr que sus enemigos les reconocieran como un país independiente.

Hoy hemos querido recordar la que fue la batalla más cruenta y sangrienta de la Guerra de Sucesión aprovechando que, el 19 de noviembre de 1863, el presidente unionista Abraham Lincoln dio uno de sus discursos más famosos en el mismo capo de batalla de Gettysburg (Pensilvania). Las tierras que habían visto pocos meses antes como el general Lee (al mando de las fuerzas del Sur) se volvía prácticamente loco y ordenaba a varias de sus divisiones lanzarse de bruces (y a pecho descubierto) a través de una planicie contra la artillería enemiga.

El conflicto latente

El origen de la batalla de Gettysburg y de la locura de Lee (hasta entonces, uno de los generales más destacados de la Guerra Civil norteamericana) se encuentra entre 1860 y 1861. Esos fueron los años en los que 11 estados (Carolina del Sur, Misisipi, Florida, Alabama, Georgia, Luisiana, Texas, Virginia, Arkansas, Tennesse y Carolina del Norte) se unieron, crearon una nueva nación llamada los Estados Confederados de América, y declararon la guerra a los EEUU. Oficialmente, la excusa de estas regiones ubicadas al sur fue la elección de Abraham Lincoln como presidente. Un político que –según creían- no iba a defender sus intereses económicos y esclavistas.

«El primer factor de divergencia entre Norte y Sur fue el desarrollo económico de la Unión. El Norte se industrializó mientras el Sur permaneció exclusivamente agrícola. Esta diferencia, en vez de hacerlos complementarios, puso sus intereses en contradicción», explica Réne Rémond en «Historia de los Estados Unidos». A su vez, lo que tocó –más todavía si cabe- el naso a los sureños fue que los unionistas (como se conocería posteriormente a los estados del norte) apoyaran en su mayoría la abolición de la esclavitud. ¿La razón? Que en los estados confederados se vivía prácticamente del cultivo de los campos de algodón. Un producto que era –naturalmente- mucho más barato de producir si no se le daba ni un dólar a aquellos que lo recogían.

En todo caso, comenzó un enfrentamiento (la Guerra Civil o Guerra de Secesión) en la que el Norte contaba a su favor su riqueza y su gran producción industria; y el Sur su ventaja estratégica (tenían que ser invadidos para ser derrotados) y algunos de sus generales. Hombres como Robert E. Lee, al mando de los ejércitos de los Estados Confederados y famoso por su eficiencia como militar.

«Lee era y siguió siendo (pese a la derrota final) un general muy respetado. De hecho era considerado el mejor de los comandantes posibles para un ejército estadounidense en su época. Al comienzo de la guerra la Administración federal (los norteños) había intentado que comandase sus fuerzas, pero Lee era un hombre muy leal a sus principios y nunca quiso traicionar su vinculación con el proyecto de génesis de unos Estados Confederados» explica, en declaraciones a ABC, Montserrat Huguet Santos (Doctora en Historia y autora de más de 90 textos entre los que destacan «Breve historia de la Guerra Civil de los Estados Unidos» -Nowtilus, 2015-).

Durante los dos años siguientes, los combates entre Norte y Sur acabaron con una buena parte de los suministros de ambos bandos. Aunque los que más sufrieron fueron los estados del Sur, donde faltaban desde el agua y la comida, hasta los zapatos de los soldados (que, en no pocas ocasiones, acudían descalzos o con botas raídas a la batalla). Fue por ello por lo que, en 1863, Lee estableció que lo mejor que podía hacer era coger el petate, a unos cuantos miles de hombres, y vencer a los norteños en su propio territorio para que se viesen obligados a corroborar su independencia. Razón no le faltaba ya que, si entraba en territorio enemigo, podría nutrirse de los recursos de las regiones unionistas.

Además, de esta forma pretendía ganarse algún que otro apoyo a nivel internacional demostrando que, efectivamente, los Estados Confederados debían ser tomados en cuenta.

El plan

Lee organizó, así pues, sus fuerzas para llegar desde Virginia hasta Pensilvania (cerca de Nueva York), acabar con el famoso puente sobre el río Susquehanna (lo que interrumpiría los suministros de los unionistas y les molestaría considerablemente) y conquistar la zona para nutrirse de sus granjas. Además, si lograba tomar por las armas la capital, podría amenazar ciudades tan poderosas como Baltimore, Filadelfia o la misma Washington. Así lo explica el popular divulgador histórico Christer Jorgensen en su obra «Grandes batallas. Conflictos decisivos que han cambiado la historia». ¿Cómo iba a negarse el gobierno norteño, teniendo un gigantesco contingente enemigo llamado a su misma puerta, a firmar la paz en esas circunstancias?

Desde el inicio de la guerra habían sido los federales los que se habían adentrado en los estados del sur. Ahora, en el verano de 1863, Lee pensaba que podía alejar la guerra de los estados del sur

Eso sí, para cumplir todo aquello primero debía pasar con sus hombres por encima del denominado Ejército del Potomac, el principal contingente de la Unión en el territorio oriental a cuyo frente se encontraba el general Joseph Hooker,

«Desde el inicio de la guerra habían sido los federales los que se habían adentrado en los estados del sur. Ahora, en el verano de 1863, Lee pensaba que podía alejar la guerra de los estados del sur, los más afectados hasta el momento por la destrucción. Pero lo más importante era mostrar a las naciones europeas, Francia y sobre todo Gran Bretaña, de quienes se recababa ayuda militar y financiera, que el Sur era más que un proyecto de nación, era una nación en sí y ganaba batallas. Además, la aplastante victoria sobre el ejército unionista del Potomac en Chancellorsville -en mayo de 1863- auguraba un buen resultado para la estrategia de Lee. El propio Lincoln desconfiaba de que los generales del Ejército del Potomac fuesen capaces de salir con bien de cualquier enfrentamiento con Lee», completa Huguet.

Hacia la batalla

El 3 de junio de 1863, Lee salió de Virginia del Norte junto a un ejército de 75.000 hombres y, durante tres semanas, fue amo y señor de los caminos. Apenas combatió alguna que otra vez contra algún pequeño núcleo de resistencia. En palabras de Jorgensen, primero se dirigió hasta las montañas Blue Ridge y, desde allí, partió hacia el valle de Shenandosh. Más allá de nombres de regiones lejanas (y que es necesario ubicar mediante un mapa) lo cierto es que el inicio de la campaña no le fue nada mal. De hecho, sus míticos jinetes dieron un buen susto a la caballería norteña en una escaramuza sucedida en Brandy Station cuando el calendario marcaba el 25 de junio.

Fue entonces cuando comenzó un dantesco pilla-pilla entre ambos ejércitos. «Cuando el ejército del Potomac se enteró de la ofensiva […] Hooker puso en movimiento su ejército para interceptar a los confederados y solicitó que el arsenal de Harpers Ferry fuese abandonado y su guarnición de 10.000 hombres fuese añadida a las filas del ejército de campaña», explica Jorgensen. El gobierno, por su parte, se negó (abandonar un fuerte no debía ser plato de buen gusto para ellos), lo que provocó que el general mandase a los mandos a abrevar y renunciase a su cargo el 28 de ese mismo mes. Así fue como, apenas cuatro días antes de la batalla que determinaría el destino de los EEUU, se puso al frente del contingente unionista George G. Meade.

Hubo cambio en el mando, pero el plan no se modificó ni un ápice: tocaba interceptar a Lee y a sus 75.000 hombres (un número que se dice rápido, pero que no era ni mucho menos desdeñable) y mandarles de vuelta a Virginia del Norte de un soberano patadón de bota. «Desde finales de junio el General Meade del Ejército del Potomac seguía de cerca los pasos a las tropas de Lee en su acción invasiva sobre territorio unionista», explica a ABC la doctora en historia. Para esta misión, el nuevo jefe del contingente tenía bajo su mando a la friolera de 97.000 soldados unionistas (aunque, atendiendo a las fuentes, el número se eleva en ocasiones a más de 100.000).

Comienza la batalla

El 1 de julio, mientras el ejército de Lee seguía su avance inexorable hacia la capital de Pensilvania, los sureños recibieron unos curiosos informes en los que se les decía que en el pequeño pueblo de Gettysburg (al sur de Harrisburg) había un gran alijo de zapatos con el que podrían hacerse fácilmente. Un bien sumamente preciado para los militares. Deseosos de contar con ellos, se envió a una brigada al mando del general James Pettigrew al lugar para recogerlos. No sabían que, paralelamente, los unionistas habían ordenado marchar hasta allí a su caballería (al mando de John Buford). Las fuerzas, como era de esperar, se encontraron. Y lo habían hicieron por mera casualidad. En principio, los sudistas trataron de atacar con cuatro brigadas a los jinetes, pero estos soldados montados estaban equipados con un moderno rifle de repetición y lograron resistir a base de tiros durante un buen periodo de tiempo.

«Los soldados de caballería desmontados de Buford pelearon como leones contra un número cada vez mayor de infantes confederados. Durante dos horas, aguantaron firmes», añade el divulgador histórico en su obra. Su actuación fue heroica, pues consiguieron resistir en la línea defensiva de «McPherson Ridge» (al noroeste de Gettysburg, cerca de un arroyo que el enemigo tenía que cruzar para atacarles) hasta que llegaron dos divisiones de infantería como refuerzo. El resultado posterior de aquellas dos unidades norteñas fue dispar. Y es que, mientras que una logró poner en fuga a parte de las fuerzas contrarias, la otra fue superada y tuvo que retirarse a un bosque cercano. Allí, sí lograron detener el avance del ataque rebelde.

En las dos horas siguientes, con el frente estabilizado, comenzó una guerra de movimientos entre ambos ejércitos. Al norte (en el flanco derecho de los defensores de «McPherson Ridge»), los Confederados vieron la posibilidad de rodear a sus enemigos y avanzaron con varias divisiones para tratar de desalojarles de sus defensas. Sin embargo, los unionistas enviaron rápidamente dos divisiones para detenerles. Para su desgracia, no pudieron resistir mucho debido a la apabullante superioridad numérica del enemigo. Así que, finalmente, se vieron obligados a retirarse hasta el pueblo de Gettysburg. Posteriormente fueron seguidos por los combatientes norteños que luchaban en «McPherson Ridge», quienes no tardaron en ver que iban a ser pasados a cuchillo sino corrían por su vida.

12.000 unionistas causaron baja y Gettysburg tuvo que ser desalojada

Las cosas pintaban bien para los confederados que -en medio de aquel caos- habían logrado sobreponerse a las defensas unionistas y -al menos de momento- contaban con más soldados en la zona que sus contrarios. En ese momento, Lee quiso dar un golpe de efecto y ordenó a uno de sus generales tomar la que entonces era la última línea de defensa de los norteños: la colina del cementerio o «Cemetery Hill» (donde las divisiones que se habían retirado habían establecido sus posiciones).

«Lee decidió plantar cara en Gettysburg. El General Ewell recibió de Lee la orden de atacar en el Cementerio. Pero Ewell, que reemplazaba a "Stonewall" Jackson -muerto en la batalla de Chancelorville- decidió no atacar porque consideraba que el oponente era demasiado fuerte. Su actitud dubitativa le hizo perder la oportunidad de sorpresa y permitió que llegaran más fuerzas de la Unión. Siendo inferior en número, el ejército federal tuvo ocasión de incrementar sus unidades y mejorar sus posiciones», añade la autora de «Breve historia de la Guerra Civil de los Estados Unidos» -Nowtilus, 2015-. Al final de la jornada, no obstante, 12.000 unionistas causaron baja y Gettysburg tuvo que ser desalojada. La línea defensiva de los hombres de Meade se ubicó al sur del pueblo.

2 de julio

El segundo día de batalla, los generales de ambos ejércitos se reunieron para decidir qué diantres hacer. Meade estableció que sus hombres formarían una línea defensiva en forma de horquilla (la cual había comenzado a formarse en la jornada anterior). El resultado fue que se creó un frente de varios kilómetros de extensión dominado por los siguientes accidentes del terreno: a la izquierda, dos colinas (las «Round Tops»); en el centro, la posición fácilmente defendible de «Cemetery Hill» y, finalmente, a la derecha un bosque frente al que se encontraba el pueblo de Gettysburg (desalojado en la noche anterior). Solo quedaba defender hasta la muerte. Al fin y al cabo, eran los confederados los que atacaban, y si querían expulsarles de la región, les tocaría sudar sangre.

Por su parte, Lee estableció que, para desalojar a sus enemigos, lo mejor sería atacarles por los laterales. El punto en el que quería romper la línea enemiga era el flanco izquierdo de Meade: las «Round Tops». Y es que, estas no habían sido tomadas todavía por los unionistas. Si lograban conquistarlas rápidamente, dominarían el terreno desde la altura y podrían bombardear con sus cañones al enemigo. Todo perfecto, sino hubiera sido por la maldita lentitud de sus subordinados. «Lee siguió insistiendo a sus generales -Ewell y Longstreet- para que lanzasen el ataque lo antes posible. Pero las dudas de ambos les hicieron retrasarse hasta la tarde», añade Huguet. Al final, las colinas fueron reforzadas por varias brigadas contrarias que resistieron el envite. Lo mismo pasó en el flanco izquierdo.

«Entre el día anterior y este habían caído unos treinta y cinco mil hombres en ambos ejércitos. Sin embargo, la alta mortalidad en el enemigo surtía el efecto en los generales confederados de considerar ganada la batalla. Ese fue quizá el error más grande, el no valorar convenientemente la situación real», completa la experta en declaraciones a ABC. El segundo día había sido un desastre para los rebeldes.

Día final: la locura de Lee

El 3 de julio, Lee usó su último cartucho. En vista de que no había logrado romper los flancos unionistas el día anterior, decidió ordenar un ataque al centro de la línea enemiga. El problema radicaba en que los militares encargados de llevarlo a cabo tendrían que atravesar una llanura de un kilómetro y medio de extensión hasta poder cargar contra los defensores. Una severa dificultad ya que durante el tiempo que tardaran en atravesar la campiña no podrían cubrirse ante el fuego de la artillería enemiga. La única solución que cabía era la de destrozar los cañones norteños (ubicados en «Cemetery Ridge», cerca de «Cemetery Hill») y posteriormente avanzar. De lo contrario, serían masacrados.

«A las 13:00, casi 150 cañones confederados iniciaron un cañoneo contra el centro de la Unión. Pronto, unos 80 cañones de la Unión replicaron desde “Cemetery Ridge”», añade el divulgador histórico. Poco después, el bombardeo unionista se detuvo durante unos minutos. En ese tiempo, Lee consideró que la artillería contraria había sido destruida y que era el momento de avanzar, así que ordenó a sus hombres recorrer esa llanura de la muerte. La fuerza seleccionada fueron los hombres del general George Pickett (tres brigadas reforzadas por dos divisiones). La decisión fue una auténtica locura por parte de Lee, pues acababa de mandar a todos y cada uno de aquellos combatientes a ser masacrados.

«El tercer día Lee ordenó el ataque en “Cemetery Ridge” (tres divisiones precedidas de la artillería). A los soldados rebeldes les cercaban ahora los regimientos de Vermont, Ohio, Nueva York. No tuvieron escapatoria», explica la experta. En pocos minutos, fueron acribillados por el fuego enemigo. Con todo, lograron tomar durante un breve periodo de tiempo los cañones contrarios. Aunque finalmente fueron expulsados de la posición y se vieron obligados a retirarse. «La acción de Lee estaba orientada a desmembrar las líneas de la Unión pero, como es bien sabido, fracasó, teniendo además un coste enorme cifrable en miles de vidas humanas», añade la autora. Las bajas se contaron por 30.000 en el bando Confederado.

Vencido, humillado y sin haber puesto en jaque al gobierno de la Unión, Lee se retiró a Virginia. El último día de contienda, eso sí, no tuvo problemas en confesar que se había equivocado. «Materialmente hablando fue una derrota muy dura, por la pérdida de hombres y de recursos en un momento muy avanzado de la guerra. Esta derrota se unió a la que se produjo el 4 de julio, en Vicksburg, a cargo del general unionista Ulises Grant. Pero sobre todo fue una derrota devastadora en el plano moral. Después de Gettysburg las esperanzas de reconocimiento de la Confederación se desvanecieron», finaliza Huguet. Con todo, la guerra duraría todavía unos años más, hasta 1865.

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