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«Hablar de Vic 25 años después todavía duele»

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Angels Ribó recuerda que a su sobrina Ana le encontraron llorando «entre los escombros, dentro de un armario, con el chupete puesto»

A lo largo de la macabra historia de ETA han quedado en la retina innumerables imágenes dolorosas. Una de ellas es la del guardia civil José Gálvez Barragán, con la cara ensangrentada, llevando en brazos a la niña Isabel Porras, herida en el atentado que ETA acababa de cometer en el cuartel de Vic (Barcelona). Hoy se cumplen 25 años de aquel 29 de mayo de 1991. Aquella tarde la pequeña Isabel y otros niños jugaban en el patio del acuartelamiento cuando la bomba hizo explosión y asesinó a diez personas, cinco de ellas menores. 44 ciudadanos más resultaron heridos, la mayoría civiles. En la casa cuartel de Vic convivían entonces catorce agentes, trece mujeres y veintidós niños. A esas horas, unos minutos después de las siete de la tarde, algunos pequeños apuraban su habitual sesión de juegos antes de regresar a sus hogares. Había una carrera ciclista en Vic y la mayoría de los guardias estaba fuera del cuartel.

Los terroristas de ETA habían cargado el vehículo, un Renault 6, con doce bombonas con dieciocho kilos de amonal cada una y fue proyectado aprovechando la ligera pendiente de una de las calles laterales en las que se encontraba ubicada la casa cuartel. Una vez que el coche bomba llegó dentro del patio del acuartelamiento, el etarra Juan Carlos Monteagudo activó a distancia el explosivo. Junto a él, participaron en el atentado Juan Félix Erezuma Uriarte y Juan José Zubieta Zubeldia. Los dos primeros murieron en una operación policial llevada a cabo a las 24 horas, en un chalet de la localidad barcelonesa de Lissá de Munt, mientras Zubieta fue detenido sin oponer resistencia.

Gálvez Barragán como el resto de guardias civiles del cuartel de Vic tienen grabado en la memoria aquel miércoles de mayo. «Son cosas que no se pueden olvidar. Una persona normal no puede borrar algo así», aseguraba en el documental 'Mientras los niños jugaban', de David Fontseca, en el que un mando de la Guardia Civil expresaba también su asombro por que los terroristas hicieran explosionar el coche viendo a los niños jugar en el patio. «Es que los vieron y no tuvieron ni la vergüenza de decir: 'es que hay críos...'».

Otro de los agentes supervivientes de aquel atentado, Salvador Rodríguez Caña, resume su sentimiento en esta frase: «A mí ETA no me mató físicamente, a mí me mató por dentro». Lo normal era que un día de labor del mes de mayo el patio del cuartel estuviera lleno de niños porque, según este agente, «era el sitio más seguro para dejarlos, aunque luego se demostró que no».

Los últimos cadáveres

En el atentado de Vic, a Angels Ribó le asesinaron a su hermana Nuria y a su cuñado, el guardia civil Juan Chincoa. Tenían una hija, Ana, de 20 meses. Aquella tarde, Angels estaba en casa bañando a sus hijos. Le llamó su marido, Joaquim Berrocal, para asegurarse de que no estaba dentro del cuartel. Él salió de su trabajo y, como siempre, tenía el coche aparcado delante del cuartel. Al llegar al vehículo explotó la bomba y su reacción fue encaminarse al piso de sus cuñados Nuria y Juan, en el cuartel. Entre escombros escuchó un llanto y se encontró a Ana, «estaba dentro de un armario con el chupete puesto». La cogió en brazos y se la llevaron al hospital, donde trabajaba Angels. Entonces se afanaron en buscar al matrimonio. Se temían lo peor. «Fueron los últimos cadáveres que encontraron porque estaban juntos, debajo del coche bomba», rememora Angels Ribó.

-¿Cómo se sobrelleva un golpe tan duro?

-Te provoca un cambio de vida y de pensamiento total. Cuando te pasa algo así, cambias. Yo creía un poco en Dios, pero tras el atentado pensé: Dios o es muy malo o es que no existe. ¡Si es que Nuria tenía 22 años cuando falleció! A lo largo de estos 25 años, la rabia interior y la impotencia no se pasa. Nadie te lo puede quitar. He llorado mucho y lo sigo haciendo, sobre todo cuando se acercan fechas señaladas... Mi madre sí que lo lleva mal, cuando alguien comenta algo de esto, no puede evitar que le caigan las lágrimas.

-¿El paso del tiempo ayuda?

-Con los años, por supuesto que te sigues acordando, pero también es distinto. Ha habido momentos muy críticos como el día de la comunión de Ana... No sabes si la estás educando bien, y eso que para nosotros es como un hijo más. La hemos criado como si fuera nuestra hija y no nos ha dado ni un problema, es una niña buenísima. Es cariñosa como mi hermana Nuria.

La custodia de Ana se la quedaron los abuelos, pero ha hecho realmente la vida en casa de Angels. Sus dos hijos le llevan seis meses cada uno. «Hoy en día, los fines de semana todavía está con nosotros. Ella tiene su habitación y todas sus cosas en casa. Mi hijo mayor y Ana salen además en la misma cuadrilla», relata.

-¿Cómo le contó a Ana lo que le ocurrió a su familia en la casa cuartel?

-Siempre hemos llevado flores a la tumba de Nuria y Juan. En todo momento le dijimos que unos hombres malos habían matado a sus padres, no lo escondimos nunca. Yo tengo guardado todo lo que se contó porque en aquel momento la televisión local estaba justo al lado del cuartel. Lo grabaron todo y yo fui a pedirles si me podían dar una copia. Cuando Ana cumplió 15 años, le conté que lo tenía y que si algún día quería verlo se lo enseñaba.

-¿Y lo ha llegado a ver?

-Al cabo de un tiempo, un día me dijo que le gustaría verlo y se lo enseñé, pero como hay imágenes que se repiten continuamente me dijo: '¿Sabes qué? Lo vamos a dejar'. En estos años, ella siempre ha estado preguntando: '¿Qué canciones les gustaban a mis padres? ¿Me querían como tú? ¿Me daban besos, me acariciaban?'. Son cosas que a ti te machacan, pero ella siempre lo ha preguntado con naturalidad. Y, claro, a ti al escucharle se te hace un nudo en la garganta. La verdad es que yo creo que es y ha sido feliz. Todos la queremos un montón y además es que se hace querer, es súper cariñosa como Nuria.

-¿Qué sentimiento le produce a su sobrina aquella vivencia tan dramática?

-La única cosa, y me sabe mal, es que no quiere ir nunca al País Vasco, y eso que se ha recorrido toda España. A pesar de que le decimos que es precioso, no quiere ni oír hablar de visitarlo. No quiere porque dice que cualquier conversación, cualquier cosa sobre este tema, le daría problemas. Ella se tiene que agarrar a algo. Lo cierto es que tampoco lo comentamos mucho. Hablar del atentado de Vic todavía duele.

Angels es de las pocas víctimas de Vic que se prestan a hablar sobre el atentado. Ella les entiende perfectamente. Les conocía a todos los del cuartel. Estaban muy integrados en la ciudad, incluso antes de casarse su hermana, ya conocía a muchos. «Pero hay mucha gente que no ha superado aquello». Además, en las últimas semanas, la visita de Arnaldo Otegi a Cataluña ha enfadado a muchas víctimas. «Yo no digo que él sea un asesino, pero, si piensa como los asesinos...», duda Ribó.

Después de 25 años, en el solar donde estaba la casa cuartel se va a construir una biblioteca y se instalará un monolito con el nombre de todas las víctimas. Después del atentado, se decidió derruir lo que quedaba del cuartel, limpiaron el solar y desde entonces se ha utilizado como aparcamiento a la espera de que alguien tomara alguna decisión.

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