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ETA tiró a la cuneta y remató a un policía agónico

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Antonio Cedillo se desangraba por la masacre de Oyarzun. Un camionero lo llevaba al hospital cuando ETA interceptó el vehículo, sacó al agente y lo remató en la cuneta. Hoy, el Carnicero de Mondragón se enorgullece y el hijo de la víctima se ha querellado contra él.

ETA convirtió la vida de José Miguel Cedillo en un vía crucis de orfandad y terror, de agorafobia y pánico que le mantuvieron durante muchos años encerrado entre las cuatro paredes de su casa. ETA le robó a tiros a su padre y le hurtó la infancia, la adolescencia y la juventud. José Miguel Cedillo tenía sólo 7 años. La mirada de aquel niño tuvo que contemplar, con el espanto cosido a los ojos, en la Capilla Ardiente instalada en el Gobierno Civil de Gupúzcoa, cómo un compañero de su padre se descerrajaba un tiro en la cabeza porque la sangre, el terror y el dolor por sus compañeros muertos le derrotaron la voluntad de seguir viviendo. Jesús María Zabarte Arregui, alias el Carnicero de Mondragón, formaba parte de la partida de asesinos de ETA que en 1982 cosieron a balazos en Oyarzun a tres policías nacionales. A Antonio Cedillo Toscano, padre de José Miguel, lo sacaron del vehículo que le trasladaba a un hospital, como un fardo lo arrojaron sobre la cuneta y lo remataron de dos tiros en la cabeza. El Carnicero de Mondragón, con 17 asesinatos sobre su conciencia, está en libertad y recientemente declaró que "él no había asesinado a nadie, que sólo había ejecutado a enemigos de la patria vasca, y que si ETA se lo volviera a ordenar él volvería a matar".

José Miguel Cedillo, 32 años después, ha vuelto al espanto de su infancia al leer las declaraciones del Carnicero de Mondragón en las que este criminal, al que el Poder Judicial español le abrió la celda de la que nunca debió salir, se envanece y se vanagloria, entre otros muchos, del asesinato de su padre. Por eso le ha presentado una querella, que ya está admitida a trámite, por los delitos de enaltecimiento del terrorismo, pública humillación a las víctimas y, por primera vez en este tipo de querellas, por los delitos de incitación al odio y al enfrentamiento civil.

El asesinato del policía nacional Antonio Cedillo Toscano revistió tintes de especial crueldad. Hay que recordarlo para valorar la magnitud de la traición a las víctimas, explícita en la política de generosidad de Zapatero y de Rajoy para con los terroristas de ETA. Corrían los llamados años de plomo. Estamos en 1982, mediada la mañana del 14 de septiembre un talde etarra, del que formaba parte el carnicero de Mondragón, acribilla a balazos en una emboscada en Oyarzun a los policías nacionales Jesús Ordoñez Pérez, Juan Seronero Sacristán y Alfonso López Fernández. Su compañero Antonio Cedillo Toscano resultó gravísimamente herido al intentar repeler la agresión armada. Un camionero lo encontró arrastrándose por la carretera meintras se desangraba. Era un buen samaritano. Lo subió a su vehículo para llevarlo al hospital más cercano. El coche en el que huían los etarras avizoró el camión, lo interceptaron, encañonaron al buen samaritano que lo conducía, sacarón de la cabina a Antonio Cedillo, lo arrojaron sobre la cuneta y le pegaron dos tiros en la cabeza.

A José Miguel Cedillo aún le quedaba apurar hasta las heces la copa de crueldad que ETA le había servido con el asesinato de su padre. Al día siguiente de la masacre, el sargento de la Policía Nacional Julián Carmona Fernández se suicidaba pegándose un tiro en la sien en la Capilla Ardiente en la que José Miguel Cedillo, un niño de 7 años, lloraba la muerte y velaba el cadáver de su padre. Fue en las dependencias del Gobierno Civil de Guipúzcoa, en presencia del general Félix Alcalá-Galiano y de varios de sus compañeros, cuando el sargento de la Policía Julián Carmona Fernández, casado y padre de tres hijos, que había pasado la noche acompañando a los familiares de sus compañeros asesinados y ocupándose de los trámites de las autopsias, desenfundó su pistola reglamentaria y se pegó un tiro en la sien. Los muertos de la jornada anterior y los de otros muchos atentados de aquellos años de plomo eran todos compañeros y amigos suyos. Además, le habían ordenado acompañar a uno de los cadáveres hasta su lugar de origen y hablar con los familiares del caído. No pudo más. Fue el primer caso que los médicos psiquiatras bautizaron con el terrible diagnóstico conocido como Síndrome del Norte.

El Carnicero de Mondragón se siente muy orgulloso de sus crímenes. José Miguel Cedillo no puede más. Se ha querellado contra él. La querella no se ventilará en la Audiencia Nacional, como procede en los casos de terrorismo. Se hará en un juzgado de la localidad vasca de Vergara, al que el asesino de su padre ni siquiera tendrá que ir a declarar. Su abogado lo hará por él. Y a esto, algunos, le llaman Justicia

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