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PINCELADAS: EL SILLERO. UN OFICIO ARTESANAL PERDIDO

pinceladas

Nueva Pincelada de nuestro colaborador José Luis Lindo Martínez, cronista oficial de Aranjuez

EL SILLERO. UN OFICIO ARTESANAL PERDIDO

Hace dos años escribía en varias Pinceladas oficios artesanos que se han perdido: el lañador, globero, hojalatero, afilador, el chatarrero, etcétera. Pero dejé sin describir otro oficio, el de sillero, que lo trabajó día a día por las calles de Aranjuez y poblaciones aledañas, Fausto Gallego López. Hombre sencillo y afable, curtido y luchador por la dureza del día a día, recorriendo el vecindario, pateándose las calles y voceando en busca del posible arreglo que realizaba este menestral para sacar el jornal que necesitaba llevar a casa para mantener a la familia.

El sillero era otra de las figuras nómadas que recorría las calles cargado con el haz de enea, comúnmente llamada espadaña, colgando de uno de sus hombros, o podía también ser esparto, aunque no era muy habitual hacer trabajos con este material, iba voceando, gritando: ¡El silleroooo. Se arreglan sillas, banquetas, mecedoras, hamacas, bancadas!

Era el grito de hombres humildes que sentados en el suelo no levantaban la cabeza para atender al cliente, según iba trabajando le respondía sin dejar su tarea. En líneas generales el sillero trabajaba siempre en plena calle, sentado en el suelo, dando vueltas y revueltas a las sillas para laborar la enea en lo que finalmente se convertía en el asiento, o bien el encolamiento de una de las juntas de la madera. “Echar la tapa”, es decir, arreglar el asiento de enea o espadaña, era un arte de filigranas que no todo el mundo sabía interpretar al realizar el trabajo.

Diferentes dibujos se podían hacer con la espadaña, podríamos decir que era a gusto del consumidor, bien en forma de triángulos, cuadrados, rombos, etcétera. Es verdad que salía más barato comprar una silla o mecedora de espadaña hecha en fábrica, pero era menos artística, menos laborada por hombres como los silleros que le daban “vida” por medio de esas curtidas manos.

La materia prima que se utilizaba únicamente, era la enea o espadaña, un material que se ha utilizado desde antiguo para hacer o reparar las sillas, mecedoras, banquetas. Es una planta de hoja ancha, de una gran hierba que está enraizada bajo el agua, y que se encuentra en el margen más interior de la orilla de los cursos de aguas lentas.

Un reportaje en 1984 del periódico ABC de Sevilla, recoge un dibujo de un sillero caminando por las calles cargando dos sillas y un haz de enea a la espalda, además del siguiente voceo y comentario.

« ¡Niña, er sillero, se ponen palos, se ponen asientos de aneas a las sillas y quean nuevesitas, el silleroooo!

La figura y el pregón eran habituales en nuestras calles, como tampoco en las casas faltaban las sillas, los sillones, las mecedoras de asiento de anea. Sobre todo esas sillas bajas, tan apreciadas por las mujeres para las labores. Para las monjas que se sentaban en sillas de aneas dedicadas a la costura, con el cestillo de mimbre al lado».

Fausto se ganaba el pan día a día, además de con el oficio de sillero, con los de lañador o globero los domingos y festivos en la zona de El Brillante, Plaza de San Antonio o Cuatro Esquinas en Aranjuez.

Cuando tenía que hacer alguna compostura de una silla, banqueta, etcétera, con espadaña, pedía al cliente que lo llevase a su casa, o si podía se lo llevaba el mismo «y lo arreglaba en la puerta de la calle de su casa, en el patio de vecinos, donde tuviese un hueco para trabajar sin molestar».

Recuerda pormenores de cómo comenzó este oficio artesano de arreglar sillas, y se proveía de este material cuando hace muchos años no contaba con dinero para comprarlo en comercio o industrias.

«Al lado de las tierras de Domingo Ortega, por Borox, pues si me iba para todo el día a estas tierras a arreglar las sillas, cogía una o varias gavillas de las que tenía en casa las echaba un poco de agua por encima para humedecer la espadaña. A la mañana siguiente podía doblar la gavilla y atarla en la moto, para que cuando fuese por la carretera, al sobresalir mucho, los coches no me llevasen por delante.

Había veces que podía echar hasta cuatro o cinco sillas para traérmelas a casa y arreglarlas, pero claro luego tenías que volver otra vez a llevarlas, entonces prefería irme para todo el día de trabajo».

Por su avanzada edad, Fausto ya no sale fuera de su domicilio para arreglar sillas, le llevan el trabajo a la puerta de casa para su arreglo, pero de forma puntual o por algún compromiso, porque está jubilado. Al respecto de los arreglos me enseña una silla que la pone como ejemplo.

«Aquí tengo una silla en casa que lleva más de treinta años en mi poder. Me la trajo una mujer de Caritas [barrio de Aranjuez] a mi casa. Le eché el asiento, la encolé, se quedó nueva, y a la hora de pagar la señora me pregunta que cuanto era el arreglo, le digo que mil pesetas, y me dice que era muy caro. No la quiso, no la quiso, y la dije: pues deje ahí la silla, que me quedo con ella. Y si la quiere, pague. Y tiempo después mi yerno, sin querer, la partió a esta silla una pata, la encolé y aquí está, tirando para adelante. Y tengo unas sillas mejores que ésta, hechas a cuadros con la espadaña. Por ejemplo ésta que tengo en la mano la tengo veinticinco años, y sin reparar. La eché el asiento a cuadros, y ahí está, nueva, veinticinco años tienen, ni se mueven.

Uno que tenía una fábrica de hacer sillas en Valdemoro, que ya cerró, me las llevaba por camiones a casa, que yo vivía donde “El Kico”, –una tienda de frutos secos y golosinas que había en el Barrio Nuevo–, ahí me las llevaban y las echaba el asiento, me las pagaba a seiscientas pesetas, pero era barato según estaba el mercado, y más con material y todo. Entonces le dije que no las hacía. Empleándome para hacer una de ellas, me podía llevar hacerla algo más de un día».

Y como todo en la vida, las voces corren como el agua, traspasan las fronteras entre los pueblos, de tal forma que se supo que Fausto era un buen sillero, hasta tal punto que le comenzaron a llevar sillas para “echar la tapa” por medio de camiones a la puerta de su casa en el Barrio Nuevo, venían de poblaciones aledañas como: Illescas, Olías del Rey, Pinto, etcétera. Así estuvo hasta que se jubiló hace muchos años.

En la actualidad Fausto Gallego López cuenta ochenta años, con duros años de trabajo y dificultades a la espalda en su lucha por salir adelante en este desaparecido oficio. Al respecto del arreglo de las sillas, a pesar de que aún guarda varios fardos de enea en la casa, nos dice para concluir lo siguiente: «Con el tiempo, en vez de llevar las sillas a la tapicería, por comodidad y no comprar la espadaña, me dediqué a tapizarlas yo mismo, y ahí las tienes».

Y por último es interesante y viene a colación dos artículos del afamado periodista Antonio Burgos en el periódico ABC edición de Sevilla. Recogemos un extracto del primero de ellos fechado el día 8 de abril de 2006 y titulado: “Romance a la silla de Enea”:

« ¿Qué sería de Sevilla sin tu popular madera, sin ese culo de juncos que tejen manos silleras, ay, sin tus cuatro patitas, sin respaldo que pusiera «Quidiello», aquel artista que a la silla ennobleciera firmando su obra de arte como sin un Murillo fuera?

¿Qué sería La Campana sin tus filas tan bien puestas, que van desde Félix Pozo hasta Zara y dan la vuelta por donde tiene Mienmana su famosísima tienda que calza a media Sevilla y a parte de la otra media?

¿Qué sería La Campana sin esas sillas de enea, la típica tradición del abono en la carrera y que no son lo mismito que las que ya proliferan por donde venden chicarros mi otra hermana zapatera, por la cerrada Avenida, y que llaman de tijera, que cuando vas a cerrarlas igual que una bomba suenan y que tuvieron la culpa de la Madrugada aquella?

Tú eres tan sevillana, mi silla, silla de enea, que sin ti no habría tal gracia por abril en las casetas. Que acaba Semana Santa y te llevan a la Feria.

Y que la Feria se acaba y en el Rocío te encuentras aunque ciertamente el plástico te hace la competencia y en la noche del camino, cuando paran las carretas y las hogueras se encienden, y los círculos se cierran para los cantes y el baile por la marisma de Huelva, con tanta silla de plástico… ¡aquello parece Ikea! ».

Ya no hay voces y gritos en las calles ofertando oficios, aquellos que resolvían los problemas domésticos en las casas. No hay aprendices, no hay interés en el remiendo, estamos en una sociedad consumista que devora y devora para tener lo más nuevo y mejor. Triste vida la de aquellos hombres que poblaban las calles empedradas, un oficio más que se perdió: ¡El Silleroooo!

Mi agradecimiento a Archivo Municipal de Málaga, Fausto Gallego, José Ramón Vega Frías, El Taller del Sillero.

Publicado el día 14 de febrero de 2014 en El Rincón del Cronista

José Luis Lindo Martínez

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