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Bellacos y malvados.

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Francisco Hervás Maldonado

Articulo de opinion de nuestro colaborador el Coronel Médico D. Francisco Hervás Maldonado.

 

Bellacos y malvados.

Francisco Hervás Maldonado

Hace tiempo que existió un individuo en mi pueblo llamado Chamorro, el cual, a fuer de ahorrativo, pasó a ser grotesco, pues tenía una puerta con tanto remiendo que ya no se sabía lo que de remiendo y lo que de puerta oriunda tenía la susodicha. Era su puerta un frenesí de parches en los que nada hacía sospechar una previa originalidad en la misma, como tantas personas que, sin encomendarse a Dios ni al diablo, deciden dedicarse a temas que les son ajenos. Yo mismo, sin ir más lejos, pero sin tanta chapuza, porque antes procuro documentarme. Además, más vale hacer lo que te apetece que te apetezca lo que no haces, siempre que sea honesto, naturalmente.

Un buen humanista ha de ser bellaco, como la puerta de Chamorro, aunque sutil, como el vuelo de la golondrina, nocturno, como la caza del lince, ingenioso, como la ley de la palanca e inquieto, como el trino vespertino de las aves canoras. Eso sí, tan cursi como esta última frase, no.

La bellaquería es la condición de los tiempos, en que los escurridizos resisten

los embates de maldad con hábiles movimientos de cintura, como las bayaderas o incluso como los buenos toreros: Hay que recibir al toro autonómico o autonacionalista con gesto decidido. El toro montaraz, ahíto por su bramada independencia, entra dubitativo, y se le pone una divisa para que se aclare (escrito conminatorio), recibiéndolo a porta gayola (BOE y Cortes), luego se le dan varios pases abiertos, averonicados (cuentas, retenciones de partidas presupuestarias…) y se le cuadra frente al picador, que le mete una puya (retirada de competencias económicas) y otra más (cambio de dependencia judicial en determinados delitos y faltas), pasándose al segundo tercio, el de banderillas, con varios rehiletes muy bien puestos (retirada de funciones de orden público, traslado forzoso de ciertos funcionarios a determinados lugares de España y ley de unificación de delegaciones internacionales en una sola: la nacional de España), para tras una suerte de naturales (ley de máxima dotación parlamentaria autonómica, ley de validación presupuestaria autonómica) entrar a matar (artículo 155 de la Constitución Española) y si se falla, al descabello (denuncia de los responsables ante la Audiencia, o tal vez el Tribunal Supremo, previa detención). No hay toro autonómico o autonacionalista que aguante el peso de la ley, aunque algunos son correosos, como los de la ganadería de los “Herederos de doña Obra Perpetua (HOP)”, conocidos como la ganadería de la buchaca, pues rodean el castigo mediante unción pecuniaria de los monosabios (porque si no, serían monotontos) e incluso de las mulillas (que ya no son lo que eran, sino más bien burrillas).

Sé bellaco y échate a dormir. Yo tengo un vecino bellaco que no para de hacer

obras, pues piensa que “obras son amores y no buenas razones”, por lo que produce ruidos sinfónicos de música concreta (me río yo de Karl HeinzStockhausen o de Luis de Pablo), pero no discreta, que turba la siesta, arruga la tez, enerva el espíritu y carga los fusiles. Lo que pasa es que, cuando tienes el machete en la boca, el rifle al hombro y la bala en la recámara de la pistola, se te representa la imagen de tu santa madre en la infancia, diciéndote aquello de: “has de ser siempre bueno y ganarás el cielo”, lo cual te arruga y achanta, pues la otra opción es el diablo rampante. Así es que uno deja las armas y se pone unos tapones, que es la solución de los buenos y de los gilís. ¡Qué se le va a hacer! Ahora bien, en la bellaquería tenemos bellacos al detall, como mi vecino, y otros al por mayor, como determinados individuos de casta innombrable, disfrazados de “servidores públicos”. Estos grandes bellacos, aparte de cambiar de camisa con frenesí, son capaces de vender a todo un pueblo por unos amaños económicos, pues son falsos cual maravedí de hoja de lata. Se crían bien en esta península ibérica.

La vida es bellaca, porque si no, no es vida. Por eso jamás hay que asustarse, pues el arma favorita de los bellacos es amenazar, amedrentar y aterrorizar. Podemos con ellos hasta con una mano atada en la espalda. A la Guardia Civil, a la Policía Nacional, a la legión y a mí nos va la marcha.

Mucho me temo que en la vida hay mucha falsía. Por eso, se acabó lo que se daba y me voy de vacaciones. ¿Qué no toca?, pues ¡qué bobada! Me voy, que estoy en la edad.

¡Cosa bruta! – que dirían los italianos.

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