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Un velero veloz

francisco hervas maldonado

Francisco Hervás Maldonado

Articulo de Opinión de nuestro colaborador en Benemérita al Día, D. Francisco Hervás Maldonado, Coronel Médico

Un velero veloz

Francisco Hervás Maldonado

Un amigo marinero, hace ya algunos años, me lo decía: España es un velero. Posee grandes normas que le guían (las velas), un casco que la mantiene a flote (la economía) y unos políticos que la gobiernan (los que tensan las velas, manejan el timón y dirigen la maniobra). Este velero contiene dos grandes tesoros: la carga que porta, que somos todos los españoles, y el destino que busca (un puerto seguro de arribada, donde la carga obtenga un beneficio grande por el simple hecho de su existencia y necesidad.

Pero esto no sucede así. Resulta que el casco está cada vez peor, sin mantenimiento ni sabia gestión, cada tripulante va a lo suyo y, en vez de mejorarlo añadiendo incluso un nuevo casco y convirtiendo el velero en catamarán veloz, lo dejan que se pudra e incluso – si pueden – lo venden a cualquier armador que se ponga a tiro. Las velas están rotas por el viento y se tensan mal, de manera que cada vez se rompen más y no se reparan o cambian. La maniobra es una chapuza tras otra, pues al personal de tripulación solo le importa cobrar su sueldo y hacer lo menos posible, exigiendo cada vez una parte más elevada por el flete. Y así no llegamos a ninguna parte.

Aquí falla casi todo lo fundamental. La legislación básica es obsoleta, lo que hace necesaria una plétora de legislación auxiliar, con frecuencia contradictoria, mediante la que es imposible regirse. Lo vemos constantemente. Pero es que, además, nuestra querida Unión Europea es en realidad, una unión caótica, burocrática, circunfleja e ineficaz en un alto grado. Lo único que percibe el ciudadano es el inmenso “pesebre” del parlamento europeo, carísimo e ineficaz – por voluntad de los distintos gobiernos, por supuesto –, que no soluciona nada porque, por definición, no puede hacerlo. Y muchas otras instituciones inútiles que pueblan no solo Bruselas, sino media Europa.

Fallan los políticos, por supuesto. A veces por afición al “descuido”, pero no les echemos toda la culpa. Fallan porque son demasiados, porque no se sabe su función, porque no tienen libertad de movimientos (están completamente coartados por sus partidos, o sea: por el voto y no por la calidad), porque les lavan el cerebro –en muchos casos – cuando, desde pequeñitos, ingresan en las juventudes de sus partidos y, sobre todo, porque su inexperiencia – buscada y provocada por los propios dirigentes de su partido – les incapacita para poder tomar decisiones de forma libre y objetiva. Es decir, que no pueden gestionar, sino obedecer. De manera que nuestra clase política, salvo honrosísimas excepciones, es de una calidad lamentable.

Pero es que fallan los controladores y rectores de nuestra economía. En parte porque “afanan”, pero sobre todo porque son unos ilusos. Sin motivación, la economía no crece. Sin confianza, la economía tampoco crece. Sin apoyo desinteresado (es decir, sin abuso de las tasas y facilitando la actuación de los emprendedores), la economía sigue sin crecer. Cuando alguien impone una tasa, ha de explicarlo detalladamente, indicando el destino – en todos sus pormenores – del dinero recaudado, los controles de gestión del mismo que se establezcan, las revisiones previstas al alza o baja en tiempo y lugar, etc.

Fallan igualmente los profesionales, que no siempre poseen la formación necesaria. Aquí son las escuelas, institutos y universidades quienes han de entonar el “mea culpa”. ¿Qué fue de las oposiciones de antaño? ¿Cumplen su función? ¿Quién las controla?

Falla la justicia, sobre todo, porque ni son todos lo que están ni están todos los que son. El acceso a la carrera judicial debe ser uniforme, por oposición, y no variopinto. Por otra parte, falta una interpretación clara de las leyes a la luz de su espíritu y no de su literalidad, tal como preconizaba el barón de Montesquieu y tantos otros. Los fiscales están organizados en forma obsoleta y el procedimiento de impartición de justicia es lento y anticuado, igualmente. No existe un sistema eficaz de seguridad para mantener el secreto sumarial ni los abogados disponen de una normativa ética y control efectivo por sus colegios profesionales. No todo el mundo debería ejercer, por muy titulado que sea, sin antes demostrar su capacitación. Por supuesto que el abogado deshonesto debe de ser cesado inmediatamente, amén de sus responsabilidades de todo tipo, que se le debieran exigir.

¿Y la sanidad? ¿Qué me dicen de ella? Teníamos una sanidad puntera, que poco a poco ha sido devorada por las Comunidades Autónomas. Sobran muchas cosas – sobre todo sobran, en cantidades más que alarmantes, los gestores – y falta lo fundamental: médicos, enfermeras, auxiliares sanitarios, celadores…, o sea: personal sanitario. Cada cual tiene su programa de vacunaciones (como si las bacterias y virus supiesen algo de autonomías), cada quien paga lo que le zumba y exige lo que le parece a proveedores. Incluso, cada cual contrata o no, según le da el viento, no según las necesidades reales (¿comisiones…?). Y ahora han descubierto la solución: privatización y externalización. Es decir, sanidad barata, llena de exigencias al cliente (ya no lo consideran paciente, aunque lo sea y mucho), derivando todo lo caro a los centros no privatizados. Pero es que los defensores de la sanidad pública “a todo trance”, tampoco les importa un bledo la calidad. Todo lo basan en aburrir al cliente (que tampoco aquí es paciente) con listas de espera interminables, a ver si así se larga a la privada de propia voluntad. Además, el sistema de gestión de estos últimos es apabullante (más del doble de gestores

que los otros y modelos de gestión obsoletos, de la década de los sesenta, en el pasado siglo). Es lógico, pues no saben una palabra en muchos casos, porque solo el sindicato o el partido les ha “depositado” allí y avalado. Una pena.

Y salto los pasos intermedios, que hay muchos y todos en estado lamentable, para tras una pasada leve por lo que otrora fueron los ejércitos (ahora no sé lo que son: ¿ONGs, grupos folklóricos…?), llegar a la Guardia Civil, que si bien resiste algo, ya se le ve el peciolo blando, como a la fruta madura. Es decir, que está al caer, como Dios no lo remedie, y se convertirá en otra cosa, que ni se sabe lo que será ni será lo que se sabe que debiera ser. Tampoco es el primer país que devora una policía brillante. Ya hizo lo mismo el señor Fujimori con la Guardia Civil del Perú. Otros países, aparentemente más sensatos, no dudan en mantener sus policías de estructura militar, como Gendarmes o Carabineros, por bien de su patria.

Conclusión: aquí falla lo fundamental, que es la cohesión del estado. Y sin unidad de propósitos, aunque con toda la variedad de métodos – dentro de un orden razonable – que se quiera, el estado no es viable. Esto, en la antigüedad era una razón muy de peso para la colonización, que es lo único que puede hacerse para sosegar y educar a un pueblo de mentalidad tribal. Pero hoy en día eso no parece viable, al menos en la forma en que antes se hacía.

Hay, sin embargo, muchas formas de colonizar. Una de ellas, la que ahora se da, es la presunta asociación. Es decir: la Unión Europea, donde otros deciden y nosotros se supone que debemos obedecer. Este neocolonialismo es lo que explica las crisis identitarias con facilidad. Es natural, porque ni somos españoles ni europeos. Lo primero, por vocación aparente (tal vez no real, pero mientras la gente calle y vote…) y lo segundo, por decisión externa, pues no confían en nosotros, aunque les somos útiles para algunas cosillas: vacaciones, trapicheos, etc. No hay más que ver la cantidad tan enorme de comercios chinos que hay, cosa que no sucede en ningún país de Europa. Este es el reino del trapicheo, la farándula, el sol y los amores efímeros. Y ya sabemos lo que reza el dicho: “todos los amores son buenos, salvo los efímeros”.

Así es que el día menos pensado cojo un avión de la compañía nacional que quede (digo yo que alguna quedará) o de otro país y me largo a una nación con protocolo de coexistencia pacífica claro y control mínimo de mangancia. Lo siento, ya no aguanto más. Esto se hunde y nadie quiere reflotarlo. Hemos regresado al siglo XI andalusí: es la hora de las taifas.

Como decía el epitafio del emperador Adriano:

Animula, vagula, blandula, hospes comesque corporis quae nunc abibis in loca, pallida, rigida, nudula, nec ut soles dabis iocos…

Pequeña alma, blanda, errante

Huésped y amiga del cuerpo

¿Dónde morarás ahora

Pálida, rígida, desnuda

Incapaz de solazar como antes...?

¿Dónde quedó el alma de España? ¿Ha finado ya? ¿Puede resucitar?

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