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Por las buenas o por las urnas

 

isabel san sebastian

Isabel San Sebastián

 

Por las buenas o por las urnas

Lo más deseable sería que PP y PSOE tuvieran la responsabilidad de rubricar un gran acuerdo destinado a evitar el naufragio de la nave

Lo más deseable sería que PP y PSOE tuvieran la responsabilidad de rubricar un gran acuerdo destinado a evitar el naufragio de la nave

La «amenaza» retórica sobre la cual basa su campaña el Movimiento Ciudadano de Albert Rivera constituye, con toda intención, uno de sus principales atractivos: «O por las buenas», advierte el manifiesto programático que hemos suscrito ya millares de firmantes, entendiendo por «buenas» un acuerdo entre PP y PSOE destinado a reformar la Ley Electoral, frenar en seco la deriva que lleva a la Nación a la ruptura y sembrar las bases de una auténtica regenereción política, o «por las urnas»; es decir, presentando en las próximas elecciones generales una alternativa en toda regla.

Somos muchos españoles los que compartimos con Rivera la angustia de constatar que, si nadie se pone urgentemente a la tarea de impedirlo, nuestro país avanza inexorablemente hacia su destrucción. Muchos españoles los que pensamos que el nacionalismo separatista sobrepasó hace tiempo los límites de la deslealtad constitucional tolerable, sin que desde ningún gobierno central se le pararan los pies con la determinación que habría requerido el desafío. Muchos españoles los que vemos con inquietud la tendencia de las dos grandes formaciones supuestamente nacionales a reproducir en su funcionamiento interno lo peor del modelo autonómico; a saber, la transformación de cada sucursal regional en una pequeña taifa en la que la conveniencia electoral local prevalece sobre el ideario común y por supuesto sobre el interés general. Una enfermedad contagiosa, esta última, a la que el Partido Socialista sucumbió sin remedio en la etapa del presidente que consideraba la Nacion «un concepto discutido y discutible», hasta el punto de perder por completo su identidad, y de la que el Partido Popular empieza a mostrar síntomas alarmantes.

España se desdibuja, mal que nos pese a quienes la amamos. A la fuerza centrífuga que ejercen los secesionistas recurriendo a todos los medios económicos, políticos y propagandísticos a su alcance, sufragados con el dinero de todos, se suma el daño irreparable causado por la corrupción a nuestro patrimonio común, nuestra imagen, nuestro ser, eso que ahora llaman la «marca España» aunque nunca antes necesitó de prefijos. Por si no bastara, hay que añadir a la lista de males la pérdida dramática de peso internacional sufrida durante el mandato de Zapatero en La Moncloa, de la que aún no nos hemos recuperado pese al empeño de excelentes diplomáticos, y por supuesto la crisis; una crisis feroz que en apenas un lustro ha alterado por completo la fisionomía social de este país, está en trance de liquidar a las clases medias y genera una crispación sin precedentes.

Hasta ahí el diagnóstico, cuya gravedad requiere de un tratamiento de choque «por las buenas o por las urnas», como dice el movimiento cívico impulsado por Rivera desde Cataluña. Lo más deseable, llegados a este punto dramático, sería que PP y PSOE aparcaran sus diferencias y tuvieran la responsabiliad de rubricar un gran acuerdo destinado a evitar el naufragio de la nave remando juntos y en la misma dirección. En su defecto, considerando la holgada mayoría absoluta de la que dispone el Ejecutivo de Rajoy, podríamos esperar de él una actuación implacable en todos los frentes mencionados, que fuera en la línea de lo que recogía el programa con el que ganó. Si fallan ambas posibilidades, cosa en absoluto descartable, sólo cabe augurar un desencanto creciente, un alejamiento generalizado por parte del electorado que conduzca a estos dos partidos al descalabro que anuncian ya las encuestas. Habrá llegado entonces la hora del «por las urnas». Existirá, yo confío en que así sea, una opción refugio en la que hallar esperanza. Aire fresco. Una bisagra capaz de repartir juego democrático con la limpieza y la ilusión que demanda esta pobre España cosida a puñaladas traperas.

LA «amenaza» retórica sobre la cual basa su campaña el Movimiento Ciudadano de Albert Rivera constituye, con toda intención, uno de sus principales atractivos: «O por las buenas», advierte el manifiesto programático que hemos suscrito ya millares de firmantes, entendiendo por «buenas» un acuerdo entre PP y PSOE destinado a reformar la Ley Electoral, frenar en seco la deriva que lleva a la Nación a la ruptura y sembrar las bases de una auténtica regeneración política, o «por las urnas»; es decir, presentando en las próximas elecciones generales una alternativa en toda regla.

Somos muchos españoles los que compartimos con Rivera la angustia de constatar que, si nadie se pone urgentemente a la tarea de impedirlo, nuestro país avanza inexorablemente hacia su destrucción. Muchos españoles los que pensamos que el nacionalismo separatista sobrepasó hace tiempo los límites de la deslealtad constitucional tolerable, sin que desde ningún gobierno central se le pararan los pies con la determinación que habría requerido el desafío. Muchos españoles los que vemos con inquietud la tendencia de las dos grandes formaciones supuestamente nacionales a reproducir en su funcionamiento interno lo peor del modelo autonómico; a saber, la transformación de cada sucursal regional en una pequeña taifa en la que la conveniencia electoral local prevalece sobre el ideario común y por supuesto sobre el interés general. Una enfermedad contagiosa, esta última, a la que el Partido Socialista sucumbió sin remedio en la etapa del presidente que consideraba la Nación «un concepto discutido y discutible», hasta el punto de perder por completo su identidad, y de la que el Partido Popular empieza a mostrar síntomas alarmantes.

España se desdibuja, mal que nos pese a quienes la amamos. A la fuerza centrífuga que ejercen los secesionistas recurriendo a todos los medios económicos, políticos y propagandísticos a su alcance, sufragados con el dinero de todos, se suma el daño irreparable causado por la corrupción a nuestro patrimonio común, nuestra imagen, nuestro ser, eso que ahora llaman la «marca España» aunque nunca antes necesitó de prefijos. Por si no bastara, hay que añadir a la lista de males la pérdida dramática de peso internacional sufrida durante el mandato de Zapatero en La Moncloa, de la que aún no nos hemos recuperado pese al empeño de excelentes diplomáticos, y por supuesto la crisis; una crisis feroz que en apenas un lustro ha alterado por completo la fisionomía social de este país, está en trance de liquidar a las clases medias y genera una crispación sin precedentes.

Hasta ahí el diagnóstico, cuya gravedad requiere de un tratamiento de choque «por las buenas o por las urnas», como dice el movimiento cívico impulsado por Rivera desde Cataluña. Lo más deseable, llegados a este punto dramático, sería que PP y PSOE aparcaran sus diferencias y tuvieran la responsabilidad de rubricar un gran acuerdo destinado a evitar el naufragio de la nave remando juntos y en la misma dirección. En su defecto, considerando la holgada mayoría absoluta de la que dispone el Ejecutivo de Rajoy, podríamos esperar de él una actuación implacable en todos los frentes mencionados, que fuera en la línea de lo que recogía el programa con el que ganó. Si fallan ambas posibilidades, cosa en absoluto descartable, sólo cabe augurar un desencanto creciente, un alejamiento generalizado por parte del electorado que conduzca a estos dos partidos al descalabro que anuncian ya las encuestas. Habrá llegado entonces la hora del «por las urnas». Existirá, yo confío en que así sea, una opción refugio en la que hallar esperanza. Aire fresco. Una bisagra capaz de repartir juego democrático con la limpieza y la ilusión que demanda esta pobre España cosida a puñaladas traperas.

 

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