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La izquierda, anacrónica metáfora

marx--

GABRIEL ALBIAC

La vieja división entre izquierda y derecha sólo fue un recurso para facilitar las etiquetas en un tiempo confuso.

Es la historia de una metáfora. Espacial. No se soñó trascendente en la anécdota que le dio origen; llegó a serlo por azar. Suele pasar. «Izquierda/derecha» facilitó las etiquetas en un tiempo confuso. Y su juego léxico se elevó a mito fundante. Imperó a lo largo de un siglo: el XIX. Se empantanó en el primer tercio del XX. Cayó vertiginosamente luego. Y, al final, quedó sólo en cascajo: palabra muerta que se repite para proteger impronunciables intereses. Yo intenté dar cuenta de su anacronismo, hace quince años, en un libro que llamaba a «pensar contra la izquierda y la derecha». Pocos quisieron oírlo entonces. Ahora es una evidencia.

La metáfora tiene fecha de nacimiento. Eso facilita la comprensión de sus lógicas. Versalles, 28 de agosto de 1789. La revolución había sucedido sólo mes y medio antes. Se sometía ese día a voto la supresión de la potestad real para vetar decisiones de la Asamblea. El recuento se efectúa a mano alzada. Se impone una trivial artesanía para el recuento: la presidencia ruega a los delegados que se repartan en dos bloques espacialmente distinguibles. A la derecha, los partidarios de mantener el privilegio real. A la izquierda, los de abolirlo. Derecha e izquierda visualizan, en ese instante, los dos mundos que van a entrar en guerra.

Pero que nadie se equivoque. «Derecha/izquierda» no es la metáfora revolucionaria privilegiada. No aún. Es una más, entre las abundantes que dan imagen esquemática a un mundo todavía imprevisible. El quince de septiembre, cuando Mirabeau bromee sobre «las geografías de la Asamblea», el juego de metáforas espaciales es prolijo: permite a los atónitos protagonistas tantear a ciegas, reconocerse. O creer reconocerse. Plaine/Montagne, Droite/Gauche… «Llanura/Montaña», «Derecha/Izquierda»… Es un juego de pizarra casi infantil. Los arrastrará a todos. «He visto terminar y comenzar un mundo», escribirá Chateaubriand al final de su vida tan plena. Derecha e izquierda son la metáfora de ese «río de sangre» entre el mundo que se extingue y el que nace. Y, entre 1789 y 1793, izquierda acabará por ser sinónimo de republicanismo.

Disección de un muerto

Cómo de aquella primera investidura de la metáfora en el nacer de la sociedad burguesa haya podido izquierda pasar a dar consigna al movimiento obrero revolucionario en el siglo XIX, es una paradoja en la cual vemos el triple registro -alusivo, elusivo e ilusorio- de lo imaginario en estado puro. Todos hemos vivido, en mayor o menor medida, presos en la coartada que el solapamiento de los tres planos teje. Procedamos ahora, cuando de la metáfora queda sólo un polvo rancio, a diseccionarla. Aun cuando nada nos ahorre ya el remordimiento de haber operado tarde, el remordimiento de saber que este esfuerzo no sirve para nada. No estamos haciendo análisis ya. Sí, disección. Hablamos de un muerto. Porque también las palabras mueren. Aun cuando pueda hacerse trinchera con sus cadáveres: Las palabras: esa pesada línea Maginot del pensamiento.

Alusión. Como procedimiento alusivo, en izquierda frente a derecha resuenan las mitologías del nuevo régimen que entierra al viejo: arquitectura jerárquica de la sociedad burguesa, conforme a una cuadrícula de simétricas contraposiciones. Ilustración frente a Tiniebla, Progreso frente a Reacción, Modernidad frente a Arcaísmo, Racionalidad frente a Irracionalismo, Laicidad frente a Religión…

Elusión simultánea. Invocar un ilustrado racionalismo modernista es enmascarar los despotismos de Estado que le fueron sustanciales: el progreso es el modo incruento de designar ciclos económicos y políticos no siempre plácidos.

Ilusión. Como dispositivo ilusorio, izquierda es un engranaje verbal clave en la génesis de lo que Étienne de la Boétie llamó en el siglo XVI una «servidumbre voluntaria», una aceptación de lo peor como deseable religión de suplencia.

El inicio del siglo XX rompe esa ensoñación optimista, cuyo desmoronamiento Freud sitúa en la Gran Guerra. Es el «derrumbe de una ilusión»: la que cristalizara en luminosas fantasías de progreso histórico. Algo aprendimos de 1914, piensa Freud: que nuestros optimismos acaban siempre en desastre.

Hablando en rigor, ahí muere la funcionalidad de la metáfora «izquierda». Aunque nunca haya sido más usada que a partir de entonces: pasa siempre, cuando las palabras agonizan por desgaste. Los dos totalitarismos de entreguerras se dijeron socialistas y progresistas, que son los dos pilares del mito «izquierda». Uno, el soviético, se afirmó internacionalista. El otro -en variedad italiana o alemana-, nacionalista. Pero socialistas ambos. Y basta leer las conversaciones de Hitler con Rauschning para constatar hasta qué punto el nacional-socialismo (o socialismo nacionalista) se consideró el heredero «realista» de la izquierda obrera.

«Izquierda y «derecha» fueron, después de la segunda guerra mundial, poco más que modos de ubicarse en el eje de coordenadas que fijó la guerra fría. Acabada, en 1989, la guerra fría, se extinguió esa última función. Sobrevivió la inercia léxica de los partidos socialistas. Al coste, eso sí, de depurar cualquier vieja resonancia izquierdista aun de sus programas, no digo ya de sus prácticas. Después de Thatcher, que hizo saltar en añicos todas las viejas mitologías sindicales, Tony Blair sabía que el laborismo sólo podría volver a gobernar en Gran Bretaña haciendo lo mismo que Thatcher con un tono distinto: liberalismo benévolo. En Francia, cuando Mitterand se inventó, en 1971, el Partido Socialista, los últimos residuos izquierdistas de su predecesora SFIO (Sección Francesa de la Internacional Obrera) fueron barridos. Y, llegado al poder, nada distinguiría al presidente Mitterrand de la derecha conservadora de cuyas filas él mismo provenía. Nada esencial ha cambiado desde entonces. La antaño omnipotente socialdemocracia del centro y norte de Europa es un espectro que da bandazos frente a la firmeza de Angela Merkel. En Italia, ni existe.

Lo específico de la izquierda española es su anacronismo: paradójica herencia franquista. Un partido socialista puesto en pie por el departamento de Estado norteamericano había de capitalizar en votos, bajo máscara de «izquierda», la herida de cuarenta años de dictadura. Tenía lógica en el final de los setenta: era preciso cortar el paso al único antifranquismo real, el de los comunistas. El anacronismo ha durado tres decenios. Permitió a los gobiernos de González practicar crimen y robo de Estado: GAL y Filesa. Eran «de izquierda», y esa legitimidad moral valía para perdonar cualquier cosa. La metáfora permitiría, años más tarde, delirar gratis a un puro incompetente como Zapatero, con retóricas que, fuera de aquí, ya ningún «socialista» utilizaba.

Hoy uno mira atrás. Todo es histriónico. ¡Cielo santo!, se dice. ¿Y en esta estupidez hemos vivido?

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