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Linces y urogallos

ussia

Reproducimos un artículo de opinión publicado en el diario La Razón y escrito por Alfonso Ussía, socio de honor de Círculo Ahumada.

En Sierra Morena, entre Andújar y el santuario de la Virgen de la Cabeza, aún teñido de sangre por el heroísmo de la Guardia Civil, y a la que Jaime de Foxá dedicó su «Salve de los Monteros», he visto un precioso ejemplar de lince. Un macho orgulloso, barbado, fuerte y libre de ese horrible collar que muchos de sus hermanos llevan por exigencias científicas. Es decir, que la humanidad está preparada para llegar a Marte, pero no para implantar a los linces un «chip» subcutáneo que haga las veces del artefacto torturador. El lince se sabe intocable y mira al ser humano entre retador y chulo. Después es tímido, pero se supera en el golpe del encuentro. Hace años, el Gobierno de Extremadura propuso un proyecto de Ley en el cual, en el caso de toparse en la sierra con un lince, se prohibía terminantemente mantenerle la mirada para así no comprometer su sensibilidad. Escribí un artículo «No me mire que soy un lince» al respecto, y me felicitaron hasta los ecologistas «sandía». El lince ibérico, el maravilloso felino casi extinto, parece que se recupera poco a poco. La culpa de la buena noticia la tienen los científicos, las autoridades nacionales y autonómicas y los propietarios de las fincas, que colaboran sin límite con los organismos encargados de salvar al felino más amenazado del mundo. Culpa de su declive la han tenido las enfermedades que han padecido los conejos, el alimento preferido del lince ibérico. Y los caminos y carreteras, y antes que todo ello, la consideración del lince como alimaña. En la primera edición del Reglamento de Caza, fechada en 1902, los alcaldes de las localidades serranas estaban obligados a pagar 3,75 pesetas a todo aquel que le llevara un lince muerto. El lobo se valoraba más. El macho, 15 pesetas, y la hembra, veinte, así como 7,50 los lobeznos.

En el formidable canal de TV que dirige Juan Delibes, «Caza y Pesca», entrevistaban días atrás Juan y Agustín Pérez-Mínguez a uno de los responsables del organismo creado para salvar de la extinción a otra de nuestras maravillas naturales. El urogallo cantábrico, ausente desde años en muchos de sus bosques y cantaderos. Se me antoja más complicada y difícil su recuperación que la del lince y el oso. El lobo se ha salvado, y Duero arriba ha vuelto a ser considerado pieza cinegética. El urogallo, el gran señor de los bosques caducifolios, es el ave más pasmosa, arrogante y fantasmal de nuestra lengua cantábrica. En Asturias y la montaña de León y Palencia se encuentran sus poblaciones más estables. Dicen los expertos que apenas quedan cuatrocientos ejemplares. En mis paseos estivales por Liébana, el valle montañés de los milagros, la maravilla tutelada por la «Peña», que es como llaman los lebaniegos a la grandeza de los Picos de Europa, Ricardo Escalante me indica uno por uno los viejos cantaderos de urogallos, que él visitaba acompañado de su inolvidable padre, Manolo Escalante, el gran Señor de la Montaña. Hoy, casi todos ellos están deshabitados. En Liébana, al urogallo le decían «el faisán», y muchos de los hogares lebaniegos, y asturianos, y del norte de Castilla y León, cuando la Navidad llegaba, la celebraban cenando «el faisán», de tanto que abundaba. En la actualidad, esa maravilla de la naturaleza vive su última oportunidad de supervivencia, y todo esfuerzo es poco. La vida natural es caprichosa y libre, pero la culpa del hombre en sus carencias siempre se determina como el factor principal de su desolación. Nuestros hijos y nietos no merecen una España sin sus prodigios naturales.

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