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Especial 13 de mayo: Guardia Civil auxiliar

raposo

José Luis Raposo, X Promoción de Guardias Civiles Auxiliares, es el autor de este artículo de opinión acerca de la Guardia Civil.

Fue en verano. Corría el año 86. Todavía se hallaban frescas las imágenes de un vil atentado que había sesgado la vida en Madrid a un grupo de jóvenes cuyo único delito había sido su elección de dedicar su vida al servicio del ciudadano contribuyendo a salvaguardar vidas en las arterias que comunican una España, su España.

Yo no pensaba en ello. Lo reconozco. Mal acabando mis estudios en el Bachiller, cuando mis padres me habían pronosticado un mejor futuro que el de ellos como contraprestación a su entrega, por aquello de sentirse orgullosos de que un miembro de su familia fuese capaz de algo tan simple como estudiar y hacer carrera...No llegué a compensarles jamás dicho sacrificio.

En vano tome su nombre, y como varios miles de estudiantes, arrogantes e irreflexivos, apenas luchaba contra el indecoroso deshonor de repetir curso. Así, mi meta no era más que ir aprobando, al filo de lo imposible, tratando de ingerir veinte temas la noche anterior.

Mis noches de desvelos pudieron con las viles matemáticas primero, después con la inestimable ayuda de un repetidor que se las sabía todas, con el griego, pero, no fui capaz de suicidar ya otra lengua muerta, el latín, y otra más viva que yo y mis ardides para aprobarla, el inglés.

Todavía a los hombres se nos tallaba, se nos medía, aunque nadie podría definir con exactitud si dar la talla era una demostración de virilidad, una muestra de hombría o simplemente una pérdida de tiempo y dinero.

En cualquier caso, se me agotaba el tiempo. Aún a pesar de ser consciente de que el orgullo de mis padres, relatado al tendero de mi barrio, consistía en exagerar mi brillante expediente académico y afirmar con cierta vehemencia que no había repetido nunca un curso, no dejaba de pasar por mi inopinada inconsciencia juvenil un sabor amargo de traición. Sabía que podía hacerlo mejor.

Para compensar mi desazón, y el sacrificio estafado de una familia humilde que lo daba todo por ver progresar a sus hijos, y ya que la cuenta atrás para que alguien me confirmara que mi valor se suponía ya había comenzado, más por compromiso que por curiosidad adolescente, llegue a concluir que había una solución: un servicio militar que me permitiera, al menos, mitigar la sangría económica que supone a una modesta familia entregarle al estado uno de sus varones en edad de merecer, y así de paso, aliviaba mi conciencia.

Recuerdo nítidamente la expresión de incredulidad de mis padres, que después se tornó en miedo, cuando en un acto de solemnidad, les comuniqué mi intención de ingresar en la Guardia Civil. Ellos sí habían oído hablar de ella, de sus muertos, de sus riesgos, de sus fatigas. Aún así, no sin cierta congoja al ver a mi madre llorar, la decisión estaba adoptada.

Mientras, conjeturo, mi padre estaría valorando la posibilidad de que no fenecería mis días entre ladrillos y polvo de carretera recién construida, y que mis finas manos, no acabarían encallecidas y embrutecidas por las duras heladas, que se ensañan más con el corazón que con la piel. De ser así, para mi padre, ya habría triunfado.

Reconozco que me fue sencillo. A pesar de mi declive escolar, mi nivel era suficiente para optar a alguna de las plazas que ofertaba la Guardia Civil. Años después, todavía me siento avergonzado de mi absoluta ignorancia sobre el mundo que se me abriría posteriormente.

Recuerdo como hoy, un día de calor sofocante, enmarcado en un fuerte olor a olivas y mi primera noche en Baeza. Noche en que un señor...que debía ser importante y duro (muchos años después coincidí con él, ya de General), nos desproveyó hasta de nuestra memoria. Inauguraba mis dieciocho años y jamás había tenido la sensación de tener un nudo en el estomago que amordazaba mi espíritu y mi alma, y que durante varios días me tuvo en ayuno, desahogándome entre furtivos sollozos silenciosos en mis primeras noches de soledad.

Me había sometido voluntariamente al exilio del calor de una familia, que también lloraba mi ausencia. Pero ahí estaba, temeroso, perdido, corriendo muchas veces sin saber hacia donde, pero ni jamás fui el primero, ni nunca el último.

Un buen día, aquella sensación que asemejaba a una pena asumida, a un castigo voluntario, a una flagelación cuasi divina, cesó. Aquél imberbe pitufo docto en tute, y que conjugaba mejor la pareja formada por el caballo y el rey de oros, que la primera declinación (rosa.-rosae), comprendió la magnitud de haber sido aceptado en una nueva familia, que en modo alguno sustituía la anterior, pero que la complementaba.

Y mientras recorría torpemente un corto trazado que resumía horas y horas de instrucción, de fatiga, de dolor... hacia una bandera, vi llorar a mi padre, pero esta vez no era por temor.

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