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¿Por qué tenemos tanto interés los españoles en suicidarnos?

opinion

A continuación reproducimos un artículo publicado en el diario El Imparcial de su director, José Antonio Sentís.

 España no es el mayor ni el mejor país de la tierra. Los españoles no son los mejores ni los más preparados, cultos, ricos, inteligentes o felices. Los empresarios españoles no son los más destacados, ni lo son los banqueros ni los técnicos. La Bolsa de Madrid no es Wall Street. Los políticos españoles no son los más honrados, ni capaces, ni multilingües. Los periodistas españoles no son los más aguerridos, ni los más justos, ni los más profundos.

No tenemos partidos que estén en la excelencia, ni instituciones incuestionables, ni ciudadanos alérgicos a la trapisonda y a la picaresca. Nuestros sindicatos están burocratizados, la escuela flaquea, la Universidad está anquilosada, los intelectuales brillan en la ausencia, nuestro cine es de consumo interno y gastamos enormidades en el deporte y en el ocio. Nuestros agricultores o ganaderos esperan ayudas de Bruselas, los científicos aspiran al mismo maná, nuestros arquitectos sueñan con China y los ingenieros con Panamá.

Éste, por hacerlo con rapidez, es el diagnóstico de la depresión nacional.

Invirtamos el razonamiento. Entre las casi doscientas naciones del mundo, España está entre las diez o doce mejores, según se considere. Si lo relacionamos con su tamaño y población, podemos decir que está entre la mejor media docena de naciones del mundo. Si asociamos a este baremo la variable climática, posiblemente entre las tres mejores.

Nuestros políticos están entre los que menos cobran de nuestro entorno de desarrollo. Nuestros empresarios han abierto escenarios internacionales extraordinarios. Nuestra cuestionable educación se ha universalizado. Nuestra Sanidad, con todos sus problemas, es un referente mundial. Nuestros ladrones y asesinos compiten con desventaja frente a otros. Tenemos los mejores deportistas, lo que no parece significativo, pero seguramente lo es.

En suma, España no está en su mejor momento, pero no hay motivo para esta ceremonia actual de escenificación de la demolición patria. Y, de ahí, la pregunta inicial. ¿Por qué tenemos tanto interés los españoles en suicidarnos?

La crisis ha sorprendido a tanta gente que ésta ha empezado a buscar culpables por todos lados. Y los primeros de la lista han sido los poderosos, los dirigentes, los representantes. Del Rey abajo, por supuesto. Toda institución ha sido puesta en almoneda. Toda es discutible. Desde los gobiernos y los partidos hasta la Monarquía. La propia Nación española está en cuestión, porque cualquier personajillo de cualquier rincón piensa que puede hacer un mejor Estado con una parte de la histórica España, una vez acabada ésta. Y todo es una absoluta locura.

En este escenario, la salida para los españoles es paradójica: Acabemos con todos los políticos. Acabemos con el Rey. Cambiemos la Constitución. Decidamos que tienen derecho a decidir sobre todos aquellos que quieren que nadie decida sobre ellos. Acabemos con todos y con todo. Los representantes elegidos por el pueblo pueden ser vilipendiados por cualquiera, porque todos tienen derecho a acosar, a amenazar y a coaccionar a cualquiera. Cualquier personajillo que oculta bajo la camiseta roja una camisa parda hitleriana puede convertir en judíos a nuestros políticos, si se escuda en honorables intenciones sociales, como luchar contra los desahucios. Minorías absurdas, arrumbadas por la historia, como los comunistas, aparecen como solución. Los políticos más desconcertados plantean ampliar a todos el desconcierto total, como proponer el Estado Federal, como si fuera diferente al Autonómico en el que habitamos.

Es asombrosa, en suma, esta vocación por convertir España en un erial, donde sólo quede fango en el que revolcarse, como si todo fuera corrupción y desesperanza. Donde parece que hemos decidido quemarnos todos a lo bonzo para morir en protesta por lo que se ha hecho mal, o por lo que algunos han hecho mal.

Pero el suicidio es una estupidez. La corrupción política se puede combatir. La angustia económica se puede superar, y aunque se tarde, eso no quitará para que España sea un gran país, con una gran base social, con una elite joven preparadísima, con excelentes infraestructuras y con un futuro que para sí quisieran decenas de países del mundo.

Vale, no es nuestro mejor momento, ni es en el que tenemos los mejores políticos, periodistas o jueces. Y es en el que tenemos más parados y más deudas. Pero tampoco es cuestión de que tengamos que salir de la angustia colectiva a base de destruir toda base de estabilidad.

Si hay que cambiar de Régimen, de Constitución, de Ley Electoral, hagámoslo. Pero esperemos el momento. Y no dejemos que sean los oportunistas quienes lo dicten, para sacar una nacioncita aquí o una revolucioncita allá. Porque es pavoroso que los estalinistas, o los fascistas vestidos de progresistas, o los nacionalistas quieran reescribir la historia y dictar el futuro por el simple hecho de que los españoles tengamos las defensas bajas por una puñetera crisis de la que, sin embargo, terminaremos por salir.

Si es que gana el sentido común, claro, y no lo hacen la señora Colau, los señores Mas y Junqueras, el señor Lara y los tontos útiles que les rodean. Personajes que serían irrelevantes, si no fuera porque los demás, la mayoría de españoles, parecen tan llenos de amor a España que sostienen que la maté porque era mía.

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