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LA VOCACION MILITAR

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Cuando se habla de vocación, inmediatamente se suele asociar con la vocación religiosa y más concretamente con una llamada fruto de un designio de Dios. De hecho, la primera acepción que presenta el diccionario de la RAE es “inspiración con que Dios llama a algún estado, especialmente al de religión”. Sin entrar en más detalles que no son objeto de este artículo, tenemos que afirmar que no es totalmente correcto pues, aunque para los cristianos Dios es sobre quien se sustenta toda la creación, no es un gestor de sus criaturas.

Más adecuada para nuestro propósito es la tercera acepción, “inclinación a un estado, una profesión o una carrera”. Es decir, la vocación como atracción o llamada interior que algunas personas sienten hacia ciertas profesiones o actividades. Marañón la explica como “voz interior que nos llama hacia la profesión y ejercicio de una determinada actividad”.

En la vocación podemos considerar varias etapas o fases. La vocación suele empezar en la juventud, aunque no necesariamente en ella, como una inclinación, afición, interés o ilusión, innata o fomentada o producida por unas circunstancias, un proceso educativo, un entorno familiar o social. Suele irse concretando por un gusto hacia un estilo de vida, un interés por los objetivos y finalidades de la profesión, por un afán de ser útil a la sociedad y a los seres humanos. El siguiente paso consiste en un autoexamen para comprobar si se poseen las aptitudes y capacidades físicas, intelectuales y morales necesarias para seguir esa profesión, esa vida, para trabajar por alcanzar esos objetivos y para que la organización o institución correspondiente nos acepte. Efectivamente por mucha ilusión que se tenga si no se tienen las condiciones imprescindibles, no se puede o no se debe seguir adelante pues se puede llegar a la frustración, infelicidad e ineficacia. Es decir, es preciso estar convencido de que las actividades que conlleva la profesión elegida no sólo nos pueden satisfacer, sino que las vamos a poder llevar a cabo.

 En tercer lugar y aunque no es tan imprescindible, no hay que desechar el asegurarse de que el nivel económico y social que se puede obtener es suficiente para nuestras aspiraciones familiares y sociales. Aunque te guste la profesión y tengas las aptitudes necesarias, si no resulta compatible con las demás actividades y aficiones, éstas pueden dificultarte o incluso a impedirte el ejercerla felizmente.

Finalmente, para que la vocación cristalice es necesaria la respuesta, es decir el acto de voluntad para aceptarla a pesar de las renuncias y sacrificios que puede conllevar. Como decía Confucio, “escoge un trabajo que te guste y nunca tendrás que trabajar ni un solo día de tu vida”

 Como es natural no es necesario siempre poseer vocación para ejercer una profesión, pero algunas son muy demandantes y muy poco gratificantes desde un punto de vista material y para ellas la vocación se hace casi imprescindible. En concreto, la vocación es fundamental para una profesión como la militar que impone sacrificios, riesgos e incomodidades en tiempo de paz pero que exige, en caso necesario, arriesgar e incluso entregar la vida en defensa de la Seguridad Nacional, es decir en defensa de los ciudadanos y sus intereses. Sin una vocación auténtica, la vida militar se hace muy difícil, el rendimiento es pequeño y el grado de satisfacción personal muy bajo.

Tampoco hay que caer en el error de confundir la vocación militar con otras razones que, aunque muy legítimas y loables, no son, por sí solas, suficientes. Tales pueden ser, por ejemplo, el patriotismo que no es patrimonio exclusivo de los militares, el altruismo, más propio de otras organizaciones como las ONG o la actividad deportiva que si bien puede ser parte de la vida militar es en todo caso secundaria. Elegir la profesión militar por sólo estas razones, que algunos llaman falsas vocaciones, puede llevar a grandes desencantos y frustraciones. Y no digamos los que se deciden por la carrera militar porque con ello se aseguran un empleo y un sueldo.

Porque no hay que olvidar que el militar debe estar instruido y preparado para el uso legítimo de la fuerza, como último recurso del Estado, es decir para librar el combate y ganarlo. Combate que puede ser defensivo, cuando hay que repeler una amenaza armada a nuestros ciudadanos, sus intereses y su territorio o bien ofensivo para restituir un territorio arrebatado ilegítimamente o destruir o neutralizar a un agresor.

Como decía el general Quero, “afrontar el combate requiere ideales por los que luchar, conductas profesionales muy firmes y dignas, lealtad sin límites y disciplina a prueba de las situaciones más críticas. Estos valores hacen de la vocación militar el activo más importante de la Milicia”. Constituyen también lo que el general Jorge Vigón llama espíritu militar que debe dar sentido a la vida del militar y que se concreta en amor a la profesión, entusiasmo, energía, valor, abnegación y desprendimiento,

Otro problema al que tiene que enfrentarse el militar y para el que necesita un fuerte espíritu es la incomprensión e incluso el rechazo de una parte importante de la sociedad civil, que frecuentemente comete dos errores principales: el pensar que la guerra no es hoy posible y por lo tanto no hacen falta ya los ejércitos permanentes; y el de creer que los haberes y prebendas de los militares, así como los demás gastos de material, instalaciones e instrucción son excesivos.

Es cierto que la probabilidad de que España se vea envuelta en una guerra en su sentido tradicional es prácticamente nula a medio y corto plazo pero en cambio es cada vez más frecuente el tener que intervenir en conflictos armados de guerras no declaradas o guerras irregulares en las cuales nuestras Fuerzas Armadas se pueden y de hecho se ven obligadas a combatir, lo cual exige una mayor preparación si cabe y una mayor exigencia de valores en nuestros militares porque se incrementan las situaciones de incertidumbre y se hace necesario, desde incluso los escalones inferiores, el tener iniciativa para tomar decisiones que pueden tener una gran transcendencia.

También se oye cada vez más en la actualidad que la profesión militar ha dejado de ser una profesión de espíritu y vocación para ser una profesión técnica donde lo que son necesarios son medios cada vez más sofisticados que usan tecnologías avanzadas y que ya no se requieren unos  valores morales, cuando no hay que olvidar que cualquier tipo de guerra o confrontación es siempre una lucha de voluntades en la que la moral sigue jugando un papel preponderante y que los medios materiales no tienen más valor que el de las personas que los manejan. Nuestro Ejército de Tierra resume los valores de su personal en: VALOR, ESPIRITU DE SACRIFICIO, DISCIPLINA, COMPAÑERISMO, ESPIRITU DE SERVICIO Y HONOR.

Finalmente es preciso decir que, aunque estamos en una época en que cada vez parece que ya no se valoran las virtudes del espíritu y que la vocación se ha convertido en algo del pasado, afortunadamente siguen existiendo vocaciones militares que permiten que nuestros militares estén demostrando sus valores en el más alto grado, tanto aquí en los periodos de instrucción, adiestramiento y apoyo a la población civil, como en las misiones que desempeñan en el extranjero.

LUIS FELIU ORTEGA

Teniente General del Ejército de Tierra (r)

Asociación Española de Militares Escritores


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