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Y, de repente, llegaron los nuestros

000 RAUL GONZALEZ ZORRILLA TRIBUNA PAIS VASCO

¿Dónde están los nuestros?, me preguntaste mientras paseábamos por la gélida calle Vasagatan de Estocolmo. Y no supe qué responderte. A nuestro alrededor, bajo un cielo tan azul como helado, mujeres veladas caminaban rápidamente rodeadas de niños adormilados, jóvenes asexuados con gafitas coloridas aparcaban sus bicicletas en la estación central, un borracho de mirada vidriosa mataba sus recuerdos de otra época en una botella de ginebra barata, ejecutivos grisáceos abandonaban las cercanas oficinas del Aftonbladet mordisqueando un pastelillo y el olor a hamburguesas recién hechas, a kebabs grasientos y a kabanoss a la parrilla rebosantes de curri llegaba, extraño y excéntrico, hasta la Storkyrkobrinken, ya en la parte vieja de la ciudad.

¿Dónde están los nuestros? Los nuestros, a los que apenas vemos en las tiendas de lujo del Boulevard Haussmann de París, los que nunca están entre los hombres de túnicas blancas impecables y escabrosos relojes de oro que se pasean lentamente por Bond Street o los que desaparecen entre las numerosas bandas de adolescentes inmigrantes, de punkies extemporáneos, de nuevos ecoloizquierdistas o de grupos LGTB que un día sí y otro también tiñen de colores brillantes y música disco el intenso tráfico de coches, tranvías y moticicletas de la Friedrichstrasse berlinesa.

¿Dónde están los nuestros? Como si fueran improcedentes “ooparts”, esos melancólicos objetos fuera de su tiempo y de su lugar que aparecen inopinadamente en los lugares más insospechados del mundo, millones de españoles y de europeos vagan hoy perdidos, desnortados y agotados por las calles de sus ciudades sin reconocer como suyos los lugares donde nacieron, los rincones donde amaron por primera vez, las escuelas donde estudiaron, las fábricas que un día se levantaron con la sangre y el sudor de sus padres y abuelos y, sobre todo, viendo cómo el patrimonio espiritual de sus ancestros, su anclaje cultural y sus referentes ideológicos forman parte de un mundo que parece agonizar bajo el dictamen feroz de la dictadura socialdemócrata que arrasa Occidente desde sus acantonamientos de Bruselas o Estrasburgo. Desde allí, desde esos cuarteles siempre demasiado lejos de todo y de todos, batallones de miles de políticos éticamente inanes y de burócratos vendidos a la corrección política pretenden repartir el que ha de ser el brevaje de los nuevos tiempos que dicen haber escanciado especialmente para nosotros: un cóctel normativo imbebible elaborado con muchas leyes económicamente impositivas, con un número ingente de directivas a favor de la ideología de género, con repetidas diatribas contra la familia, con un puñado intenso de reglas anti-odio, con un chorro generoso de censura por nuestro bien, con un espolvoreado abundante de adoctrinamiento educativo y con unas gotas bien distribuidas de aleccionamiento bienpensante, siempre ignorante, rastrero y tedioso.

¿Dónde están los nuestros, dónde está nuestro legado que en el pasado fue Imperio, dónde se esconde el espíritu aguerrido de las extensas estirpes que un día alumbraron Grecia, elaboraron la primera y única religión auténticamente universal, levantaron Roma, trazaron el Camino de Santiago, dedicaron catedrales al cielo, alumbraron el Renacimiento que extendió Occidente hasta el nuevo mundo, que pusieron por escrito el capitalismo y que llevaron a nuestra civilización a las más altas cotas de progreso, desarrollo y bienestar alcanzadas jamás por los seres humanos? ¿Quién recuerda hoy las batallas ganadas por nuestros padres? Y, sobre todo, ¿quién desea acordarse de las guerras que perdieron y de lo que ocurrió después?.

Como fantasmas desnortados que rehusan abandonar los territorios sobre los que un día reinaron y fueron felices, como zombis que se resisten a morir frente a los “nuevos europeos” que por dictado del aparato político-mediático-económico dominante llegan desde tierras lejanas cargados de costumbres, normas y creencias que son incompatibles con las nuestras, los viejos españoles de siempre, como numerosos de sus vecinos europeos, buscan su identidad, su esencia, sus valores, sus banderas morales, sus costumbres, su forma de ser y su memoria colectiva entre las nieblas de una geografía globalizada, neutra y deslavazada donde el rostro obligatoriamente cubierto de una mujer es ahora un ejemplo de libertad, donde se cierran y se incendian iglesias mientras se abren decenas de mezquitas, donde no hay padres ni madres sino progenitores uno y dos, donde reinan jemeres verdes y oenegés oscuramente subvencionadas, donde hay niñas con pene y niños con vulva, donde se escupe al cristianismo que nos hizo como somos, se manipula nuestra historia, se prohíben clásicos literarios y se humilla al europeo tradicional: por ser europeo, por ser blanco y por ser hombre, si es el caso. Y por ser, junto a los estadounidenses, el epítome de lo occidental.

¿Dónde están los nuestros? Tras décadas agazapados, ocultos, silenciosos y silenciados, convertidos en carne de impuestos, manteniendo a sus familias tradicionales sin apoyo de nadie y con la cabeza agachada, sintiéndose olvidados por las instituciones, sufriendo el incensante aumento de la inseguridad en las calles, padeciendo el terror islamista en mercadillos navideños, aeropuertos y discotescas, sintiéndose profundamente despreciados por los medios de comunicación del Sistema que les tratan como escoria ignorante, ultraderechista, odiante y fanática, y siendo humillados como lo fueron los ‘rednecks’ norteamericanos que dieron la victoria a Donald Trump, hombres y mujeres españoles, pero también de otras numerosas patrias europeas, comienzan a salir a la luz pública espoleados por la indignación, azuzados por el hambre de racionalidad, guiados por el sentido común y dispuestos a negarse a seguir siendo por más tiempo los conejillos de Indias del multiculturalismo más soez, del marxismo cultural más aniquilador, del nihilismo más cruel y de la globalización más grosera.

Y los nuestros asoman ya la cabeza. El viejo ciudadano español y europeo sale nuevamente a la calle vestido con los andrajos que jamás se anuncian en la CNN, The Finantial Times, El País, Le Monde o The New York Times, con la garganta quebrada tras años de silencio forzado y con los andares agotados de quienes presienten que el final puede estar cerca, pero con la fuerza telúrica de quienes se saben poseedores de secretos añejos, de códigos inmemoriables, de la sabiduría y las destrezas que la mejor de las civilizaciones nos ha legado. Y, por ello, los nuestros se han lanzado a tomar las calles y las plazas que un día fueron suyas, comienzan a salir de las zonas rurales donde muchos de ellos decidieron permanecer resguardados de la lluvia ácida y torrencial que cae en forma de ideología de género, de feminismo radical, de anticristianismo, de antijudaísmo, de imposición de las minorías y de promoción de la mediocridad, para votar, para movilizarse, para llenar mítines, para gritar y para reivindicar en voz alta y allí donde sea posible, bajo el paraguas de las “nuevas derechas” o de la “derecha alternativa”, principios, valores, propuestas y reclamaciones básicas de puro sentido común pero que llevan años siendo abandonadas y despreciadas, arrinconadas por el totalitarismo socialdemócrata en el estercolero de la “ultraderecha”, de los “fachas”, de los “perpetuadores del odio”, de los “fanáticos” o, en el caso español, en el gran vertedero del “franquismo”, que, al parecer, tantos misterios abandonados guarda todavía en su interior.

Que nadie se llame a engaño: la nueva derecha que viene poco o nada tiene que ver con la derecha tradicional que, simplemente, ya no existe. Bajo el paragüas de las nuevas “derechas alternativas” se aglutinan millones de hombres y mujeres de orígenes, ideologías, convencimientos, preocupaciones y esperanzas muy diferentes, con posiciones políticas absolutamente transversales que en ocasiones pueden ser de “izquierdas” o de “derechas”, pero que, en cualquier caso, todas ellas se abrazan en un puñado de certezas inamovibles: la defensa a ultranza de los valores clásicos ligados a la gran civilización occidental que tantos, desde tantas partes y con tanto empeño quieren aniquilar; el convencimiento de que libertad y seguridad no son caras diferentes de una misma moneda sino condiciones previas sin las que todo lo demás no existe; la reivindicación de la grandeza y de la historia de nuestras patrias; la asunción de la familia natural como la base sobre la que se asientan nuestras sociedades; la oposición radical a que se utilice política y económicamente a la inmigración ilegal como caballo de Troya para alentar el reemplazo de la población original europea; el convencimiento de que el gran proyecto civilizatorio occidental no puede ser entendido sin dos milenios de tradición cristiana; la oposición radical al totalitarismo comunista y a su gran afín histórico, el totalitarismo nacional-socialista y, sobre todo, la creencia firme de que solo los individuos, y no los grupos, ni las minorías, ni los pueblos, ni los portadores de cualquier bandería, poseen derechos inalienables. Estos y apenas algunos más son los eslabones con los que se está construyendo la gran cadena que une, en ocasiones torpe y débilmente, a individuos y organizaciones tan dispares como Viktor Orbán, Sebastian Kurz, Beata Szydło, Donald Trump, Santiago Abascal, Marine Le Pe, Jair Bolsonaro, Geert Wilders o Heinz-Christian Strache, entre otros muchos.

Los nuestros, los estandartes de un mundo con más de 2.000 años de historia que ahora no pocos quieren dinamitar en apenas unas décadas, siguen presentes, quizás algo cansados y con cicatrices y arrugas bien marcadas, pero con más fuerza, con más razones, con más rabia, con más argumentos y con las mismas ganas de libertad que siempre. Pase lo que pase, frente a los nuevos marxistas, frente al Islam político, frente a la extrema-izquierda camuflada de terciopelo, frente al nihilismo burdo de las élites empresariales y financieras o frente a quienes tratan de dividir las viejas naciones para repartirse más fácilmente sus despojos, frente a los nuevos puritanos y los nuevos integristas, los viejos europeos que un día alumbramos Occidente hemos recuperado la voz.

Raúl González Zorrilla

Director de La Tribuna del País Vasco

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