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Sancho III el Mayor de Navarra: ¿Rey de los vascos?

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El escritor Augusto Bruyel es, ante todo, un humanista. doctor en Filosofía y Ciencias de la Educación, licenciado en Filología Hispánica y en Psicología. Su formidable conocimiento de la realidad académica es fruto de su trabajo a pie de obra como docente, catedrático de Lengua Española y Literatura, director y orientador de Instituto, asesor en la Consellería de Educación de la Xunta de Galicía.

Autor de numerosos trabajos y ensayos, en coherencia con su pasión por la Historia y su preocupación ante la deriva nacionalista que sufre España, su más reciente obra es una biografía novelada de Sancho III el Mayor de Navarra.

Su anterior libro fue Alfonso VIII. Historia de una voluntad. ¿Qué nexo encuentra entre esta figura histórica y la de Sancho el Mayor de Navarra, biografiado por usted en Desde Pamplona, rex ibericus. Gozó de autoridad en toda la península?

Ambos fueron cabeza del reino cristiano peninsular más poderoso del momento. Alfonso VIII, rey de Castilla (1158-1214), lo era tanto que pudo aglutinar a los demás reinos peninsulares para que se enfrentaran —por primera vez juntos— al poder musulmán. Así consiguen vencer al califa almohade (llamado miramamolín por los cristianos) en las Navas de Tolosa, batalla considerada por algunos como la decisiva para alcanzar la derrota definitiva de los musulmanes andalusíes.

Pero un siglo y medio antes, Sancho III el Mayor, rey de Navarra (Pamplona se llamaba entonces) entre 1004 y 1035, había alcanzado también la supremacía entre todos los señores peninsulares; en este caso, tanto cristianos como moros. Gobernaba, directa o indirectamente, no sólo el reino de Pamplona, sino el de León, más los condados de Castilla (ya muy poderoso), de Álava, de Aragón, Sobrarbe y Ribagorza; y se habían declarado vasallos suyos el conde de Barcelona, el de Pallars, el duque de Gascogne… Por lo que con no poca razón se escribió que reinaba desde Zamora hasta Barcelona. En cuanto a los moros, ninguno de los reyezuelos de taifas pudo contar nunca con poder suficiente para enfrentarse en solitario al rey de Navarra.

¿De dónde arranca su interés por este gran rey navarro?

Siendo yo aragonés, no dejaba de sorprenderme el hecho de que el primer rey de Aragón —Ramiro I— fuera precisamente un hijo del poderoso Sancho III el Mayor. ¿Cómo Navarra había llegado a perder un territorio (al que se le unió enseguida Sobrarbe y Ribagorza) que acabaría encerrándolo por la franja oriental y anulando su posibilidad de expansión por esa zona? La respuesta estaba, como tantas veces ocurre, en las luchas internas, las cuales llegaron a acabar con el propio reino de Pamplona.

Volviendo a la pregunta que me hace, continúo diciendo que mi interés por un gran rey navarro parece también bastante lógico, porque siempre ha habido relaciones de vecindad entre Aragón y Navarra. Los partidos entre el Zaragoza y el Osasuna son considerados de rivalidad regional. Yo mismo me casé en Navarra. Y mi abuela materna se apellidaba Estrataeche, palabra inequívocamente vasca, pero en el libro ya comento que lo vascón es de origen navarro.

Los historiadores de filiación panvasquista vienen reelaborando la figura y significación de Sancho el Mayor, entendemos, desde sus peculiares presupuestos ideológicos, alejándolo en sus representaciones de su dimensión hispánica. ¿Qué opinión le merecen estos intentos? ¿Tienen alguna base? ¿Forman parte, acaso, de un debate científico serio o responden a otro tipo de intereses?

Aunque lo vascón primitivo se hallaba en el norte de Navarra, hay que decir que su gente no le hacía ascos a unirse con otros pueblos. La abuela del gran Abderraman III era vascona; y doña Toda, la magnífica mujer de Sancho Garcés I, fundador de la dinastía Jimena a la que pertenecía Sancho III, era tía de ese primer y magnífico califa cordobés. Doña Toda era hija del conde de Aragón, y tres hijas de esta gran mujer serían las esposas de otros tantos reyes leoneses. Vascona sería después la esposa de Almanzor que le daría ese hijo a quien le pusieron el prestigioso nombre de Abderramán, pero al que todos llamaban Sanchuelo por ser nieto del rey de Navarra: Sancho Garcés II Abarca; así que Sancho III el Mayor era primo carnal de este hijo del muy moro Almanzor
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No acaban aquí las relaciones tenidas, y buscadas, del reino de Navarra con otros territorios peninsulares. Bástanos con mirar el caso del propio Sancho III el Mayor: su madre era leonesa, igual que los padres de ésta; la abuela paterna, hija del gran Fernán González, castellana. De los cuatro abuelos, sólo uno era vascón: el monarca Sancho Garcés II Abarca (cuya madre era, por otra parte, aragonesa), quien debía seguir, obviamente, la línea dinástica de la casa Jimena y trasmitir a su sucesor el derecho a heredar la corona. El mismo Sancho III estaba casado con la hija mayor del conde de Castilla.

Así, pues, el reino navarro estuvo siempre muy lejos de cualquier ridículo intento aislacionista, y sus reyes estuvieron emparentados con las casas más linajudas de todos los territorios —cristianos y moros— de la Península.

Por otra parte, no hay razón en considerar vascones a los pobladores de las tres provincias luego vasconizadas: las Vascongadas. Roma puso a sus habitantes —várdulos, caristios y autrigones— bajo el convento jurídico de Clunia; mientras que a los vasconavarros los puso bajo el de Calagurris, porque ya esos pueblos eran distintos y vivían separados.

Entre los diversos personajes históricos que sobresalen en su libro destaca la figura del abad Oliba, de quien una universidad catalana actual toma su nombre. ¿Qué permanece vigente de esta figura eclesiástica? ¿Qué destacaría de su legado?

Es una figura admirada en Cataluña, y su nombre figura también en otros centros educativos, como algún instituto. Fue alguien excepcional. Pero, como de cualquier ser humano, podríamos decir del abad Oliba que en él confluyen claros y oscuros. Por ejemplo, podemos decir a su favor que fuera un fustigador de los Vizcondes de Barcelona, uno de los cuales vivía —siendo también obispo— con su mujer y sus hijos en su palacio barcelonés. También promovió la Paz y tregua de Dios para librar al pueblo llano de los robos y vejaciones a que los sometían demasiadas veces los señores de la guerra, existiera ésta o no. En su contra podríamos decir que —siendo un fraile y, además, abad y obispo— se considerara tan un hombre de paz que no veía nada bien la lucha entre cristianos y musulmanes, sin darse cuenta de que en las zonas de frontera, por ejemplo, la confrontación era inevitable.

Como aragonés afincado en Galicia y familia numerosa también en Castilla, España, ¿idea o realidad?

Resulta, en verdad, de risa, si no fuera para llorar, que al estado más antiguo de Europa lo quieran ningunear de esa manera nuestros nacionalismos disgregadores. Si no queremos tener en cuenta que Hispania —toda la Península Ibérica— era una provincia que formaba parte del imperio romano, admítase que al menos con los visigodos ya vivió como una entidad diferenciada.

La auténtica anomalía es que no formemos parte de la misma nación España y Portugal. De hecho, los reyes portugueses se han llegado a quejar formalmente de que España utilizase este nombre… porque ¡Portugal también era España!

España e Hispanidad. Este concepto elaborado por Monseñor Vizcarra hacia 1926, ¿permanece vigente o se limita a ser una abstracción intelectual?

Parece ser que el término Hispanidad ya había sido acuñado por Unamuno en 1909, como el propio Zacarías de Vizcarra llegó a decir y escribir. Miguel de Unamuno lo prefirió a Españolidad para poder referirse a toda la Península Ibérica. Bueno, quizás lo interesante de la cuestión es que tanto Unamuno como Vizcarra eran vascos, en contraste con todo lo que se ha venido peleando en esa tierra contra la idea de España.

Vamos a ver: de la misma manera que se habla de la cultura y del mundo anglosajón, no parece aberrante que se pueda hablar también de una realidad hispana. Frente a una lengua inglesa y una religión protestante seguida por la mayoría de anglosajones, el mundo hispano presenta una lengua española facilitadora de la comunicación entre más de veinte países americanos y quinientos millones de hablantes, además de un seguimiento generalizado de la religión católica.

Pero, de manera paradójica —y muy esquizofrénica— donde menos se viene apreciando el valor de una lengua universal como la española, y donde la religión más ha retrocedido es en España, lugar magnífico del que procede, etimológica y vitalmente, la Hispanidad. Así que tengo la impresión de que hoy, donde más interés puede haber en el fomento o el cuidado de la Hispanidad es en Hispanoamérica. Reflexiónese, si no, en lo que supone que, precisamente aquí, se diga casi siempre Latinoamérica —término inventado, al parecer, por los franceses— en lugar del más apropiado Hispanoamérica.

España y catolicismo: ¿relación indisoluble o problemática?

Hace más de un siglo que don Marcelino Menéndez y Pelayo, preocupado por los aires autodestructivos que empezaban a surgir en España, ya asoció nuestra unidad al cristianismo. En el epílogo de su Historia de los heterodoxos españoles dejó escrito que la unidad se la había dado a España el cristianismo, y que por esa unidad fuimos nación y una gran nación. Y que nuestra grandeza y nuestra unidad estaban en el cristianismo; tanto, que el día en que acabara de perderse, España volvería al cantonalismo de sus pueblos prerromanos o de los reyes de taifas.

La falta de preocupación que existe en España (también en Europa) por el desarrollo del islamismo dentro de las fronteras propias, cuando no el interés mostrado en su desarrollo y fortalecimiento, está originado en buena parte por el deseo de hacer desaparecer el catolicismo/cristianismo. Tengo la sospecha de que la caída de los valores católicos/cristianos en España viene asociada, como avisaba don Marcelino, a la también caída en nuestro respeto por lo que supone España. Y un pueblo que se ha tragado la leyenda negra que los enemigos de antaño tejieron contra él, el cual se avergüenza —por increíble que parezca— de toda su historia, está condenado a desaparecer troceado en partes, cada una de ellas en busca de una pureza original inexistente y de un pasado glorioso inventado.

La autodenominada «memoria histórica» parece predeterminada en una única dirección y temática. Tan manifiesta tendencia, ¿contribuye al conocimiento de la Historia de España o lo distorsiona? ¿Alcanza acaso a los estudios medievales?

Está clarísimo que cuando el gobierno del presidente innombrable aprobó la ley de memoria histórica, lo hizo pensando en una única dirección y temática. Sólo interesaba hurgar en unas heridas determinadas. Desde luego, su interés por refrescar la memoria estaba bien lejos de querer llegar hasta la Edad Media. Sólo le preocupaba revolver en lo sucedido durante la Guerra Civil a los de un bando, como si no hubiera casos, muchos (yo podría contar alguno muy próximo), en los que tampoco se sabe dónde están los cuerpos de los asesinados por el bando al que pertenecía el abuelo fusilado del expresidente. Pero ¡ojo!; sospecho que tampoco hay mucho interés en conocer qué pasó con muchas de las víctimas de izquierdas… asesinadas por otra parte de la izquierda. Son, por ejemplo, bien sabidas las luchas —a muerte— que hubo entre comunistas y anarquistas dentro del bando republicano.

La dichosa ley de memoria histórica no busca refrescar la memoria para tratar de evitar que se repita lo terrible ocurrido entonces. Más bien busca todo lo contrario.

Lo chocante del caso, y que explica muchas de las cosas que nos están pasando en España desde hace por lo menos tres décadas, es que la derecha que gobernó después ¡con una mayoría absolutísima! no se hubiese atrevido a tocar esa ley revanchista.

Con la mirada y el corazón puestos en la tierra hermana de Cataluña, los españoles, ¿nos encontramos abocados a un nuevo e inevitable 98 o hay razones para la esperanza?

El llamado Desastre del 98 (del que parte, en buena medida, la baja autoestima actual de buena parte de la intelectualidad española) era, en realidad, inevitable. Estaba claro que unos territorios tan alejados de la metrópoli tarde o temprano acabarían por independizarse. Incluso nos salía más barato y práctico; recuerden la carga tan pesada que ha debido soportar Portugal hasta hace muy poco tiempo para mantener sus colonias: gasto descomunal para mantener un ejército a la postre muy poco operativo, juventud varada durante tres años en un servicio militar obligatorio, onerosa burocracia administrativa dispersa por demasiados sitios…

No es el caso, en absoluto, de Cataluña. Si la Geografía, con una Península Ibérica y unos Pirineos marcando nuestros límites de una manera tan clara, nos obliga a estar muy juntitos, la Historia común aún nos une más. En mi libro Desde Pamplona, rex ibericus, por el cual se me está haciendo esta entrevista, sale un apartado sobre Cataluña, aprovechando que Sancho III el Mayor tiene algún tipo de relación con algunos condados de la actual Cataluña. Porque, ahí está la clave, Cataluña no existía ni como nombre; mucho menos, por supuesto, como entidad política. Y, cuando empieza a aparecer su nombre, siglo y medio largo después de Sancho III, lo hace para referirse a localización geográfica. Algo así como si hoy hablamos de la Depresión del Ebro: sirve para situarnos en el mapa, pero nadie piensa en ella como una entidad política independiente.

Lo que hoy es Cataluña no eran en la Edad Media sino un conjunto de condados: Pallars, Ampurias, Besalú, Barcelona, Urgel… Cuya extensión total, por otra parte, no superaba la tercera parte de la Cataluña actual. El poder económico que ahora tiene este territorio se ha encargado de extender la falsedad de un inexistente reino de Cataluña y Aragón, o corona catalano-aragonesa; situando, como se ve, delante —para mayor gloria propia— el toponímico del que nunca ha sido reino. Porque Cataluña jamás lo ha sido. Pertenecía a la corona de Aragón, lo mismo que Valencia, Mallorca, Sicilia, Córcega, Cerdeña y Nápoles, todos éstos sí, reinos en su momento.

Conque sean los separatistas quienes abandonen toda esperanza. Todas las ideas nacidas durante el romanticismo alemán, elevadas después hasta el desastroso, racista y supremacista nazismo, tendrán que acabar algún día. Hay gente que parece olvidar o no saber que la palabra nazi es el apócope de nacionalsocialismo. Por cierto, ¿es, quizá, por esa simbiosis entre nacionalismo y socialismo que la izquierda española ha apoyado siempre tanto a cualquiera de nuestros nacionalismos disgregadores?

Por José Basaburua

Columnista en LA TRIBUNA DEL PAIS VASCO

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