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Don Quintín el Amargao

hervas

En 1924 se estrenó en el Teatro Apolo de Madrid un sainete de Carlos Arniches y Luis Estremera que trajo cola. De hecho, en 1925 se hizo una película de la que no tengo constancia. Si la tengo, sin embargo, de las dos siguientes películas sobre el tema, la de Luis Marquina en 1935 – una genialidad que aún tiene vigencia – y la de Buñuel, en 1951, que no llega a convencerme tanto, pues cambia un poco la trama y desvirtúa al personaje de Don Quintín.

Y eso que Luis Buñuel actuó como guionista en el film de Marquina. Hay además una letrilla famosa, del sainete, cuya música viene a ser un chotis algo modificado y que, entre otras cosas, dice: “Don Quintín, no está maleducao, don Quintín no tiene mal confín, don Quintín el pobre está amargao… si algún día amanece de mal talante, se oyen sus alaridos en Alicante”, etc.

Don Quintín es el prototipo de la “mala leche”, dicho así mal y pronto; un amargado que disfruta con hacer daño, pues considera – sin apenas indicios razonables – que se lo han hecho a él. Es lo que en terminología sanitaria llamamos un psicópata, un egoísta que exige al mundo que gire a su alrededor y que de alguna manera se expresa siempre haciendo daño, pues carece del suficiente sentido común e inteligencia como para comprender el sentido de la palabra humildad, concepto básico para la convivencia entre los seres humanos. El psicópata Don Quintín no puede ser otra cosa que un amargado. De hecho, su amargura busca una excusa que la justifique (siempre hay excusas cuando se buscan, porque el mundo es imperfecto, gracias a la acción de otros muchos psicópatas que nos han precedido y que cohabitan con nosotros). Hablando mal y pronto, don Quintín es el espíritu de la mala baba, la “mala follá” de los granadinos, o el egoísmo elevado a su enésima potencia, como comenzábamos diciendo.

Pero lo peor es que hoy, en pleno siglo XXI, año de gracia de 2017, nuestra sociedad y nuestro mundo están llenos de Quintines amargados redivivos. Hay más amargados por el mundo que moscas en un muladar. Pero especialmente, los amargados (psicópatas o no) pueblan las clases políticas, el mundo de la farándula, los “expertos” en comunicación y los pseudointelectuales fracasados, que no son pocos.

Pongamos algunos ejemplos; aunque también son ganas pues solamente tipificarlos es tarea británica. Los políticos, por empezar por alguna parte, desde el punto de vista de la amargura, yo los clasificaría en tres grupos: los que quieren mandar y no pueden o no saben cómo, los que mandan y tampoco saben cómo o que y, finalmente, los que confunden la política con el llenado de su propia saca. No voy a poner ejemplos porque son tan obvios que resultaría un insulto al intelecto del lector. Si diré que los hay en todos los países y que son responsables, en buena manera, del destrozo del planeta, el hundimiento de la convivencia, los enfrentamientos y las guerras. En definitiva, la hez de la especie humana que además daña extraordinariamente a los múltiples políticos honrados que pueblan el planeta, pero que se ven sojuzgados y dañados por estos psicópatas canallas, quienes – al carecer de principios morales y de convivencia – dañan la imagen de todos los inocentes.

En cuanto a los faranduleros, poco hay qe decir. Son tan torpes y visionarios que se llegan a creer sus propios papeles. Es como si una cabra se creyese mono o un colibrí ballena. Son extraordinariamente incapaces. Pues si fueran capaces. No serían faranduleros sino investigadores de la NASA, constructores de rascacielos o descubridores de modelos de energías limpios y renovables. Pero no, van y opinan, a pesar de no saber una palabra de nada.

Con respecto a los “comunicadores”, como ahora se los llama (cuentistas de toda la vida), aparte de ser aburridísimos, discurren como las olas: ahora por arriba y ahora por abajo, que me vengo y vengo, que me voy y voy. Recuerdo esa preciosa zarzuela, “la canción del olvido”, del maestro José Serrano, con libreto de Federico Romero y Guillermo Fernández-Shaw, con esa romanza preciosa: “Marinela se consuela de un olvido maldecido, ¡pobre Marinela!”, porque su gran problema, como el de Marinela, es que los olviden, pues en tal caso no cobrarían y estarían como Marinela, con su cantinela. Por tanto, viven como se dice en la zarzuela “los sobrinos del capitán Grant”, del maestro Fernández Caballero, con libreto de Ramos Carrión, donde un coro canta: “y así escuchando de la mar, el melancólico rumor, desde la luz crepuscular, bogando vamos sin temor”. Pues eso, su vida es bogar y bogar, cambiando de barco de vez en cuando. Una vida dura, pero de pesca… “na de na”.

¿Y qué me dicen de los “intelectuales” de vía estrecha? Yo he tenido la fortuna de conocer intelectuales de verdad y les garantizo que no dicen las “tontás” de todos estos aficionados que pululan por los huecos descuidados de nuestro cada vez más destrozado mundo. Porque… un “intelectual” que defienda el independentismo es un tonto del culo que quiere llamar la atención, a ver si saca algo… y un intelectual que defienda la LGTB es otro mamarracho, pues se trata de defender las costumbres de algunos monos enjaulados. No hay especie animal libre que lo defienda, pues tienen bien clara su consecuencia: la extinción. Y otras muchas sandeces. Es decir, que volver a la tribu o hacerse hermafrodita es lo que parece que quieren. Mucho imbécil con la sesera en desorden. Pues esos se dicen intelectuales. ¡Dios los perdone! Si los dejamos hacer, el día menos pensado nos ponen a nuestra querida Guardia Civil con el kilt (la falda escocesa).

Ojo con los amargados. Un amargado hace más daño que un terremoto de 9,3 en la escala de Richter. De un tiempo a esta parte solo me fio de la gente optimista, de los que ríen y no insultan, de los que hablan con educación y afecto, de los que ayudan y perdonan, de los que comprenden y animan, de los que – en definitiva – se comportan como seres racionales evolucionados y cariñosos. Créanme, otro tipo de personas no merecen la pena; solo te hacen perder el tiempo. Feliz verano sin Quintines amargados.

Vamos a reír: es gratis.

Francisco Hervás Maldonado

Coronel Médico (r)

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