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¿Pervive, todavía, una mentalidad “de derechas”? (3)

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En nuestros últimos dos artículos, publicados en LA TRIBUNA DEL PAIS VASCO, nos hacíamos eco de algunas cualificadas tesis que aseguran que la derecha política española habría desaparecido. De este modo, a decir del historiador Stanley Payne, habiéndose impuesto en España el pensamiento radical-progresista en prácticamente todos los ámbitos de la convivencia familiar, social y de la vida pública, únicamente perviviría una “no izquierda”.

En segundo lugar, recordando otras de las tesis de Gonzalo Fernández de la Mora y de Rodrigo Agulló, sosteníamos que el hecho de que la derecha política española hubiera desaparecido se debía tanto a factores externos como internos; es decir, habría sido desmantelada adrede.

En ambos artículos afirmábamos, no obstante, que en determinados ámbitos sociales, ya a nivel colectivo, ya a título individual, todavía era posible encontrar sujetos con una mentalidad “de derechas”.

Stanley Payne concretaba los valores ideológicos de la derecha histórica española en los siguientes conceptos: la religión, el nacionalismo y el autoritarismo; un juicio ajustado al menos para la de los años 30, 40 y 50 del pasado siglo, pero no para la de las décadas subsiguientes. De hecho, en la actualidad, salvo para algunos grupúsculos –término empleado no en sentido peyorativo sino como constatación sociológica- de ideas tradicionalistas o franquistas, tales valores han dejado de cumplir función alguna en la cosmovisión y la vida cotidiana de la mayor parte de la sociedad española; también entre aquellos sectores herederos -biológica o socialmente- de aquellas primigenias derechas. Veamos, a continuación, una perla ilustrativa de tamaña transmutación.

Según el trabajo de investigación de Pew Global intitulado What It Takes to Truly Be ‘One of Us` («Qué es necesario tener para ser verdaderamente ‘uno de los nuestros’») apenas un 9% de los españoles considera que la tradición religiosa de un país sea indispensable para la definición de su identidad nacional. Por el contrario, en Grecia tal convicción supera el 50%, en EEUU, el 32%, en Italia el 30% y en Reino Unido el 18%. Suecia y Holanda nos acompañarían en unos niveles igualmente bajos. Este trabajo concluye que, en general, la lengua y el hecho de haber nacido en el país en cuestión son los elementos que los ciudadanos consideran como más importantes a la hora de definir a alguien como “de aquí” o “de fuera”; unos factores que podríamos calificar como un tanto light y muy alejados del coherente corpus ideológico de las derechas históricas españolas. Este retazo demoscópico apuntaría, por una parte, a que España sería una de las naciones que se ha descristianizado más rápidamente y, por otra, a que el nacionalismo español (dígase también patriotismo, aunque evitaremos en esta ocasión polémicas sobre la no correspondencia de ambos conceptos que nos llevarían a un sinfín de matizaciones escasamente operativas) que en su día pudo caracterizar a las derechas, se ha diluido socialmente. En cualquier caso, el denominado nacional-catolicismo se habría extinguido, sociológicamente entendido.

Por otra parte, tal ratio no deja de ser indicador de una percepción social coloquial de que en España no es posible ser patriota y que de producirse alguna expresión pública en este sentido, rápidamente se es descalificado como franquista, reaccionario, casposo, etc.; cuando no atacado físicamente. A no pocos y muy recientes hechos me remito.

Entonces, ¿cómo definir esa “no izquierda” que, según afirma Payne, pervive aún en España? A su juicio, recordémoslo, sería «una entidad amorfa, democrática, práctica y tolerante, que no acepta los mitos de izquierda». En principio no parece ser un enunciado excesivamente clarificador; siendo muy distante de los tres principios que él mismo especificara como propios de las derechas de los años 30. Más que una definición dogmática, se nos antoja una intuición de carácter “transversal”.

Ciertamente, “mitos de izquierda” hay muchos: prácticamente todos los que integran lo “políticamente correcto”, nutridos desde el posmarxismo, la ideología de género, el animalismo, el multiculturalismo, el mundialismo y la globalización; es decir, el omnipresente y totalitario “pensamiento único”. De modo que si existen –todavía- sujetos y sectores no asimilados a esta ideología totalitaria de rasgos aparentemente suaves, a pesar de todas las técnicas de ingeniería social empleadas desde hace décadas, tal desafección debe ser tenida muy en cuenta; no en vano es el único entorno social del que pudiera surgir una protesta y, ulteriormente, una propuesta alternativa al actual estado de cosas. Una posibilidad que –ya anticipamos- en España vislumbramos como muy remota.

De hecho sí que existen desajustes sociológicos difíciles de explicar, a pesar del machacón discurso imperante, si bien no han sido capitalizados políticamente. Es el caso, por ejemplo, de la percepción social de la pena de muerte. Todos los partidos políticos con representación parlamentaria rechazan tal posibilidad. Tampoco se escucha voz alguna, en ningún foro público relevante, que reclame tal solución punitiva, por valorarse inaceptable desde cualquier perspectiva y a extirpar; salvo ocasionalmente como muestras de dolor en el entorno de brutales crímenes de resonancia mediática. No estamos justificando, ni explicando, tal posicionamiento: nos limitamos a recordar un dato sociológico público.

Con todo, pervive entre los ciudadanos españoles una cierta adhesión a tan expeditiva medida. En 2008 un tercio de los jóvenes españoles la apoyaban. Cuatro años después, conforme un estudio de Simple Lógica Investigación de febrero, un 20,6% de encuestados era partidario de la pena de muerte para casos especialmente graves.

Desgranémoslo un poco. Tal porcentaje era superior entre los hombres (un 23,2%) que entre las mujeres (bajando al 18,0%). Era más alto entre los más jóvenes con respecto a los de mayor edad; de modo que en los consultados con edades situadas entre los 16 y 24 años representaba un 27,5%, mientras que en mayores de 65 años ese porcentaje se reducía al 13,2%. Por otra parte, sus partidarios se reducían conforme se elevaba su nivel de estudios o estatus social, situándose en un 13,2% y un 17,2%, respectivamente, entre los sujetos con estudios universitarios y de clase social alta o media alta, mientras que ascendía al 23,9% entre los titulares de estudios primarios o con nivel inferior, y al 22,1% entre los de clase media-baja o baja. Por último, las diferencias eran manifiestas entre los votantes del PSOE y del PP, pues mientras que entre los socialistas representaban un 16,3%, los partidarios de la pena de muerte, entre los populares, sumaban un 23,0%; tampoco era un diferencia insalvable. Volviendo al segmento joven, en 2014 el porcentaje de partidarios de la pena de muertes se habría elevado al 56%.

Pese a tantas campañas sensibilizadoras, siempre en contra, de ONG´s en medios de comunicación, ámbitos locales y diversos entornos multiculturales; de los temarios de educación para la ciudadanía, en la misma línea, para colegios y universidades; de no pocas películas unánimes -en sentido contrario- y celebrado éxito internacional… ¿cómo explicarlo?

Un último apunte al respecto. A lo largo de estos días se ha difundido, en algunas cadenas radiofónicas españolas, que en Gran Bretaña se había detectado un mayor porcentaje de partidarios del Brexit entre los favorables a la pena de muerte que en el resto de la ciudadanía. Un dato, ciertamente, no poco malicioso…

Esas referencias anteriores indican –en su conjunto- que los estudios demoscópicos encierran, en ocasiones, paradojas de muy compleja explicación y que las etiquetas apriorísticas no explican ni determinan todos los comportamientos y sistemas de creencias personales; además de que en otros países –al menos en los de tradición cultural anglosajona- estos indicadores no se excluyen, en un intento de integrarlos en los movimientos de la opinión pública.

Volviendo al esquema derecha/izquierda, el mencionado Rodrigo Agulló, por su parte, no niega la existencia de ciudadanos situados a la derecha del espectro ideológico, si bien suaviza muchos de sus rasgos, conforme la conceptuación primera de Payne, caracterizándolos como: «una persona “de orden” a la que no gustan las “cosas raras”, trasunto secularizado de lo que antes venía en llamarse “pueblo de Dios”. Con una actitud básicamente reactiva a los asaltos de la izquierda, la derecha pierde inevitablemente la batalla de la imagen. Extraviada en un mundo de ligereza y banalidad, la derecha comunica severidad y rigidez. Cuando trata de adaptarse a los modos de la izquierda, “suena falso” y diluye su identidad». Coincide con Payne, no obstante, en que las derechas españolas se han desdibujado culturalmente, a la par de haber perdido suelo político. Traigamos a colación, aquí, cómo los diversos estudios demoscópicos en los que los consultados deben situarse ideológicamente en una escala de 10 a 0 (por ejemplo los de Metroscopia) de derecha a izquierda, el centro izquierda y las diversas izquierdas constituyen mayoría absoluta; quedando relegados los situados a la derecha en un pequeño porcentaje tendencialmente decreciente. Pero, dado el momento histórico, la ausencia generalizada de un sentido crítico y la presión social, ¿no existirá, también, una “cifra negra” aplicable a la propia autopercepción de los consultados? Además, ¿conciben tal dilema como una cuestión relevante y significativa?

Volviendo a los derechistas “residuales” y dando un paso más, éstos, nos preguntamos, ¿se sienten representados políticamente? Veamos una opinión interesante. Es el caso del editorial de 3 de marzo de 2016 del digital Gaceta.es, que finalizaba con la siguiente afirmación: «Los discursos de investidura en las Cortes han sido muy elocuentes. La deriva de la política española ha arrojado a los márgenes de la vida pública a millones de españoles. Son los nuevos huérfanos del sistema. Antes se los llamaba “derecha”. Ahora ya son otra cosa. Y tarde o temprano buscarán un nombre». Se refiere, evidentemente, al discurso del Partido Popular. Coincidimos con este juicio que cuestiona la virtualidad de tan histórica dualidad: existió una derecha de la que perviven sus huérfanos; más “otros” sujetos arrojados por el propio sistema a sus márgenes.

Nacionalismo y/o patriotismo, una concepción trascendente de la vida, familia “a secas", defensa de la vida en su inicio y término, esfuerzo, sacrificio, masculinidad, espíritu de milicia, anti-estatismo…, unos valores que aparentemente ya no dicen nada, o muy poco, a la inmensa mayoría de españoles; tampoco a muchos de los definidos genéricamente como “derechistas”. Pero, pese a su existencia residual, decíamos, concurre otro fenómeno: la “producción” de nuevos “huérfanos” del sistema. Nos referimos a un tipo antaño atípico: el del agnóstico o ateo que tras deambular una parte de su existencia por el mundo de hoy “viviendo la vida”, se ha desengañado de los mitos impuestos y ya no cree en los contravalores promulgados desde la izquierda biempensante. Unos sujetos que están redescubriendo el valor de la autoridad en determinados ámbitos profesionales, que han chocado frontalmente con los dictados ultrafemisnistas al ser privados de cualquier rol relevante en el seno de la pareja y por su extensión de la familia misma, que se han contrastado desde el esfuerzo frente a las políticas igualitarias que favorecen el parasitismo y la subvención clientelista (de ahí el atractivo del liberalismo economicista entre antiguos izquierdistas y del florecimiento de grupos de esta ideología)… que se sorprenden cuando, viajando por el extranjero, descubren que el patriotismo sea un valor vivo que cohesiona comunidades allende nuestras fronteras.

La mentalidad derechista “clásica”, al menos la del siglo pasado, cuando no ha desaparecido por completo, se ha diluido y, como poco, se ha transmutado en otra cosa parcialmente coincidente; un tanto indefinida y tendencialmente reactiva. Se trata, pues, de una categoría cambiante y progresivamente carente de significado real.

Constatamos, en cierta medida, que hoy confluyen diversos contingentes humanos- desde experiencias y tradiciones educativas muy distintas- en lo que Payne antes definía como «una entidad amorfa, democrática, práctica y tolerante, que no acepta los mitos de izquierda». Y que Agulló calificaba como «una persona “de orden” a la que no gustan las “cosas raras”». A esta mixtura humana no le une su adscripción derechista, pero sí su rechazo a lo políticamente correcto, por lo que se impone la búsqueda de unos nuevos paradigmas explicativos. Por ello, la división histórica entre derechas e izquierdas también ha perdido vigencia y capacidad operativa.

Lo anterior es evidente en ciertos espacios europeos en los que masas de antiguos votantes a los partidos comunistas, y a otras izquierdas, han abandonado su antigua adscripción, adhiriéndose a movimientos nacional-populistas; revelándose con ello como más omnicomprensivos otros paradigmas interpretativos. Es el caso de “identidad versus multiculturalismo”; pero también el de “justicia social versus neoliberalismo”. No obstante, debemos precisar que en ello concurren ciertas circunstancias sociales que fraccionan la convivencia colectiva a causa de una inmigración no integrada que, poco a poco, está derivando en la “libanización” de un número creciente de barrios de las periferias de cientos de las más populosas ciudades del continente. Un fenómeno que en España -si bien existen barrios y pueblos en los que este cambio empieza a ser visualmente innegable- es menos acusado al ser muy alta la inmigración de habla hispana y la procedente del este europeo; acaso más afines que otra de identidad religiosa más acusada.

Hemos tocado, hoy, dos cuestiones asociados entre sí que no podemos dejar de tratar: vigencia de la polaridad derecha/izquierda e irrupción de los populismos; temas a los que dedicaremos nuestras próximas entregas.

LA TRIBUNA DEL PAIS VASCO

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