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El desmantelamiento de la derecha política española (2)

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Afirmábamos en el artículo anterior que, conforme el rompedor juicio del historiador Stanley Payne, la derecha política española habría desaparecido. Únicamente quedarían rescoldos: votantes desengañados que se sienten “huérfanos”; unos cientos de miles -acaso un par de millones- de personas que comparten todavía determinados valores “tradicionales”; segmentos sociales aún hoy movidos por la dogmática católica; ciertos círculos culturales e incipientes redes de “resistencia”; algunos veteranos movimientos sociales, con mejor o peor salud según los casos (defensa de la vida, la educación libre, la unidad de España); ulteriores intentos partidarios (con un agónico VOX indeciso entre el liberal-conservadurismo decaído en España y el nacional-populismo emergente en Europa), etc.

Lo que no es poco, pues la labor de acoso y derribo -contra tan odiada derecha- ha sido extraordinaria a lo largo de las últimas décadas; también desde su mismo interior. Recordemos, aquí, que esas realidades sociales siguen siendo muy relevantes para la vida de las personas y de la propia sociedad española, pero que no son estructuras de vocación partidaria (salvo VOX, que es un proyecto inconcluso, acaso terminal, de partido); si bien pudieran hipotéticamente articularse de manera eficaz con los partidos que, de tener tal voluntad, asumieran sinceramente una parte operativa de sus valores y directrices de acción.

Veamos, en primer lugar, el impacto de la acción revolucionaria de las izquierdas -y sus mecanismos de ingeniería social- en toda la sociedad e, incluso, en la propia derecha. Así, uno de los mayores exponentes en lengua española de la equívocamente denominada «Nueva Derecha», Rodrigo Agulló, en su artículo Izquierda indefinida y hegemonía social explicitaba muy certeramente tal mecánica desplegada en su conquista: «Desde los años 60 la izquierda “ocupa” las escuelas, la universidad, los medios de comunicación, las editoriales y la industria del ocio. Coloniza el pasado y re-escribe la historia. Fija los límites de lo respetable, define lo que es aceptable y lo que no, censura al discrepante y condena al disidente, en un ejercicio descarnado de terrorismo intelectual. Su dominio del lenguaje obliga al adversario, en el terreno semántico, a jugar en campo contrario y a la defensiva. Su hegemonía espiritual, asegurada mediante una operación de lavado masivo de cerebro, inocula en las conciencias su mercancía ideológica, y fomenta hábitos de autocensura entre los ciudadanos».

Pero, ¿cómo ha respondido la derecha a tales desafíos? Rodrigo Agulló resalta, en primer lugar, que las derechas se han refugiado, en toda Europa, en un temperamento economicista y reduccionista, lo que «Parece responder a un pacto tácito, en virtud del cual a cambio del mantenimiento esencial del “status quo” social y económico, se abandona en manos de la izquierda el dominio sobre lo espiritual. Cuando puntualmente la derecha decide movilizarse en defensa de algún valor, de algún principio, le hace regalo a la izquierda del papel de oponente rentable, de fantoche reaccionario, intolerante y/o homófobo, que la izquierda tanto precisa para revestir con algún oropel de rebeldía y  transgresión su “lucha” ya ganada de antemano».

Volviendo a España, donde acaso este proceso haya sido más rápido y radical que en otras latitudes continentales, otras voces cualificadas han efectuado cierta autocrítica del comportamiento de la derecha en semejante coyuntura histórica, si bien desde otros presupuestos doctrinales; en concreto desde el catolicismo social. Es el caso del escritor y editor Álex Rosal, uno de sus mejores conocedores, quien en su artículo Por qué los católicos no pintamos nada en política verificaba la inexistencia de católicos en el Parlamento español.

A resultas de ello, millones de españoles que comparten la misma cosmovisión se encontrarían huérfanos, políticamente hablando; hasta el punto de señalar que «Los católicos paquistaníes, en un país de mayoría musulmana, están más representados políticamente que aquí. Increíble». A continuación, Rosal desgrana sus posibles causas. La primera de ellas: el estar sometidos a lo que denomina “síndrome del Cenáculo”, de modo que «Los católicos españoles, en general, estamos igual que los apóstoles tras ser crucificado Cristo. Muertos de miedo, encerrados en nuestras casas y seguridades. Sin levantar la voz. Incómodos por no recibir el aplauso o el calor del mundo y con precaución ante lo que pueda venir... En definitiva, sin pasión ni libertad para ofrecer nada nuevo que regenere la vida pública. A lo sumo, solo quejas amargas...». Es decir, pérdida de la iniciativa y repliegue interno.

Segunda causa a decir de Rosal: se permanece «Pendientes de nuestras fortalezas y de las buena ideas y estrategias que se lanzan en las reuniones importantes…». Falta de realismo.

Y, en la base de tales comportamientos, se habría errado gravemente al analizar la realidad: «Los católicos nos empeñamos en conquistar la política... y ese es el gran error. El combate político no se puede ganar sin antes haber conquistado la cultura». Por ello, las izquierdas -y nosotros añadiríamos que con el sumiso concurso del “centro reformista” antes llamado derecha-, aunque desalojadas del Gobierno, se han mantenido en el poder, pues «Han ido cumplido su hoja de ruta (aborto, matrimonio homosexual, ideología de género...) teniendo la certeza de que los políticos del PP, tan pendientes ellos de los estudios demoscópicos, no revocarían ni una sola ley de las llamada "sociales"».

Pero tal comportamiento, arriba circunscrito al catolicismo social, bien puede extenderse a las diversas expresiones de la plural derecha española.

Echemos un vistazo rapidísimo al itinerario, en las últimas décadas, de esta derecha social, tan fundamental en la comprensión de la Historia de España; no en vano, atravesando todo el siglo XX y dándole forma, terminó acomplejada, cuando no rindiéndose, ante el radical-progresismo.

La denominada comúnmente como “derecha sociológica”, en gran medida católica, conformó el franquismo sociológico durante décadas; despolitizándose aceleradamente a la vez que el mundo rural se desvanecía en las grandes ciudades, la familia tradicional se quebraba, y los impulsos emanados desde el Vaticano II rompían la unidad de pueblo católico, redirigiéndolo hacia opciones socio-políticas que lo desintegraron en gran medida. Y llegó la Transición.

Los partidos políticos que heredaron entonces semejante masa sociológica, UCD y AP primero, el Partido Popular después, fueron perdiendo rápidamente sus señas de identidad, asumiendo sin apenas resistencias, los nuevos dogmas imperantes a escala planetaria: la ideología de género, el relativismo buenista multicultural y el ecologismo holístico. Si bien la caída del Muro de Berlín, en principio, generó una profunda crisis de identidad a la izquierda comunista, y en menor medida a la propia socialdemocracia, culturalmente terminaron imponiéndose; confluyendo, además, socialdemocracia y partidos de tradición popular-cristiana en la sacralización del Estado del Bienestar, la globalización y la laicización extrema.

Ulterior prueba de tal deriva ideológica ha sido el reciente anuncio, por parte del Partido Popular, de que debatirá la denominada “maternidad subrogada”; novísima modalidad de cosificación de la persona, y esclavización de las mujeres, que termina de destrozar un derecho de familia que ya había sido tocado de muerte con la generalización del aborto.

En su conjunto, y con la perspectiva que proporciona una mirada hacia atrás, las derechas sociológicas han perdido buena parte de sus señas de identidad históricas y políticas al renunciar a su pasado, valores y principios constitutivos. Y, seguramente a causa de lo anterior, han envejecido biológicamente: no se han renovado generacionalmente; al no ser capaces de transmitir eficazmente su depósito moral y legado histórico de manera operativa.

No obstante, esas derechas sociológicas, o que al menos lo fueron en su día, no desaparecieron materialmente por completo a lo largo de este proceso. Así, muchos se refugiaron en la vida familiar, empresarial y en determinados medios sociales (colegios, clubs deportivos, nuevos movimientos eclesiales); pero sin constituirse en un movimiento social activo, en lobby de poder -si bien se vienen intentando algunos amagos-, ni mucho menos en un partido político, moviéndose reactivamente ante los sucesivos cambios impuestos desde el poder. Y no podía ser de otra manera: los partidos políticos que antaño representaban a la derecha sociológica, al calor de las nuevas tendencias y de los imperativos geoestratégicos mundiales, perdieron carga ideológica en la medida que negociaban un espacio propio y nuevas relaciones con los poderes fácticos reales (mediático-financieros), a la vez que las personalidades políticas que encarnaban su continuidad en el Partido Popular eran eliminados -en sucesivas coyunturas- en favor de otras representativas de los nuevos tiempo y valores; concretamente, en línea con la extensión de los denominados “nuevos derechos sociales”. De ahí la sobrerrepresentación LGTP hoy día entre los dirigentes del PP.

Pero esas derechas sociológicas, en tanto su trasunto político se disolvía en el marasmo de lo “políticamente correcto” -acaso en parte debido también a la pasividad de la masa social que decía representar-, no se limitaron a aguantar el chaparrón, manteniéndose sin respirar o, chapoteando furiosamente para evitar ahogarse. En no pocos ámbitos de la convivencia y de las normas morales que la rigen, colaboraron activamente con esta revolución cultural, haciendo propios algunos de sus presupuestos (individualismo, exclusivismo de clase, relajamiento educativo, tics feministas, indiferentismo…); tal vez en un intento de mantener ciertas parcelas de poder social y económico al igual, según vimos antes, acaeció en el plano político.
¿Qué mecanismos concretos de ingeniería social se desarrollaron, en esta época tan crítica, para materializar tal subversión de valores?

El pensador Gonzalo Fernández de la Mora, en el prólogo a la sexta edición de El crepúsculo de las ideologías, fechado el 30 de abril de 1986, ya anticipaba -conforme su tesis de que el mundo se desideologizaba globalmente, si bien con avances y retrocesos- diversos factores que aseverarían tal hipótesis y que, en definitiva, sería la modalidad en que las derechas, antaño liberales o conservadoras, se resituaron en inéditos espacios y roles por aquellos años.

Como mecanismos de tal desideologización, que habría afectado especialmente a las derechas, señalaba en primer término a la reducción de la “sopa de siglas” que caracterizaron los primeros años de la “Transición”. El segundo sería la estrategia del “consenso” que «sólo es posible cuando la materia pactada se ha objetivado y desideologizado, cuando una ideología abdica de sí misma para adaptarse a la adversaria, o cuando el acuerdo no existe realmente y el texto aprobado [se refiere concretamente a gestión de la Constitución española de 1978] se reduce a una rendición diferida o a un aplazamiento del conflicto. En los tres primeros casos, la desideologización es evidente; pero es en el último, que se dio en varios puntos constitucionales, no lo es tanto. Procede, sin embargo, señalar que la mayoría de las supuestas treguas acabaron resolviéndose a favor de los socialistas y que hubo consenso genuino en materias tan capitales como el agnosticismo ético y el crecimiento del sector público por las vías fiscal, burocrática y presupuestaria». El consenso, pues, benefició cultural y políticamente a las izquierdas; mientras que en la sociedad luchaban por imponerse en todas sus palancas de reproducción ideológica.

Un tercer mecanismo sería, siempre según su criterio, el denominado como “moderación”, caracterizándolo así: «Más que liberales y socialistas había dos alas de socialdemócratas, una confesa y otra velada. Muchos derechistas renunciaron a la unidad nacional, a la confesionalidad, a la libertad de enseñanza, a la indisolubilidad familiar, al derecho a la vida del concebido, a los valores de la moral tradicional, al fomento de la actividad empresarial, a la remuneración del rendimiento, y al mercado como mecanismo para determinar los precios y la adscripción de los recursos».

En definitiva, las derechas renunciaron a la mayor parte de su capital ideológico; ante el desconcierto de al menos una parte decreciente de su tradicional electorado.

La nueva realidad sociopolítica se imponía rápidamente y en gran medida unánime: una sociedad tecnificada; atomizada e individualista; controlada por los mecanismos del consumismo y el ocio adolescente extendido a todas las franjas de edad; con nuevos sectores sociales precarizados en sus opciones; desmantelados desde la escuela y el poder públicos los valores de autoridad, esfuerzo, jerarquía y herencia; en crisis demográfica camuflada con una sustitución poblacional multicultural.

Mientras tanto: ¿dónde permanecía la derecha sociológica?, ¿todavía existe? No en vano, hemos hablado de ciertas estructuras sociales en las que se habría refugiado. Pero, ¿se comparte allí una mentalidad común? ¿Cómo caracterizar al ciudadano que no es radical-progresista? ¿Es el catolicismo se fuente de inspiración?

En unos días proporcionaremos algunas claves al respecto.

Fernando José Vaquero Oroquieta

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