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Las víctimas del terrorismo y la “normalización” democrática (abrazos, banderas y otros detalles relevantes)

Abrazo Uxue Barkos María del Mar Blanco

El 13 de enero se dieron cita, frente al monumento a las víctimas del terrorismo de Pamplona, un buen número de representantes de la mayoría de sus asociaciones, unas decenas de ciudadanos sin adscripción partidaria y –no podía ser de otro modo- cualificados representantes de la política navarra: desde la propia Uxue Barkos y otros exponentes del cuatripartito gobernante, a dirigentes de la oposición (de UPN y PPN especialmente).

Allí tuvo lugar una ofrenda de flores y unas breves declaraciones ante los periodistas que en buen número, junto a fotógrafos y cámaras, cubrían el acto.

Si algo se acreditó en los breves minutos que duró el evento es que la “normalización” democrática de la que tanto se habla no pasa de ser una engañosa aspiración. Y ello incluso si la dejamos en “normalización” a secas. No en vano las heridas del terrorismo tardan mucho en curar. Y sus múltiples efectos, devastadores para la moral individual y colectiva, persisten hoy y lo seguirán haciendo mañana. Más si se pretende cerrar tantas heridas sangrantes en falso, prescindiendo la verdad.

Antes que nada hay que recordar que, siempre que se hable o escriba acerca de víctimas del terrorismo, nunca se hará lo suficiente por ellas; pues sus pérdidas y dolor son inconmensurables. También que durante mucho tiempo fueron auténticas apestadas en una inmadura sociedad democrática acomplejada y cobarde. Incluso hoy siguen siendo objeto de prejuicios de orden mediático, ideológico y moral.

Las víctimas lo dieron todo: sus vidas, o las de sus familiares, que fueron segadas abruptamente. Es más, los perversos impactos de cada atentado alcanzaron a sus supervivientes en el plano físico, psicológico, moral, social y patrimonial; desplazando sus pilares para siempre.

Se les ignoró primero, después empezó a reconocérseles sus derechos poco a poco, para repararles gradual pero agónicamente.

De manera oportunista hubo momentos en los que se les instaló en el primer plano de contiendas políticas que, mediante la movilización social y callejera, perseguían otros réditos de carácter político no necesariamente inocentes. Otros políticos pretendieron, por el contrario, marcarles desde fuera una “agenda” imprecisa y semisecreta más orientada hacia su división interna, mediante una exposición sentimental superficial. Y los más cínicos –los próximos a los verdugos- tras conseguir su invisibilidad inicial, exigieron después, al igual que hoy, que “su opinión no sea empleada como un veto”.

Pero volvamos al pasado 13 de enero. A muchos ha sorprendido e indignado el abrazo entre Uxue Barkos y Mari Mar Blanco. Y es que es inevitable preguntarse: ¿dónde estaba Uxue Barkos los días 10 a 13 de julio de 1997? Un interrogante que podemos extender a Álvaro Baraibar, director general de Paz y Convivencia del Gobierno de Navarra, presente igualmente, cuyo rostro barbado y tenso reflejaba inequívocamente un notable malestar: ¿por algún reproche que escuchara?, ¿por sentirse situado en el lugar equivocado dado su alquímico ejercicio de equidistancia moral entre víctimas y verdugos?, ¿por la exhibición de dos banderas españolas?

También escuchó alguna exclamación poco amistosa la propia Mari Mar Blanco, no en vano, su fusión sonriente con Barkos no era fácil de asimilar por tantos de los allí presentes cuyas heridas abiertas jamás serán cerradas del todo; pues es imposible y, sobre todo, porque ello no se les puede exigir. Pero ya se sabe, la política hace extraños compañeros de cama. Y ambas lo son. Y tiene que jugar el papel que se espera de ellas. No seremos nosotros quienes juzguen a Mari Mar Blanco en esta tesitura; pues como víctima ya ha dado demasiado. Pero sí a Uxue Barkos, Ana Ollo y Álvaro Baraibar, pues son públicos y voluntarios compañeros de viaje –pese a todo su palabrería autojustificativa- de unas organizaciones maridadas (Sortu, especialmente) con el terrorismo perpetrado durante décadas.

No es posible cerrar las heridas y dramas provocados en tantas personas y en la misma sociedad por el terrorismo y sus amigos de la noche a la mañana; y menos con maniobras falaces. E imposible cuando persisten graves incógnitas sin resolverse: ¿por qué no se han esclarecido todos los asesinatos?, ¿cuándo se recuperarán todos los cuerpos?, ¿ha existido algún diálogo de cualquier tipo del que se haya hurtado su conocimiento a la sociedad, al contrario de lo escenificado en Irlanda del Norte?, ¿se han beneficiado de algún fuero determinados dirigentes etarras en este opaco contexto de medias verdades y silencios clamorosos?

Ciertamente, la más sangrante e incomprensible de tales interrogantes es la siguiente: ¡siguen pendientes de esclarecimiento casi 300 asesinatos de la banda ETA! El fruto insoportable de la inacción que salpica a todos los gobiernos bajo cuyos mandatos los diversos grupos terroristas eclosionaron sus dosis letales de violencia en múltiples ámbitos de la vida personal y social, alcanzando la intimidad y sosiego de miles de hogares.

Se ha hecho público, días atrás, que por medio del “Proyecto Dignidad”, la Fundación Villacisneros ha facilitado que el asesinato del guardia civil Antonio Ramírez y su novia Hortensia González en 1979, que nunca se investigó, no prescribiera penalmente merced la oportuna actuación judicial de sus abogados. Pero, ¿cuántos casos más se encontrarán en semejante tesitura? La sola idea de ello es insoportable.

Es innegable: las víctimas del terrorismo –sufrientes, pacientes, acaso desesperanzadas, heroicas sin pretenderlo- tienen derecho a ser escuchadas, a exigir sus derechos, a gritar la verdad y, si es preciso, a patalear manifestando sus legítimos e insobornables desacuerdos.

Tampoco puede negarse otro hecho objetivo: sus familiares fueron torturados y asesinados por su común condición de españoles. No fueron asesinados por un ciego azar (alguna excepción hubo por fatal error de los verdugos), ni por defender la proporcionalidad representativa, ni el sistema métrico decimal. Tampoco por defender la paz o la libertad ni otras grandilocuentes expresiones alegadas por quienes condenaban la violencia “viniere de donde viniere”. Eran españoles, y para esos verdugos deshumanizados que decidían vida y muerte de sus semejantes, encarnaban la “bestia opresora” que había que extirpar de la Euskal Herria de los sueños y pesadillas de los Arana, Krutwig, de los mafiosos de ETA y sus amigos. Por esa elemental causa les asesinaron inmisericordemente. Eran un supuesto freno, una molesta dificultad, una inusual resistencia a su programa totalitario. Para mayor escarnio, los asesinos e ideólogos afines añadieron a esa común condición diversos epítetos de intencionalidad despectiva –a la vez que los deshumanizaban como previo paso para exterminarlos- lo que consiguió transmutar esos crímenes y sus intenciones reales en el perverso “algo habrá hecho”: guardias civiles, policías, ultraderechistas, chivatos, explotadores, traficantes de drogas, carceleros…

Las banderas españolas que esa lluviosa mañana fueron desplegadas en el corazón de Pamplona no estaba de más; tal y como se escuchó de labios de algún representante de la oposición. ¿Qué pintan esas banderas?, se preguntó en voz lo suficientemente perceptible como para ser escuchado por algunos presentes? Una pregunta desconcertante y dañina a oídos y corazones. No en vano, si algo unía a tantas víctimas allí presentes y representadas -además del propio monumento, esas flores, las oraciones y las sentidas palabras- es su común sentimiento de pertenencia a España. Eran personas, y españoles: ni suecos, ni indonesios, ni ciudadanos del mundo. Y si alguien se siente napartarra o poco o nada español, pues es su problema y su complejo. O su excusa. Sí que comprendemos, por el contrario, el comportamiento de un sujeto trajeado, malencarado y con barba que, situado en tercera fila, exigió que no llegara a rozar la tela de una bandera los rubios cabellos de Ana Ollo; si bien ella nunca perdió su sonrisa, incluso cuando observó que esos colores rojigualdas la coronaban acaso de manera inesperada. El precitado estaría cumpliendo lo que entendía era su deber de protección, o tal vez, el vano intento de conjurar unos colores que nada bueno despertarían en su ser o en los de sus allegados. No hace falta ser un avezado psicólogo para comprender la situación. Pero es lamentable que tengamos que hablar de esos detalles, no obstante su importancia, en lugar der rememorar exclusivamente lo decisivo que allí se convocaba. Pero es así: las ideologías, y más cuanto más totalitarias sean, dividen a la sociedad y a las personas, de modo que los separatistas panvasquistas, en lugar de percibir en un simple bandera española el símbolo de la normalidad democrática, redescubren agravios y supuestas agresiones.

Este cuadro quebrado y distorsionado que venimos narrando hoy, presenta, no obstante, a toda la sociedad navarra una asignatura pendiente: la del reconocimiento del dolor de las víctimas, su reparación, el esclarecimiento y castigo de todos los asesinatos y la elaboración de un “relato” veraz y no bastardeado. Y que sean escuchadas… con atención, seriedad y sin prejuicios: con el objetivo siempre de que sean tenidas en cuenta; y no como un mero trámite para el cierre en falso.

Los breves minutos que duró la ceremonia certificó que queda mucho por recorrer en la senda de la “normalización”, pues también se pretende introducir mucha mercancía de contrabando para reconducirla hacia otros lares. Y es que a estas alturas, las víctimas del terrorismo, y con ellas toda la sociedad, se siguen jugando la paz interior y la pública, e inseparables de ambas, la justicia. Y con las anteriores, la verdad. Una verdad que algunos tratan de sepultar desde el cálculo personal y político, el prejuicio y, en todo caso, desde la dureza de un corazón embrutecido que destila maniobras dialécticas retorciendo el lenguaje.

José Basaburua

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