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Boris Yeltsin: una historia sinusoidal

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Pronto se celebrará el aniversario del fallecimiento de Boris Yeltsin, que falleció de un problema congestivo cardíaco el 23 de abril del 2007. Ya el 1 de diciembre de 1999 había renunciado a todos sus cargos.

Se celebró, tras su muerte, un importante funeral de Estado en Moscú. Desde 1864, con las exequias del zar Alejandro III, no se celebraba otro. Los honores se rindieron a la memoria de Boris Yeltsin, primer presidente de la Federación Rusa, nacido en Butka, provincia de Sverdlovsk (hoy Ekaterinburgo) el 1 de febrero de 1931 y fallecido en el Hospital Clínico Central de Moscú el 23 de abril pasado, a consecuencia de un fallo multiorgánico por insuficiencia cardiovascular, a las cuatro menos cuarto de la tarde. El acto religioso de la Iglesia Ortodoxa Rusa se ofició en la Catedral de Cristo Salvador de Moscú, destruida en 1931 por Stalin y reconstruida durante el gobierno de Yeltsin, siendo consagrada el año 2000. Asistieron diversas personalidades. Entre otras, los ex–presidentes norteamericanos Bush sr. y Bill Clinton, a quien en cierta ocasión regaló Yeltsin un saxofón, por cierto.

La historia reciente de Boris Yeltsin es bien conocida. No tanto su infancia, con los esfuerzos de su familia (un padre rebelde, que pasó tres años en una GULAG, y una madre que logró sacar la familia adelante a base de quemarse los ojos como costurera). Yeltsin tiene una historia conocida, como el personaje público de primerísimo orden que llegó a ser.

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Tres momentos destacaría de su vida, no porque sean los mejores sino porque tal vez los viví de un modo más observador. En primer lugar, su celebérrimo discurso de arenga sobre un carro de combate, tras el golpe de estado del 18 de agosto de 1991, capitaneado por Vladimir Kryuchov, frente al Soviet Supremo, frente a la Duma de Moscú, sin poder fáctico real, frente a todo el aparato militar de la Unión Soviética. Las masas enfervorizadas le aclamaban, los soldados tiraban las armas, los golpistas huían apresuradamente… Y Yeltsin, infinito, tocado por la gloria de los grandes líderes, usaba la palabra como arma poderosísima (seguramente la más poderosa) de los hombres y se cargaba el totalitarismo atroz de an antigua URSS, un totalitarismo al que algunos con coleta y otros sin ella nos quieren llevar en España. Aquél momento de gloria jamás volvió a repetirse en Rusia. Porque la palabra es un arma cargada de futuro, tal como dijera Gabriel Celaya, el genial poeta de Hernani, cosa que ahora están olvidando muchos políticos, silenciosos y poco arrojados, que no tienen en cuenta aquello que nos legara Virgilio sabiamente: audaces fortuna iuvat, la suerte es de los valientes. La palabra es el mayor poder que Dios ha dado a los hombres. La palabra crea el amor, rompe las barreras, establece las distancias y agita los sentimientos, en definitiva, que son el gran motor de todos nuestros actos. Los conocimientos pasan, los sentimientos perduran fijos en lo eterno. Todo el conocimiento del mundo no vale lo que un minuto de amor, como sabemos todos. Los generales estaban acobardados frente a Boris Yeltsin, unos generales nombrados tal por su peloteo y no por su capacidad, como sucede en todos los regímenes caducos. Toda una vida de peloteo rampante e inmisericorde para descubrir que no manda el título, sino el carisma. Unamuno lo sabía bien y decía aquello tan irónico de que “general es lo que no tiene nada de particular”. Da la impresión de que ya los ejércitos sirven para poco, puesto que los enemigos han cambiado: son ahora los terroristas y a esos no se les combate con divisiones, sino con policías. Los ejércitos solo sirven – hoy en día – para paliar desastres naturales o poner paz entre gentes enconadas y de bajo extracto cultural. Por eso, cada vez es preciso un contingente menor. Y todo empezó allí, con Boris Yeltsin, un borrachín rebelde con palabras prodigiosas, subido en la torreta de un tanque con un megáfono.

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El segundo momento inolvidable del inefable Yeltsin fue cuando ordenó disparar sobre la Duma, en 1993, con los diputados amotinados que se negaban a salir. O tal vez la represión en Chechenia en 1996. Yeltsin no dudó en emplear la fuerza contra ese mismo pueblo cuando se le oponía. Muy soviético. No olvidemos su afiliación al PCUS en 1961, que probablemente fue para sobrevivir y que no le pasase lo que a su padre, pero esas militancias llegan a condicionar bastante. Indudablemente. Concretamente, lo que me impresiona de este momento es la gran debilidad de cualquier líder: “haced lo que yo diga, pero no lo que yo haga”, podría ser la consigna. Un líder es alguien muy solo, porque no puede ser de otra manera. Un líder es alguien muy débil y esa debilidad es precisamente quien estimula su liderazgo. Porque, no lo duden, el líder es alguien que huye hacia delante. No persevera el líder, sino que innova, crea y dispersa. Siempre que pienso en liderazgos recuerdo un novela de George Orwell: animal farm (rebelión en la granja), que resulta ser una crítica feroz al comunismo. Orwell militó en el partido comunista británico en su juventud. En esa novela, los cerdos proponen la revolución de los animales de una granja contra sus dueños y la autogestionan, comerciando con otros granjeros humanos. Napoleón, el cerdo jefe, acaba despreciando las ideas del viejo Major, idealista del grupo, y convirtiendo el decálogo de principios en una tiranía. Recordemos como modificaba, por ejemplo, aquél artículo del decálogo “todos los animales son iguales, pero hay unos más iguales que otros”. Es una huída hacia delante, como en el caso de Boris Yeltsin. Y como en el caso de casi todos los líderes, porque los gobiernos evolucionan de la democracia a la aristocracia y de ahí a la tiranía oclócrata. Contra el tirano se hacen las revoluciones, se llega a la democracia y vuelve a empezar el ciclo. Es un problema cultural y educativo, básicamente. Platón ya comentaba algo de esto. ¿Quiere decir esto que Yeltsin fue un tirano? Pues si y no. Inicialmente no y luego sí, tal vez para tapar su propia incompetencia como gobernante en el plano social y económico, sobre todo, creándose una enormes diferencias, del bienestar a la carencia de todo, entre las gentes.

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Pero para mí, sin lugar a dudas, el momento cumbre de Boris Yeltsin fue cuando – borracho como una cuba – pellizcó a una secretaria ante las cámaras de televisión de medio mundo. ¡Ole la gracia! No fue un pellizco premeditado. Yo creo que se le fue la mano… ¡qué tontería! Y el respingo de la secretaria, con un asombro digno de Federico Fellini (ya quisiera una escena así en su “Amarcord”) y una villanía propia de Visconti (gatopardo). Si yo fuese director de cine, los contrataba a ambos y les ponía a pellizcar y respingonear toda una mañana. ¡Qué escena, Dios mío, qué escena! Imaginemos el cruce de un bellísimo ejemplar femenino en una situación de desinhibición alcohólica, ¡es que se te va la mano! Ese pellizco y ese repullo dicen más que toda una vida de gobierno. Es el centauro Neso, el sátiro Egipán y el salaz Zeus en una misma persona. Y la sorprendida Deyanira, la inocente Venus y la pícara Elena en una sola mujer. Es una escena preciosa: la bella y la bestia (sin acritud, por supuesto), el emperador y la molinera, el bombón y el diente. Grabé la escena y la guardo como un tesoro (¡mi tesoro…!), porque pocas veces suceden cosas tan admirables. Ni siquiera la risa chillona de Clinton le llega a la altura de su antesala. Imaginemos un momento. Copa tras copa para aguantar esos aburridísimos informes de estado en los que se te dice que todo va mal, que todos te odian y conspiran para hundirte, que solo te apoya el que te lee los informes (un infecto pelota, ciertamente). Llega un momento en que hay que darle al vodka (en mi caso whisky Jack Daniel’s, como vengo diciendo siempre que surge) para poder seguir escuchando desastres, amortiguando así el sentimiento de culpa que tratan de provocarte. Y como el informe no para, vodka va y vodka viene. Hasta que al fin, el pelota lector calla (gracias a Dios), momento que aprovechas para ir a orinar, pues estás que revientas de tanto sobo informante, ajustarte luego la corbata y encargar tres o cuatro informes más para tenerlos entretenidos un par de semanas o tres y que no te den el coñazo. Después te vas y al abrir la puerta… ¡luces, acción!, todos te observan, te escrutan, atienden a cualquier cosa que hagas o digas. Ahí te das cuenta de que estás como una cuba (¡cago en el informe al vodka…!) y caminas – o tratas de caminar – con seguridad al otro extremo de la sala, debiendo pasar junto a una gran mesa donde dos bellas señoritas toman nota de todo cuanto se dice o sucede. El espíritu está pronto, pero beodo. Esto unido a la debilidad de la carne, hace que se te vaya la mano hacia un bello mamífero del género hembra, mientras navega en tu mente – entre vapores etílicos – el siguiente aserto: ¡vaya titi bombón!, y va el pellizco mal dosificado que provoca un respingo muy, pero que muy, llamativo, mientras todas las cámaras graban la escena. Y a continuación se desatarán ríos de tinta. Es algo así como la bofetada de Glen Ford a Rita Hayworth en Gilda, como los ojos de lascivia contenida que todos poníamos al mirar a Marylin. Sería una escena cumbre en una película de Billy Wilder que podría llamarse algo así como “el emperador necesita secretaria”, donde una joven señorita de provincias acude a la corte a trabajar, deslumbrando al viudo emperador, ya madurito y muy sicalíptico, que no para de insinuarle maldades, hasta que la joven, harta de tanto acoso, decide escapar y darle calabazas. Es entonces cuando el emperador comprende lo innoble de su conducta y acude a disculparse a la humilde casa de la joven, disfrazado – por ejemplo – de camellero o de fraile mendicante. Allí la sorprende ante su familia, rogándole a ella con los ojos que no le delate. Tras un rato de situaciones cómicas con los equívocos que producen las diferencias educacionales, quedan los dos a solas y él le declara su amor, cediendo la joven con un beso fenomenal mientras la música llena la escena. Termina la película cuando marcha el emperador a preparar los fastos nupciales y – en un descuido – ella le da un pellizco en el trasero al emperador, que le produce primero una cara de asombro y después, una carcajada, mientras aparecen los rótulos finales.

Como ven, la vida de Boris Yeltsin fue un sinusoide, con momentos de gloria y otros de villanía. Pero ni la gloria fue realmente excelsa ni la villanía atroz. Podríamos definir su vida como un movimiento oscilatorio con tendencia a la amortiguación. Todos tenemos una ecuación matemática que nos define. La de Yeltsin sería:

Yeltsin = cos Y · e - 2kt

La sucesión de Yeltsin, provocada por su estado precario de salud, recayó en Vladimir Putin, un hombre del que habría mucho que decir. Pero eso – parafraseando a Kipling – esa es otra historia.

Por Francisco Hervás Maldonado

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