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Regreso a la tribu perdida (y III)

hervas

Al fin se llega al siglo XVIII y empiezan las revoluciones por doquier, sobre todo la francesa. ¿Por qué? Pues porque la gente ya está harta de los restos tribales. Se acabó la aristocracia (sobre todo, en Francia) y se acabaron los restos de feudalismo que todavía quedaban.

El pueblo toma las riendas del poder, o al menos eso piensa. Surgen los Estados Unidos de América, así como otros países antes dependientes de España. Bueno, no se crean que fueron guerras de liberación, no. En realidad no fueron otra cosa que guerras civiles. Sin embargo, lo de Francia es más profundo. Empieza como una feroz reacción oclócrata, pues no es más que barbarie en un principio, pero pronto van accediendo al poder gentes capacitadas y, de paso, se van cepillando a los bárbaros, al igual que a la aristocracia, que huye a Inglaterra y a otros países. No obstante, centenares de miles de muertos es el resultado de esa revolución. La llegada de Napoleón, un militar con gran capacidad de liderazgo, logra unir y poner orden entre los franceses. La grandeza en Francia se logra no por razón de sangre, sino mediante las armas.

img 8057 Fernando VII "El Deseado"

Por eso, la conquista de España, era de esperar que tuviese un gran apoyo entre la población, pues nuestro país estaba sojuzgado por una clase dirigente terrible, explotadora e inmisericorde. Pero mira por dónde, no. A los franceses les perdió el orgullo. Maltrataron a la población desde el primer momento y los españoles nos rebelamos, cosa que solemos hacer bastante bien cuando nos pisan el callo. El ejército invasor, con una tasa de alfabetización de casi el 85%, despreciaba abiertamente al pueblo español, donde la tasa de alfabetización rondaba el 20% (entre el 15 y 20%, según zonas), especialmente baja por la periferia y un poco menos baja por el centro y buena parte del sur. Con esa mentalidad tribal que da la incultura, por todas partes empieza la gente a hacer la guerra por su cuenta. Y así seguiríamos, de no ser por el apoyo inglés. En Cádiz se dedicaban a legislar, que no es que esté mal, pero resulta chocante que se haga en plena refriega. Bueno, el caso es que los franceses se van de España con el rabo entre las piernas y surge un espíritu patriótico que tarda poco en cargárselo el felón del Rey Fernando VII, "el deseado", dañino como ninguno, quien premia las ansias de cultura y libertad con el absolutismo represivo que todos sabemos. Y otra vez se monta el cacareo nacional, gracias a ese inútil disfrazado de rey. Su hija Isabel II sale a la familia y se dedica a los amores espurios. Ya dijo que su marido, la noche de bodas, llevaba más puntillas que ella en el camisón. Total, que tres guerras carlistas y una república incoherente en medio, y viene al fin Don Alfonso XII, que era poco fiel a su segunda esposa, pero no a su pueblo.

img 8060 Sabino Arana

Y aparecen los aprovechados entre el galimatías, inventándose Catalunya y Euskadi, engañando miserablemente a su gente con promesas irrealizables. Es como si la gallina le prometiera a sus polluelos que iban a ser elefantes. Pero a la gente se le engaña fácilmente con unas perrillas, si es que no tiene cultura ni ambición. Sabino Arana se da cuenta del disparate al final de su vida y funda un partido pro-español, pero ya es muy tarde. Sin embargo, en su honor hay que reconocer una cosa: se arrepintió claramente de todos sus actos separatistas. En esos tiempos van por los pueblos y se diseñan los inventados euskera y catalán (aunque este último si poseía alguna cosita escrita, pero con escaso vocabulario), deprisa y corriendo. Y claro, como todo lo que se hace con prisas, lo hacen mal. Hoy en día es todavía imposible hablar de temas científicos profundos en euskera o catalán. Bueno, en catalán algo más, pero no mucho más, no se crean. Aunque son tan temosos y pelmas que prefieren celebrar reuniones en inglés con tal de no hablar castellano. Pero estábamos comentando que la verdadera causa fue la ambición.

img 8058   Napoleón Bonaparte

Hay cuatro clases de ambición, que aparecen en la persona muy secuencialmente. La primera ambición es la venal. Es la ambición en la que se estancan los incultos y la que no superan en toda su vida. Dinero, dinero y dinero. Pero tampoco mucho, sino para ir tirando. Le sigue en el tiempo la ambición de la admiración. A estos, que ya no tienen bastante con el dinero, lo que más les gusta es ser ídolos de los demás. No ser queridos, no, sino ser admirados. Es la de los artistas, sobre todo, pero no solo de ellos. Con el tiempo, esta ambición se convierte en teológica. Uno se considera un diosecillo al que cree que los demás han de adorar y obedecer. Es la de los políticos, la tercera ambición. Pero hay una cuarta ambición, cada vez más común entre la buena gente, la de que nos dejen en paz. No nos interesa adorar a políticos, sino que nos solucionen los problemas. Tampoco nos interesa admirar al mundo de la farándula, sino que nos entretenga y, finalmente, de ningún modo nos interesa que nos engañen con nuestro trabajo, pagándonos una limosna y cobrándonos impuestos hasta por respirar, para no darnos ningún servicio a cambio. Por tanto, la cuarta ambición, la que la mayoría de la gente tiene, es la del desencanto. Ganas le dan a más de uno de entrar con garrotes, jabón y tijeras en los círculos políticos. Primero, que suelten lo que han mangado y después que se laven y les cortemos el pelo, pues los piojos no son buenos compañeros y los mosquitos transmisores de enfermedades, se crían entre la mierda. En fin, que la tribu no gusta de la higiene.

Hemos llegado así a nuestros días, tras ene guerras civiles, mundiales e incluso de la comunidad de vecinos. Pero no escarmentamos. Ahora bien, la solución es clara y diáfana, pero no se aplica porque no les interesa a nuestros cleptócratas y oclócratas gobernantes. Se basa en cinco apartados que todos estamos hartos de saber (incluidos ellos, por supuesto).

Lo primero es reconsiderar las funciones y características que debe de tener un partido político. Los franceses, que son vivos como ardillas, y los portugueses, que siguen su ejemplo, han prohibido los partidos independentistas. Porque es que, según esa regla de tres, en mi barrio nos podemos declarar independientes y exigir que nos den dinero a espuertas, con un concierto económico especial. Los nacionalistas, que se dediquen a viajar y conocer mundo, que no lo hacen, o a estudiar la Vía Láctea y la física cuántica, que ambas cosas entretienen bastante y hacen que uno se haga a la idea de lo pequeño que es. Un poquito de humildad, por favor...

En segundo lugar, es urgentísimo cambiar la ley electoral, con una segunda vuelta, como en Francia y en tantos otros países. No podemos estar en esta feroz truecocracia de amaños (yo te doy–tú me das, el trueque) en la que vivimos. Va con unos cien mil años de retraso evolutivo. El daño que los políticos están haciendo a la sociedad, es inconmensurable. Porque ya no es solo el afane, sino sobre todo la destrucción de todos los principios morales, lo cual nos aleja del concepto de persona, haciéndonos regresar a nuestro origen animal cada vez más. Vamos, que a mi perro no se le ocurre tal dislate. Nos llevan a la prehistoria en una retro-evolución que crece y se expande cada vez más. Es el camino seguro para cargarnos la convivencia y, de paso, el planeta.

Por todo ello, en tercer lugar, se impone una revisión sensata de la educación, una promoción libre de la cultura (de la cultura he dicho, no de la incultura camuflada), una defensa del pensamiento religioso en convivencia de todas las religiones. En fin, la promoción del alma, ni más ni menos. Porque sin alma, las palabras son rebuznos de baja calidad. Sin alma, la razón se convierte en antojo. Sin alma, el amor no es más que sexo incoherente. El alma, señores gobernantes, que se expresa mediante sentimientos nobles de amor, amistad, cooperación, compartición, unión, esfuerzo en pro de la sociedad, ayuda a los enfermos y necesitados, etc. No se me pongan enseñando sus partes delante de un cuadro, como por ejemplo hizo esa majadera en el Museo d'Orsay hace poco, ni basen la cultura en el desprecio al prójimo. Eso es sadismo. En fin, ni las cabras en celo hacen lo que esa presunta artista guarrindonga,

Hay una cuarta parte que es importante y se llama deporte. "Mens sana in corpore sano". Está bien seguir la liga de fútbol, pero hay que moverse. Cada cual a su ritmo y de acuerdo con sus posibilidades reales (físicas, económicas, sociales...), pero vuelvo a insistir: hay que hacer ejercicio, porque si no, se asobina uno, le da por los estimulantes artificiales, como son el alcohol y las drogas, y acaba pidiendo hora con San Pedro antes de lo debido. Pero el deporte no es solo por competir con otros, sino que se ha de hacer, principalmente, para competir con uno mismo. Miren, el deporte hace que uno pugne por vivir y que trate de vivir sano, que luche contra el propio desánimo y que se plantee pequeños retos diarios a superar, lo cual hace que se refuerce su autoestima y aprenda a comprender el esfuerzo de los demás. El deporte es, por tanto, una actitud de progreso y evolución positiva.

Finalmente, en quinto y último lugar de estas necesidades básicas, yo creo que hay que defender la vida. Y la vida se defiende desde múltiples planos. En primer lugar, no matando. No se puede renunciar a nadie, pues podemos estar renunciando a una persona clave para nuestro propio futuro. Es así que el aborto me parece un disparate, y la eutanasia, otro. El aborto es un disparate porque no damos al no nacido la posibilidad de expresarse, al igual que nos la dieron a nosotros. Es una postura radicalmente egoísta y que no posee argumentos válidos que la justifiquen. Oiga, que no lo hacen ni tan siquiera los animales. Eso no es volver a la prehistoria, sino anterior. Ni los dinosaurios creo que lo hicieran. Hay que controlar la natalidad, desde luego, pero con anticonceptivos racionales, no matando sin ton ni son. Y en cuanto a la eutanasia, la realidad es que en cualquier momento puede surgir un fármaco que cure una enfermedad incurable. Por supuesto que hay que tener al enfermo sedado y sin dolor, pero vivo. Y no solo esos dos puntos. También hay que defender a los animales, pues son nuestros compañeros en esta vida y dependemos en una buena manera de ellos. Y a las plantas. No se pueden quemar bosques, arrasar selvas para ganar dinero, destruir la capa de ozono, llenar de gases tóxicos la atmósfera, etc. Miren, los terremotos, tsunamis y demás ferocidades naturales tienen una razón de existencia en la acción del hombre, tal vez en pequeño grado, pero ese pequeño grado existe. Desde luego, el mundo se acabará algún día, puesto que nos dirigimos a chocar con Andrómeda. Algún día, pero no necesariamente ahora. Y eso significa que no debemos adelantar acontecimientos, puesto que aquí en la Tierra tampoco se vive tan mal.

Así es que, señores separatistas, ¿qué tonterías me cuentan ustedes?, si en este mundo no se puede uno aislar, aunque ustedes lo pretendan... No me vengan con que no nos necesitan: eso es un cuento. Es más, al contrario: sin el resto de España, ustedes no son nada. Iban a tardar un rato cortito en desaparecer todas sus empresas y convertirlos en zonas de pastoreo y turismo de alpargata. Que no es que esté mal, pero es que eso es muy poco rentable. Siempre ha fracasado; se morirían de hambre. Eso sí, los que mandan no: los demás.

Regreso a la tribu perdida (I)

Regreso a la tribu perdida (II)

Francisco Hervás Maldonado, Coronel médico en la reserva

 

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