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No me resigno

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Poco antes de que mi hermano fuera asesinado en San Sebastián, el miembro de ETA Anton López Ruiz, Kubati, publicó una carta en el diario Egin, entonces portavoz de la propaganda etarra. En el último párrafo incluyó una referencia explícita al «odio» y al «desprecio», y manifestó abiertamente su «deseo de que algún día, al oír la radio, oiga una noticia que me alegre el día». Supongo que Kubati recordará el 23 de enero de 1995, el día que ETA mató a mi hermano, como una de esas jornadas alegres.

En realidad, Kubati estaba esperando no tanto a que alguien apretara el gatillo, sino que uno de sus correligionarios, o más bien uno de sus jefes, diera una orden: la de matar. A fin de cuentas, en una organización con una férrea disciplina no iban a faltar voluntarios dispuestos a mancharse las manos de sangre. Sin embargo, sólo una camarilla del terror era la responsable de impartir su particular justicia, de decidir quién merecía morir.

Veinte años después del asesinato de mi hermano, no todos los peones que participaron en este macabro engranaje tienen nombres y apellidos. Pero los profundos agujeros del sistema que menoscaban este país han permitido que haya más de 300 asesinatos de ETA sin resolver y que, por tanto, quienes sabemos los nombres de los terroristas que desenfundaron la pistola o que activaron el coche bomba que mató a nuestros familiares nos sintamos unos privilegiados.

En realidad, esta situación encierra cierta perversión. En estos años, incluso después de que los autores materiales del asesinato de mi hermano fueran condenados -uno de ellos, por cierto, ya está en libertad después de pagar dos años y siete meses por cada asesinato que cometió-, yo sabía que había incógnitas por esclarecer: nunca se había investigado a quienes dieron la orden de asesinarlo. En enero, cuando la fecha de prescripción del sumario se acercaba, decidí jugar mi última carta, la que durante dos décadas me había rondado por la cabeza: pedir la reapertura del sumario para exigir que se investigara a todos los que tuvieron algún tipo de responsabilidad en el atentado. Pensé entonces que era una deuda pendiente no sólo con él, sino con todas las víctimas del terrorismo. Ahora la Justicia parece que empieza a caminar en el mismo sentido.

En ocasiones, repasar las huellas que ha dejado el terrorismo en la sociedad española me hace sentir que estoy frente a una pantalla de cine. En ella se reproducen, a veces con una cadencia aterradora, un crimen, un secuestro y una amenaza tras otra. El largometraje del terror que ha protagonizado ETA ha tenido tintes dramáticos, sí, pero también mafiosos, con una organización criminal perfectamente orquestada donde unos daban las órdenes, otros las ejecutaban y todos asentían, convirtiéndose así en igual de culpables.

Si la historia de ETA hubiera sido una película, el público únicamente se sentiría reconfortado cuando la Justicia condenara no sólo a los pistoleros, sino a los cabecillas de la mafia. Por desgracia, 50 años de terrorismo no han sido una película, sino una espantosa realidad. Por eso, ahora me toca clamar que no es suficiente con saber quién vació el cargador sobre mi hermano. La Justicia solo será Justicia cuando los responsables de cientos de asesinatos sean juzgados. Todos los responsables.

CONSUELO ORDÓÑEZ

EL MUNDO

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