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Carta a Rodriguez Galindo

GALINDO-21
Traemos a este especio una carta que escribió Kika RODRÍGUEZ ÁLVAREZ DE SOTOMAYOR, en el año 2005 a su padre, el general Rodríguez Galindo, una carta emotiva que no hemos querido pasar por alto en estos momentos en que ETA, al final y paso a paso con la ayuda de politicos de uno y otro lado, ha llegado a las instituciones y pretende legitimar desde ellas décadas de asesinatos, atentados y terrorismo sin sentido.

Un año y catorce días hace que te fuiste de casa con tu pequeña maleta, como hace 46 lo hiciste de casa de tu padre. La escena parecida, pero el destino bien distinto. Entonces, el principio: la Guardia Civil. Y el año pasado, el final: la Prisión.

Aquel niño que con tan solo 16 años se despedía de su padre en la estación también llevaba una pequeña maleta, con lo justo, pero llena de ilusiones: ser guardia civil como su padre y, a ser posible, como así se lo prometió, un buen guardia civil. Pocos saben que empezaste desde abajo y que tu padre era un sencillo y humilde guardia, viudo y con tres hijos que sacar adelante, que con su esfuerzo llegó a subteniente.

Mamá me cuenta que nunca ha visto en nadie la inmensa alegría y orgullo que los pequeños ojos de ese gran hombre transmitían el día que fue a la Academia General Militar a ver a su hijo salir de aquel recinto vistiendo el honroso uniforme de la Guardia Civil como él, sargento, pero con dos relucientes estrellas doradas, de teniente. No sufras, papá, que si hoy levantara la cabeza y viera dónde te encuentras, sentiría un inmenso dolor, sí, pero el mismo orgullo o incluso más.

Han sido más de 40 años en las filas de la Guardia Civil al servicio de España, y cuando digo España incluyo el País Vasco.

Cuatro décadas, se dice pronto, al servicio de cuatro gobiernos bien distintos: Franco, UCD, PSOE y PP, y tu hoja de servicios aún hoy impoluta: ni un solo arresto o llamada de atención por parte de ningún mando.

Siempre quisiste estar en aquellos destinos que por trabajo, miedo o exceso de responsabilidad nadie solicitaba; según tú, era tu obligación. Al País Vasco, el más conflictivo, cuentas que fuiste forzoso y pocos saben bien que, al contrario, lo hiciste con consciente voluntad. Ya lo dice Calderón de la Barca en su verso dedicado a la milicia: «Y así, de modestia llenos,/ a los más viejos verás,/ tratando ser lo más,/ y de parecer lo menos».

Fue allí en el País Vasco, en San Sebastián y más concretamente, en el cuartel que los que más odian España han querido envilecer, el de Intxaurrondo, donde he pasado la mayor parte de mi vida: 15 largos años.

Llegué allí con tan solo 12 años aterrada por los comentarios que de aquella tierra me contaron tus guardias de Cádiz, de donde veníamos. A partir de entonces, nuestra vida cambió. Si en Cádiz te veíamos poco, aquí mucho menos.

Ya no nos llevabas a jugar a ningún parque.

Los paseos de fin de semana con mamá, desaparecieron. El brillo de tus ojos se iba apagando. Todavía recuerdo y aún se me eriza el vello de solo pensarlo, cómo las esposas de los guardias, algunas de ellas con sus niños en brazos, se arremolinaban en la puerta de casa queriendo saber quién había sido «esta vez» el que ya no volvería a casa, pues al principio su único contacto con el exterior era aquel teléfono inmundo conectado a la Comandancia, entonces en Zumalacárregui, que los días negros no paraba de sonar en nuestro frío pabellón. ¿Nadie se puede imaginar lo que hemos pasado, papá!

Nos mataban como a perros, «txakurras», decían; y digo «nos», pues tú me has enseñado a amar la Guardia Civil como a la propia familia.

Había que dar Gracias a Dios la semana en que el yugo etarra no se cebaba en las entrañas de Intxaurrondo. Aquel panorama asolador fue haciendo mella en tu rostro.

Pero el espíritu de los que se quedaban en el camino y el recuerdo de los rostros desolados de sus familias, te daban la fuerza necesaria para continuar en el trabajo. Ya lo dice el himno de la Guardia Civil: «Valor, firmeza y constancia». Según tus palabras la lucha antiterrorista es una labor para la que no sirven mas que aquellos hombres que sepan que para el cumplimiento de su misión deben estar dispuestos a llevar hasta sus últimas consecuencias el lema que figura en la puerta de nuestras casas-cuarteles: «Todo por la Patria». Y que darlo todo, en ocasiones, supone interminables horas de duro servicio, y, en otras, incluso la vida. Permíteme que aquí añada algo yo: y, a veces, la libertad.

Gracias a tu tesón y al sacrificio de tus valientes guardias, alrededor de 900 terroristas fueron detenidos. ¿Cuántas vidas se habrán salvado? Gracias papá, pero gracias especialmente a los casi 90 guardias civiles destinados en Guipúzcoa que hoy no pueden contarlo.

A todo esto, muchos son los que nos preguntan por tus compañeros: qué piensan de tu situación, dicen. Y nosotros no podemos contestar más que con un doloroso y espeso silencio. Porque, ¿dónde están tus compañeros? ¿Qué solos nos han dejado aquéllos que en los peores tiempos al sol paseaban sus charoles, mientras tú, bajo el manto gris de la humedad hiriente de ese trozo de España que Dios quiso fuera tan hermoso, despedías a tus muertos!

Y aquí quiero yo ir más allá: ¿dónde estaban entonces los que hoy salen a las calles a protestar y solidarizarse con las familias de los que, aún hoy, con uniforme o sin él, siguen cubriendo de sangre las calles de nuestra España? Dónde, papá, dime dónde, que se me parte el corazón. Aún recuerdo cómo llorabas viendo las terroríficas imágenes del sangriento atentado de la casa-cuartel de Zaragoza: aquella niñita de apenas 2 años, con su cuerpecito destrozado, saliendo del infierno en brazos de un desolado guardia civil. Aquella niñita no merecía manos blancas, no; merecía un ataúd blanco y el olvido despreciable en la memoria de una España irracional, sólo por ser quien era: hija de un sencillo guardia civil. ¿Y ahora qué? En prisión. No sé si habrá sido por una conspiración judeo-masónica, como decían algunos, pero esa es la cruel realidad.

En el año 94 un movimiento más de ficha y quizá hubiera sido posible la desaparición de Eta militar, como en su día lo hizo Eta político-militar.

Pero alguien tiró el tablero; no sé quién, ni con qué fines, lo que sí sé es que al que lo hizo la vida de los españoles y la paz de nuestro país le importaron, como diría Ussía, un «carajo», con perdón.

Hace unos días se nos comunicó oficialmente la fecha de la vista del recurso que se interpuso contra la sentencia ante el Tribunal Supremo: 7 de junio. Apenas ha sido noticia. ¿No es extraño? Después de que el juicio llamado Lasa-Zabala tuviera casi más audiencia que el famoso programa de televisión de nombre fraternal y, además, haya sido portada de periódicos nacionales, provinciales e, incluso, internacionales casi a diario mientras duró, ahora, que ya se sabe la fecha de su verdadera solución, que nadie haya hablado de este asunto es raro. O es que ya se han olvidado, cosa que no creo; o es que no se quiere hablar de ello, cosa que ocurre cuando hay remordimientos, ¿de conciencia?, no sé.

¿Dios mío! Tengo fe en la Justicia, pero siento pavor. No sé si los españoles sabrán qué supondría para ti que el Tribunal Supremo confirmara la durísima sentencia de la Audiencia Nacional basada en concreto en el solo testimonio de testigos de referencia. Lo menos malo: embargo de posesiones para cubrir responsabilidad civil y suspensión total del sueldo hasta la edad de jubilación. Lo peor y más duro: pérdida de la condición de militar e inmediato ingreso en prisión civil.

Si esto llegara a suceder, Dios no lo quiera, de lo primero no te preocupes: mis hermanos y yo no permitiremos que a mamá y a la pequeña les falte de nada. De lo segundo, qué te puedo yo decir, papá. No te puedes imaginar cómo me duele pensarlo, pues sé, aunque tú no lo digas, que tras 40 años de sacrificio, de entrega absoluta a tu profesión, pensar que te puedan arrancar tu sagrado uniforme, te desola el alma y petrifica el aliento. Ah, ¿dónde están los que saben de tu inocencia y callan por cobardía? Pero recuerda aquellos versos de Calderón de la Barca que tanto te gustan:

«Aquí la necesidad

no es infamia; y si es honrado,

pobre y desnudo un soldado

tiene mayor calidad

que el más galán y lucido;

porque aquí a lo que sospecho,

NO ADORNA EL VESTIDO AL PECHO,

QUE EL PECHO ADORNA AL VESTIDO».

Y tú, papá, no necesitas vestido, pues en tu pecho llevas el orgullo de lo que en su día prometiste a tu padre: ser un buen Guardia Civil.

Y, aunque esté mal el decirlo yo, aquí aquella gran frase de la literatura clásica española: «OH DIOS, QUÉ BUEN VASALLO SI HUBIERA BUEN SEÑOR».

Kika RODRÍGUEZ ÁLVAREZ DE SOTOMAYOR,
Hija del general Rodríguez Galindo

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