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Rajoy, camino de la página más cutre de la historia

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Luis Herrero

Articulo de opinión de Luis Herrero

Nada más doblar el cabo de Hornos del primer trienio en el poder, Rajoy se ha encaramado a lo más alto del palo mayor, ha puesto la palma de su mano a modo de visera, para que el sol cegador que viene del futuro no le impida otear bien el horizonte, y ha voceado a la tripulación y al pasaje del barco que capitanea lo que sus ojos de avezado explorador divisan en la línea de costa de 2015. En resumen, lo que ve es que "la España de 2015 va a ser mucho mejor que la España de 2011". Le da igual que la gente mire en la misma dirección y vea cosas completamente distintas. La gente se equivoca. ¿Que tres de cada cuatro españoles creen que la situación no mejora, sino más bien todo lo contrario? Da igual, los españoles se equivocan. ¿Que el 80% de los ciudadanos piensan que la situación política es mala o muy mala? Da igual, los ciudadanos se equivocan. ¿Que el 82,2 piensa lo mismo de la situación económica? Da igual, también se equivocan. Hay, dice él, una opinión que prevalece: "Las naciones más importantes del mundo nos ponen como caso de éxito". Un éxito, añade, que "no hubiera sido posible sin un elemento de extraordinario valor político: la estabilidad institucional".

Una de dos, o Rajoy ve doble –él sabrá por qué– o confunde el catalejo con unas gafas de realidad virtual programadas por la Disney. ¿Estabilidad institucional? Sí, claro. Por eso hemos tenido que cambiar de Jefe del Estado antes de que la Monarquía tuviera que embarcar en una fragata en Cartagena. Por eso el bipartidismo se va a pudrir malvas a marchas forzadas. Por eso la marea política emergente quiere enviar el legado de la Transición a una vitrina del museo arqueológico. Por eso reclama el PSOE que el cimiento de la arquitectura institucional, la Constitución del 78, sea abierta en canal y cambiada de la cruz a la fecha. Por eso los partidos políticos están más horadados por la corrupción y el descrédito que la legendaria Ciudad Sin Nombre. Por eso las grietas de la unidad nacional se han tragado ya la obediencia de una comunidad autónoma al Tribunal Constitucional y han colocado a la Fiscalía al borde del motín. Por eso el Gobierno que preside tiene la peor valoración ciudadana desde que el CIS escudriña los hígados de las ocas…

Mucho me temo que ese es el verdadero paisaje que se atisba en el horizonte, y no el que relata Rajoy desde lo alto del palo mayor. Y mientras el paisaje sea ese, el número de ciudadanos dispuestos a apoyar la soflama antisistema de Pablo Iglesias no dejará de crecer. Es verdad que la mayoría de ellos comparte la identidad ideológica del ángel exterminador de la casta política. No es extraño: sus rancias recetas bolivarianas prometen un lugar al sol a quienes, sobre todo jóvenes, llevan demasiado tiempo a la sombra del paro o la marginalidad, sin muchas más cosas que hacer en sus largos ratos libres que contemplar con creciente indignación el festín de unos políticos panzudos que o bien se lo llevan crudo a cuentas numeradas en el extranjero o bien contemplan con ayes de plañidera –mucho llanto y poco dolor– la almoneda de un sistema que les puso en el poder para que hicieran algo más que retórica televisada. Sin embargo, Podemos se nutre de algo más que de soñadores de coleta de caballo y ninis que juegan sin resto y que por lo tanto no tienen nada que perder. Hay casi setecientos mil votantes del PP –el 6% de los once millones de votos que apoyaron a Rajoy en 2011– y trescientos mil de UPyD –el 24% de un millón doscientos mil– que confiesan su intención de apoyar a Pablo Iglesias en las próximas elecciones generales. ¿De verdad puede creer alguien en sus cabales que ese millón de personas quiere para España una fotocopia de la Venezuela de Maduro, la Bolivia de Evo Morales o la Argentina de Kirchner? Sería tan absurdo como pensar que el casi veinte por ciento de sorianos capitalinos que votaron a Podemos en las elecciones europeas lo hicieron por entusiasmo radical. Mi tesis es que ese millón de arietes no busca fortalecer a la nueva izquierda –que en realidad es un remedo de la más vieja de todas– sino derribar lo poco que queda de un Régimen fracasado. La Constitución del 78 nació con la vocación de resolver el problema territorial de España, no de agravarlo multiplicándolo por 17. De hacer de la democracia un territorio de igualdad entre todos, no de privilegio de algunos. De instaurar un verdadero equilibrio de poderes, no de subastarlo alternativamente entre las mayorías de turno. De abrir compuertas a la libertad efectiva de los individuos, no de secuestrarla por partidos que esclavizan a sus votantes haciéndolos cautivos del miedo al adversario. Esto ya no da más de sí. La gente quiere algo mejor. O, por lo menos, algo distinto.

La Transición funcionó bien, sobre todo al principio, porque el franquismo se hizo el haraquiri y no impidió el paseo triunfal de la democracia. Lo viejo no le puso grandes trabas a lo nuevo. Pero ahora lo viejo se niega a morir y lo nuevo tiene que emplearse a fondo para barrer el pasado. Para muchos, Pablo Iglesias es el dinamitero perfecto, el único con potencia destructiva suficiente para dejar el solar como su propio nombre indica, listo para que comiencen las obras de algo diferente.

En este momento de metamorfosis entre lo que muere y lo que nace Rajoy se ha colocado en la peor situación posible: ni limpia la porquería que se ha ido acumulando en el patio trasero de la política durante más de tres décadas de astenia democrática, ni está en disposición de liderar un proyecto de cambio. Ni lo está él, que es el más preclaro ejemplar político del mundo que agoniza, ni lo está la derecha tecnocrática y mediocre que ha crecido al calor de su mandato. Esta derecha lleva demasiados años haciendo obscenos cambalaches con los valores que le habían dado, en otro tiempo, consistencia electoral: víctimas del terrorismo, impuestos, gasto público, nasciturus, neutralidad institucional… demasiadas monedas de cambio para comprar un poco más de tiempo de permanencia en el poder. Claro que la culpa no es sólo suya. Esa idea de durar en el Gobierno a cualquier precio fue una de las prioridades que Aznar se impuso cuando las urnas de 1996 le abrieron las puertas del Palacio de la Moncloa. De lo que se trataba, según le oí decir muchas veces, era de impedir a toda costa que su mandato fuera, como auguraban los felipistas de la dulce derrota, un breve paréntesis en la historia de España. Aznar tenía la extraña convicción de que a él y a los suyos les bastaría con soportar estoicamente las tentaciones en las que habían caído sus predecesores cuando vieron que alrededor de las manzanas prohibidas que cuelgan del árbol del poder no había casi vigilancia. ¿Regeneración?¿Fortalecer un sistema independiente de policía institucional que espantara la tentación de hacer lo que no se debe? ¿Para qué? Bastaba con hacer bien las cosas que otros habían hecho mal. Ese fue, me parece a mí, uno de los peores pecados del aznarismo: creer que la naturaleza caída, la lacra del pecado original, era patrimonio exclusivo de la izquierda. A la vista está el resultado de esa estúpida exhibición de superioridad moral. Algún día, el PP descubrirá que no perdió ante Zapatero sólo por culpa del 11-M y que hubiera durado más de haber asumido el riesgo de poner en práctica una política verdaderamente transformadora. Pero ahora ya es demasiado tarde. Por la absurda obsesión de durar, de no correr ningún riesgo, Rajoy se va a convertir en el presidente electo más breve de la democracia. Si no se va voluntariamente, la riada electoral se lo llevará camino de la página más cutre de la historia.

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