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23 de octubre de 1991

juan español

Hace años, Juan escribió lo que sintió aquel nefasto 23 de octubre de 1991, aquel día en el que perdió a sus compañeros, a sus amigos Eduardo Y Juan Carlos, a mano de los asesinos eatarras, posiblemente alguien de arriba, de "muy arriba", pensó que no era su día, quizás tan solo fue suerte, ya que no creemos que nadie de "tan arriba" quiera llevarse siempre a los mejores. Juan sobrevivió a sus amigos por poco, y en este relato nos cuenta como vivió aquel 23 de octubre.

Voy refunfuñando para mí:

- Estos idiotas siempre al mismo sitio y encima las armas en el coche, pues no, hoy no me da la gana quedarme, me voy a ver si veo a la enfermera, jejeje

- Subo por un tramo de escalones, este barrio que como otros tantos esta situado en la falda del monte y las calles se realizaron en forma de bancales, me cruzo con una señora que lleva un niño de no más de 7 u 8 años agarrado por la muñeca, le cedo el paso en este angosto tramo y de pronto se oyen como tracas de petardos, muy seguidas, una dos tres , mis oídos saben diferenciar claramente las tracas del sonido de ráfagas de armas.

Un mal presentimiento me cruza la mente y un dolor intenso se apodera de mi pecho, desenfundo la pistola que llevo en la cintura, oculta entre la ropa, instintivamente la monto, oigo claramente ese sonido metálico tan característico, como un rayo me doy la vuelta, casi derribo a la señora y al niño, corro, corro, corro la vida me va en ello, ¿la mía o quizás la de otros?, salto tramos de escaleras, no se cuantas, cruzo entre unos setos, los atropello, nada me detiene en la carrera y al fin llego.

Hace apenas unos minutos que he dejado a Sobrino y Trujillo en el bar “ El Puente “ en el barrio de Eguía de San Sebastián, van a cenar y como siempre dejan las armas en el coche, debajo de las alfombrillas, hemos discutido, yo no estaba de acuerdo y no me he quedado con ellos. A través de la cristalera les han disparado. Les han dejado como un colador. Les han asesinado. Quizás si hubiera estado con ellos ……………………….

Los parroquianos del bar y algún transeúnte se arremolinan en torno a los cuerpos inertes de los dos guardias civiles asesinados, pero nadie habla, reina un prolongado y profundo silencio que pone el bello de punta. Todos me miran, me temen se les ve en la mirada, pero ninguno me habla, tampoco se acercan a mi.

Siento calambres que me recorren todo el cuerpo, las piernas parecen que no van a aguantarme el peso y se van derrumbar en cualquier momento, pero no, aguantan, mis pupilas dilatadas giran de uno a otro compañero, me he quedado mudo, petrificado. La sangre surge a chorros de ambos cadáveres, al estar junto a ellos mis botas se manchan con este líquido viscoso y granate que impregna todo con ese olor dulzón tan característico.

Sobrino tiene los ojos abiertos de par en par, inexpresivos, fijos, muy fijos como si estuviera contemplando el techo del bar; su cuerpo ligeramente girado hacia la cristalera, da la impresión que ha visto lo que se les venía encima y hubiera tratado de proteger con su cuerpo a su compañero, Inútilmente.

Trujillo tiene el cuerpo inclinado hacia adelante, con la cara hundida en el plato de sopa aún caliente.

La escena es dantesca, parece sacada de una película de terror.

Suenan sirenas, muchas sirenas, mucho ruido, llegan por todas partes, vehículos policiales con sus destellos azules, ambulancias con destellos amarillos y muchos vehículos camuflados, como el nuestro.

Enfundo mi pistola, pausadamente; me retiro del lugar, cruzo entre los paisanos, entre los compañeros que llegan, nadie me detiene ni me llama o si la hacen no me entero, continúo hasta nuestro vehículo aparcado allí cerca. Monto en el mismo, arranco y sin saber cómo ni cuánto tiempo ha pasado, me encuentro detenido ante la barrera de acceso de “la torre”, en Intxaurrondo, el centinela me habla, no contesto, se acerca al vehículo, me mira y rápidamente levanta la barrera franqueándome el paso.

No recuerdo dónde aparco el coche, ni tan siquiera si lo hago, tampoco recuerdo entrar en el bar del acuartelamiento y sentarme ante una mesa, de quedar mirando un crucifijo colgado en la pared. ¿Cuánto tiempo estoy así? No lo sé, quizás un minuto, diez, media hora, no lo sé. Pero de golpe siento manos que me recorren los hombros, palmadas en la espalda, etc etc son mis compañeros, me están arropando, les veo mover los labios, pero no los oigo.

Los miro a todos, uno por uno, pero no los recuerdo.

Me incorporo lentamente de la silla donde me encuentro y antes de que nadie pueda ni tan siquiera intentar detenerme, saco mi arma, quito el seguro y como ya tenía una bala en la recámara, disparo, disparo, disparo, hasta vaciar el cargador. Todas las cabezas se giran hacia la pared y los ojos observan que donde estaba el crucifijo, ahora únicamente hay un montón de agujeros y ni rastro del pobre crucifijo, qué culpa tiene? Ninguna.

Juan Español Martinez.

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