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La batalla de Bicocca, la infantería española de Carlos V aplasta la fama de los imbatibles piqueros suizos

  • Escrito por ABC

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La facilidad con la que los españoles vencieron ha dado lugar a una expresión popular: una bicoca es algo sumamente fácil, o de escaso valor. Las tropas de Carlos V apenas registraron bajas, frente a los más de 3.000 suizos muertos

 A principios del reinado de Carlos I de España y V de Alemania, el ambicioso rey francés creyó ver la ocasión perfecta de apropiarse de la mayoría de los reinos italianos. Tal vez cada noche ante el espejo se decía que la juventud y la inexperiencia de su rival debía ser su oportunidad. O al menos esa es la única razón posible a tanta terquedad. La guerra resurgía de forma cíclica cada vez que Francisco I de Francia lograba fondos para levantar un nuevo ejército, aunque casi siempre con un mismo desenlace. Dos derrotas casi seguidas, Bicocca y Pavía, demostraron al galo que, aunque Carlos era joven, contaba con temple y estaba respaldado por una brillante generación de consejeros y militares.

En ese momento se les consideraba la mejor infantería mercenaria de Europa; y eran la mejor baza con la que contaba Francisco I.

La facilidad con la que los españoles vencieron en Bicocca, de hecho, ha dado lugar a una expresión popular: una bicoca es algo sumamente fácil, o de escaso valor. Y como siempre en esa eterna guerra italiana, todo aquel desastre empezó por un exceso de confianza francés. Tras ser desalojados de Milán y Parma recientemente, los franceses se propusieron a principios de 1522 recuperar el terreno perdido con la ayuda de un gigantesco ejército de mercenarios suizos, cuya habilidad con las picas habían revolucionado los campos de batalla europeos. En ese momento se les consideraba la mejor infantería mercenaria de Europa; y eran la mejor baza con la que contaba Francisco I.

Lautrec contra Colonna, la oveja contra el zorro

Como relata Antonio Muñoz Lorente en su excepcional libro «Carlos V a la conquista de Europa» (Nowtilus, 2015), «el 10 de febrero de 1522 los suizos asomaron por Bellinzona y ocho días después la totalidad de los 16.000 hombres contratados se concentraron en Gallarate». Se dirigían todos a recuperar Milán, entre ellos la infantería gascona dirigida por el español Pedro Navarro, un antiguo oficial de los ejércitos del Gran Capitán que había cambiado de bando. En total, incluyendo mercenarios, franceses y venecianos, se contaban 28.000 infantes. Al frente de este ejército francés estaba Odet de Cominges, Vizconde de Lautrec, el hombre que iba a servir la victoria española en bandeja.

Los españoles por su parte contaban en su dirección con Prospero Colonna, un condotiero italiano, veterano en decenas de batallas y conocedor de los pormenores de la guerra en Italia. Suya fue la decisión de alistar dos regimientos de lansquenetes, mercenarios alemanes, cuando los suizos le comunicaron que no habría más levas ese año. Abriéndose paso a través de un invierno terrible, los alemanes contactaron con las huestes de Colonna el 21 de febrero y el ejército imperial al completo se replegó hacia Milán. Allí reforzó las defensas y multiplicó el cerco al castillo de la ciudad donde seguía resistiendo una pequeña guarnición francesa.

Lautrec intentó cercar Milán, aunque la nieve impedía mover los cañones y los suizos no estaban hechos para cavar. El asedio se quedó en amago, por lo que el ejército francés se desplazó a los alrededores de Pavía con la intención de que sus acciones de saqueo hicieran sacar a Colonna de su guarida. El general francés se pasó seis semanas en Cassino sin apenas realizar nuevas maniobras.

A esas alturas de campaña lo único que estaba claro, y así lo reseña Antonio Muñoz en el citado libro, es que los suizos estaban dictándo lo que debía hacer a Lautrec, en vez de ser el comandante el que ordenaba a sus hombres. Le habían obligado primero a lanzarse a por Milán, luego se habían negado a cavar y ahora le habían condenado a semanas de inactividad solo por el saqueo.

Una estrategia impuesta por los chantajes

Mientras los franceses estaban parados, las fuerzas imperiales lograron reforzarse con un pequeño contingente a cargo de Francesco Sforza, aliado de Carlos V, de las tropas papales de Francesco Gonzaga y de las españolas del riojano Antonio Leyva. Hostigado por varios frentes, los franceses tuvieron que esperar a la llegada del buen tiempo para poder aumentar ellos sus fuerzas. Con la llegada el 4 de abril de las Bandas negras y de su mítico capitán, Giovanni de Médici (protagonista de la película de culto «El oficio de las armas»), se completó el tablero de los participantes de la batalla de Bicocca.

Lautrec acometió al fin el 9 de abril una acción de envergadura, asediar Pavía, pero ni siquiera era lo que quería hacer. De nuevo los suizos incluyeron en una decisión poco meditada. Es posible que Pavía no estuviera bien defendida, si bien el problema residía en que Prospero Colonna se encontraba apostado con sus tropas en Binasco a la espera de cerrar la pinza sobre su enemigo.

En cualquier caso, la única razón por la que el comandante francés había iniciado un asedio ante la atenta mirada española es porque los suizos llevaban semanas sin cobrar y las enfermedades habían matado a una quinta parte de sus hombres.

El 13 de abril Lautrec ordenó el asalto sobre la ciudad, prometiendo a los mercenarios el botín íntegro del saqueo. No obstante, éstos se negaron por tratarse de Domingo de Ramos. Y al día siguiente también se negaron a atacar porque, simple y llanamente, querían cobrar primero.

La indecisión francesa permitió a Colonna llegar al fin a los campos de Pavía. El enemigo le doblaba en número, pero no en inteligencia. Cuando los suizos clavaron en el suelo sus picas y se prepararon para el combate, el astuto zorro que había en Colonna supo que lo mejor que podía hacer era desesperar aún más al enemigo y retirarse de nuevo. No se equivocaba ni un pelo: coléricos, los suizos exigieron a Lautrec que los llevara cuanto antes al combate.

«¡Dinero, licencia o batalla!». De las tres opciones, un desesperado Lautrec eligió la que parecía la menos mala

El 20 de abril, el capitán Albert von Stein trasladó al francés las intenciones mercenarias: o había batalla o al día siguiente se marcharían. Solo ante la promesa de que cobrarían el doble y de la proximidad del convoy con nuevos fondos, los mercenarios accedieron a seguir bajo las filas galas.

También aquí Colonna respondió con astucia. Tras retrasar la llegada del convoy con el dinero todo lo que estuvo en su mano, el comandante imperial se trasladó a una posición bien defendida (tras un foso de un metro de profundidad y fortificado con estacas) entre Milán y Monza, la Bicocca, y esperó cruzado de brazos a que los suizos retomaran el discurso de los ultimátum. Y así fue. Stein y otro mítico capitán suizo, Winkelried, exigieron a Lautrec entrar en combate: «¡Dinero, licencia o batalla!». De las tres opciones, un desesperado Lautrec eligió la que parecía la menos mala y ordenó un ataque el 27 de abril.

Los arcabuceros destrozan la fama suiza

Fieles a la confianza en sí mismo que les había hecho imbatibles en Europa, los mercenarios suizos alardearon ante los franceses de que no tendrían problemas en desalojar a la infantería hispano-alemana de su posición, por muy ventajosa que fuera. Evidentemente estaban lanzándose un farol, como poco. Las armas ligeras de fuego, arcabuces y mosquetes de posta, habían evolucionado tanto como para que los piqueros suizos ni siquiera tuvieran ocasión de chocar sus aceros.

Los dos mil arcabuceros españoles, italianos y alemanes se situaron en primera línea imperial y causaron una auténtica matanza entre los envalentonados «ordeñavacas» (la forma despectiva que usaban las otras naciones para dirigirse a los suizos). Asimismo, la compañía de lansquenetes y 8.000 piqueros españoles e italianos les esperaban atrás una vez superaran la lluvia de pólvora.

Originalmente, Lautrec había dispuesto que los suizos fueran secundados en su avance por arcabuceros venecianos y gendarmes franceses. Sin embargo, los mercenarios se arrojaron de forma suicida en dirección recta sin esperar a sus apoyos. Al sonido de los cuernos de Uri, dos gigantescos cuadros de cinco mil hombres cada uno avazaron compitiendo incluso entre ambas formaciones por ser el primero en llegar a la vanguardia imperial. El resultado fue desastroso: los cañones borraron del mapa a un millar de hombres antes de que llegaran al foso. Allí, en una zona fangosa y repleta de obstáculos, apenas un puñado de suizos logró escalar y batirse en batalla contra la infantería imperial.

Uno de ellos fue el propio Winkelried, que se topó de frente con el capitán de los lansquenetes, Georg von Frundsberg. Recordándole que en otro tiempo habían combatido juntos, el suizo afirmó

–Viejo compañero, ¿te encuentro aquí? ¿Has de morir por mi mano?

–¡Por Dios que no ha de ser así! –respondió el alemán–.

Winkelried murió a consecuencia del disparo de un arcabuz, así como la mayoría de los 3.000 suizos que perdieron la vida en aquella jornada. El resto huyó en mil direcciones.

Mientras se producía la mastodóntica huida, el otro plan ideado por los franceses también fracasó con estrépito. La caballería franco-italiana se internó en el corazón enemigo valiéndose de la treta de coserse cruces rojas en la ropa, que eran el distintivo de los ejércitos imperiales, pero fueron finalmente rodeados por miembros de la infantería española. Es por ello que ni siquiera fue necesario que interviniera la caballería española, al mando de Antonio de Leyva. La batalla fue un paseo triunfal.

Suiza perdió a un gran número de compatriotas ese día, mientras que los imperiales apenas sufrieron bajas. Se dice que solo hubo un muerto, pero no fue por un arma suiza sino por una coz de mula. No en vano, quebrar su fama era peor que la muerte en aquel siglo loco de militares románticos: «Las pérdidas sufridas en La Bicocca les afligieron de tal forma que ya no volvieron a mostrarse en los años que habían de seguir con el ardor de costumbre», afirmó el historiador Francesco Guicciardini sobre lo que verdaderamente extraviaron los suizos aquel día.

La principal ventaja para el Imperio español obtenida en la fácil victoria en Biccoca fue la sucesiva conquista de Génova. Colonna aprovechó la victoria para lanzarse a por esta ciudad de simpatías francesas, así como uno de los más importantes puertos mediterráneos. El 30 de mayo de 1522 cayó la ciudad y Francia sacó uno de sus últimos pies de Italia. La nueva ofensiva de Francisco I había devenido en otro desastre.

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