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«El Caso»: La trastornada asesina española ejecutada por un verdugo borracho de coñac

  • Escrito por Redacción

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Es 19 de mayo de 1959. Rompe el alba en la cárcel de Valencia. La lógica dicta que es el momento de que la gente de bien empiece a desperezarse y a calentarse el primer café del día.

Pero esa noche no ha dormido nadie en la ciudad. Y todo, por los gritos que llegan desde la cárcel. Estos provienen de Pilar Prades Santamaría, una mujer de 31 años que lleva dejándose la voz horas y horas frente al garrote vil que espera pacientemente para separarle las vértebras del cuello y acabar con su vida.

Acusada de un asesinato por envenenamiento, la joven presenta una aciaga estampa que ha logrado entristecer a los presentes. Nadie quiere matarla, a pesar de que es culpable. De hecho, al verdugo ha habido que emborracharle a base de coñac para que acceda a girar el tornillo de la máquina medieval. Al final, y después de algunos vómitos por parte de los presentes, la «chiquilla» (como se ha referido a ella su ejecutor) es ajusticiada Sin embargo, esta será la última vez que se mate a una mujer mediante este método en España.

La escena que acabamos de describir se corresponde con los últimos momentos que vivió Pilar Prades, más conocida como «La envenenadora de Valencia», antes de ser ajusticia por haber acabado con la vida de Adela Pascual y haber intoxicado a otras dos personas más (a una de ellas, hasta dejarla lisiada).

La infancia de una buena niña

Pilar Prades vino al mundo allá por 1928 en Bejís (un pueblecito ubicado en Castellón) y fue la tercera de cinco hermanos. Como toda chica de su época y de su estatus social, no aprendió a leer ni escribir debido a que los costes de esas enseñanzas eran consideradas un lujo menor en comparación con de tener algún alimento que llevarse a la boca. Por ello, y como la mayoría de las pequeñas de su misma edad, no tardó en ser enviada a la gran ciudad a ganarse el pan.

«El comienzo de los años 50 fue una época en la que, aunque se empezaba a dejar atrás el hambre y la pobreza que se habían sufrido en la guerra, las familias empezaron a deshacer de la mano de obra que no producía (las mujeres) enviándolas a las ciudades a partir de los 13 años. El objetivo era que se colocasen en una casa para ¿servir?, como se decía, y que el dinero que ganasen lo enviasen a sus familias. Así, además, se pretendía que las mujeres fueran ahorrando para costearse su ajuar», explica en declaraciones a ABC Juan Ignacio Blanco (redactor de «El Caso» desde 1977, director del mismo semanario en los años 90 y cofundador de la web «Criminalia» junto al periodista especializado en sucesos Christian B. Campos y Francisco Murcia).

Cuando partió hacia Valencia, a los 12 años, Pilar ya era una adolescente que, según Blanco, había sufrido una infancia difícil. Y es que, además de nacer en un hogar sumamente pobre, no obtuvo ningún tipo de cariño por parte de sus padres. «En aquellas épocas el cariño no era una cosa que se entendiera como natural dentro de las familias. Hoy en día parece algo impensable, pero en aquel tiempo el trato que se tenía con los hijos era el mismo que se tenía con los animales de la casa. No había una caricia. Sobre todo por parte del padre, que entendía que era una boca más que alimentar que no se ganaba el pan de ninguna forma», explica Blanco.

Aunque para otras niños aquello era normal, a Pilar le marcó la vida. De hecho, hizo que durante su adultez (a los 25 años, cuando ya se había trasladado a Valencia) no confiase en nadie y tuviese una carencia afectiva increíble. «Pensar en Prades me pone triste porque fue una persona que no tuvo a nadie que la quisiera. Además, físicamente no era nada agraciada. Eso influyó en que ella no encontrara ni un hombre, ni amigos. Esa tristeza que copaba su vida le amargó el carácter, hizo que fuese dura y que fuese una persona que echaba a cualquiera de su lado», destaca Blanco a ABC.

La curiosa idea

En febrero 1954, cuando ya contaba 26 primaveras, Pilar entró a trabajar en una chacinería de la calle Sagunto 64 como sirvienta a las órdenes de Enrique Villanova y Adela Pascual. Allí, mientras su señora atendía a los clientes con su delantal, ella se dedicaba a hacer esas tareas poco vistosas, pero no por ello menos importantes: limpiar y fregar la tienda y ordenar el producto. A pesar de que no hay constancia de que se la tratase mal, nuestra protagonista empezó a considerar que no era trataba como merecía.

Sin embargo, ese sentimiento cambiaba cuando su señora se ponía enferma. «Descubrió que, cuando Adela Pascual sufría cólicos hepáticos y tenía que estar en cama, la trataba mucho mejor. Saber eso hizo que se sintiera necesaria (pues además tenía que hacer todo lo que hacía Adela en la chacinería, algo que normalmente tenía prohibido)», añade Blanco. De esta forma, Pilar entendió que la única forma que tenía de sentirse siempre así de afortunada era logrando que Adela estuviese postrada. Pero... ¿Cómo lograrlo?

La solución la obtuvo un día, mientras pasaba las horas muertas en el porche de la casa. «Cuando le leyeron la noticia de una envenenadora local, tuvo la idea de utilizar un veneno para conseguir enfermar a Adela cuando los cólicos se le solucionaban. Eso demuestra que, a pesar de que era analfabeta, tenía una inteligencia natural importante para la época», añade Blanco.

Primer asesinato

Pilar Prades empezó entonces a comprar varios venenos con los que lograr mantener a Adela en cama. Su primera opción fueron los mata ratas. No obstante, tuvo que renunciar a ellos debido a que su sabor era demasiado fuerte y no podía enmascararse con la comida. Al final, prueba por aquí, prueba por allá, logró encontrar el brebaje que más la beneficiaba: el mata hormigas de la marca «Diluvión» (especialmente cargado de arsénico). Y es que, contaba con cierto sabor dulzón para atraer a los insectos que era idóneo para mezclar con leche, infusiones o cualquier postre.

«Cuando descubrió el mata hormigas se convirtió en una especialista envenenadora. Aprendió cual era la dosis no letal para mantener a la persona enferma cierto tiempo, pero sabiendo que se recuperaría», añade Blanco. Poco a poco, empezó a dar a su señora este veneno. La reacción fue inmediata y Adela se vio postrada a su cama, con lo que Pilar empezó a «disfrutar» de cuidarla y de sus buenas palabras. «Para una persona como Pilar Prades, que no había tenido una caricia en su vida, fue un gran descubrimiento. Pero entendió que la única forma que tenía de acceder al cariño era de esta forma», añade.

Así continuó la situación hasta que -al ver que no mejoraba- el marido de Adela se empezó a preocupar seriamente por la salud de su esposa. «En mayo de 1955 el estado de Adela era lo suficientemente malo como para que su marido llamase a un médico. Este, a su vez, entendió que debía celebrar una consulta con un especialista para tratar de averiguar a que se debía esa anomalía», explica el experto. Entre las dolencias que sufría destacaban los vómitos, la aparición de manchas en las manos, la hinchazón de las extremidades y la diarrea aguda.

Aquella noticia fue la peor que le pudieron dar a Pilar, que -pensando que sería descubierta- aumentó la dosis del mata hormigas para acabar con Adela. La señora entró esa noche en coma y, a la mañana siguiente (el día 19), falleció. «Aunque el médico se quedó sorprendido, la costumbre de la época era certificar la muerte. Así pues, se atribuyó la defunción a una pancreatitis hemorrágica y nadie pensó en que eso pudiese haber sido causado por un envenenamiento. Y como tal quedó», completa el experto.

Posteriormente, Pilar abandonó el trabajo. Algunas teorías afirman que debido a que fue despedida. Sin embargo, Blanco es partidario de que, al no tener a nadie al que cuidar, prefirió marcharse.

De amiga a enemiga

Tras ser despedida de un nuevo trabajo después de que la señora de la casa empezase a padecer los mismos síntomas que Adela (los dueños de la vivienda consideraban que Pilar le había contagiado alguna enfermedad), nuestra protagonista tuvo la suerte de encontrar otro empleo gracias a Aurelia Sanz, una de las primeras amigas que tuvo en la ciudad y a la que había conocido en una sala de fiestas llamada «El Farol» (a la que ambas acudían todos los jueves). Un lugar, por cierto, en el que ninguna de ellas era demasiado famosa.

«Aurelia Sanz era una criada de 27 años con la que estableció una relación de amistad debido, básicamente, a que las dos eran igual de feas. Como solían quedarse sentadas toda la noche en la sala porque nadie las sacaba a bailar, empezaron a tener una cierta relación de amistad», explica Blanco. Cuando Aurelia supo que Pilar estaba sin trabajo, recomendó a sus señores -el doctor en medicina Manuel Berenguer y su mujer Carmen- que la contratasen como interna. Dio la casualidad de que quedaba una plaza que cubrir en la casa, así que la envenenadora logró un nuevo empleo.

En palabras del creador de «Criminalia» y antiguo director de «El Caso», en esta casa Pilar se encontró, por primera vez, a gusto. De hecho, la escasez de trabajo y los buenos modos de los señores la hicieron sentirse amada hasta tal punto que no necesitó envenenar a nadie. «El matrimonio tenía dos hijos, pero uno de 9 y otro de 17 años. Es decir, que no daban casi trabajo. Además el sueldo era mucho más alto que en las casas en las que había trabajado antes», completa Blanco.

Todo era felicidad en la vida de Pilar. Tenía por primera vez en mucho tiempo una amiga de verdad, sus señores la trataban bien. ¿Qué más necesitaba? Poco, la verdad. Al menos, así fue hasta que llegó repentinamente la discordia a su vida. Todo comenzó una noche durante uno de aquellos bailes en «El Farol» que normalmente acababan con ella y su amiga sentadas en una esquina. Aquel día fue diferente, pues un hombre se interesó en las dos «feas» de la fiesta. Este estuvo tonteando con ellas hasta que se decidió por Aurelia. Como cabe esperar, el chasco que sufrió Prades fue gigantesco. Todo su mundo se vino abajo y, al final, recurrió de nuevo al tubito de mata hormigas para solucionar el problema.

«Aprovechando un proceso febril que su amiga tuvo a principio de julio, Pilar empezó a envenenarla para evitar que pudiese salir de la cama. Como vio que lograba estar más tiempo con el novio de Aurelia, Pilar no paró de envenenar a su amiga, que acabó guardando cama durante tres meses. Todos los médicos que la vieron entendieron que padecía una polineuritis. Sin embargo, Aurelia no mejoró con ninguno de los tratamientos que le dieron», determina Blanco a ABC. Al final, Aurelia tuvo que ser ingresada en el hospital. Allí no tardó en mejorar en varias ocasiones. Al menos, hasta que su «querida amiga» se pasaba para regalarle unos pastelitos bien cargados de mata hormigas.

Tensión en la casa

Con la marcha de Aurelia al hospital, siempre según Blanco, la situación dio un giro en la casa. A Carmen le cambió el temperamento porque entendía que -a pesar de que Pilar estuviese sola- las tareas tenían que salir adelante. Así pues, las regañinas a la envenenadora aumentaron y la tensión se hizo mayor. Después de verse traicionada por su mejor amiga, Prades comenzó entonces a echar mata hormigas en el tazón de café con leche que su señora se hacía cada mañana. Había vuelto a las andadas.

A finales de diciembre de 1956 Carmen empeoró. Empezaron los vómitos, la hinchazón de extremidades... Todos síntomas bien conocidos por Pilar. El doctor, como buen médico que era, intentó diagnosticar a su mujer, pero le resultaba imposible. Por ello, decidió tratarla con vitamina B, pero siguió sin lograr nada. Al final, con el paso de los días y al ver que no mejoraba, se acabó tomando muy en serio la enfermedad de la señora de la casa y se decidió a averiguar por las bravas qué diablos estaba sucediendo.

«El doctor, como dijo en una entrevista que concedió en los años 60, terminó descubriendo que los síntomas eran provocados por un veneno gracias a que estudió el manual de diagnóstico etiológico de Gregorio Marañón. En él se explicaba cuáles eran los síntomas provocados por el envenenamiento agudo y sus diferencias con el envenenamiento crónico. Como los segundos coincidían con los de su mujer, solo le quedaba saber quién lo hacía. Y no tuvo que pensar mucho para saber que la culpable era la única persona ajena a la casa que tenía acceso a Carmen», añade el creador de «Criminalia».

Unos días después solicitó al doctor Leopoldo López Gómez que analizase una muestra de orina de su mujer para demostrar la presencia de arsénico y... ¡Bingo! Al fin apareció la infame sustancia. Con estos datos en la mano, el doctor despidió a Pilar y, al día siguiente, llevó las pruebas a la policía. Las autoridades de Ruzufa (Valencia), por su parte, detuvieron a la mujer al día siguiente en la portería en la que vivía con su prima, un lugar en el que había decidido refugiarse hasta que encontrase trabajo.

Unos interrogatorios inhumanos

Tras la detención, la policía interrogó a Pilar Prades de una forma que, a día de hoy, es calificada de inhumana. «Fueron brutales, de la España profunda. La interrogaron 38 horas seguidas en las que únicamente le administraron agua y siete aspirinas. No la dejaron ni levantarse al baño, por lo que se orinó y se defecó encima. A pesar de ello, en ningún momento reconoció haber matado a nadie», explica Blanco. Al final, cuando las autoridades descubrieron el bote de mata hormigas en su arcón personal, admitió que lo había utilizado para endulzar una infusión en un caso, pero se excusó diciendo que era analfabeta y que no sabía que era veneno.

«Quiso negar la responsabilidad en el fallecimiento de Adela. Ella se dio cuenta de lo que había hecho en los interrogatorios policiales. Hasta entonces no entendía que el envenenamiento fuera algo malo. Pero cuando se enfrentó a la detención policial -el sentarse en una sala en la que le pusieron una luz frente a la cara- se dio cuenta de que lo que había hecho era muy grave. La forma de no enfrentarse a esa realidad (al haber matado a una persona y haber dejado lisiada a su amiga) era negarlo todo. No lo hizo por ningún tipo de estrategia judicial, porque no era consciente de haber hecho algo malo, ella se basaba en que solo las había cuidado», destaca el periodista a ABC.

En el juicio, el abogado aconsejó a Pilar que se declarase culpable para que la condena no superara los 20 años. Sin embargo, la envenenadora se negó y mantuvo la teoría de que era inocente frente al tribunal. Al final, fue condenada a ser ajusticia por garrote vil por asesinato y, a su vez, a 40 años por dos homicidios frustrados (20 por cada uno).

La noche de la ejecución

La ejecución se planeó para el día 19 de mayo en la cárcel de Valencia. Sin embargo, el verdugo (Antonio López Sierra) llegó a las ocho de la tarde del día anterior para tener tiempo de preparar el garrote vil. Todo parecía ir bien, pero Pilar iba a ser una de las pocas mujeres ejecutadas de esa forma. Así pues, cuando informaron a López de que tenía que matar a una mujer (algo sumamente extraño) este se negó a hacerlo.

En una entrevista posterior, declaró lo horrible que le parecía aquello: «Una de las primeras condiciones que se debían poner al entrar en este destino es la de no tener que ejecutar nunca a una mujer. Ejecutar a una mujer es peor que ejecutar a treinta hombres. Yo prefiero hacerlo con treinta hombres y no con una mujer. Tener que hacerlo con una mujer es lo más duro, lo más duro de todo, es insoportable. Y más con una muchacha de carnes tan blancas como aquella». De hecho, para lograr que hiciera el trabajo tuvieron que emborracharle con una botella de coñac.

Y mientras las autoridades convencían al verdugo, las cosas no iban mejor en la celda de Prades. «Fueron unos momentos terribles. Pilar preguntaba constantemente a Gregorio Díaz Toledo (quien la supervisaba) si la iban a matar. Todos afirmaban que la iban a indultar, porque así lo creían. Aquella noche de mayo del 59 fue una noche de las más negras de la historia judicial española. Según las crónicas, el fiscal del caso reconoció que la situación fue tan aterradora para él que, a partir de entonces, dedicó su vida a luchar contra la pena de muerte», explica Blanco.

Si las horas previas a su muerte fueron duras, el momento en el que Pilar fue llevada hasta el garrote vil fue totalmente insoportable. Sus gritos y sus llantos se oyeron por toda Valencia. La situación afectó sumamente a todos. De hecho, un oficial de prisiones se desmayó por la tensión y otro de los presentes vomitó. Nadie de los presentes quería matarla, por lo que se retrasó varias horas la ejecución en espera de que llamase el jefe del Estado. «La ejecución se demoró tanto esperando el indulto que los vecinos se levantaron en medio de la noche por sus desgarradores gritos», completa el fundador de Criminalia. Al final, no quedó más remedio que acabar con ella.

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