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Las aventuras del soldado Miguel de Cervantes

  • Escrito por Redacción

CERVANTES thumb 380

Nuestro mejor literato fue, como otros muchos personajes destacados de su tiempo, soldado. ¿Cómo y por qué se alistó? ¿Qué le pasó en la batalla de Lepanto? Éstos son los detalles de su vida militar.

En 1568, Miguel de Cervantes tenía 21 años, vivía en Madrid y tuvo que huir porque la justicia le buscaba. Decidió poner tierra de por medio hasta que se olvidaran de él porque había sido denunciado por herir en una reyerta a un italiano con el que se peleó defendiendo el honor de su hermana Andrea. Siempre, en aquel tiempo, se suscitaban riñas por cuestiones de honor, para bien y para mal.

El caso es que Cervantes se marchó de Madrid pensando en pasar desapercibido en Andalucía, donde vivían algunos parientes. En el camino se juntó con un capitán que le animó a alistarse en su compañía, pero Cervantes le puso como condición que su nombre no figurara en la lista. Esta petición no tiene nada de extraño porque en ese tiempo existía un tipo de soldado llamado ‘aventurero’ que iba por libre. Pero lo que Cervantes pretendía, en realidad, era no dejar rastro de por dónde iba.

Finalmente, a Cervantes se le abrió la ocasión de marcharse de España pues la compañía pasó destinada a Italia donde, al poco de llegar, dejó las filas –ya que iba por libre- y, movilizando algunas influencias, consiguió entrar a trabajar como camarero –es decir, como criado distinguido- del cardenal Julio Acquaviva en Roma.

El 20 de mayo de 1571 se formalizó la gran alianza entre España, el Papa y Venecia llamada la Santa Liga, con el propósito de derrotar en el mar a la flota turca que, desde hacía tiempo, venía causando graves daños a las costas y a la navegación por el Mediterráneo occidental.

Galera española de 1571Galera española de 1571

Miguel de Cervantes y su hermano Rodrigo se alistaron en la compañía del capitán Juan de Urbina y pasaron a la dotación de una de las galeras genovesas -llamada La Marquesa- de la flota del genovés Juan Andrea Doria, aunque, al poco, esta galera fue trasferida a la flota del veneciano Agustín Barbarigo. Estos cambios se hicieron para equilibrar las potencias en número de barcos y de soldados de las diversas fracciones de la gran flota aliada mandada en su conjunto por el famoso Juan de Austria, hermano del rey Felipe II. En total, la flota cristiana reunió 214 galeras y unas 100 naves más de otros tipos, junto con unos 30.000 infantes embarcados.

Como era habitual en la vida militar, Cervantes enfermó de ‘calenturas’, es decir, de fiebre. La vida del soldado en campaña era muy dura porque se desarrollaba casi constantemente a la intemperie, pues no se conocían los cuarteles como los entendemos ahora, y la alimentación no siempre era la adecuada en cantidad y calidad. Así que Cervantes, cuando se avistó a la flota turca en el golfo de Lepanto, fue dejado como enfermo en el fondo de la galera, pero protestó, nuevamente por cuestiones de honor.

A él no le importaba estar enfermo; era un soldado, había llegado el día de la batalla y deseaba combatir; su honor le obligaba a ello; no quería dar pie a que otros dijeran que había rehusado la pelea. Protestó de tal manera que consiguió, no sólo que le dejaran incorporarse al combate, sino que le pusieron al frente de 12 soldados, como cabo, para defender la lancha que llevaba la galera en su centro.

Las galeras tenían en la proa un alargamiento llamado espolón, una especie de plataforma para poder asaltar el barco enemigo; llevaban cañones en la proa y en la popa. La infantería se repartía entre la proa, la popa, a lo largo de los costados -entre remo y remo- y unos pocos en las plataformas de los mástiles –las cofas-. Con los cañones, mosquetes y arcabuces se disparaba contra las galeras enemigas cercanas hasta que se decidía abordar a una en concreto para conquistarla.

Así, forzando a los remeros, la galera se lanzaba a la mayor velocidad posible hasta chocar contra el costado de la galera enemiga de tal modo que el espolón de su proa se superpusiera y sirviera de plataforma o camino para que los soldados pasaran, peleando, al buque contrario. El combate se convertía así como el de la infantería en tierra.

En cada galera podía haber unos 150 soldados, así que es fácil de imaginarse el tiroteo constante entre dos buques trabados en el que se cruzaban balas de cañón, mosquete y arcabuz, así como las flechas que lanzaban los arqueros turcos.

A lo largo de la batalla Cervantes fue herido dos veces; nos lo cuenta él mismo en su “Epístola a Mateo Vázquez”: “El pecho mío de profunda herida sentía llagado, y la siniestra mano estaba por mil partes ya rompida”. Así ganó el título de Manco de Lepanto; con el tiempo fue el brazo el que le quedó afectado. El caso es que estuvo grave y, retirada la flota cristiana tras la victoria, fue ingresado en el hospital de Mesina –Sicilia-, donde tardó en curarse unos 6 meses Tras recuperarse, se alistó de nuevo para la campaña de 1572.

Medalla conmemorativa de la victoria en Lepanto (1571)Medalla conmemorativa de la victoria en Lepanto (1571)

Más adelante, en 1575, regresando a España desde Nápoles en la galera Sol, fue atacada y capturada por un barco pirata. Esto volvía a ocurrir a pesar de la victoria en Lepanto, pues no hubo paz total en el Mediterráneo occidental y seguía habiendo choques entre embarcaciones norteafricanas y europeas en las que se capturaban tanto las mercancías como las personas, pues con ellas se alimentaba un mercado de rescates e intercambios.

Los captores de Cervantes, al examinar los documentos que llevaba, le tomaron erróneamente por un caballero principal y le llevaron a Argel como esclavo del que esperarían obtener un rescate importante, como así sucedió, al cabo de los años, por la intermediación de los padres trinitarios. Cervantes partió libre de Argel para España el 24 de octubre de 1580.

De todo el valioso legado literario de Cervantes nos quedan el famoso “discurso de las armas y las letras” y el orgullo por su “herida que, aunque aparece fea, él la tiene por hermosa por haberla cobrado en la más memorable y alta ocasión que vieron los pasados siglos ni esperan ver los venideros”.

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