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Juan «sin miedo», el capitán de los Tercios que llevó la guerra a las puertas de Inglaterra

  • Escrito por Redacción

caballeria

Un capitán llegado de la guerra de Flandes fue presentado en la corte de Felipe II como un hombre fuera de lo común: «Señor, conozca Vuestra Majestad, a un hombre que nació sin miedo».

En 1545 había nacido un ilustre capitán de los Tercios de Flandes, Juan del Águila, tan descuidado de temor que en ocasiones rozó la temeridad. La carrera militar del abulense destacó en su afán por ir a combatir al enemigo a su propia tierra: Flandes, Francia, Inglaterra e Irlanda.

Pero incluso Juan «sin miedo» vivió una tranquila infancia. Miembro de la nobleza local, Juan del Águila fue criado en el Berraco (hoy, El Barraco) hasta que a los dieciocho años se unió al Tercio de Cerdeña. Una unidad que había adquirido mucho prestigio en esos años a razón de las hazañas de su cabeza pensante, Gonzalo de Bracamonte. Durante este periodo, Juan del Águila participó en la toma al Peñón de Vélez de la Gomera (1564), el socorro de Malta (1565), el levantamiento de Córcega (1566), y en la batalla de Heiligerlee (1568), en Flandes, adonde había ido a caer el año anterior. La rebelión de los Países Bajos contra la Monarquía Hispánica, en efecto, iba a sufrir el talento militar de otro hambriento castellano.

La batalla de Heilingerlee, «durante muchos años, la única victoria en campo abierto del ejército de los rebeldes», selló el destino del Tercio de Cerdeña, donde militaba el abulense. Fundado en 1536 y destacado en centenares de batallas, un ataque precipitado de este tercio provocó la derrota en aquel combate. Durante la desesperada huida, los campesinos de la zona se ensañaron con los supervivientes, algo que los castellanos nunca olvidarían. Meses después, tras la batalla de Jemmingen –donde también tomó partido Juan del Águila– el Tercio de Cerdeña aprovechó para incendiar Heilingerlee, que se encontraba en las cercanías. El duque de Alba, enfurecido por una acción tan deleznable, disolvió el tercio y repartió a sus componentes entre otras unidades. Los alféreces rasgaron las banderas, los capitanes quemaron sus bandas y los sargentos sus partesanas, mientras los soldados lloraban de vergüenza.

Maestre de campo con 38 años

La compañía donde Juan del Águila ejercía el cargo de alférez se integró al completo en el llamado «Tercio de Flandes». Allí tomó parte en la batalla de Mook (1574), sufriendo poco después una nueva reforma, al extinguirse su tercio en julio de aquel mismo año. En 1576 obtuvo una compañía en el tercio del también mítico Julián Romero, hallándose con ella en el socorro del castillo de Gante y en el asalto y saco de Amberes. Precisamente fue el abulense quien persuadió a los amotinados para acudir en auxilio del maestre de campo Sancho Dávila que se encontraba acorralado en la ciudadela de Amberes. Los rebeldes habían aprovechado el motín generalizado de las tropas españolas para atacar a los pocos reductos que se habían mantenido fieles a la Corona como el de Amberes. Juan del Águila, Julián Romero y otros oficiales se encargaron de mantener a los soldados –amotinados o no– unidos frente a la amenaza común.

Los rebeldes aprovecharon el motín de los españoles para atacar a los reductos fieles

El periodo de Alejandro Farnesio, sustituto como Gobernador de Flandes de Luis de Requesens –cuya muerte había desencadenado el motín–, produjo un curioso dilema. Farnesio necesitaba a los tercios para combatir a los holandeses, pero sus aliados valones le exigían la inmediata salida de los castellanos. Tras varias idas y venidas, los tercios fueron reclamados definitivamente en 1582. Ese mismo año, el general italiano nombró a Juan del Águila maestre de campo con solo treinta y ocho años, lo cual da muestra de las distinguidas acciones que el abulense cargaba a su espalda. Y no era más que el principio de su carrera. Durante el inmortal asedio a Amberes que realizó Farnesio, el tercio de Juan del Águila derrotó a una fuerza de socorro holandesa que trataba de alcanzar el dique de Covernstein. Finalmente, el 17 de agosto de 1585 la ciudad de Amberes se rendía en uno de los asedios más célebres de la historia.

Otra de las hazañas que hizo famoso al tercio de Juan del Águila fue la ocurrida en la desembocadura del Escalda (Scheldt), calificada años después como un milagro. Cuando los holandeses inundaron las posiciones españolas, los soldados se refugiaron en el dique de Empel, donde aguardaron apiñados y hambrientos a merced de que la poderosa flota rebelde llegará para exterminarlos. Sin embargo, el 7 de diciembre de 1585, una fuerte helada inmovilizó a la armada holandesa y permitió a la infantería española asaltar a pie los barcos rebeldes. Los españoles, marchando sobre el hielo, atacaron por sorpresa a la escuadra enemiga al amanecer del día 8 de diciembre y obtuvieron una victoria tan completa que el almirante holandés llegó a decir: «Tal parece que Dios es español al obrar, para mí, tan grande milagro».

«Un hombre sin miedo» contra Inglaterra

El prestigio de Juan del Águila no dejó de crecer en los siguientes años. Tras vencer a un ejército inglés enviado en apoyo de la causa holandesa en Zutphen, el maestre de campo fue gravemente herido durante el asedio al puerto de La Esclusa (Sluys), en 1588. El abulense aprovechó el tiempo de recuperación para regresar a España, donde Fernando de Toledo, gran prior de Castilla en la Orden de San Juan, le presentó ante Felipe II. El gran prior anunció: «Señor, conozca V.M. a un hombre que nació sin miedo».

Con la predilección del monarca, el tercio de Juan del Águila se concentró en Galicia para acudir a Inglaterra en la segunda oleada que debía asistir a la Armada Invencible. El fracaso de la empresa hizo que no se requiriera de refuerzos, pero en la corte de Felipe II nunca faltaban lugares en guerra para hombres de tanto talento militar. En octubre de 1590, el tercio fue destinado a Francia para auxiliar a la liga católica que combatía al candidato hugonote. Los siguientes ocho años los pasó luchando en la Bretaña francesa. Allí construiría una fortaleza, Fuerte del Águila, que hoy en día continúa en pie y que sirvió como base para lanzar ataques en la costa inglesa.

En 1595, tres compañías a cargo de Juan del Águila perpetraron un ataque relámpago en la zona de Cornualles. Tras saquear varios pueblos y desmantelar dos fuertes, el maestre de campo ordenó regresar a sus hombres. En este viaje de vuelta, dos barcos holandeses fueron hundidos. No obstante, a pesar del gran éxito de la incursión en Inglaterra y de la inmejorable ubicación del fuerte, la posición tuvo que ser abandonada al finalizar la guerra civil francesa. Juan del Águila había constatado que una pequeña fuerza española, si conseguía desembarcar, podía causar grandes desperfectos frente al obsoleto ejército inglés. Y el abulense estaba por la labor de demostrárselo al mundo.

Una salida sorpresa encabezada por Águila dejó medio millar de bajas

Tras limpiar su prestigio en la corte, donde había sido acusado de malversar fondos, el abulense recibió el mando de una expedición en apoyo a los irlandeses que se habían sublevado contra Inglaterra en 1601. Aunque la flota tuvo finalmente que regresar, Juan del Águila y 3.000 españoles consiguieron tomar suelo irlandés Los españoles se atrincheraron en dos fuertes, Castle Park y Ringcurran, donde soportaron el incesante acoso inglés durante meses. Una salida sorpresa encabezada por Juan del Águila dejó medio millar de bajas inglesas, aunque no logró romper el cerco formado por miles de enemigos.

Mientras el tercio de Águila aguantaba el asedio, desde España todo intento de socorro se estrellaba, una y otra vez, contra las tormentas. A su vez, los nobles irlandeses entregaron dos castillos a los españoles y levantaron un ejército de 5.500 hombres para unirse al abulense. Sin embargo, la falta de coordinación entre ambas fuerzas –los sitiados no salieron a tiempo– causó la derrota de los rebeldes frente a 12.000 ingleses. Nueve días después, Juan del Águila y los 1.800 supervivientes españoles decidieron aceptar las buenas condiciones inglesas y se rindieron. Trasladados a España, el abulense, como otros tantos héroes patrios, probó una amplia muestra de cómo se diluyen las gratitudes en Hispania. El hombre sin miedo enfermó en La Coruña, exhausto y abatido por negársele la oportunidad de ir a Madrid a defender su honor contra quienes le acusaban del fracaso de la empresa irlandesa. Falleció en su pueblo natal, El Barraco, el día 5 de mayo de 1605.

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