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Sobre cómo se ganó Sancho IV el sobrenombre de “El Bravo”

  • Escrito por Redacción

Sancho-IV-El-Bravo

Si algo sucedió con asiduidad en Castilla durante la Edad Media, es que los reyes se ven rodeados de nobles que pretenden usurparles su poder y sentirse reyes sin estar sentados en el trono.

En este caso nos centramos en el siglo XIII, y más concretamente en los primeros años de reinado de Sancho IV. El que conocemos como el rey “Bravo”, ganó este apodo por su forma de ostentar el poder, cosa que sufrieron los nobles del reino de Castilla.

Sancho se autoproclamó heredero al trono castellano en 1276 tras la muerte de su hermano Fernando de la Cerda. Es en 1278 cuando se efectúa el juramento del heredero en sus términos más solemnes y apoyado por su padre, Alfonso X. Para este entonces, Sancho ya contaba con un buen número de nobles que apoyaban su causa. Entre ellos estaba Lope Díaz III de Haro, que debió ver en el infante Sancho la oportunidad de crear un conflicto familiar y político en la Casa Real castellana a través de las relaciones de este príncipe con su padre. Lope se sitúa durante estos años como el principal valedor del infante, esperando sin duda sacar provecho de ello.

De 1282 a 1284 se produce un levantamiento en Castilla. Sancho, viendo que su padre Alfonso va a quitarle la herencia del trono regio a favor de sus sobrinos los infantes de la Cerda, se alza como heredero legal y hace que casi toda la nobleza, las ciudades y las órdenes militares le apoyen para ser futuro rey de Castilla. Obviamente, todos ellos esperaban algo a cambio, así como un trato de favor a lo largo de su futuro reinado. Un ejemplo de esto lo vemos en los movimientos de Lope Díaz. El conde de Haro se casó en 1269 con Juana Alfonso de Molina, prima hermana de Alfonso X. Utilizando el noble sus redes familiares, en 1282, se celebraron dos matrimonios que vinieron a sellar un pacto: el de su hermano Diego con una hermana de Sancho, y el de Sancho con una hermana de Juana. El matrimonio en la Edad Media funciona como un buen método para cerrar pactos, y en este caso vemos que el conde de Haro no iba a dar puntada sin hilo, ya que dejaba a su familia muy cercana a la familia real. Aquí comienza el despegue del conde, lo cual significa que también iba a haber aterrizaje.

Lope Díaz consiguió del rey Sancho IV que su linaje alcanzara su máximo relieve político. Para ello, hizo pensar al rey que era su hombre de mayor confianza, su siervo más fiel, cuando en realidad se estaba procurando sólo su propio beneficio. Ya en 1288, el conde había logrado que el rey le transfiriera poderes excepcionales sobre todas las tenencias de sus castillos y la administración de ciertas rentas reales. Tanto su hermano Diego como él, ostentaban cargos de gran poder que les permitían atemorizar al rey sutilmente, ya que eran muy poderosos y podían levantarse contra él y ganar. Así, Lope se ganó un buen número de enemistades entre el resto de la nobleza y la corte. Todos ambicionaban su poder. A través de esta nobleza recelosa del conde de Haro, Sancho IV se fue enterando de los excesos que cometía su privado. Todos iban a contarle las maleficencias que hacía el de Haro en Castilla en contra del monarca. Y es que es verdad que hubo un momento que el conde debió de sufrir las fiebres del poder, pretendiendo mostrarse con más poder que el mismo rey, lo que le volvió muy arrogante y altanero incluso en el trato con su majestad.

Escudo de la casa de Haro

Escudo de la casa de Haro

Así pues, en 1288 todos pudieron observar el aterrizaje de Lope Díaz III de Haro (por no decir que lo vieron correr como si no hubiera un mañana para tirarse por un precipicio), el rey ya no parecía tan embrujado por el conde ni tampoco tan débil.

En marzo del ya mencionado año, el conde de Haro comete uno de sus grandes errores quitándose la careta ante su rey. Lope y sus leales se habían dedicado a sembrar el terror en las tierras que controlaban, incluso las de realengo, por lo que el monarca le pidió explicaciones por estos hechos que habían llegado a sus oídos. El de Haro no se amilanaría y contestó a Sancho que sí, que si alguno de sus leales hacía cualquier cosa por las tierras castellanas era porque él mismo se lo había mandado, dejando bien claro que eran demostraciones de poder para que el rey supiera que debía dejar el reino en las manos del valido y no actuar por cuenta propia. En aquel momento Sancho no supo que contestar, se debió quedar como hoy diríamos “a cuadros” ante la desfachatez del conde. Si bien no pudo actuar en condiciones en ese momento, planeó fríamente su venganza.

El día 8 de junio de 1288 iba a cambiar totalmente el rumbo de la política regia. Reunidos en Alfaro varios ricoshombres y caballeros del rey, trataban de acordar la amistad de Francia o Aragón con Castilla. A esta reunión asistieron también Lope Díaz y dos de sus leales más cercanos: Diego López de Campos y el infante Juan, hermano de Sancho IV. Durante la reunión, el conde pretendió llevar la voz cantante y que todos los del reino acataran sus órdenes. El rey, cansado de las humillaciones sufridas hasta el momento por parte de su hermano Juan y Lope, decidió salir del habitáculo en el que se tenía la reunión y dejar a los nobles tomar la decisión. En su espera, debió de trazar un plan mental y, cuando volvió a entrar para saber la decisión de sus hombres del reino, fue directamente contra Lope. Según la Crónica la conversación fue algo así:

¿Habéis acordado ya?

A lo que el conde contestó:

Sí, entrad señor. Vamos a decíroslo.
Entonces, como ya lo acordasteis, aquí estoy yo con otro acuerdo, y es que vos vais a quedar aquí conmigo hasta que me devuelvas mis castillos. – Dijo Sancho refiriéndose a que le devolviera la tenencia de sus fortalezas.

Don Lope, que ya no sabía lo que era la vergüenza ni mucho menos el respeto que le debía a su monarca, se levantó iracundo:

¿Presos? ¿Cómo? ¡A la mierda! ¡Oh, los míos!

Es decir, que proponía a sus leales que se levantaran junto a él para plantarle cara al rey. Mientras el conde hablaba, sacó un cuchillo y se encaminó raudo hacia donde estaba el monarca. Sancho, que ya no se achantaba, desenvainó su cuchillo. Pero el monarca debió de ponerse nervioso ante tanta emoción, pisó sus ropajes y dio de bruces contra el suelo. Los leales al monarca se abalanzaron sobre Lope y, con toda la delicadeza que presumían tener en estos tiempos, le cortaron al noble la mano armada de un solo tajo. Sancho se repuso al momento y, en cuestión de unos segundos, cogió una maza y se dispuso a dar caza a Lope… el conde murió de un mazazo en la cabeza. Tras esto, el monarca acorraló a Diego López de Campos y le increpó por haber ayudado al conde:

Diego ¿por qué merezco esto de vos? ¿Por qué hacéis correrías por mi tierra si sois mi vasallo?

Diego debía estar en shock, por lo que no contestó ni para bien ni para mal, lo cual también provocó las iras del rey. Sancho desenvainó su espada rápidamente y mató de un solo espadazo al noble. Mientras, el infante Juan se había dedicado a hacer la guerra por su cuenta, hiriendo a un par de personas de las que allí estaban reunidas. Sancho ya no veía, estaba cegado por la ira y se encaminó hacia su hermano Juan espada en mano. Suerte tuvo el infante que justo en ese momento apareció la reina, María de Molina, y fue capaz de aplacar a su fiero esposo. Juan acabó metido en fierros, es decir, apresado en una suerte de calabozo y posteriormente exiliado de Castilla. Y Sancho se ganó su apodo: Sancho IV El Bravo.

Colaboración de Leonor Parra Aguilar

Por Javier Sanz

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