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Alejandro Farnesio, el invicto «Rayo de la Guerra» de los Tercios Españoles

  • Escrito por Redacción

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El sobrino de Felipe II consiguió recuperar para la causa española los apoyos de los nobles católicos en la interminable guerra que desangró a la Monarquía hispánica en Flandes. Su mayor victoria, el sitio de Amberes, ha pasado a la historia como un prodigio de la ingeniería militar

Con el talento militar del Gran Duque de Alba, el carisma de su amigo Don Juan de Austria y la capacidad diplomática de Luis de Requesens, Alejandro Farnesio congregaba todos los ingredientes necesarios para alcanzar la victoria española en los Países Bajos, donde varias provincias permanecían en rebelión contra su soberano, el Rey Felipe II, desde hacia una década. Solo la interferencia del Monarca, siempre involucrado en una infinidad de frentes, evitó que Farnesio pusiera punto final a una guerra que terminó desangrando al Imperio español. No en vano, además de un héroe de los Tercios Españoles, el hispano-italiano es considerado hoy como uno de los padres políticos de la nación belga.

Aunque fue tratado siempre como un pariente del Rey Felipe II, la sangre de Alejandro Farnesio no era excesivamente azul. Hijo de Octavio Farnesio, nieto del Papa Pablo III –que evidentemente había sido fruto de una relación prohibida–, y de Margarita de Austria, hija bastarda de Carlos I de España, Alejandro pasó su adolescencia en Madrid bajo invitación de su tío materno Felipe II. Tras estudiar en Alcalá de Henares junto al infante Don Carlos –luego llamado «el Príncipe Maldito»– y de Don Juan de Austria, sus vínculos con la Corona hispánica quedaron fuertemente arraigados. Don Juan y su sobrino, de su misma edad, aprendieron el manejo de las armas juntos combatiendo entre sí a menudo. Los cronistas destacan del hermanastro del Rey su extraordinaria elegancia y agilidad de movimientos en el combate. Alejandro, por su parte, disfrutaba asombrando a los presentes al combatir siempre semidesnudo, sin ningún tipo de protección. Su actuación como comandante –salvo cuando convenía ser templado– también se caracterizó por una exposición temeraria al combate físico en muchas ocasiones.

DE LEPANTO A LA GUERRA DE FLANDES

No obstante, las obligaciones con el ducado de su padre, Duque de Parma, le alejaron de la esfera hispánica hasta 1571. Cuando su tío y gran amigo Don Juan de Austria fue puesto a la cabeza de la Santa Liga que pretendía hacer frente a la flota otomana en el Mediterráneo, el sobrino acudió a su lado. Se conocen pocos detalles del ejercicio de Alejandro Farnesio en Lepanto, pero consta que acompañó a Juan de Austria en la galera «La Real». Probablemente, como bisoño en el combate y dadas las circunstancias de la lucha entre galeras, la integridad de Farnesio debió quedar expuesta repetidas veces, el propio Don Juan de Austria estuvo cerca de ser herido y por pocos metros no cruzó acero con el comandante turco. La experiencia del hispano-italiano debió ser similar puesto que las galeras dejaban escaso espacio para guarnecerse de las flechas turcas.

Otra vez alejado momentaneamente de los intereses hispánicos, Alejandro Farnesio fue reclamado por Don Juan de Austria, junto a los Tercios Españoles, para acudir a Flandes en 1578. El héroe de Lepanto, que había tratado de alcanzar una solución por la vía pacífica, acabó pidiendo, hastiado de las falsas promesas rebeldes, el regreso de los tercios. En el primer encuentro, la batalla de Gembloux, 17.000 soldados del bando hispano se impusieron a 25.000 rebeldes. Después de que un capitán español se excediera en sus órdenes y avanzara en exceso, auspiciando que los rebeldes los flanquearan, Farnesio, al frente de la caballería, se encargó de alejar las dudas: «Id a Juan de Austria y decidle que Alejandro, acordándose del antiguo romano, se arroja en un hoyo para sacar de él, con el favor de Dios y con la fortuna de la casa de Austria, una cierta y grande victoria hoy», afirmó Farnesio antes de iniciar la carga que terminó decidiendo el combate. La victoria fue de entidad, con 34 banderas capturadas y 10.000 bajas rebeldes.

Don Juan de Austria, sin embargo, no estaba nada contento con la actuación de Alejandro Farnesio que había arriesgado su vida en las repetidas cargas «como si fuera un soldado y no un general». «El Rayo de la Guerra» replicó a su tío que «él había pensado que no podía llenar el cargo de capitán quien valerosamente no hubiera hecho primero el oficio de soldado». Así lo hizo en posteriores intervenciones, siempre a la vanguardia del ejército, acompañado de la infantería de elite: los soldados castellanos. No en vano, la amistad de Farnesio y Juan de Austria se interrumpió dramáticamente con la inesperada muerte del segundo en Namur. El héroe de Lepanto dejaba tras de sí una carrera militar en ciernes y un rompecabezas en forma de país. Felipe II confirmó a Alejandro Farnesio como gobernador de Flandes, el cual acertaría en las dosis correctas de mano dura y diplomacia. La solución definitiva nunca pareció más cerca que bajo su gobierno.

DAR LA VUELTA A UNA SITUACIÓN CRÍTICA

Al inicio de su gobierno en Flandes, el panorama era todavía crítico. Solo tres, y parte de una cuarta, de las diecisiete provincias eran leales a la Corona de España y los rebeldes contaban con el apoyo de varias potencias extranjeras, que, como Inglaterra, veían en el conflicto una manera de debilitar al imperio del sur. Lo primero que estimó Farnesio fue continuar con la campaña militar sobre la provincia de Brabante y sus alrededores. Durante el largo sitio a la ciudad de Maastricht al frente de 15.000 infantes y 4.000 caballos, Farnesio –suponiendo poca resistencia– lanzó a la infantería española cuando no habían hecho más que comenzar las obras de asedio contra las fuerzas sitiadas, que rechazaron a los asaltantes con un alto coste en vidas. Entre las bajas se encontraba un pariente de Alejandro Farnesio, Fabio, lo cual provocó la ira del joven general: «Yo voy allá. Yo mudare como general la fortuna del asalto, mudando el orden de asaltar; o como soldado más con mi sangre que con el mando».

Aunque sus oficiales próximos consiguieron que desistiera de sus intenciones –Felipe II le reprendería por su actuación colérica–, no consiguieron apaciguar su determinación e intensifico el asedio. Tras un nuevo asalto, esta vez exitoso, el general Farnesio cayó enfermo de lo que todos suponían la peste, pero se recuperó milagrosamente para nunca olvidar una importante lección de la guerra: las obras de ingeniería pueden reducir al mínimo los riesgos de un asalto. En Amberes, donde volvería a exponer su persona, pondría especial énfasis en este aspecto.

Pero antes de alcanzar Amberes, las prioridades militares tuvieron que retroceder ante las necesidades políticas. Alejandro Farnesio había logrado aunar a las provincias católicas en una misma empresa, la Unión de Arras, cuyo primer punto exigía, de nuevo, la retirada de los Tercios Españoles. Por tanto, el «Rayo de la Guerra» tuvo que conformarse con reanudar las acciones militares –la principal en el asedio de la ciudad de Tournay– al frente de un bisoño ejercito formado por tropas locales. Los soldados valones –los católicos– se comportaron con disciplina durante las obras de asedio, pero titubearon a la hora del asalto. Cuando una compañía valona de 50 soldados alcanzó el primer baluarte defensivo, en vez de atrincherarse, los soldados se quedaron festejando la acción y fueron masacrados por los holandeses. Mientras Alejandro Farnesio instaba a los artilleros a a asistir a los asaltantes, una ráfaga de artillería enemiga bombardeo su posición. El «Rayo de la Guerra» apareció debajo de tres cadáveres bañado en sangre, herido en la cabeza y el hombro. Salió vivo por muy poco. Los asaltos posteriores. a su vez, se saldaron con idéntica suerte hasta que la ciudad se rindió más por cansancio que por miedo.

Alcanzado este punto, fueron los propios nobles valones quienes pidieron el regreso de los tercios. Alejandro Farnesio eligió una presa de gran calado para su siguiente movimiento ya con las tropas de élite castellanas a su disposición: Amberes. Una ciudad que a principios de siglo XVI fue la principal urbe de Europa, pero a finales de siglo, tras ser asolada en el famoso saqueo de 1576, había quedado en un segundo plano a nivel económico. No en vano, su otrora esplendor quedaba patente en su sistema de fortificaciones, que no conocía parangón en todo el continente, y tenía por objeto proteger a una población de 100.000 personas. Una presa a la medida de un cazador temerario. Así, 10.000 soldados acometieron una monumental serie de obras orquestados por el general y sus ingenieros. Construyeron un canal de 22,5 kilómetros de longitud para drenar parte de las aguas que rodeaban la ciudad; y levantaron un puente compuesto de 32 barcos unidos entre sí para poder entrar en la muralla principal de Amberes.

EL SITIO DE AMBERES, UNA GESTA MEMORABLE

Cerca de finalizar las obras del puente, los holandeses lanzaron tres barcos-mina hacia la obra de ingeniería española. Aunque solo uno alcanzó a encallarse contra el puente, la explosión causó la muerte de 800 soldados católicos y la onda expansiva envió a Alejandro Farnesio varios metros despedido. Con todo, las heridas no revistieron gravedad y el ataque no tuvo consecuencias. Nada comparado con el enésimo y último contraataque rebelde que arrojó con furia sus mejores tropas y 160 barcos para evitar la pérdida de la ciudad. El ataque estuvo cerca de alcanzar su objetivo pero de nuevo la infantería castellana, secundada por la italiana, neutralizó la ofensiva. El propio Alejandro Farnesio, con espada y broquel, se unió a la primera línea de combate entonando: «No cuida de su honor ni estima la causa del Rey el que no me sigue». La jornada terminó con los holandeses huyendo en desbandada, muchos barcos encallados a causa de la marea baja, que permitió la captura de 28 navíos enemigos.

Finalmente, en agosto de 1585, las tropas españolas entraron en Amberes. Los gobernadores habían decidido aceptar las generosas condiciones que el general Farnesio planteó, lo cual evitó un nuevo saqueo de la ciudad. La noticia corrió por Europa. «Nuestra es Amberes», anunció un emocionado Felipe II a su hija Isabel Clara Eugenia a altas horas de la noche. Jamás se vio al Monarca tan exultante. «El Rayo de la Guerra», que fue premiado con el Toisón de Oro por Felipe II, continúo con éxito las hostilidades en Flandes los siguientes 7 años, donde su mayor avance fue de carácter político. Para muchos historiadores, lo que hoy conocemos como Bélgica tiene su origen en este periodo, gracias a las maniobras políticas de Farnesio, que bien puede considerarse el padre de la patria belga.

A pesar del esfuerzo, Alejandro se quedó a las puertas de la victoria completa. La impidió Felipe II, siempre empeñado en encontrar empresas mesiánicas donde arrojar los recursos que tanto se requerían en Flandes. La conquista de Portugal de 1580 obligó a desviar tropas y fondos, la Armada Invencible forzó al ejército de Flandes a abandonar numerosas guarniciones, y, en 1593, la Guerra Civil de Francia se llevó la vida de Alejandro Farnesio que había acudido en contra de su voluntad, mientras sus enemigos aprovecharon para recuperar ciudades en Flandes. El 3 de diciembre de 1593, el general hispano-italiano falleció por hidropesía, tras verse afectada su salud por la herida mal curada de un disparo de arcabuz recibido mientras supervisaba un asedio en la ciudad francesa de Caudebech.

La muerte de Farnesio le ahorró la humillación que Felipe II planeaba contra él. Cansado de las idas y venidas de Flandes a Francia, el sobrino del Rey empleó parte de los fondos reales enviados para la campaña francesa en la de Flandes, donde prácticamente solo las provincias de Holanda y Zelanda permanecían en manos rebeldes. Conmocionado ante tal desafío, el Rey nombró a un sucesor que falleció en el viaje –luego remplazado por el Conde de Fuentes– el 31 de diciembre de 1591 para deponer (y si era necesario arrestar) a su sobrino como gobernador de Flandes. Irónicamente, Farnesio murió antes de enterarse de la cruel decisión del Rey.

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