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EL CORTIJO DE LAS CUMBRES. (1º de Febrero de 1852)

  • Escrito por Redacción

 

INCENDIO

Un nuevo episodio de los primeros años de nuestra querida Guardia Civil, un hecho más que marcaría como todos los que se han venido sucediendo a lo largo de la Historia de la Institución más valorada por los españoles, su carácter benemérito, humanitario y desinteresado. Y una vez más sin corregir una coma del original, te lo presentamos querido lector tal y como nosotros lo hemos recogido de la fuente original, "HISTORIA GRAFICA DE LA GUARDIA CIVIL"

EL CORTIJO DE LAS CUMBRES. (1.º de Febrero de 1852.).


Imposible es que todos los hechos que mencionen estas Crónicas sean esencialmente diversos; aunque hemos procurado escoger aquellos mas interesantes y variados.
Ambas circunstancias reune el presente y es igual sin embargo á otros muchos porqué de un incendio se trata.
Pero, aunque sean necesarios muchos esfuerzos de imaginación para hallar siempre palabras nuevas con que describir iguales hechos, creenlos que hay en este, especiales é interesantes circunstancias que moverán en favor de su lectura la curiosidad de nuestros suscritores, sirviéndoles como: todos de instructivo solaz, que es cuanto debemos apetecer.
Existe á tres leguas de Carmona (1) un sitio en despoblado, conocido con el nombre de las Cumbres; y cerca de este un cortijo que tomaba el nombre de aquel en la época á que nos referimos.
En esta misma, era el cortijo propiedad de D. Nicolás Fernandez, abogado y vecino de Carmona.
El dia 30 de Enero del año antes citado, este caballero salia de Carmona y llegaba á su cortijo en compañía de una hija, bella y virtuosa jóven de veinte años, llamada Elisa.
Se instaló en su quinta ó cármen y á los dos dias, ó sea en la mañana del 1.° de Febrero, asuntos particulares reclamaron su presencia en la vecina ciudad y partió para ella dejando en la alquería á su hija de la que se despidió por muy breves horas.
Desde una ventana siguióle aquella con las miradas hasta perderle tras los accidentes en que abundaba el carmino; otros ojos sin embargo le seguian tambien aunque con expresion bien distinta.
Oculto tras una de las tapias del cortijo, un hombre que vestía zamarra y sombrero jerezano habia acompañado con su vista hasta donde fué posible la marcha del Sr. Fernandez.
Se separó luego del cortijo, volvió á distinguir mas lejana la figura del abogado y cuando se hubo bien convencido á sí mismo de que el dueño del cortijo estaba suficientemente lejos, volvió á las tapias de la casa con paso lento y fisonomía meditativa.
Ha marchado—se decia á tiempo que sus ojos destellaban una mirada lúgubre su hija queda sola en el cortijo.... es cuanto podia desear!
Llega al cortijo, entra sin ninguna dificultad, pues es criado de la casa, y empieza á ocuparse con los demás de trabajos que le corresponden.
—Fulgencio—le dice un compañero que se ocupa en aserrar unas tablas andas muy callado hace dias; ¿no podemos saber lo que te pasa?
Fulgencio Perez (que así se llamaba) se. sentó sobre una colmena rota y dijo á su compañero con voz algo agitada:
—¿A mí? nada.
—¿Estás enfermo?
—No.
—Confiesa que tienes algo....
—¡Bah! pesadumbres de la vida que nada te importa.
—¡Y tanto! como que sé de donde vienen las tuyas.
—Calla, calla—dijo Fulgencio esquivando la conversacion en aquel punto debes haber bebido algo mas de lo regular.
—Bien si te empeñas—dijo el compañero que acaso no se hallaba en completo estado de buena razon pero conservo la vista muy clara, camarada, y alcanzo á mucho.
—¡Ea! como te pongas á disparatar, hay que dejarte y tener paciencia.
—Paciencia es lo que yo te recomiendo, hijo, y hasta un poco de buen corazon.... que te hace mucha falta.
—¿Quieres callar?
—Ya sabes que soy testarudo como aragonés legítimo.
—Pues á los testarudos, se les quita el vicio rompiéndoles la cabeza.
—Ya.... ya se que no vacilarías en romper la de este honrado viejo, porque tienes el alma atravesada, Fulgencio. Pero ven acá y óyeme.
Perez obedeció dominándose.
—Dime? qué tienes tú con los amos?
—¡Vuelta á lo de siempre! nada.
—Porqué odias á D. Nicolás?
—No le odio.
—Qué te hizo su hija la señorita Elisa para que la mires siempre con ojos de sangre?
—¡Cuando digo que has bebido demasiado!—esclamó Fulgencio que al oir las últimas palabras del viejo no pudo ocultar el estremecimiento nervioso qne recorrió todo su cuerpo.
—Haya bebido ó no, hablo en razon y lo demás no te importe. Respóndeme á esto por la salvacion de tu alma, Fulgencio. ¿Te ha tratado la señorita con injusticia, ha querido echarte de la casa, ó te has atrevido tú á faltarla á todo respeto y te ha rechazado irritada? Habla, Fulgencio, habla; yo tengo experiencia, no me hierve ya la sangre y un buen consejo siempre te lo dará esté anciano que ha vivido siempre contento con su buena ó mala suerte y con su honradez.
—Mira, á pesar de que eres un viejo, me parece que vamos á acabar mal si vuelves á hablarme de esos cuentos. Chocheas ya, y como puede creértelos alguno que los oiga, no quiero perjudicarme con tus necedades.
—Bien, camarada, bien; yó no diré nada dé' lo que pienso, porque nunca he querido haber tfárlo á nadie y ¡faltóme Dios si quiero perjudicarte! A tí te digo todo esto porque veo muchas cosas; sentiría que te perdieras y solo deseo darte algun buen consejo. Pero me dices qué no lo necesitas... nada se ha perdido; qüiéralo Diós y tan amigos como antes.
El honrado viejo al decir esto, pasaba el envés de su mano izquierda por sus ojos que dejaban deslizar algunas furtivas lágrimas.
—Ahora te se antoja llorar—dijo Fulgencio con voz desapacible—llévese el diablo á los viejos que lloran por cualquier cosa como mujercillas.
—Fulgencio, tú has de acabar mal; yo te lo aseguro.
—Basta; no hables mas, ó...
Y Fulgencio hizo ademan de arrojar sobre el anciano una cinta de hierro que en el pavimento estaba.
El viejo vió el ademan de su compañero; se encogió de hombros con profunda tristeza y lástima, y continuó reposadamente su trabajo.
Perez bajó el brazo que tenia en alto, y dijo con sorna y mofa:
—Al fin callas; ya se cual es el remedio que te cura esa enfermedad de lengua. No lo olvidaré y otra vez empezaré por donde he concluido. No olvides tú esto tampoco.
Y se alejó de aquel lugar cuando el sol acababa de pasar por el meridiano.
Pasó á otras habitaciones, se acercó á una puerta que estaba entornada y despues de escuchar y cerciorarse de que nadie se aproximaba lanzó una mirada ávida al interior de la estancia por el ojo de la cerradura.
Desde allí observa á la joven hija del abogado, que se entretenía en leer próxima á una ventana.
Al verla así, hizo Fulgencio un pronunciado ademan de disgusto, y se apartó de aquel sitio dirigiéndose á una habitacion de la planta baja en la que se encerró.
Allí pasó hora y media, meditando á veces, trabajando otras en formar con todo sigilo unos haces de lefia vieja, yerbas secas y esparto resinoso.
Al cabo de aquel tiempo salió; sus menores movimientos delataban un estado de ánimo intranquilo, temeroso y sobresaltado.
Si el anciano le hubiera visto entonces, no hubiera podido menos de preguntarle:
—¿A quién vas á asesinar?
Tornó Fulgencio á la puerta que ya conocemos, volvió á mirar con iguales recelos y al ver que la puerta habia sido cerrada, y que las cortinas de un lecho que habia en el interior estaban corridas, una alegría siniestra brilló en su semblante y exclamó:
—¡Duerme! ¡ya era tiempo! (1)
Volvió entonces con presuroso paso á las habitaciones bajas, tomó cuidadosamente algunos haces de materias de fácil combustion desapareció por un corredor, y solo se oyeron en el cortijo los golpes acompasados que descargaba en su trabajo el anciano aragonés.
Eran las dos de la tarde.
Por el sitio de las Cumbres subían á buen paso cuatro individuos de la Guabdia Civil. El que marchaba delante era entonces Guardia de 1.a clase y se llamaba Tomás Bañon Hernandez (1); los nombres de los otros Guardias de 2.a eran: José Fernandez, Antonio Rubio y Cristóbal Menendez.
En aquel punto se hallaban de su camino cuando vieron que algunos labradores de las cercanías corrían desalados hácia su izquierda.
Encuéntrase Bañon con uno de ellos y le pregunta los motivos de aquella carrera.
—¡Ah, señor Guardia—le contesta venga usted, venga usted! un anciano criado nos ha dado aviso de que está ardiendo el cortijo del abogado D. Nicolás Fernandez.
Lanzan inmediatamente al galope sus caballos los cuatro Guardias y llegan en breve tiempo á la vista del cortijo.
Este ardia por sus cuatro costados y con tal rapidez que no habia ya medio de localizar el fuego ni de salvar una sola viga.
Sin embargo, no por eso podian los Guardias cruzarse de brazos ante el siniestro.
Pregunta Bañon si hay gente en la casa; le contestan todos que no lo saben, pero que no debe haberla porque ninguna voz pide socorro.
Dispone entonces que se empieze á luchar con el fuego por la puerta principal, para que, abierta que fuese, se pudiesen sacar por ella todo el número posible de efectos.
Desmontaron presurosos los Guardias y ya ponían manos á la obra, cuando, abierta instantáneamente una ventana, asomó en ella la infortunada doña Elisa y coa acento de la mayor afliccion, exclamó:
—¡Por Dios! ¡sálvenme ustedes la vida!
La admiracion de todos ante aquel terrible espectáculo, fué grande.
La jóven gritaba, lloraba y exhalaba quejidos que partian el corazon.
El Guardia Bañon, no espera á mas; dá su caballo á un paisano y se pone de un salto en la puerta principal del cortijo.
Esta salta y las llamas se arremolinan allí.
Los gritos de la jóven eran cada vez mas agudos y desgarradores; quería arrojarse por la ventana, pero el humo, la hacia retroceder y la elevacion la causaba terrible espanto.
Salta Bañon por medio de las llamas, entra, sube, pliega á la estancia donde sola y medio muerta yacia ya la jóven, vuelve á cruzar el fuego, la coge entre sus brazos, la escuda, baja, siente que la casa se le viene encima, ¡ve que las llamas le impiden el paso y desconoce su espesor.
Pero no hay tiempo para meditar; sujeta bien el cuerpo de la desmayada jóven, pronuncia el nombre dé Dios, atraviesa por las columnas de humo y fuego y sale al fin milagrosamente al exterior de la casa.
Apenas se hubo separado con su preciosa carga de la incendiada casa, cuando esta se desplomó con estrépito.
La joven al respirar el aire libre del campo volvía poco á poco de su desmayo y tuvo la suerte de no sufrir lesion alguna; pero al oir aquel estruendo y ver el triste estado de su casa, quedó otra vez sin sentido en los brazos del esforzado Guardia.
Algunos minutos trascurrieron antes que la jóven volviera en sí merced á los cuidados de su libertador.
Al poco tiempo llegaron algunos labradores mas y con ellos tambien el Sr. Fernandez, padre de la acongojada joven doña Elisa.
¿Cómo pintar lo que este sintió al tomar de los brazos de Bañon el cuerpo de su hija? no sabia qué decir al Guardia; lloraba y reia al mismo tiempo.
Ofreció á los Guardias un bolsillo lleno de oro que ellos rehusaron con dignidad, y los vivas mas frenéticos y entusiastas á la Guardia Civil rasgaron los aires.
El Sr. Fernandez puso el suceso en conocimiento del Excmo. Sr. Duque de Ahumada quien concedió al Guardia Bañon, por propuesta á S. M. la cruz de María Isabel Luisa
Los tribunales ordinarios entendieron en la conducta del criado Fulgencio Perez; y al conocer el fallo, el viejo y honrado aragonés exclamó derramando lágrimas:
—Se lo he dicho muchas veces. ¡Habia de tener mal fin!

 

HISTORIA GRAFICA DE LA GUARDIA CIVIL

 

 

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