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BLANCA Y CONCHILLO. (2 de Junio de 1853)

  • Escrito por Redacción

bandoleros

Traemos a nuestro Diario un nuevo relato de aquellos primeros años dificiles de la andadura de nuestra Guardia Civil, como los anteriores sin corregir, respetando el lenguaje y la ortografía de la época y con el que los encontramos en la CRONICAS ILUSTRADAS DE LA GUARDIA CIVIL, de D. ELISARDO ULLOA y publicado en el año 1865

BLANCA Y CONCHILLO. (Junio de 1853)

He ahí dos nombres que en no pocas ocasiones han llevado consigo el espanto, el terror, las desgracias, el crimen.

Dos nombres cuya sola pronunciacion ha sembrado el miedo en el tranquilo seno de las familias.

Lo hemos dicho ya: hay criminales que no son hombres, que son organizaciones formadas solo para el mal, y en las que no puede caber la menor idea de virtud; criminales que matan para satisfacer una necesidad, como beben cuando tienen sed; criminales, á los que no doblegan los padecimientos y castigos; criminales que solo en el último momento de su vida sienten el remordimiento; hombres, por último, á los que hay que tratar como á los canívales antropófagos de los bosques vírgenes.

Pablo Blanca y Julian Conchillo, eran de estos. Hermanados por el crimen y con igual ceguera de conciencias, habian vivido unidos gran parte de su vida, ya en los desfiladeros de los caminos, ya en los patios de los presidios.

Suele suceder que los criminales guardan ciertas consideraciones á los hijos de su mismo pueblo, favoreciéndolos si pueden, ó no intentando nada en contra de su tranquilidad.

No asi esos dos desalmados, y especialmente el primero, que en las diversas épocas de sus correrías por Ios contornos de Cazorla, cebó en sus paisanos con ansia impía su sañudo afan de hacer mal, con mas voracidad que en otras provincias.

Vamos á dar noticia de un detalle de sus vidas, para que por él y sin necesidad de mayores esplicaciones comprenda el lector los caractéres de aquellos dos hermanos del crimen.

Hallábanse ambos en presidio y preocupados por el pensamiento de fugarse que tantas veces asalta las mentes de los presidiarios, hallaban muchos obstáculos para realizar su proyecto.

Al fin, fueron venciéndolos todos y concertando el plan; pero quedaban unos muy principales: los grillos.

Estos eran sólidos y les impedian lanzarse á una rápida carrera, cosa necesaria para completar la evasión.

¿Cómo dominar aquel grave inconveniente?.

Limar el hierro, fué lo que primero se les ocurrió; pero no tenían lima ni á la sazon mas armas que unas cucharas de boj cuyos mangos habian aguzado en forma de puñales restregándolos contra las piedras.

En estas dudas y proyectos pasaron algunos dias, y al fin de ellos, en ocasion de comer el rancho en el patio grande, el feroz Blanca dijo á su compañero.

—Tengo en mi poder una hoja de navaja puesta como cuchillo.

—Algo es algo; ya podemos matar sin ruido si hay necesidad—contestó Conchillo—pero con esa navaja no podemos limar estos hierros.

—No; pero es lo mismo.

—Esta noche en el calabozo sabrás lo demas. ¿Está todo preparado?

—Sí... todo.

—Pues bien; nada te importen los grillos; quedaremos sin ellos.

—¿Cómo?

—Sacándolos del pié.

Conchillo no pestañeó: habia comprendido el proyecto de su amigo y se admiraba de la serenidad de Pablo Blanca.

Al dia siguiente Blanca y Conchillo se habian fugado; los grillos estaban en el calabozo.

Al lado de ellos habia unos pedazos encallecidos de carne humana: eran los talones de los criminales cortados por la navaja. (1)

Este solo hecho, basta sin necesidad de otros para que se conozca la fuerza de maldad que aquellos hombres debian abrigar en su alma y utilizar en sus crímenes.

Dicho esto, pasemos al fondo de nuestra histórica narración.

Amanecia el dia 2 de Junio de 1853.

La nueva luz, penetrando por Jas ventanas, jejas y puertas de la cárcel de Cazorla anunciaba á los presos la llegada de un dia mas que habia de pasar dejando rastro en las vidas y procesos de alguno.

Un dia mas, en las cárceles, suele ser un paso para los presidios. Un dia mas, en los presidios suele ser un paso para la capilla. Un dia mas, en la capilla, es el cadalso.

El alcaide de la cárcel de Cazorla (Juan Bello Moreno) avisado tambien por la nueva luz de que era el momento de entregarse á los primeros trabajos del dia, se vistió, como tambien un hijo suyo, y, cogiendo un pesado manojo de llaves, salió de sus habitaciones hácia el patio.

En su arrugado rostro, en su cabello cano, en su pasoincierto, vacilante y lento, demostraba bien haber llegado á una avanzada edad.

Una vez en el patio, despertó á varios presos diciéndoles que se levantaran, pues debian ocuparse en la limpieza de la cárcel.

Empezó tras esto el ordinario rumor en aquel edificio y varios presos se levantaron.

Entre estos, habia dos que mientras se arreglaban sus vestiduras se dijeron en voz muy baja:

—Hoy nos toca limpiar.... qué hacemos?

—Limpiarnos nosotros de la cárcel.

—¿Te atreves?...

—Me estraña la pregunta. Creo que nos conocemosbien y ya sabes que para quien se ha visto en mayores peligros, estoes «tortas y pan pintado». ¿Tienes la navaja?

—Sí, que es grande como esperanza de ajusticiado. Conchillo la habia cosido á la costura interior del pantalon y con mano sutil la sacó de allí y ocultó bajo su blusa.

—Ya está mas á mano.

—Pues con ella y nuestra buena suerte, estaremos fuera de la cárcel en menos que dá un salto una pulga loca.

—Salgamos ya.

Salen en efecto y encuentran al alcaide en el patio con otros presos.

Conchillo se arroja sobre el anciano alcaide y le clava en el pecho su navaja; el feroz Blanca, no satisfecho con esto, coje un ladrillo y lo arroja haciéndolo mil pedazos en la cabeza del confiado viejo.

Quítanle al momento las llaves, y ambos fugados de presidio dán la voz de que salgan en libertad todos los que quieran, pues ellos tienen las llaves.

Reina por un momento la mayor confusion, pero solo otros dos se atreven á seguir á Conchillo y Blanca.

Encausados los demás, si algunos mas habia, por delitos leves y esperando pronta libertad, no Ies convenia buscarla así, porque se esponian á agravar mucho sus procesos.

Conchillo se habia dado él mismo un profundo corte en su mano izquierda al herir con su navaja al alcaide; pero aunque esta circunstancia le disgustó, puso la otra mano sobre la herida para detener algo la sangre y se lanzó con los demás á la fuga hácia la escabrosísima sierra de Cazorla.

En aquel momento, un jóven salía de la carcel corriendo desesperadamente hácia la casa-cuartel de la Guardia Civil.

La rápidez de su carrera, lo demudado de sus facciones y los sollozos que exalaba, nada bueno podian anunciar á los Guardias de aquella.

—¡Han asesinado á mi padre, señor cabo! ¡Los presos se han fugado!

Tales fueron las primeras palabras que dijo al que lo era entonces 2.° Ildefonso Lozano Ginés, comandante del citado puesto de Cazorla.

Ciertamente que la noticia no era de esas que permitían dilaciones; ármanse los Guardias en menos de un minuto y salen á paso acelerado de la casa-cuartel el cabo Lozano y sus subordinados José Salcedo Vela, Pedro Baquerino, José Murquí y Ramon Sampedro.

Llegan á la cárcel, reconocen el punto de la fuga y Lozano nota en aquel sitio manchas de sangre.

—Un hombre vá herido—esclama—sigamos el rastro; la Providencia nos lo indica en esta sangre.

Siguenlo en efecto y guiados por las gotas de sangre que descubrían de tiempo en tiempo sobre las piedras y las yerbas llegan á la boca de un caño ó via subterránea que estaba oculta por las malezas de un espeso zarzal.

—Aquí tenemos alguno—dice el cabo.

Solo aquella providencial circunstancia pudo guiarles hasta allí.

La sierra de Cazorla es bastante triste y no tiene mas que cerros y pinos. La escasa gente que en ella habita no habia podido ni pudo despues dar á los Guardias indicia alguno de las guaridas á que se habian refugiado los criminales.

Al encontrarse con la boca de aquella oculta via, dió uno de los Guardias una fuerte voz intimando la rendicion á los que se suponían estaban dentro.

Solo el silencio mas profundo contestó.

Entonces, como uno de los individuos se dispusiese á entrar, oyóse dentro una voz que dijo:

—Esperen ustedes... saldré, porque sé que estoy perdido; aunque no podia figurarme que se atreviese nadie á penetrar aquí.

Y al decir estas últimas palabras apareció el rostro demudado de Conchillo, luego el cuerpo, y ya fuera de su madriguera, empezó á lanzar fuertes y bestiales imprecaciones contra lo mas sagrado. Los Guardias lo sujetan y atan.

Salen de allí y ven á dos hombres que van en precipitada carrera.

Les dan el alto; ellos se detienen, confiesan ser los fugados que iban en busca de sitio donde ocultarse, y se dejan atar sin la menor resistencia.

A las pocas horas de tan fatigosa persecucion vuelven los Guardias á Cazorla, y entregan los tres presos á los tribunales. Sin mas detencion, tornan á salir en busca del cuarto y mas temible.

El alcalde, dispuso que algunos paisanos acompañasen á los Guardias, y empezó la obra.

Faltaba Pablo Blanca.

Dos dias duraban ya las batidas por la sierra y nada se habia conseguido aun.

—El criminal está cerca pero oculto; dejará pasar algunos dias para que se pierdan sus huellas y al cabo saldrá.—Esto pensaban los Guardias y como la captura se hacia ya muy lenta, Lozano dijo á los paisanos:

—Ustedes tienen que dar de comer á sus familias que viven del trabajo de ustedes. Vuélvanse á Cazorla que nosotros sobramos para capturar al Blanca.

Hiciéronlo así los vecinos, escepto uno cuyo nombre creemos digno de publicar.

—Yo—dijo el llamado Domingo del Barco—no me separo de uste les; tengo alma de Guardia Civil y aunque durara años la captura de Blanca, no volvería á Cazorla sin acompañarle preso. Cuando ustedes se esponen por bien de todos, nosotros que estamos directamente interesados en él y podemos manejar un fusil, habiamos de permanecer quietos? He dicho que tengo alma de Guardia Civil y acompaño á ustedes.

Nada de cuanto Lozano dijo á Barco para hacerle desistir de su proyecto, pudo vencer la porfia del paisano que al fin acompañó á los Guardias como deseaba. (1)

Al dia siguiente, el cielo amaneció triste y sombrío y álas pocas horas descargó sobre la sierra una copiosísima lluvia y granizo que los Guardias sufrieron durante horas consecutivas hasta el punto de marchar completamente empapados en agua.

Esto, como es natural, no detuvo el minucioso registro que estaban practicando por las malezas de la montuosa sierra.

Al caer la tarde, bajaban por un inmenso cerro cuando distinguieron á regular distancia la figura de un hombre.

Este los vé tambien y rompe á la carrera.

Los Guardias, avisados por este indicio, corren tambien; le dan el alto y el sospechoso no obedece; quieren disparar, y los fusiles de chispa, mojados por la lluvia no dan fuego.

Adelántase el cabo Lozano á la carrera... lo que á continuacion vamos á decir pasó en el solo trascurso de un segundo.

Alcanza á Blanca (que el era el que huia), se ase á aquel terrible criminal sobre el borde del Barranco del valle; le desarma y le aprisiona con sus brazos privándole de los movimientos ofensivos:

Blanca entonces, que no podia olvidar lo que era, vé á sus piés el barranco, distingue en su fin una grande aglomeracion de malezas, conoce que estas podrán salvarle si llega á ellas, porque harían muy dificultosa la captura; y dando con sus pies un tremendo bote en la tierra, se lanza al barranco que tenia algunas varas de profundidad.

Posible era que el Lozano le soltase entonces y mas posible todavía que si no le soltaba uno y otro fuesen á parar á distintos puntos del abismo, en cuyo caso Blanca podia ocultarse nuevamente.

Pero no sucedió así.

Se arrojó Blanca y llevó tras sí á Lozano; pero en el aire este no habia abierto sus brazos con que rodeaba el pecho del bandido; unidos rodaron y unidos cayeron con rudo golpe en el fondo del barranco.

Allí se rompió en pedazos el fusil de Lozano; allí recibió este bravo Guardia contusiones graves y heridas; pero el bandido seguía oprimido por aquellos brazos y mordia la tierra rebosando coraje.

—Estás vencido—le decia el Guardia—y no quiero matarte.

Si nuestros lectores consideraran todo lo que hay encerrado en las cortas líneas que acabamos de escribir; si se hacen detallada reflexion de todas las circunstancias; de aquel salto, que llamaba Blanca de pulga loca, verán si bien lo examinan que hay en él una gran honra para el cabo Lozano que la merecia con muchísima justicia. No soltar á Blanca en el aire, conservarle sujeto en la caida y tener fuerzas para no dejarle huir despues de caer en el fondo, son circunstancias que hablan muy alto en pró del citado cabo y por consiguiente de la Guardia Civil que le tiene por uno de sus hijos.

Momentos despues de la caida llegaron los Guardias.

Y al dia siguiente el criminal Blanca estaba en la cárcel con los tres fugados.

Pocos mas habian pasado cuando Ildefonso Lozano Ginés fué nombrado cabo 1.° en recompensa de tan importante servicio.

Del libro “CRONICAS ILUSTRADAS DE LA GUARDIA CIVIL”

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