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LA CARCEL DE GERONA. (1854)

  • Escrito por Redacción

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Nuevo relato de CRONICAS ILUSTRADAS DE LA GUARDIA CIVIL, donde una vez mas se nos presenta el dia a dia de los primeros guardias civiles, en esta ocasión sobre unos sucesos ocurridos en la Carcel de Gerona en al año 1854.

LA CARCEL DE GERONA.

Todo es alarma, gritos y confusion.

La horrenda discordia agita su vengativa tea y hombres, mujeres y niños están dominados por su inmenso poder.

Así como una enfermedad es la muerte de un individuo, la discordia es la muerte de las sociedades, del orden y de las instituciones.

Y así como no nacia la yerba donde el caballo de Atila ponia su casco, así de donde la discordia pone su mano, no sale el bien.

Donde esta reina, reinan todos los males; donde hay union hay vida, hay fuerza, hay poder.

Su vida, su fuerza, su poder, debe la Guardia Civil á lo muy unidos que en gran familia están todos sus individuos.

Pero cuando falta aquella, la anarquía, la confusion la suspension de los efectos legales se enseñorean de las sociedades.

Tal, aunque momentáneo desorden, tenia lugar en Gerona, cuando los acontecimientos políticos provocaron allí el célebre pronunciamiento de 1854.

Las gentes inundaban las calles, semejantes á las olas de un mar embravecido.

Los ancianos, los adolescentes, los niños, las mujeres, tomaban parte en la general escitacion de los ánimos, llevados todos por la relacion de sus intereses particulares que venian á agruparse en solas dos diferencias, causas de la discordia entre paisanos y militares.

En los mas críticos momentos de aquel imponente drama, cuando los gritos, denuestos y amenazas habían llegado al mayor período de exaltacion, el Comandante D. Cárlos Mondelly Bernardini (1) mandó formar la primera compañía del entonces 2.° Tercio, que habia venido en su mayor parte concentrándose á Gerona.

Una vez formada, el mencionado Jefe llamó á uno de los Guardias, cabo 2.° ya conocido de nuestros lectores por el nombre de Jacinto Gonzalez Sanz, y le dijo:

—Cabo Gonzalez, los presos de la cárcel están en completa insurreccion y solo les falta poder franquear la puerta principal para fugarse. Hay sin duda personas de la poblacion que les ayudan á conseguir su objeto; pero además de esto, es tanto lo que gritan contra las autoridades civiles y judiciales que pasan bajo el arco de la cárcel, que he recibido orden perentoria de destacar allí alguna fuerza de las do mi mando no solo para evitar la evasion, sino para restablecer la calma. Elijo á usted para que mande la fuerza confiando en su valor y talento, pues ambas cosas son necesarias. Debo advertirle que entre los presos hay tres ó cuatro que son sin duda cabeza de motin; y entre estos uno muy desalmado que usted conocerá en seguida por ser el mas grueso de todos. Este criminal tratará de burlar á usted, pero como hay entre ellos algunos que las leyes condenan á muerte, deben morir antes que fugarse, pues tengo orden de que se los fusile á la menor resistencia.

—Mi comandante—replicó el cabo Gonzalez—prometo que no se burlarán de la Guardia Civil.

Entonces varios Guardias pidieron en la misma formacion acompañar al cabo para destacarse en la cárcel y Gonzalez salió para esta con doce decididos Guardias cuyos nombres no hemos podido averiguar, y lo sentimos.

Calan la bayoneta y entran en la cárcel.

El sargento comandante de aquella guardia, al ver á la Guardia Civil, se acerca al cabo Gonzalez con paso rápido y demudado semblante, dirigiéndole las siguientes palabras:

—¡Gracias á Dios que llegan ustedes! Si tardan quince minutos los presos estarían tal vez en la calle y mi guardia desarmada; porque de los diez y seis soldados que tengo solo dos son viejos, y creia imposible poder hacer mas resistencia con los quintos. (1)

—Pues bien—contestó González—nosotros que conocemos á los pájaros que hay en esa jaula, piando por salir, entraremos dentro, y pelearemos con ellos si es necesario. En tanto, cuiden ustedes de la puerta y de los enemigos exteriores, que para los ciento ochenta presos que hay dentro, bastan mis doce Guardias.

—Mucho me alegro—replicó el sargento—que hayan confiado á ustedes este peligroso servicio.

La puerta interior fué abierta y los Guardias penetraron en el primer patio de la cárcel.

Si gran confusion reinaba en algunas calles, no era ni con mucho menor la de aquel triste recinto donde ciento ochenta delincuentes pedian su libertad.

Gritos soeces, cinicas amenazas, cantares estúpidos, todo reunido formaba una algarabia de que no es posible dar idea.

Al presentarse la Guardia Civil todos callaron como por ensalmo y en los rostros atezados y aviesos de aquellos hombres se retrató la admiracion.

Admiracion que justificaremos diciendo á nuestros lectores que se habia procurado engañar á los presos haciéndoles creer que los Guardias no existían ya por no haberse querido pronunciar.

El cabo Gonzalez, segun relacion de un desinteresado testigo presencial, puso su corta pero decidida fuerza descansando sobre las armas.

Entonces aquella imponente masa de hombres sin Dios y sin ley, se desató en denuestos é injurias contra los Guardias que tranquilos y serenos estaban ante ellos apoyándose en sus fusiles.

—Muera la Guardia Civil!—fué lo menos que pidieron con descompuestas voces y horribles gestos aquellos miserables, haciendo ademan de lanzarse sobre los Guardias.

Estos, formaron entonces en dos pelotones por orden de Gonzalez, que encargó el mando del segundo á un Guardia 1.° que creemos haya sido el hoy cabo 1.° José Gallegos.

Este con sus cinco Guardias quedó para defender la puerta y el cabo Gonzalez con los restantes se internó por las estrechas crugías de la cárcel, en busca de los principales instigadores del motin, qne estaban ocultos.

Tanta intrepidez admiró aun á aquellos mismos hombres huérfanos del bien: trece Guardias penetrando impávidos en medio de ciento ochenta delincuentes que conocian á palmos la cárcel, era un espectáculo demasiado grande. Los presos no hicieron el menor movimiento de hostilidad.

He ahí como se conquista la fuerza moral, y he ahí tambien beneficiosos resultados que produce una vez conquistada.

Digamos ahora, siguiendo el orden de nuestros apuntes, lo que pasaba en el calabozo mas interior y elevado de la cárcel.

En él se hallaban como una media docena de hombres de feroz é imponente aspecto, á causa de esa fatídica marca que el crimen imprime en las fisonomías de sus, hijos, los cuales siempre se parecen algo á su padre.

—Dejadlos—decia uno de los criminales de miembros de hierro y colosal figura—dejadlos que lleguen... les arrojaremos por la azotea á la calle y ya nos contarán que tal les ha ido en el viaje. Si vienen hasta aquí, están completamente perdidos; nosotros no tenemos hoy que perder mas que la vida, y ya que de las dos maneras está perdida, veremos si por la tercera la salvamos hoy; á la ocasion la pintan calva... y ¡hay que cogerla por el único cabello que tiene.

—Es verdad—replicó otro—pero ese cabello es la Guardia Civil.

El preso que habia hablado primeramente se encogió de hombros, movimiento que le era muy habitual, y al ver que un compañero entraba apresuradamente en el abierto calabozo, le preguntó:

—¿Qué hacen los Guardias, Matías?

—Siete vienen hacia aquí.

—¡Siete nada mas!—esclamó el primero soltando una estrepitosa carcajada—¡siete nada mas! si creerán que somos unos niños que vamos á llorar si nos azotan con la mano?

—No lo sé—contestó el primero—pero no las tengo todas conmigo.

—¿Estás loco, Matías?

—No, sino muy cuerdo. Esperad.... ois algo?

—Sí.... mira: allá van.... por aquel pasillo; y los demás le siguen sin atrevérseles!

—Está visto que si yo no barajo—dijo el hércules—vamos á perder el juego.

Matías, que temblaba á mas y mejor no oía sin alguna desconfiánza aquellas fanfarronadas y no pudo menos de decir:

—Te aconsejo que no confies mucho, porque conozco demasiado al cabo que los manda. En Diciembre del año pasado y cerca de la villa de Rivas, logró él con solos dos Guardias hacer lo que no habían hecho los mozos de Escuadra y un piquete de 16 á 20 hombres, descubriendo en un dia y por medios que nadie podia figurarse al autor de un anónimo en el Cual amenazaban con la muerte al dueño de una quinta si no entregaba doce onzas de oro. (1)

Yo era entonces amigo del molinero y te repito que no confies mucho en tu idea.

—Solo abres la boca para decir necedades, Matías. A ver, contestadme vosotros: trece Guardias entre ciento ochenta presos, á cuanto toca?

Esta salida escitó la alegría de los demás presos y uno de ellos que debia ser versado en cuentas, sin duda por particiones de los robos que habia hecho, contestó inmediatamente:

—Divide á cada uno de los Guardias en catorce trozos y tendrás poco mas ó menos tantos trozos como presos somos nosotros.

—Quiere decir que...

—Catorce contra uno.

Matías, si bien daba oido á las cuentas de sus compañeros, no perdia de vista la marcha de los siete Guardias que recorrían la cárcel.

Y como en aquel momento los viese cercanos, esclamó:

—¡Ahí vienen! ¡Ahí vienen!

—Me alegro—dijo el forzudo preso—ya podeis rezar por ellos.

Este miserable debia ser un tanto fanfarron, porque segun los Guardias con Gonzalez á la cabeza, se aproximaban al calabozo, su ánimo iba amainando y tantos brios solo sirvieron para hacerle concebir una necia estratagema.

Aparecieron prontamente en la puerta los decididos Guardias, penetraron en el calabozo, y el preso no preguntaba ya á qué número de presos tocaba el de Guardias Civiles; sin embargo de que estos estaban por todas partes rodeados de una masa de hombres que con solo estrecharse hubieran podido ahogarles á causa de que la desproporcion del número era enorme como hemos visto.

El prisionero que aparecia capitaneando a los demás, se acercó entonces á Gonzalez y con irritante cinismo, le dijo:

—Los que ustedes buscan no están aquí; así pues, trate de no molestarnos mucho.

¿Describiremos lo que pasó par el alma del cabo Gonzalez y sus Guardias al verse reconvenidos por un criminal de treinta años de presidio y que era el mismo que tenían anotado para fusilarle en el acto si era preciso?

Todos nuestros lectores lo comprenderán: los del Cuerpo, por serlo; y los que á él no pertenezcan porque conocen ya por los anteriores relatos cuán pundonorosos militares son los Guardias Civiles.

Una nube de ira que pasó por la vista de Gonzalez, le hizo poner maquinalmente su dedo en el gatillo del fusil.

Pronto, sin embargo, el raciocinio que no debe abandonar nunca á los hombres vino á ocupar el lugar de la pasion evitando así mayores conflictos que especificaremos luego.

Las leyes pesaban ya de antemano sobre aquellos hombres; lo que se quería era que no burlasen el poder de aquellas aprovechando las circunstancias; si esto no podia conseguirse por medios fáciles, los Guardias estaban allí y tiempo habia de recurrir á los extremos. Gonzalez, comprendiéndolo así, arengó á los presos, diciéndoles entre otras cosas:

—Vengo decidido y con orden expresa de hacer que se respeten las leyes, valiéndome para ello de todos loa medios. Ustedes son delincuentes que están presos y nada tienen que ver con lo que fuera sucede. ¿Quieren ustedes la libertad? bien; la obtendrán si viene autorizada; pero si intentan tomarla por sí mismos, aquí está la Guardia Civil que no lo consiente... y ya saben ustedes lo que vale cuando ella lo dice. Tendrán ustedes todos mordaza, si gritan; se verán atados si quieren correr y morirán en el acto si se atreven á hacer resistencia. Así pues, escojan ustedes: ó retirarse á sus calabozos ó morir en nuestras bayonetas.

Mientras el cabo 2.° les arengaba no estaban ociosos los presos.

Rodeaban á los Guardias y buscaban cautelosamente el medio de apoderarse de sus fusiles.

Pero, por muchas que fueron sus vueltas, siempre los Guardias les presentaban la punta de la bayoneta y los presos se veian burlados.

¿A qué, pues, atribuir lo que despues sucedió allí? pronto lo diremos.

El cabecilla del motin, despues de oir al cabo, hizo un segundo encogimiento de hombros y se internó en el calabozo.

Entonces se vió una cosa que acaso no tiene ejemplar en muchas historias.

Se vió que ciento ochenta presos desfilaron pacificamente á sus respectivos calabozos y se vió á solos siete hombres cerrando las puertas y corriendo los rastrillos.

Y téngase muy en cuenta que entre aquellos desgraciados habia algunos sentenciados á muerte; y de esperar era que, muerte por muerte, eligieran el riesgo mas ó menos probable de la ocasion que se les presentaba.

Y sin embargo, bajaron las cabezas y penetraron sumisos en sus celdas.

¿Es esta ó no una gran victoria de la fuerza moral?

¿Son necesarios otros hechos para hacer mas visible la gran importancia que en corto tiempo se ha conquistado la gran creacion del Excmo. Sr. Duque de Ahumada?

Orgulloso debe estar este de su obra y de lo bien que ha sido comprendido en un tiempo en que corren con sobrado realce en la sociedad, todos los principios opuestos á los de rigida moral que campean en esta Institucion.

Ciento ochenta delincuentes que conceptúan á la Guardia Civil como su enemigo á muerte, ciento ochenta presos, llegados de diversos parajes, castigados por crímenes de todos géneros, ciento ochenta presos, en fin, unidos y en tales circunstancias por el ánsia de libertad, bajando la cabeza ante el severo continente de siete Guardias Civiles, es un hecho demasiado elocuente para que nosotros pequemos de difusos desmenuzando los comentarios á que se presta.

Cuando el oficial de la compañía recibió parte de que se habia ya restablecido el orden, no lo creyó, por parecerle imposible atendidas todas las circunstancias del suceso.

—¡Esa gran masa de criminales—exclamó admirado—no les ha opuesto á ustedes resistencia alguna!

No, y no era esto solo lo que se habia conseguido.

Era dia de pronunciamiento y en las horas de mayor conmocion y gravedad; ¿quién adivina el conflicto que cuando nadie se. entendia hubieran ocasionado algunos disparos hechos en la cárcel, ó la salida de los presos?

¡Quizás, quizás la histórica Gerona deba á la Guardia Civil, al valor serenidad y prudencia de un cabo 2.°, el no haber vestido muchos lutos, el no llorar hoy grandes, dolorosísimos é irreparables desastres!

No sin fundamento ha recibido la Guardia Civil el alto é inmarcesible renombre de que goza hoy.

Decia un sábio en antiguos tiempos:

—Dadme un punto de apoyo y muevo el mundo.

Nosotros parodiando esa célebre frase, diremos á nuestro objeto:

—Dadnos hombres como esos y regeneraremos á la sociedad.

Respecto al individuo que tanto bien ha prestado á la misma con este servicio, cuya importancia no puede valuarse, creemos que el hecho es tal, que su solo recuerdo debe ahuyentar toda tribulacion de su vida, que su solo y gratísimo recuerdo debe hacer la felicidad de su existencia.

Si nosotros hubiéramos hecho tanto, siempre que quisiéramos sentirnos tranquilos y felices, no tendríamos que hacer otra cosa para lograrlo, sino traer á nuestra memoria aquel recuerdo de un lisongero pasado.

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