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RELATOS: Á MUERTE Ó Á VIDA (22-mayo-1861)

  • Escrito por Redacción

relatos-27-07

Querido lector, este que a continuación os presentamos es un nuevo relato de los servicios protagonizados por los primeros guardias civiles, como los relatos anteriores la fuente es como sabeis el libro "CRONICAS ILUSTRADAS DE LA GUARDIA CIVIL", de Elisardo Ulloa Varela y publicado en Madrid el 12 de octubre de 1864, en este caso y en lo sucesivo, transcribiremos estos relatos apasionados y de interes tal y como nos llegan, tal y como fueron escritos y publicados, sin corregir, como habiamos hecho hasta ahora y es que entendemos que no somos nadie para corregir al autor, que nos ha hecho llegar hasta hoy estas primeras actuaciones de nuestra querida Guardia Civil.

Á MUERTE Ó Á VIDA (22-mayo-1861)

Las primeras y pálidas tintas de la risueña alborada, del 22 de Mayo de 1861, comenzaban á teñir levemente de color rosáceo los lejanos horizontes.

Frescas ráfagas precursoras de la brisa matinal empezaban á estender la fragancia de los bosques con suaves oscilaciones; las aves sacudian sus pintadas plumas y algunas saltaban ya de árbol en árbol entre los que rodean la pequeña villa de Salvatierra de los Barros. (1)

Sin embargo, ninguna puerta se abre aun; las chimeneas no arrojan aun sus blancas espirales de humo; ningun rumor de vida humana se percibe; nadie cruza por aquellas solitarias calles

¡Ah!.... esperad: ahora sí.

Ved allí que adelanta al paso de su caballo y dirigiendo á todas partes investigadoras miradas, una persona que viste el uniforme de la Guardia Civil, con los distintivos de oficial.

Mira, sigue y se pierde con su caballo en la revuelta de una calle.

A los cinco minutos, se destaca sobre las tapias de las silenciosas moradas, otra persona, que anda y mira como la primera, y lleva tambien la misma direccion.

Tras nuevo y corto intervalo de tiempo, aparece otra que hace lo mismo que las anteriores é igualmente otra y otra que cruzan despues.

Digamos quienes son. Es la primera el capitan graduado, teniente D. Guillermo de Bazicher y Picazo, comandante de la linea de Jerez de los Caballeros. (1)

Los cuatro que á intérvalos le habian seguido eran los Guardias á sus órdenes: José Hidalgo Calero, Juan Pallares Heredia, Francisco Galban Perera, (de 1.a) y Vicente Masero Jáuregui, (de 2.a).

Dos de estos eran del puesto de Fregenal y dos del de Jerez de los Caballeros. Los últimos habian salido del suyo en aquella misma noche con el jefe de la línea.

Aunque al parecer diseminados, no tardaron en concentrarse ante una casa grande y de regular apariencia, á cuya puerta llamaron con mucho sigilo.

No tardó en contestarles una voz un tanto soñolienta, y abierta que fué la puerta penetraron silenciosamente y con mucha prudencia en aqueLla morada.

Dentro de esta empezó entonces la natural confusion ante el arribo inesperado de aquellas personas y el teniente queriendo abreviar la alarma producida, preguntó á una de las personas que bajaron á abrirle, por el presbítero D. Eugenio Gonzalez Forte.

Encendida que fué una luz, vióse delante de aquel; y despues de dar algunas disposiciones del momento, llamó á sus Guardias que ignoraban el motivo de aquella venida y con voz baja pero inteligible, les dirigió la palabra del modo siguiente:

-En esta misma madrugada deben llegar á este puey ocultarse en casa de un vecino, doce foragidos que hace cuatro meses forman en gavilla segun mis noticias. Pertenecen á esta villa y á la vecina de Salvaleon; son hombres que estan bien acomodados, pero todo lo deben á sus crímenes; son temibles en el país; han estado varias veces en presidio y en las cárceles por distintos delitos y al formar su partida quieren asaltar las casas de todos los vecinos mas acaudalados, habiéndose decidido firmemente á asesinar á todos los moradores de las que asalten. Desde que esto llegó por reservas é indicios á mi noticia, oculté á todos lo que sabia; vengo siguiendo hace cuatro meses las huellas de los facinerosos y estoy dispuesto á detenerles en el primer golpe que intenten dar, porque dado este se haría mas difícil la captura

Hoy lo sé todo ya. Tengo noticia fidedigna que es esta la casa que van á asaltar en la próxima noche y sé que su plan es el siguente:

Llegar aquí antes de la media noche; saltar las tapias del corral; subir al tejado de la bodega; bajar por él; entrar en la cocina donde creen que estarán como de costumbre el señor presbitero y su hermana; hacerles entregar todas las llaves; estrangularlos despues con cordeles que traerán preparados; hacer lo mismo con los sirvientes y demás personas de la familia; y efectuar finalmente el robo eso es lo que desean esos bandidos y no es poco. Debe haber en esta casa una puerta falsa que dá al campo y por ella proyectan salir con todos los efectos robados, contándose entre estos los granos que deben existir en el doblado. Creen que todo se hará impunemente porque cuentan tener la noche por suya.... Ya saben ustedes todo lo necesario; espero por lo tanto, que la noche no será suya, sino nuestra...

El teniente calló.

Las diversas impresiones que agitaron los ánimos de todos los que habian escuchado tan lacónica como exacta relacion, fácilmente las supondrán nuestros lectores.

El espirítu militar de los Guardias se enardeció ante la perspectiva de una próxima lucha; y todas las voluntades de las personas de la casa pendian de ios labios del Sr. Bazicher que meditaba en las disposiciones que creía necesarias para el mas cumplido éxito de la tan importante como honrosa empresa.

—Es necesario—continúo diciendo el teniente—que las cosas sigan en esta casa como de costumbre. Alguno de los malhechores andará alrededor de ella durante el dia y es imprescindible que no vea variados los quehaceres ordinarios. Recomiendo muchísimo esta circunstancia por ser esencialmente la primera y mas importante para el objeto que todos deseamos.

El venerable Sr. Gonzalez Forte prometió complacer

le en cuanto de su parte estuviera é igual manifestacion hicieron las demás personas de la casa.

Ahora, vean ustedes de aposentar en una alcoba á mis Guardias, y á mí en otra. En ellas seguiremos ocultos durante el dia. De estas disposiciones penden los buenos resultados de la captura. Consideren ustedes que son sus vidas y haciendas las que arriesgan en ello.

Dicho esto, inspeccionó minuciosamente el Sr. Bazicher todos los aposentos de la casa y se retiró despues á la alcoba qne habla juzgado mejor dispuesta para el plan estratégico que el denuedo y bizarría que tanto le han distinguido, le sugerían.

El nuevo dia abria entonces las risueñas lontananzas, y sus tibios rayos difundian por do quier la actividad, la animacion en los hombres, y la savia primaveral en los vegetales, que se erguían reanimados por los primeros y alegres rayos del naciente sol.

-Los moradores de aquella casa se entregaron todos como habían prometido á los trabajos cuotidianos y nadie durante el trascurso del dia pudo enterarse de que en la casa del Sr. Forte habia cinco individuos de la Güahdu Civil que esperaban á doce bandidos.

Esta última circunstancia llegó á noticia de un hermano del presbítero el cual dijo dirigiéndose al Sr. Bazicher:

—Puesto que sabemos cuantos son los malhechores creo conveniente llamar á algunos amigos para que las fuerzas se igualen....

El teniente no le dejó concluir.

—Rehuso decididamente—dice—auxilio alguno.—Añadiendo con arrogancia y cómo avergonzado de que se creyese necesario aquel (1).

—Yo no necesito á nadie mas y mis Guardias tampoco. Bastamos para entregar vivos ó muertos á doble minero de los que vendrán!

Los Guardias, con palabras apagadas aunque con ademanes muy significativos aplaudieron decidida y lealmente las frases de su Jefe que escuchaban desde la alcoba contigua.

—No creo—continuó el bravo teniente—que sea necesaria mas fuerza; pues á haberlo creido así, la hubiera hecho venir sin necesiad de recurrir á extraños auxilios. Siempre he estado firmemente persuadido de que siendo como es, mucha la diferencia entre el Guardia y el criminal, debe en estas ocasiones quedar muy de manifiesto, porque así conviene á la honra y prestigio de la Institucion de que somos hijos. Quiero que vean siempre los criminales que su número no hace nunca al caso y que los tenemos en muy poco. Nadie mas que nosotros cinco entrarán en la lucha. Traer mas fuerzas seria dar á entender á los foragidos que valen tanto como nosotros...: y eso, nunca, señor Gonzalez Forte!

No se insistió mas sobre este punto, despues de las dignas, caballerosas y ejemplares palabras del señor Bazicher; y este con sus Guardias eran las únicas personas que en la casaaparecian tranquilas; pues las demas al dedicarse violentamente á los quehaceres domésticos creian á cada paso que daban ver saltar delante las fatidicas figuras de los facinerosos. De tal modo que si bien algunas se quedaron, otras abandonaron la casa desde los primeros momentos.

Conveniente será hacer una descripcion exacta de esta si han de ser bien comprendidas las escenas que van á seguir.

La casa es grande y con las condiciones que se recomiendan en aquellas cuyos dueños hacen grandes labranzas. Entrase en ella por una de las calles mas llanas del pueblo y la puerta abre á un espacioso portal que rompe á su vez en tres diversas y opuestas direcciones.

A la izquierda, hay una sala grande con tres alcobas y otra mas pequeña con alcoba tambien á la derecha.

En el frente una puerta da paso á la cocina; queda esta á la izquierda y sigue un estrecho pasadizo que concluye en el corral.

Antes de llegar á este y próximas á su fin, tiene el pasadizo dos puertas laterales. Al pié de una nace una escalera que conduce á los doblados. La otra en opuesto lado cierra la bodega.

Una de las paredes de esta, de tres varas de altura, cimenta en el corral que es muy desahogado que tiene varias dependencias y mira al campo por una tapia muy baja en la que está colocado el cancel ó puerta falsa.

La disposicion de los doblados es bien conocida de todos y el destino de acaparamiento que se les dá.

Pasó el dia sin que nada insólito inquietase á los moradores de Salvatierra de los Barros.

Despues de anochecido, dejó el teniente la habitacion que ocupaba y dictó las últimas disposiciones.

—Hernan-Cortés—pensó—al llegar á América, quemó sus naves para quitarse toda retirada y no salir de allí sino vencedor ó vencido. Hagamos aquí lo mismo.

Así les participó á los Guardias su resolucion. Sus veteranos confiaban en él; él en ellos... y con esta confianza son invencibles cinco valientes que han oido muchas veces los silbidos de las balas y el crujido del cañon en el campo de batalla.

Así fué que tomaron los Guardias las disposiciones oportunas apostándose seremos en los sitios designados, sin que el menor asomo de temor entibiara el valor y mutua confianza.

El teniente dispuso que las mujeres que no habian querido salir de la casa, fuesen cerradas en los doblados y dando tambien prudente colocacion al hermano del presbitero D. Francisco Gonzalez Forte con sus hijos, poniéndolos en lugar seguro donde sin el menor peligro presenciasen los sucesos, opúsose con inquebrantable decision á que ninguno tomase parte en los acontecimientos que pudiesen sobrevenir.

Ya dos Guardias estan colocados tras una puerta. Si los bandidos entran, la cerrarán; cerrarán tambien la de la bodega... y entonces no habrá retirada posible; la lucha será furiosa, desesperada.

—¡A muerte ó á vida!—era la frase de aquellos veteranos.

Las horas pasaron.

Al ser la de diez la puerta principal de la casa fué cerrada segun costumbre; el señor Bazicher mandó que un farol de buena luz fuese escondido con mucha reserva en un lugar de fácil acceso por si la lucha comenzaba á oscuras (como así sucedió) y despues de esto, con ansiedad mortal por un lado y con serena decision por otro, se esperó.

La noche seguía adelantando; pronto la casa quedó sumergida en el mas sepulcral silencio.

Salgamos nosotros de ella, porque otros acontecimientos reclaman ahora nuestra mayor atencion.

Y veamos como un hombre tendido en la parte esterior de la tapia que daba al campo, se levanta al ser las once, adelanta alejándose de la casa y tropieza con otros nueve que venían hácia él.

—Qué hay de nuevo?—preguntó uno de los segundos, que parecía ser el capitan de la gavilla y tenia por nombre Martin Sanjuan.

—De nuevo, nada. La casa ha estado esta noche como siempre; hace una hora que todos se han recogido y te aseguro que ni nos esperan ni tienen la menor sospecha de la visita de cumplido que vamos á hacerles.

—Me alegro—dijo Sanjuan.

—Y yo, porque esto es de buen augurio al empezar nuestro primer trabajo—añadió otro de los bandidos llamado Francisco Guillen.

—Silencio—replicó con fuerte acento Sanjuan—ya estais enterados de mi plan. Para evitar inconvenientes quiero advertiros que todo el que tenga la mala suerte de vernos, morirá.

—Ya lo sabemos.

—Primero á librarnos de las personas; despues á tomar el dinero y alhajas; y por último si hay tiempo, tomaremos algo de los doblados... pero todo con mucha precaucion!

—Bien; cenaremos en ellos—contestó otro nombrado Fernando Rojas.

—Pero— interrumpio Guillen—veo que solo somos diez y debiamos ser doce. ¿Qué ha sido de los otros?

—Se han arrepentido á última hora y no han querido venir.

—Mejor que mejor; el negocio es fácil, nosotros nos bastamos y así tocará mayor parte á cada cual.

—Temo que nos vendan los dos que no se atrevieron á venir—dijo sentenciosamente José Diaz.

—Y yo no—afirmó Sanjuan. Si lo temiera ya no estarían vivos.

—¡A la obra! ¡á la obra!—esclamaron en bajo tono algunas voces.

—Pues manos ála obra—dijo Sanjuan.—Estamos armados y dispuestos; todo nos convida á pasar una buena noche... pero antes, enteraos bien de lo que voy á decir. Es preciso escalar á brazo las paredes del corral y bodega; romp3i' el techo de esta y entrar sin dejar tiempo á un solo grito. Tú, Juan Mendez, y tu hijo José os quedareis de espera en el corral, como os he prometido esta mañana al llegar.

Gestos y ademanes de aprobacion y alegría dieron fin á tales instrucciones, y previniendo las armas, tomaron con paso resuelto hácia la silenciosa morada que iba áser teatro de sangrientas pero gloriosas escenas.

Saltan las tapias con la agilidad del gato; suben al techo de la bodega; lo horadan en breves momentos y caen en la primera estancia con ligereza y particular sigilo.

Salen de la bodega, ayudados por una luz que llevaban.... y la puerta por la cual habian pasado se cerró silenciosamente tras ellos.

No era posible ya la retirada; á muerte ó á vida.

Iba á suceder á aquellos diez hombres lo que á muchos otros, que yendo, como suele decirse, por lana.... salen perfectamente trasquilados.

Nunca como ahora echamos de menos en nosotros el genio que cantó las glorias de las antiguas guerras. Quizás con mayor razon que los antiguos le necesitemos.

¿Qué héroes nos han descrito Homero, Virgilio, Fenelon, Ariosío y otros? Hombres que nunca eran heridos porque eran invulnerables; hombres que nunca podian ser vencidos, porque eran invencibles; hombres á quienes los dioses decían protejer y cubrían con nubes y escudos para salvarlos.

¿Qué mérito concederemos á esos supuestos heroes de la religion mitológica? Ninguno...

Pero ved aquí cinco hombres que no son invulnerables, que van á luchar contra doble número, que presentan descubierto el noble pecho sin que una coraza ó cota de mallas lo escude; que mueven libremente la altiva cabeza sin que un pesado casco ó yelmo de cimera para los golpes; que son hombres, en fin, no convencionales semi-dioses.

Y vedles que luchan; vedles que arriesgan su vida porque no son como aquellos inmortales; vedles heridos y luchando; vedles vencedores, en fin!

Si; vedles luchando; ved que los bandidos al llegar á la sala encuentran delante de sí á solos tres hombres; ved que apagan instantáneamente la luz y se arrojan sobre ellos lanzando roncos bramidos y maldiciones.

Ved que el teniente y dos Guardias reciben solos el primero y mas impetuoso choque de los bandidos que no eran ciertamente de los mas cobardes.

Suenan tremendos golpes; los foragidos quieren salir; dos Guardias que les habian encerrado en la casa, llegan, caen sobre ellos á su vez, el farol tan previsoramente oculto lanza su luz dudosa sobre los combatientes

.     .     .     .     .     .     .     .     .     .     .     .     .     .     .     .     .     .

.     .     .     .     .     .     .     .     .     .     .     .     .     .     .   .     .     .

La lucha es general, fuerte, sostenida, ¡á muerte ó á vida!

No acobardó la sorpresa á los bandidos; fiaban en dos cosas que eran exactas sin duda alguna; su número mayor que el de los Guardias y la dificultad evidente que tenian estos de jugar con toda libertad la bayoneta en tan estrecho recinto.

Una roja llamarada ilumina la aviesa fisionomia del bandido.

¡Pobres inconvenientes! A pesar de todos ellos, el éxito no podia, no debia ser ni por un momento dudoso.

El cabecilla Sanjuan fué el primero que se colocó ante el señor Bazicher.

Le ordena este con voz firme la rendicion y el bandido contesta con una puñalada dirigida impetuosamente al pecho del bravo oficial.

La detiene este; pero el puñal se clava en la muñeca del brazo derecho dejándolo sin movimientos. (1)

Con la otra mano empuña el bravo teniente su rewolver; suena la detonacion y una roja llamarada ilumina la aviesa fisonomía del bandido que cae muerto instantáneamente.

Desde este punto, la lucha recrudeció; no parecian ya hombres los que allí se batian.Los ladrones, con broncas esclamaciones de coraje se animaban y dirigían mutuamente.

Se llegó entonces á aquel terrible momento de los combates cuerpo á cuerpo, en que huye del corazon toda piedad, en que el coraje ofusca; en que el hombre se bate con el impulso ciego del volante que gira, de la roca que se despeña.

El teniente lo conoció y á tiempo que se las habia con otro de los bandidos, gritó á sus Guardias:

—¡No mateis á los que se rindan!

Esta orden, de gran importancia en aquel momento, contuvo algun tanto la ira de los defensores de la casa.

Los ladrones hacian esfuerzos desesperados por abrirse paso y cada vez embestían con mayor furia.

Los Guardias hicieron algunos disparos y sus carabinas se convertian despues en terribles mazas.

Un Guardia levanta á un bandido por la cintura, le imprime movimiento y lo lanza como una masa contra la pared.

Otro de sus compañeros hace rodar á un ladron hasta el pasadizo, con un fuerte golpe de culata.

Todas las frentes vierten copiosas gotas de sudor; todas las respiraciones son difíciles y silbadoras; en todos los labios asoman los espumarajos de la ira.

Es imposible describir aquella terrible escena dividida á cada momento en tantas otras.

Hombres que caen, se levantan, luchan, gritan, mueren...

Bastará un solo detalle para darnos idea de aquella furiosa lucha: el cañon del fusil del Guardia Francisco Galban,(1) resultó cortado completamente de una puñalada.

A la media hora todo habia cesado.

Los bandidos estaban:

Martin Sanjuan (capitan) muerto.

Francisco Guillen, idem.

Francisco Garrido, idem.

Fernando Rojas, herido.

Timoteo Carretero, idem.

Alonso Gusiado, idem.

José Diaz, idem.

José Mendez, Juan Mendez y José Mendez, rendidos sin lesion y aprehendidos.

Los individuos del Cuerpo sufrieron, además de la honrosa herida del señor Bazicher y Picazo, algunas contusiones de escasa gravedad.

Increible parecería esto en una lucha de media hora, en sitio tal y con las circunstancias de que hemos hecho ligera mencion, si otros cien ejemplos no viniesen ácorroborar las palabras que el bizarro teniente dirigió al señor Gonzalez Forte, cuando este le aconsejaba aumento de fuerzas.

Si quedó ó no desengañado dicho señor, lo dirán sus mismas frases escritas:

—Asi cumplió el teniente su palabra de entregar vivos ó muertos á todos los que entraran en la casa.

Las manifestaciones espontáneas y oficiales que mereció este notable hecho de armas despues de hacerse público, son numerosísimas y honran indistintamente á los cinco valientes hijos de esta Institucion.

Los Jefes, las autoridades locales, la prensa, los vecinos, todos han aplaudido esa victoria.

Ya por la bizarría imponderable que condujo á tan brillante resultado; ya por la abnegacion y celo que no les hizo titubear en afrontar fuerzas mayores; ya por lo digno de imitacion y honroso que era para el Cuerpo tal ejemplo; ya por la serenidad y denuedo de los defensores de las leyes que rechazaron todo auxilio; ya por el acierto, precision y reserva del señor Bazicher al adquirir las noticias que le guiaron á prestar el servicio; ya por la gloria de este; ya, en fin, porque evitó dos cosas:

La consumacion de varios crímenes que hubieran consternado á la sociedad.

Y la repeticion de estos por aquella banda de miserables centro y núcleo de otras muchas.

Todos encarecian á porfia este brillante resultado y todas asimismo pedian á S. M. las recompensas que la sociedad debia á aquellos cinco corazones de héroes, que aceptando la lucha en el punto mas estremado habian salido vivos, esto es; vencedores.

Solo muertos hubieran sido vencidos.

La lucha era Á MUERTE Ó Á VIDA.

CRONICAS ILUSTRADAS DE LA GUARDIA CIVIL

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