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PARTE OFICIAL SOBRE LOS SUCESOS DE CASTILBLANCO

  • Escrito por Redacción

SucesosdeCastilblanco-GuardiaCivil1931República2

PARTE OFICIAL DEL SUCESO DE CASTILBLANCO (BADAJOZ).

 Parte oficial del suceso de Castilblanco (Badajoz).

31/12/1931.

Teniente Coronel Pedro de Pereda Sanz, Primer Jefe de la Comandancia.

Requerido por el alcalde Felipe Magarzo para que disolviera la manifestación (este requerimiento se encontró en uno de los bolsillos del cabo). José Blanco, sin opción ya, ordenó la salida de la fuerza, y ésta avistó la manifestación cuando próxima a la Casa del Pueblo, situada para mayor sarcasmo en la calle Calvario, dudaban los que la dirigían entre entrar o continuar protestando. El cabo avanzó solo, y, con el fusil colgado de un hombro, se dirigió al presidente de la Casa del Pueblo, Justo Fernández López, a quien halló en la margen derecha de la calle y en medio de un buen número de socios. Con la tranquilidad del que cree parlamentar con buenos amigos acercose a él, dejando su fuerza más atrás, entre los grupos, y con palabra amable, rogole que cesase la algarada y después circulara el grupo por las calles.

Inopinadamente, y como respondiendo a un fin propuesto, a los ruegos del cabo contestó su interlocutor sujetándole los brazos, al mismo tiempo que otros trataban de desarmarle.

El cabo Blanco, joven y hercúleo, a tirones se desprendió de sus adversarios e intentó retroceder para prepararse a la defensa. Hilario Bermejo Corral, alias "Retuerto", con un puñal, y por detrás, le asestó una puñalada que entrando por la nuca le perforó la totalidad del cuello, saliendo la punta por debajo de la barba. El lamento del cabo al sentirse herido fue seguido de la detonación producida por el disparo hecho por el guardia segundo Agripino Simón Martín tratando de defender a su superior, que, tambaleándose y desangrándose, aún pudo llegar a la pared próxima, queriendo en un último esfuerzo apoyarse en ella para disparar su fusil contra los atacantes; al llegar él a un montón de piedras, se le abalanzaron, y, quitándole el arma, el mismo "Retuerto" que antes le hirió le hizo un disparo al pecho cuando ya, desplomado y apoyado en la pared, se debatía en los estertores de la muerte, producida por la hemorragia que había determinado la herida recibida al comenzar la lucha. Sus compañeros, súbitamente atacados por los individuos que constituían los grupos que les rodeaban, y sin duda así lo habían proyectado, fueron muertos primero a tiros de pistola, y maltratados después con piedras y a golpes de mazas con gruesos palos de encina. En sus cuerpos se hundieron una y cien veces cuantas armas tuvieron a mano y con ellos chocaron, con toda la energía que el ocio acumuló en sus enemigos, todos los objetos contundentes que hallaron a su alcance; palos gruesos, piedras de varios kilogramos de peso; hasta los zapatos que calzaban les sirvieron para desgarrar los rostros de aquellos desgraciados que nunca pudieron pensar que el ser humano conociera tan bajo nivel.

Cuando no había en sus cuerpos lacerados un sitio sano donde herir, rompieron la boca del cabo Blanco, cortándola a través de los maxilares, pincharon los ojos en los que veían retratada su tragedia y machacaron los rostros de aquellos que eran el fiel retrato de bondad y la nobleza de las almas contenidas en aquellos cuerpos jóvenes.

Consumado el sacrificio de aquellos mártires, no sin antes haber roto sobre sus cuerpos tres de los cuatro armamentos que les pertenecían y de haber rasgado sus cuerpos a golpes de cuchillo-bayoneta, las turbas, jadeantes, descansaron unos momentos, pensando en más estragos. Una voz se dejó oír con un clamor de piedad y de invocación a la justicia; el miedo, el pavor egoísta, únicos sentimientos de aquellos energúmenos, les hizo desistir de otros proyectos y suspender la matanza. Impulsados por esos ruines sentimientos, y poniéndose rápidamente de acuerdo, se alejaron del lugar del crimen, abandonando allí los cuerpos ya inertes de los desventurados guardias civiles, y marchando a un corral situado en las afueras del pueblo, y tras muy breve deliberación, acordaron guardar impenetrable silencio ante la representación de la justicia y contestar a las preguntas que ésta les hiciera diciendo "que el pueblo los mató". Entre tanto, la vecina Juliana Ayuso, ayudada de dos o tres individuos, retiró a su casa el cadáver del paisano muerto por el disparo del guardia Simón. Más aliviados de la carga que para ellos representaba, no el remordimiento de sus conciencias atrofiadas, sino el miedo a las inevitables consecuencias de su ferocidad, regresaron a la calle del Calvario e, increíble parecer, en orgía macabra, se dedicaron, unos, a jugar con los sombreros de los finados guardias, otros, a bailar entre los cadáveres, mojando sus pies en la sangre aún no coagulada de aquellos que en vida fueran sus amigos. Por fin, y quizá acuciados por el hambre, pues ya era pasada la hora de medio día, dieron por terminado su innoble concierto, y el grupo de criminales se diseminó en busca de sus domicilios para recuperar las energías perdidas en la comisión de su infamia.

Ni una mano piadosa se acercó a cubrir aquellos despojos desgarrados, que yacieron abandonados en la calle del Calvario lo menos siete horas, hasta que el juez municipal recapacitó quizá que estorbaban en la calle y acudió a recogerlos, primero, al paisano muerto que estaba en una casa, a quien llevaron al depósito de cadáveres del cementerio y colocaron sobre una mesa cubierta por una sábana; después a los individuos del Cuerpo, que por ser menos dignos de consideración se les tiró como piltrafas en el suelo de aquel local y donde los hallamos al inquirir sus paradero.

 

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