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RELATOS: LOS TRES ASESINOS

  • Escrito por Redacción

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Recordamos al lector, que estos "Relatos", son hechos, servicios y situaciones reales, vividas por nuestros guardias civiles en los primeros años de andadura de la Guardia Civil, recogidos en "CRONICAS ILUSTRADAS DE LA GUARDIA CIVIL", publicado en Madrid en el año 1865 y siendo su autor D. ELISARDO ULLOA

LOS TRES ASESINOS.

Los tres servicios que componen esta Crónica serán una nueva prueba de la entera fe e infatigable celo con que el Guardia Civil cumple el juramento que presta al ingresar en este benemérito Cuerpo.

No ha habido en ellos grandes combates, pero sí una voluntad decidida, grandes sacrificios, abnegación y riesgos.

En 1862, fue destinado á mandar el puesto de Pobla de Segur (1) el sargento 2.° Melchor Rodríguez Sánchez... quien conoció bien pronto que su demarcación era tranquila y que no ofrecía trabajos de gran consideración.

Relacionado después mas íntimamente en el país, llegó a su noticia que en el año de 1850, Francisco Codina, natural de Ortoneda, había asesinado a un tío suyo; posteriormente supo que Antonio Javierre (a) Bravo Aragonés, natural de Barbuñales, había igualmente asesinado a Buenaventura y José Bolas, en 1852; y que Fernando Coyo había cometido otro asesinato en 1844.

Estos tres criminales andaban fugitivos y errantes desde que perpetraron sus crímenes, evitando el caer bajo los fallos de las leyes, y tal vez abrigando la confianza de que lo remoto de aquellas pudiera quitar toda esperanza de una captura, como no fuera casual.

Sin embargo; para el sargento Rodríguez no pasaron desapercibidas estas noticias; saberlas y concebir el proyecto de las tres importantes capturas fue simultáneo.

Pero se necesitaban para conseguir el objeto deseado indicios, seguridades y certeza de los lugares en que los asesinos tenían su guarida; sin estas noticias era verdaderamente imposible perseguirlos.

Constante en su propósito hace varias gestiones el infatigable Sargento; unas salen frustradas, otras le encaminan algo a su deseo, y trabaja en su noble proyecto con ánimo incansable por espacio de dos años.

Al cabo de ellos, tenía averiguado cuanto deseaba, y lo que es más, la firme convicción de que sus noticias eran de todo punto exactas.

Los criminales se hallaban ocultos en puntos muy lejanos de la demarcación del sargento Rodríguez y en provincias distintas.

Uno había divagado catorce años y otro doce en Aragón; y veinte el tercero en los Pirineos de Cataluña. Inútil nos parece encomiar el celo y buen tino de que debió valerse el mencionado sargento para conseguir estas y oír las importantes noticias encaminadas todas a conseguir su objeto.

Cuando hubo adquirido la completa seguridad de cuanto sabía, no quiso dilatar mas la última parte del proyecto que había concebido con tan buena fortuna; reunió pues a sus Guardias y les habló del siguiente modo:

—He sabido que se han cometido cuatro asesinatos hace algunos años; he sabido también que hasta ahora los asesinos andan impunes; hoy conozco sus paraderos; las leyes y la vindicta pública no están satisfechas y hay que satisfacerlas; es preciso pues encontrar a esos criminales aunque sea debajo de la tierra.

Al oír esto, varias voces respondieron con exclamación unánime que revelaba una gran fuerza de corazón:

—Mande usted, mi sargento; y todos nosotros iremos a buscar a esos hombres aunque sea al interior de Francia.

Los que así prometían y prometían tanto, cumplieron en efecto su promesa, como veremos más adelante, haciendo gastos de consideración, inutilizando sus uniformes y armas, recibiendo fuertes contusiones y siguiendo paso a paso a los asesinos por espacio de cuarenta y tres días, sin descanso alguno.

—Yo—dijo el Guardia José Monsó y Rey conozco personalmente a Codina y Javierre; y pido a usted mi sargento, ser de los que vayan en su busca.

—Lo será usted, bravo Monsó, si las cosas se arreglan como pienso. También Pablo Deig Garrata saldrá con usted para prestar este servicio, si obtengo el competente permiso del señor Comandante de la provincia.

La alegría que brilló en los rostros de estos Guardias al saber que eran los designados, fue grande y elocuente.

El permiso fue concedido; la pareja partió el 3 de Abril de 1864, para las montañas de Huesca.

Servicios de estas circunstancias, como otros muchos, demuestran una verdad que ya hemos enunciado en otras ocasiones y es la siguiente:

—El Guardia Civil, no cumple su deber como una máquina; lo estudia, lo comprende y nada le arredra de él. Odia al criminal por noble instinto; le acosa, le sigue, le busca y le vence, allí donde esté.

¿Qué crimen se cometía en la demarcación del sargento Rodríguez? ninguno. ¿Qué criminal se albergaba en ella? ninguno. Los que se iban a buscar estaban en otras demarcaciones muy lejanas y mas al contacto de otros puestos.

Nadie que bien piense dudará de que esto comprueba irrebatiblemente la gran verdad que hemos enunciado.

El Guardia Civil, lo es de corazón.

Acontece muchas veces a los licenciados del ejército cuando ingresan en el cuerpo, asustarse del compromiso que contraen y parecerles imposible cumplir todos los deberes a que desde aquel momento se constituyen.

Pero, bien pronto la reflexión, el estudio del reglamento, las academias, en que sus dignos Jefes les inculcan las nobles y elevadas máximas del Instituto, les hacen perder todo temor, crecer en bríos, hacerse firmísima promesa así mismos de dar cumplimiento a lo jurado y trocar lo que parecía una gran desgracia por la felicidad del alma, que da siempre una conciencia honrada al cumplir grandes deberes y dedicarse al bien de sus semejantes aun a costa de todo sacrificio.

Recorriendo esos hombres los caminos ó apoyándose en su fusil, tienen sobre sí todo el peso de la sociedad por la que velan.

Como decíamos, los Guardias Monsó y Deig, llegaron a las montañas de Huesca; las registraron; pasaron luego a parte de Navarra, y el día 15 del mismo mes el Sargento Melchor Rodríguez Sánchez recibía del cabo 1.° Francisco Iglesias comandante del puesto de Brenui una comunicación en que se le decía lo siguiente:

«En la noche del 13, acompañado del Guardia de este puesto Miguel González, auxiliamos a los Guardias Monsó y Deig en la captura de Codina, en la montaña de Santo Domingo de Bergozal. El Guardia Roig había roto su carabina y quedado contuso de una fuerte caída que dio a consecuencia de la oscuridad de la noche y la escabrosidad del terreno. Faltaría a mi deber si no recomendase a usted el buen comportamiento, etc.»

Después de esto, vuelven los beneméritos Guardias a su demarcación y el 12 de Mayo salen otra vez hacia las montañas de Huesca, Monsó y los llamados Antonio Berges y Francisco Bardají.

Esta vez iban en busca de Javierre que se ocultaba en los alrededores de Barbastro.

Llegan á este pueblo; saben que el asesino había marchado para Navarra poco antes, hacen algunas prevenciones relativas á esta salida, cruzan las montañas, y el puerto de Viella, y al cabo penetran en los Pirineos de Alos donde tuvieron noticia que se guarecía Fernando

Dieron allí incesantes batidas en los días 24, 25 y 26 y por fin supieron por medio de acertadas investigaciones que Coyo había bajado al pueblo de Isil, y bien lejos de creer que desde Pobla de Segur se le tendía el lazo en que iba á caer.

Pasan los Guardias á aquel pueblo, entran en su alojamiento y Monsó sale luego sin carabina y con solo la bayoneta, á indagar la guarida de Coyo, pareciendo de aquel modo que salia á paseo y sin otro objeto más alarmante y grave.

Bien enterado Monsó de las señas del criminal, no tardó en encontrarle.

Entonces, el asesino empezó á retirarse asustado delante del Guardia, hasta que este se decidió á llamarle por su nombre.

Pronunciarlo Monsó y darse Coyo á una precipitada fuga, fue instantáneo.

No quedaba ya duda alguna; aquel era el criminal que se buscaba.

Monsó pasa por medio de un paisano un aviso al puesto inmediato y corre en seguimiento del asesino.

Salta peligrosas zanjas, trepa por terrenos escabrosos y le alcanza al fin en medio de una pradera embalsada de agua.

Allí le hace frente con la bayoneta, le intima la rendición, lucha denodadamente con el asesino y le arroja al fin boca abajo sobre el cenagoso charco.

Saca su pañuelo; ata por detrás las manos homicidas y suspendiendo con un brazo al asesino le conduce hacia el pueblo, encontrando en el camino a los otros Guardias que venían en su auxilio.

Pocos días después se supo que Javierre había sido capturado en Barbastro, merced a las instrucciones que el Guardia Monsó cumpliendo con los deseos del sargento Rodríguez había dejado en aquel puesto.

Y merced también a tanta inteligencia, arrojo y denodada vigilancia, aquellos hombres de que ya nadie se acordaba, estaban en 2 de Junio:

Javierre, en la cárcel de Sort.

Codina, en la de Tremp.

Coyo, en la de Benavarre.

La vindicta pública estaba satisfecha; los pueblos de aquella zona admiraron y se regocijaron del suceso; y la Guardia Civil seguía siendo lo que hasta entonces fue y es hasta hoy:

La providencia de los buenos; el castigo de los malos.

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