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RELATOS: LA SORPRESA (1856)

  • Escrito por Redacción

400334 orig

Era una noche del mes de Agosto del año de mil ochocientos cincuenta y seis.

El cielo ostentaba con infinita profusión sus millares de estrellas; la atmósfera estaba cargada de electricidad y un calor bochornoso y sofocante ahogaba la ruda vegetación de los célebres montes de Sierra-Morena.

Era en fin una de esas noches de curso imponente y majestuoso que hace que el alma del que las contempla, separándose de la tierra se eleve á Dios y se pierda en meditaciones acerca de los infinitos misterios que envuelven á todo lo creado.

No era esta sin embargo, la ocupación mental de siete hombres de mala traza y peor catadura que guarecidos por un espeso bosque de olivos, estaban sentados sobre la yerba y guardaban el más profundo silencio.

No duró mucho este, pues á poco llegó al sitio mencionado un nuevo personaje que dijo en voz baja:

—Diego se acerca.

Al oír esto, los que estaban recostados se sentaron, los sentados dirigieron la vista hacia el camino de Córdoba, y unos y otros prestaron atentísimo oído al menor rumor, ocultando sus trabucos bajo las mantas.

No bien terminados estos preparativos, cuando un hombre, vestido con sucias y rotas ropas, adelantándose con la cautela del zorro llegó hasta los bandidos... porque bandidos y no otra clase de gente eran los siete que le esperaban.

El ademan que estos hicieron al verle, fue interrogatorio; y comprendiéndolo el recién llegado, dijo sin darles tiempo á que le preguntaran:

—Va á salir; esta noche será nuestro.

—¡Tiempo era!—exclamaron dos ó tres voces roncas.

—No valdrá lo que nos cuesta—dijo otra.

En un momento todos los bandidos se hallaron en pié y bien provistos de armas.

—Seguidme... por ahí—dijo el que traía la noticia.—Echa adelante Diego Toribio. Después de andar un corto trecho, este se detuvo repentinamente, y viéndose imitado por los demás, les dijo:

—Ya sabéis que soy criado del que esperamos; el pan que como es suyo...

—Lo ganas por tu trabajo y tuyo es; no perdamos tiempo en dudas.

—¿Qué quieres decirnos con eso?—preguntó otro.

—Óyeme, Diego del Rosal; yo no dudo en entregaros á mi amo, porque le tengo odio y mala voluntad y porque me gusta servir á los amigos. Pero me preguntas qué quiero, Cristóbal Hidalgo, y vas á saberlo. Quiero saber fijamente que parte me corresponderá de la ganancia; porque el amo es rico, y...

—Ya te lo hemos dicho—replicó Hidalgo—la tercera parte será para ti.

—¡Bah!—dijo Diego Toribio—yo no soy tonto; se que el negocio es bueno; se que puede ocultarse fácilmente porque las gentes andan preocupadas con el desarme de la milicia, y se también que sin mí no lograríais vuestro intento.

—¿Que no lograríamos? ¿Quién nos priva ahora de obligarte á que nos entregues la persona que deseamos, so pena de perder tu vida si no nos obedecías?

Un murmullo de aprobación á estas terribles palabras salió del circulo é hizo temblar á Toribio que conociendo entonces su verdadera situación no quiso arriesgar la vida por una exigencia, y dijo:

—Podríais matarme, pero nada sabríais, perdiendo además con mi muerte el auxilio que puedo daros. Solo exijo una cosa: quiero que Diego del Rosal me prometa en nombre de todos lo que me ofreció Hidalgo.

—Te lo prometo—dijo Diego.

—Pues ya estamos andando, y nada se ha perdido con aclarar las cosas de ese modo.. Marchemos á encontrar al amo entre Córdoba y la alquería. ¿Estáis dispuestos?

Nadie contestó á esta pregunta de otro modo que echando tras los pasos siempre cautelosos de Diego Toribio, el criado infiel.

En la Sierra y á una legua de Córdoba, estaba y está situada una hermosa casa de campo á que se da el nombre de alquería del Alto paso.

En la época á que nos referimos, esta campestre morada estaba habitada por la rica familia á que pertenecía y que se trasladaba durante la estación de verano, de Córdoba á la Sierra.

El caballero que allí vivía con su esposa, hacia valido de la proximidad, frecuentes viajes á la capital tanto á pié como á caballo.

En la tarde del día en que empieza nuestra historia había recibido una extensa carta, firmada por un amigo suyo y en la que este le comunicaba noticias referentes á los acontecimientos políticos que á la sazón agitaban todos los ánimos.

Sin duda eran aquellas de grande interés para el caballero, y le exigían algunas gestiones perentorias, porque al anochecer anunció su partida para Córdoba avisando al mismo tiempo de que no se le esperara hasta el siguiente día.

Entonces fue cuando Diego Toribio, sabiendo esto, salió á buen paso por una de las puertas de la alquería y marchó hacia el lugar designado, sin duda de antemano, para la reunión de los bandidos.

El caballero, cuyo nombre no nos es posible publicar, tomó su bastón y alagado por lo apacible de la noche excusó el caballo que le fatigaría mas y salió á pié de su casa de campo, en dirección á Córdoba.

Habría andado como un cuarto de legua, cuando se siente de pronto detenido por un brazo de hierro y una voz bronca que le dice entre iracunda y amenazadora:

—Calla... ó mueres!

Este suceso sobrecogió como era natural al caballero, y cuando quiso tentar la suerte de una lucha con el que por detrás le detenía, se vio rodeado de bandidos que bien claramente le demostraban la poca esperanza de vida que con ellos le quedaba si sumiso y obediente no acataba sus órdenes.

Quiso gritar y se lo impidió una mano ancha y callosa; quiso moverse y unas cuerdas atadas instantáneamente á sus miembros le privaron de todo movimiento.

Dos bandidos cargan con él y seguidos por los demás con Toribio, vuelven camino y se internan en los espesos olivares.

En este momento, Toribio y Rosal que marchaban unidos, cambiaban las siguientes palabras.

—¿A dónde le llevaremos?—preguntó el criado traidor.

—A la cueva; me parece el sitio más seguro.

—¿Crees que me ha conocido?

—No; porque quedando tu algo retirado, no pudo poner en ti sus asustados ojos.

—Oye, si me ve, si llega á conocerme, estoy perdido porque me delatará al verse libre. No me conviene esto y quiero que me digas si en tal caso podré matarle.

—Ninguna precaución está de sobra en asuntos de este género... si te conoce, puedes hacer lo que te parezca y te aconsejo que eches á un lado el estorbo. Pero espera unos días, porque en ellos se hará el negocio, y después, todo se andará, tocayo.

—¿Tenéis bien estudiada la farsa por si os sorprenden en la espera del dinero?

—Descuida; en presidio elijo Rosal que en su estúpido orgullo de bandido, tenia esta circunstancia por de mucho valimiento—en presidio—repitió recalcando el vocablo—he aprendido é inventado algunos buenos modos de engañar. Sin haber padecido algo, no se puede ser persona de provecho.

—Me parece que caerá dinero, si la Guardia Civil que por el motivo del desarme se ha concentrado hacia la capital nos deja en paz sin meterse en nuestros negocios.

—Descuida; si eso se verifica, ya la haremos el debido recibimiento. Cada uno en su casa, dice el refrán, y si se meten en la nuestra...

—Como vosotros os metéis en las de todos... No supo Rosal que contestar á estas palabras de Diego Toribio y callaron ambos siguiendo su camino.

Pero sin duda el licenciado de presidio daba vueltas á aquella idea, porque dijo de pronto y como continuando un pensamiento:

—Hace tres meses que salí de la casa grande y tomo el sol... esto se sabe, pero tengo unos documentos que dejarán boquiabierto al más entendido. No temo nada.

Sacó entonces algunas viandas de su mugriento morral, partiólas con Toribio y se dio á comer con gran prisa y ruido de dientes, haciendo con la boca desmesurados movimientos, que eran característicos resabios del rancho de presidio comido casi siempre con avidez.

El camino se hizo así más corto para los dos.

El suceso que referimos ha tenido mucho eco en todos los pueblos comarcanos y en toda la prensa de España; es conocidísimo en Andalucía, y sobre todo en Córdoba donde se le recuerda siempre como uno de los de mas valer por los muchos desastres que la Guardia Civil evitó al tomar en él la importante parte que le correspondía.

Superfinas serán en este caso las alabanzas; pues para lograrlas cumplidas nos bastará seguir la sencilla descripción de los acontecimientos.

A los dos días todo era confusión y ansiedad en la alquería de Alto paso. La familia del caballero robado, cansada de esperarle en vano todo aquel tiempo, entró en seria alarma y expidió algunos propios á Córdoba con el encargo de averiguar el paradero del ausente.

Los propios volvieron desalentados.

Los amigos del caballero no le habían visto y entre ellos el que había escrito la carta que motivó su salida de la granja. La parte de su familia que habitaba en Córdoba, no le había visto tampoco, y nadie, en fin, daba indicio seguro ni incierto de la buena ó mala suerte del amigo ó pariente.

Con esto, no tuvo ya límites el desconsuelo de los moradores de Alto paso, que empezaron á entregarse á las mas fúnebres y desesperadas conjeturas.

Pasó una noche larga, tan larga como lo son todas las que se pasan en el infortunio y el dolor y con la luz del nuevo día llegó una carta dirigida á la esposa del caballero; carta que esta abrió con convulsiva precipitación.

Por las líneas allí escritas conoció que se habían realizado en parte sus tristes presagios.

Su esposo—según le decían en la carta—estaba cautivo en poder de hombres que no atentarían á su vida y lo devolverían libre á su familia si se les remitía una fuerte cantidad que en aquella expresaban.

¿Qué más necesitó saber la amante esposa? Se enteró bien de todos los pormenores que ofrecía aquella carta, y no queriendo ver enteramente cumplidos sus fatídicos presagios, dio la cantidad pedida con todo el sigilo que en la misma se la recomendaba.

No acudió á nadie; no pidió consejo ni auxilio; creía que con aquello rescatada a su esposo, y dio gracias á Dios que la había proporcionado los medios de salvar á su marido.

Pasaron sin embargo algunos días; la nacida esperanza desaparecía lentamente; el dolor volvía á extender su negro manto sobre Alto paso...

Pasaron mas y el caballero no volvió.

¿Dónde estaba? lo diremos en muy breves palabras.

Los bandidos, verificado el rapto, llevaron al cautivo á una cueva no hecha por la mano del hombre, sino natural de los accidentes del terreno.

Allí, dándole los mas rudos y ensañados tratos, le retuvieron por espacio de veintitantos días; y mas acaso hubiera durado su cautividad si un incidente imprevisto para él no hubiese acelerado su fin.

Declinaba la tarde y el caballero tendido en su calabozo y víctima de una lenta desesperación, pensaba en su familia y en su vida que corría indudablemente riesgo de muerte. Aquel era el continuo pensamiento que le amargaba día y noche en tanta soledad; y por más vueltas que en la mente le daba, no lograba verle de modo que le diera algunas esperanzas de felices resultados.

Cuando padecemos, vemos en todas partes dolores que no son otros que los nuestros mismos, así como cuando somos felices creemos que todos lo son.

Sumido se hallaba el caballero en sus desconsoladoras reflexiones cuando una voz que le era bien conocida le distrajo de ellas.

Se incorpora como movido por un rápido resorte, escucha con voraz ansiedad... la voz se acerca lentamente y cada vez se persuade mas que le es muy conocida.

El pensamiento que entonces asaltó su mente, fue como el del náufrago que se agarra á la débil astilla que fluctúa en las olas.

—¡Estoy salvado! Personas conocidas mías vienen á rescatarme!

Y rezó con religioso fervor dando gracias á Dios. Aquel rezo era el que precedía á su muerte.

La voz se aproximó ya tanto, que el caballero, sorprendido en medio de su plegaria por el conocimiento de la persona que creía su amiga, gritó con voz anhelante:

—¡Diego Toribio!

Pronunciado este nombre, la voz que casi estaba ya en la boca de la cueva, cesó de pronto y oyóse solo la rápida carrera de un hombre que se alejaba y los pasos tranquilos de otro que penetraba en la cueva.

Este era Cristóbal Hidalgo.

El que huía, Diego Toribio.

Este, al adelantar con Hidalgo hasta cerca de la cueva, había llevado la intención de no pasar de ella; pero acalorado por algunas frases de Hidalgo que pretendía escatimarle parte del dinero recogido cuidó poco de contener su voz que fue reconocida por su cautivo amo.

Al oír en boca de este su nombre, el miedo más cobarde se apoderó de su negra alma; pero aunque á veces aquel quita fuerzas, en esta ocasión se las dio y muy medradas á Toribio que corrió desalado por los olivares en busca de Diego del Rosal.

Le encontró y casi sin darse á respirar, le dijo:

—El amo acaba de conocerme y llamarme por mi nombre; si le dejáis libre por la cantidad del rescate, conocerá Jo que he hecho y me delatará. Tengo mucho miedo á la justicia.

—¿Y qué quieres?—preguntó Rosal con imperturbable sangre fría.

—Lo que me has prometido: su muerte.

—Bueno; pues mátale y hago en esto un gran sacrificio; pero no quiero ser ingrato con los amigos como tú que pueden servir en otras ocasiones.

—¿Yo? ¿matarle yo? ¿sabes bien lo que dices? No tendría valor.

—Entonces, déjale vivir ó que se muera á fuerza de darle malos tratos.

—¿Y si le soltáis?

—Todo pudiera suceder.

—Entonces estoy perdido.

—Según y conforme—dijo el bandido que gustaba mucho de usar esas frases que se acomodan á todo y nada quieren decir.

—Pero muerto ahora...

—Muerto ahora, ya comprendes tocayo, que aunque se pensara después en soltarle, lo hecho no tenía remedio.

—Diego, te suplico que me salves! Si me pierdes, os perdéis vosotros...

Dijo el criado estas palabras con acento tal que el bandido le miró el rostro con extrañeza y vio en él algunas lágrimas más bien de miedo que de remordimiento.

—Eres un cobarde, Toribio—dijo Rosal y separándose de él marchó hacia la cueva.

Toribio le siguió á corta distancia temblando de una manera espantosa.

Le ve entrar en el subterráneo y salir de él á los pocos momentos con semblante tranquilo y paso calmoso.

Toribio se le acerca y con voz convulsa le pregunta:

—¿Qué le has dicho?

—¿Yo? nada más que las buenas tardes.

—¿Te ha hablado de mí?

—No ha tenido tiempo para ello.

—¿Qué dices?—exclamó el miserable criado que empezaba á comprender lo que significaban aquellas reticencias de Rosal.

—Nada, que ya no te descubrirá. Ahora ve á la cueva, quítale las cuerdas y llévalo á enterrar junto al arroyo de Guarroman. (1)

Toribio corrió desalado hacia la cueva y Rosal encendió con mucha calma un negro cigarro.

Esta escena pasó en los olivares, pero de nadie fue entonces sabida fuera de aquel lugar.

La señora, ó más bien, la que ya podemos llamar viuda, recibió una segunda carta que era nueva demanda de dinero. Lo remitió.

Luego una tercera de lenguaje cada vez mas despótico y amenazante. La satisfizo también conservando el silencio como en la primera y sin suponer que aquella vida por la que la exigían tantos sacrificios, no existía ya.

Pero mes y medio había ya trascurrido desde la desaparición de su esposo; cuarenta y cinco fatales días

que fueron una eternidad de dolores para aquella esposa que no podía poner por un solo momento en reposo, su agitado ánimo.

Su salud decayó visiblemente y juzguen los lectores sino había sobrado motivo para esta última desgracia en una esposa que se halla por tanto tiempo en situación tan terrible y sin poder contar á nadie sus penas, porque quería á toda costa obedecer las órdenes de sigilo que la daban los forajidos.

Sus recursos además se habían casi agotado porque las sumas pedidas habían sido de muchísima consideración.

En este estado, recibe nueva carta y reconoce en el sobre la odiada letra de quien había escrito las anteriores.

Lee ávidamente.... y ve que se le piden aun, como última condición para salvar á su esposo, ya muerto, treinta mil reales.

Este nuevo golpe agotó las pocas fuerzas que en aquella angustiada señora quedaban.

¡Treinta mil reales!... no los tenía.

Entonces, se decidió á jugar el todo por el todo abandonándose á la suerte; y pidiendo treguas á la desgracia, escribió con mano calenturienta una carta al Sr. Comandante de la Guardia Civil de la provincia, en la que le relataba la parte que sabía de la historia, comunicándole además las instrucciones que los bandidos daban para recoger la cantidad pedida.

Después de escrita esta carta cayó mor talmente enferma. Su única esperanza era la Guardia Civil.

¡Por ella debió haber empezado! Y sirva esta triste histeria de severa lección á los que como ella quieran obrar, si bien él cariño la cegaba.

Veamos ahora como los Guardias supieron hacer á la sociedad un importante y trascendental servicio.

Los bandidos, al pedir como última cantidad la de treinta mil reales para dar supuesta libertad al caballero explicaban el cómo esta suma les había de ser entregada. El silencio é impunidad que había seguido á las anteriores peticiones les alentaba más en esta y tiraban de la cuerda sin pensar en que podría romperse

Disponían en aquella carta que la mencionada cantidad fuese conducida por mí hombre montado en un pollino blanco llevando además extendido sobre la cabeza y sujeto por el sombrero un pañuelo del mismo color, para ser mas fácilmente conocido. Este hombre habría de salir de Córdoba por la carretera de Lucena.

Si al llegar al sitio titulado el Portichuelo (término de la Rambla) no salía nadie á recibirle, dejaría la carretera y haría noche en la mencionada población.

Al día siguiente día, continuaría su marcha hacia Puente-Genil y si á nadie encontraba aun, tomaría por el mismo camino hasta Ronda.

Con estas noticias, el señor Comandante de la provincia D. Antonio Marquina dispuso que un hombre saliese de Córdoba conforme en un todo á las circunstancias que en la carta de los bandidos se recomendaban.

A corta distancia de aquel, salió también un coche en el que iban perfectamente ocultos un cabo y dos Guardias. Detrás aun, salieron otros dos de caballería y tomaron todos la dirección indicada en la carta con las precauciones y sigilo que se adivinarán fácilmente.

El señor Comandante puso por último esta salida en noticia del alférez Jefe de la línea de Montilla D. José Infante, (1) para que tomase las disposiciones que creyera más convenientes.

Hecho esto, las nuevas escenas á que iba á dar margen la declaración, aunque tardía, de la esposa del finado, comenzaron á desarrollarse de un modo severo é imponente.

No se contentó el alférez señor Infante con permanecer en expectativa ante la obra de reparación social comenzada en Córdoba; sino que, tan pronto tuvo conocimiento de ella por su Jefe de provincia, pasó un parte al comandante del puesto de Aguilar ordenando que el Guardia 2.° Juan Aragoneses Sancho (2) dejara el puesto y se le presentase á la mayor brevedad para asuntos del servicio.

El mencionado Guardia se presentó aquella misma noche en Montilla, donde el alférez señor Infante le dijo:

—Según comunicaciones del señor Comandante, se nos presenta ocasión de hacer un buen servicio; pero se requiere sobre todo mucha prudencia y tino.

Tengo gran confianza en usted, y por eso lo he elegido para el asunto entre todos los Guardias de mi línea.

Prometió Aragoneses á su jefe corresponder á aquella lisonjera confianza que tanto deben procurar los Guardias, y el Sr. Infante le explicó el suceso de Alto-paso, concluyendo así.

—Tengo noticia que los bandidos salen á tomar el dinero disfrazados con diferentes trajes, en la misma carretera, siempre uno solo y al parecer sin armas. Sé que no se retiran u ocultan aunque pase gente, porque quien huye infunde sospechas. Por todas estas razones soy de parecer de que usted se disfrace con traje de paisano, llevando solamente una pistola en el bolsillo y un bastón. De Córdoba han salido ya varios compañeros y es justo que les ayudemos saliéndoles al encuentro en Fernan-Nuñez. Desde allí, fingiéndose un indiferente pasajero, seguirá usted á la persona que conduce las cantidades para los bandidos. Pero antes decídase usted bien á ello, porque no conviene perder tiempo. Llevará usted un arma nada más y de poco alcance; acaso tenga usted que luchar solo y cuerpo á cuerpo con algunos bandidos bien armados, mientras llegan los refuerzos que irán detrás.

—Mi Alférez—contestó el decidido Guardia—ya sabe usted, porque usted mismo nos lo ha dicho repetidas veces, que el Guardia Civil no cuenta los enemigos sino cuando los tiene atados ó muertos.

—¡Bien! ¡Bravo Aragoneses!—replicó el Alférez—no en valde tengo yo confianza en usted, y su buen instinto hará lo demás.

El asunto no permitía vacilaciones; vístese de paisano el Guardia Juan Aragoneses, sale de Montilla y llega á Fernan-Nuñez, donde encuentra el convoy salido de Córdoba. Consecuente entonces con lo prometido, se coloca á cuarenta pasos de la persona que lleva el dinero, y marcha tras ella.

Esto tenía lugar á las once de la mañana del día 10 de Setiembre del año mencionado.

Siguen por la carretera, llegan á Portichuelo y nadie se presentó á detener al conductor del dinero. Sin duda los bandidos esperaban más arriba.

Fueron entonces hacia la Rambla, y todos hacen noche allí con el Alférez Infante, que les salió al encuentro en aquel punto.

En todos estos movimientos reinó la más prudente cautela, y nada dio a entender que tras el hombre que montaba el pollino blanco, marchaba la Guardia Civil.

En aquella misma noche el Alférez dispuso que al día siguiente el Cabo y los dos Guardias de infantería se volvieran a córdoba en coche, por no ser apropósito para este camino que iban a tomar, y dispuso también que el Guardia Aragoneses Sancho sustituyese sus ropas de paisano con las ropas y armas de uno de los Guardias de aquel Puesto.

Así se efectuó, y al amanecer del día siguiente se puso en camino el conductor del dinero; seguían á este y á la distancia más oportuna, Aragoneses y los dos Guardias de infantería; y estos a su vez eran seguidos por el Alférez Sr. Infantes, con los dos de caballería, que como hemos dicho habían salido de Córdoba.

Atravesaron en estos disposición el pueblo de Montalvan y se internaron después por unos olivares próximos á la Venta del Buey-Prieto, célebre madriguera de forajidos en los tiempos pasados.

Llegados á este sitio, al salir los Guardias de infantería á una explanada donde los olivos no espesaban mucho, observaron que el conductor del dinero que marchaba delante, desapareció de pronto de su vista.

Dirigen entonces miradas á todas partes, y le divisan al fin en medio de los olivos mas apiñados.

Y vieron además:

Que había desmontado.

Que otro hombre embozado en una capa (sin embargo del mucho calor que hacia sujetaba al pollino por la brida y sacaba al mismo tiempo de las alforjas el dinero pedido.

Y en fin, que el conductor del dinero, sorteando las miradas de su acompañante, les hacia significativas señas.

No había pues lugar á dudas. Allí estaban los bandidos.

No se trataba de saber cuántos saldrían de los olivares para defender al que tan atareado se hallaba en recoger el dinero; podría ser uno y podrían ser veinte.

Pero dos, veinte, ó los que fueran ¿estaban en aquel sitio? sí.

Pues entonces ¿necesitaba saber más el Guardia Civil? No; porque sabía ya las dos cosas que necesitaba saber.

Una, la guarida de los bandidos.

Otra, que vivos ó muertos ¡debían caer vencidos ante la Guardia Civil!

Deslizándose por entre los seculares olivos, se aproximan sigilosamente hacia el bandido; y ya Aragoneses distaba de él muy cortos pasos, cuando una voz temblorosa, saliendo de lo más espeso del olivar, gritó:

—¡La Guardia Civil!

Esta voz fue allí lo que será la terrible trompeta que llame al Juicio Final. Diego Toribio había lanzado aquel grito.

El bandido embozado la oye cuando después de haber recogido todo el dinero solo esperaba una carta que el mozo debía darle; y al oírla tira el dinero, su capa, sus armas, y arranca á correr con la velocidad del gamo perseguido por el cazador.

Síguele Aragoneses... y lo que á esto siguió pasó en menos de dos minutos.

Aragoneses le da el alto; pero el bandido que sospecha que este alto puede llevarle á alturas en que no quiere verse, no le obedece y sigue su desenfrenada carrera.

Sin cesar el Guardia en la suya, le hace fuego, aunque sin poder precisar la puntería por impedirlo aquella y los olivos.

Aragoneses no se detiene á cargar, ni espera á sus dos compañeros; sigue al bandido desafiando solo y arrojadamente las emboscadas; alcanza al fugitivo, y con un impetuoso golpe de carabina, le hace caer gritándole:

—¡Date preso!

Levantase el bandido como una hoja de acero doblada rápidamente, pretende correr aun, y entonces...

Entonces los Guardias de caballería, atraídos por el tiro y las voces de ¡date preso! llegan en apoyo de Aragoneses.

Uno de ellos, llamado Lorenzo Rodríguez, atropella al bandido con su caballo, y le hiere, aunque levemente, con la espada; el bandido cae y vuelve á levantarse arrojando por su impura boca las mas sacrílegas y cínicas blasfemias.

Aquello era parecido á las antiguas cazas del jabalí; y tanto más cuanto que una fiera era también lo que allí se cazaba.

Aragoneses se arroja como un león sobre el miserable que intenta defenderse; lo sujeta con fuerzas hercúleas y lo presenta así al Sr. Infante, diciéndole:

—Mi Alférez, he cumplido la palabra que di á usted.

¿Qué cosa habría que pagara mejor que esta frase los peligros á que Aragoneses con tanto denuedo se había expuesto? Creemos que ninguna trocaría él por la felicidad que en tal momento sentía.

El Alférez, dirigiéndose con airado ceño al bandido, exclama:

—Vas á decir ¡y pronto! cuántos son tus compañeros y en dónde están.

El bandido que nada bueno espera de evasivas inútiles, se repone un tanto, y al ver un ademan impaciente de Aragoneses, dice precipitadamente:

—Son seis y deben estar cerca... uno tiene un caballo blanco...

El Alférez oprime los ijares del suyo, y parte con Sus Guardias, á tiempo que llegaba por otro lado el mozo que había conducido el dinero.

Fuertemente asegurado el criminal que no era otro que Cristóbal Hidalgo, vecino de Herrera, los Guardias de infantería que le custodiaban, distinguen á corta distancia á un hombre que parecía dormir tendido sobre la tierra.

—¿Quién vive?—grita un Guardia dirigiéndose todos inmediatamente á él.

Cubierto el rostro de intensa palidez se incorpora el fingido durmiente y contesta á la pregunta de los Guardias con voz que era sin embargo bastante serena.

Pregúntasele entonces de donde es y se le piden los documentos que lo acrediten.

—Soy de Fernán Núñez—dice—y me llamo Diego del Rosal, para servir á ustedes.

—Pues vaya usted sirviéndonos diciendo lo que falta— repuso prontamente el Alférez.

—Si lo haré—contestó el bandido—porque los hombres honrados nada tienen que ocultar ni temer. Vengo de Puente-Genil y de conducir á dos plateros, porqué me pagan... y ese es mi oficio. Vean ustedes las mulas que até al tronco de aquel olivo, porque hallándome bastante cansado, quise dormir. (1)

—Ya sabremos si hay tales dos plateros—replicó el Guardia Aragoneses.

—De todos modos, parece que el señor Diego tiene muy pesado el sueño. ¿Cómo no ha oído usted un tiro y los gritos que casi á su lado se daban?

—¿Un tiro? pues qué, ¿persiguen ustedes á alguno? ¿Me habrán robado algo? ¿Hay ladrones aquí?

—Si hay—contestó Aragoneses con mucha calma—hay uno que ha salido hace tres meses del presidio en que estuvo por ladrón. Lo conozco bien y no se me escapará.

Al oír estas palabras, perdió Rosal toda su fingida calma y se juzgó descubierto y perdido.

Sugétale Aragoneses y lo conduce al sitio en que permanecía el bandido Cristóbal Hidalgo, que era también licenciado de presidio.

En este momento llega el señor Infante, se le refiere el encuentro de Rosal, ve las mulas que llevaban todos los arreos de camino, examina las cartas de vecindad de los capturados y pasando después á hacer eximen de Rosal, reconoce su fisonomía y exclama:

—Recuerdo que siendo yo sargento, puse preso á ese hombre por el robo que le hizo ir á presidio.

A los pocos días, estaban ya á buen recaudo en la cárcel de Córdoba, Rosal, Hidalgo, los cuatro de reserva que profusamente armados seguían á los primeros cuando el anterior suceso, y el traidor Diego Toribio.

Este declaró que hacía ya un mes que el dueño de la alquería de Alto paso había muerto á manos de Rosal, é indicó el sitio en que estaba enterrado; sitio que era el indicado por el asesino como recordarán nuestros lectores.

Las malezas de Guarroman, fueron entonces registradas en presencia del Sr. Gobernador de la provincia y del Juez de primera instancia de Córdoba, y el cadáver fue encontrado...

EPILOGO.

Al poco tiempo cuatro de los bandidos fueron sentenciados á la pena capital, y á cadena perpetua los restantes.

Conmutóseles después la primera pena y todos marcharon á Cartagena y de allí á África.

La desgraciada señora, víctima de los bandidos, salió durante las actuaciones de la causa para Valencia, su patria natal; y según nos afirman personas que deben saberlo, podemos asegurar que falleció después de una lenta agonía, no pudiendo sobrevivir á la irreparable pérdida de su cariñoso esposo asesinado tan vilmente.

Si viviera, podría decir que había sufrido en este mundo uno de los infortunios mayores que se conocen.

Tanto un hermano como la demás familia del desgraciado esposo, al enterarse de los detalles del suceso, quisieron gratificar espléndidamente á los Guardias Rodríguez y Aragoneses; pero como estos rehusaron aceptar, aquella familia les ofreció con instancias su casa y cuanto en ella había.

Los nombres de estos Guardias se repitieron por muchas veces en las fojas de la causa y en el juicio pública que por espacio de tres días se celebró en el gobierno de Córdoba, al que asistieron en medio de cien personas que pronunciaban sus nombres entre exclamaciones cuya significación era tan clara como honrosa.

Y al repetirlos nosotros aquí, en una Crónica que creemos digna de su objeto, nos complacemos vivamente en dar por este medio á esos nombres un motivo de más firme y duradero recuerdo tanto por este como por otros hechos en que los hemos visto figurar al lado de sus valientes compañeros.

Castíguese á los criminales; hónrese á los buenos. La sociedad humana no necesita más que estas dos circunstancias para ser feliz.

CRONICAS ILUSTRADAS DE LA GUARDIA CIVIL (1865)

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