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LA GUARDIA CIVIL DURANTE LA EPIDEMIA DE GRIPE DE 1918

  • Escrito por Redacción

GRIPE-ESPAÑOLA

LA GUARDIA CIVIL DURANTE LA EPIDEMIA DE GRIPE DE 1918 (24 de noviembre de 1918)

NEGOCIADO 2.º–La epidemia que vienen sufriendo muchos pueblos de España, y que afortunadamente decrece con gran rapidez, ha motivado que la Guardia Civil se destaque, como en otras múltiples ocasiones, prodigando actos de heroísmo y abnegación sublimes, conquistando nuevos y elevados timbres de gloria para esta institución; reconocida dentro y fuera de nuestra patria como eminentemente benemérita.

La opinión unánime de los pueblos castigados con la epidemia así me lo demuestra por diferentes medios, que sería muy prolijo enumerar; pero la inmensa satisfacción que experimento por encontrarme al frente de un Cuerpo que tales virtudes derrocha, me impone el grato deber de haceros conocer en toda su integridad el oficio que me dirige el jefe de Zaragoza, a quien autorizo desde luego para que se estampen en el cuadro de honor los nombres de los fallecidos. Con todo mi empeño gestiono de la superioridad se alivie la triste situación de sus familias, y no he de interrumpir tal labor hasta lograr lo que considero tan justo.

En cuanto a los supervivientes, les doy las gracias con anotación en sus filiaciones, que es la máxima recompensa que esta en mis facultades, e intereso se lleve a cabo la tramitación necesaria para que consigan el más preciado galardón que permiten las disposiciones vigentes, cual es la Cruz de Beneficencia.

Oficio que se cita:

Excmo. Señor: con motivo de la epidemia actual, y no obstante, las medidas tomadas desde el primer momento por el jefe que suscribe, para atender a la desinfección y saneamiento de todos los cuarteles de la provincia, acudiendo al señor Gobernador Civil de la misma, cuya autoridad atentamente escuchó mi petición, proporcionando todo lo necesario, esta comandancia ha dado un triste tributo de diez guardias y un oficial muertos según he participado a V.E. entre los 352 atacados, sin contar las familias, que en su mayoría adquirieron el contagio; y entre las que se cuentan varias defunciones. Y aunque en todos los puestos ha habido actos de compañerismo mutuo, no rehuyendo los sanos atender a sus compañeros contagiados y prestando los auxilios que han podido a los pueblos atacados, merecen muy especial mención los extraordinarios prestados por los pueblos de Villarreal y Fabara, y los heroicos y altamente humanitarios de toda la fuerza del puesto de Luesia, de los cuales no sólo se ha ocupado la prensa de esta capital, sino que además los ayuntamientos, en sesiones extraordinarias, hacen pública manifestación del agradecimiento de sus vecinos todos a la fuerza de los puestos citados.

Y al cumplir yo el deber honroso de ponerlo en conocimiento de V.E., trataré por separado los servicios de Fabara y de Luesia, por ser ya conocidos de V.E. lo referente al puesto de Villarreal, en el poblado de Langas.

El comandante del puesto de Fabara, cabo Matías de Gracia Valiente, tuvo noticias el 11 de octubre, hallándose en el cuartel, que en el cementerio yacían tres cadáveres insepultos, conducidos la tarde anterior, y que ningún individuo, ni aun pagándose el trabajo con esplendidez, quería ni enterrarlos, ni abrir la sepultura por el pánico que había cundido en el pueblo, dada la violencia de la epidemia, número de atacados y defunciones casi fulminantes; y este cabo, con altruismo heroico que le honra y honra al Cuerpo a que pertenecemos, se dirigió espontáneamente al cementerio sin avisar ni aun a sus compañeros de puesto que se hallaban francos, procediendo con abnegación y estoicismo a practicar por sí, y acompañado únicamente del veterinario municipal, las excavaciones necesarias y dar sepultura a los cadáveres, que llevaron ellos mismos; de todo lo cual me da cuenta el alcalde en comunicación, haciendo resaltar el agradecimiento del vecindario a la conducta abnegada de esta clase y cuyo hecho confirmó el jefe de la línea en parte informativo.

Puesto de Luesia. Desde los primeros momentos tomó la epidemia caracteres muy graves en este pueblo, atacando a la vez a la mayoría del vecindario, entre ellos casi todas las autoridades y aun a la misma fuerza del puesto, que tuvieron necesidad de darse todos de baja, según parte del cabo. Y así las cosas, llega a conocimiento del cabo Demetrio Tovar Gavín el pánico del pueblo entero ante los estragos del mal, que diezmaba al vecindario sin dirección ni principio de autoridad, que dio lugar a que a ningún precio se presentasen voluntarios a conducir los muertos desde las casas al cementerio, y que éstos permanecían insepultos; y sin reparar no solamente en el peligro que corrían de ser contagiados ellos y sus familias, sino que ni aun en que se hallaban en cama y postrados por la fiebre, salieron a la calle el cabo ya citado y los cuatro guardias del puesto, Jorge Marraco Gracia, Rafael Más Galvache, José Ayuso Aguilé y Teodoro García Gil, llenos todos de un heroísmo y abnegación digna de todo elogio, aparecen en los puntos más necesitados, dan vigor a los espíritus apocados y acompañándoles en su empresa el médico don Antonio Labayen, cura parroco don Francisco Navarro, farmacéutico don Luis Calvo y practicante don Bonifacio Longas, reanimaron el espíritu público, enterrando por sí nuestros guardias a los muertos insepultos, algunos de ellos con cuarenta y ocho horas y en completo estado de descomposición, presentándose siempre serenos y siempre diligentes en los sitios de mayor peligro; todo lo cual llegó a mi conocimiento por un parte del alcalde del pueblo, y que ha podido comprobar el capitán de su compañía a su paso por Luesia.


Como no podía menos de ocurrir excelentísimo señor, todos en el puesto sufrieron los horrores del contagio; y todos en aquel cuartel, incluso las familias completas, se postraron en la cama, salvándose únicamente una niña de ocho años que estaba levantada, según me comunicó el jefe de Sanidad, cuya autoridad recurrió a mí en forma angustiosa y crítica, pidiéndome urgentemente recursos para desinfectar aquel cuartel, en el que todos estaban en la cama imposibilitados para ayudarse, y en el cual nadie de afuera quería entrar por temor y pánico; y al mismo tiempo el cabo desde la cama me comunicaba en oficio: primero, el estado de abandono en que se encontraban todos en el puesto; y después en otro oficio el estado gravísimo de los guardias Ayuso, Manato y Galvache, y a los cuales la noche anterior les había sido administrado el Santo Viatico, temiéndose el fatal desenlace que desgraciadamente sobrevino.

Ante esta situación tan crítica recurrí primeramente al señor gobernador civil pidiendo auxilios sanitarios para el puesto, al mismo tiempo que exploré la voluntad de los compañeros que quisieran constituirse en enfermeros de los epidemiados; y ante la imposibilidad de obtener los primeros con la premura que el caso requería y teniendo en cuenta la Real Orden de 5 de agosto de 1884, adquirí en plaza el único pulverizador y desinfectante líquido que había, que unido a otros desinfectantes proporcionados por el señor gobernador civil, los envié con toda urgencia, como también fueron los guardias segundos José Trillo y Angel Villamón, de los puestos de Ejea y Sadaba, que espontáneamente se ofrecieron los primeros desinteresadamente para auxiliar a sus compañeros y familias, compartiendo con ellos el mismo riesgo que los otros habían corrido ya con sus semejantes y de todo lo cual di cuenta a V.E. en mi oficio número 626, sometiendo todo lo hecho a su superior aprobación.

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