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LA SIMA (1852)

  • Escrito por Redacción

la sima

Recordamos al lector, que todos y cada uno de los relatos que hasta ahora hemos ido publicando, son relatos verídicos, vividos por los componentes del Benemérito Cuerpo y acaecidos principalmente en sus primeros años de andadura, donde ya demostraron que fueron creados, que nacieron, para ayudar y quedarse, son relatos sacados en su mayoría de "LAS CRONICAS ILUSTRADAS DE LA GURDIA CIVIL", publicadas en el año 1865, siendo su autor D. ELISARDO ULLOA.

LA SIMA - (1852)                                                                      

Hay crímenes que vistos muchas veces en los libros ele pura invención se creen inventos absurdos, porque se resiste al sentimiento de todos el juzgarlos verdades.

Crímenes de esos que rompen los mas santos y fuertes lazos que unen á los hombres, son poco frecuentes en verdad; pero no por eso faltan en las estadísticas criminales, sin duda para probar que la humanidad tiene al lado de las virtudes mas heroicas los crímenes más grandes y horribles.

Decimos esto apropósito del suceso que es asunto de este relato.

Aconteció en el mencionado año y en Villamalefa, de la provincia de Castellón.

Existía allí, y aun debe existir hoy, una casa de modesta apariencia, colocada en una altura y casi al borde de una sima de gran profundidad.

Esta casa estaba habitada por un matrimonio y un niño de un mes de edad, hijo de aquel.

En el momento en que los presentamos á nuestros lectores, los esposos se hallaban en una habitación reducida, en la que está la cuna en que duerme el tierno niño, y en sus alterados rostros y descompuestos ademanes revelan la sobreexcitación consiguiente á un fuerte altercado.

El marido, dando agigantados pasos por la estancia, se mesa los cabellos y amenaza á su convulsa y amedrentada cónyuge con cínicas palabras, en las que rebosa el rencor mas impío y sañudo.

—No, no—decía con voz bronca y gutural—no quiero nada tuyo, nada!

Por momentos se aumentaba la ira de aquel hombre, en cuyos ojos centellantes parecía destellar la locura sus rayos siniestros.

Seis veces se detuvo cruzando los brazos ante la cuna de su hijo que dormía reposadamente. Seis veces abrió los cruzados brazos y los extendió hacia el niño...

Después continuaba paseando por la estancia, exhalando frenéticos rugidos.

La mujer le seguía azorada con la vista en los intervalos en que las copiosas lágrimas que inundaban sus ojos, la permitían ver.

Por sétima vez el marido se detuvo ante su hijo.

Entonces, vencido por sus criminales iras que querían ensañarse en un débil é inocente ser, arranca al hijo de la cuna con su crispada diestra, prorrumpe la madre en quejidos desgarradores... y aquel miserable, á quien no conmovían los angustiosos quejidos de su hijo, lo lanza con furia hacia una ventana abierta, le ve dar en el aire agonizantes vueltas y le ve caer como una masa inerte á la profunda sima del cercano abismo.

Corazón de roca tendría quien no se sintiera conmovido por los lastimeros gritos de la madre, que saliendo rápidamente de aquella casa, corría llamando á los vecinos y pidiéndoles auxilio.

Rodéanla todos, oyen con lástima, lágrimas é indignación el relato que la madre, ya no madre, les hacia; acuden á la autoridad, y esta á su vez al puesto de la Guardia Civil.

El Sargento 2.° Esteban Martínez, comisiona en el acto á los Guardias José Tejado y Antonio Muñoz, los que salen apresuradamente en busca del niño.

Los Guardias divisan pronto al niño desde una altura y como una masa blanca é informe en el fondo del precipicio y á nadie quedó duda de que estaría muerto.

Sin embargo, era necesario llegar hasta él, y subirle ya que no para otra cosa, para darle sepultura cristiana, y probar con él el crimen horrendo de su padre.

El descenso por el precipicio era difícil, más aun, imposible por los medios naturales.

Los vecinos lo conocieron y los Guardias también, pero no por eso podían desistir estos de lograr su deseo.

Piden una cuerda sólida, se unen varias hasta lograr una de más de treinta varas de longitud, y dispuesto todo, el Guardia Muñoz ata una punta al derredor de su cintura, sujeta la cuerda el otro Guardia con varios vecinos y comienza gradualmente el descenso.

Este, aun así. era penoso y no estaba completamente exento de peligros.

Las desigualdades de la vertiente, sus rocas peladas y sus mil arbustos apiñados y espinosos, dificultaban la bajada de Muñoz, y correspondían á las advertencias que los vecinos le habían hecho antes de bajar.

—Va usted á matarse—le decían—es imposible llegar al fondo; el niño ha muerto ya; usted va á exponer su vida por un cadáver.

Todas estas observaciones no arredraron á Muñoz y después de cien obstáculos, contratiempos y penosísimas fatigas llegó al fin de la sima...»

Allí encontró al inocente niño, y el estado en que su cuerpo y especialmente su cabeza se hallaban* puede suponerse sin que nos detengamos á expresarlo.

Al lado del cadáver, vio Muñoz y no sin alguna sorpresa á un enorme perro negro que parecía resguardarlo.

Al ver este animal que el Guardia se dirigía al niño., inyectó en sangre sus ojos, y dando furiosos ladridos se aproximo al cadáver y se colocó allí en actitud amenazadora.

Este perro, según se supo después, era de la casa del padre, autor del crimen. Su perro tenía más nobles instintos que él.

Admirado el Guardia de encontrarse sin pensarlo con un adversario tan singular, pero decidido, saca al aire su sable y adelanta resueltamente hacia el cadáver.

Retrocede entonces el perro, aunque dando siempre gruñidos tristísimos; coge Muñoz el cadáver, hace por medio de la cuerda seña á los de arriba y empieza á subir lentamente.

Los obstáculos y trabajos se renovaron siendo más fatigosos esta vez porque el inanimado cuerpo del niño embarazaba los movimientos del Guardia.

Pero al fin cuando este llegó al borde de la sima, vio allí reunida á casi toda la población y con ella la autoridad civil y la desconsolada madre del inocente niño.

El Guardia Muñoz hizo entrega del cadáver.

Otros Guardias habían puesto ya bajo el severo fallo de la ley al feroz padre que de aquel modo había dado muerte á su tierno hijo casi recién nacido.

Y para concluir nosotros, recordaremos nuevamente á nuestros lectores lo que expusimos al comenzar el relato de la Crónica titulada Balsareny.

 CRONICAS ILUSTRADAS DE LA GUARDIA CIVIL

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