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EL PESCADOR DE ROQUETAS - 4 de Marzo de 1852 -

  • Escrito por Redacción

roquetas

EL PESCADOR DE ROQUETAS - 4 de Marzo de 1852 -

Relatos reales, sobre la vida, las vicisitudes y los servicios de los guardias civiles en los primeros años de andadura de la Guardia Civil, donde ya se ganaron el respeto y el agradecimiento de toda la sociedad, recogidos en el libro CRONICAS ILUSTRADAS DE LA GUARDIA CIVIL, publicado en Madrid en el año 1865 y cuyo autor fue Elisardo Ulloa Varela 

Pasan a veces y sin que nadie lo advierta, en el seno de las familias escenas de profunda desolación.

Esas tragedias, esos infortunios que nacen, viven y mueren casi de todos ignorados llevan en esto su mayor mal.

Siendo sabidos, quizás en muchos casos serian remediados; pero verificándose en el secreto teatro de la vida privada, les sucede lo que al hambre, que se mata á si misma matando a la persona que la siente.

De uno de estos grandes infortunios era víctima la familia de un pobre pescador de las Roquetas.

Ved si no.

Allí, tendida en el suelo hay una mujer que dando horribles gritos forcejea con un hombre que pretende sujetarla. Son esposos.

A su lado tiemblan y lloran de miedo cuatro niños, hijos suyos, víctimas del profundo terror que aquella escena producía en sus inocentes y tímidas almas.

¡Infelices! su madre estaba loca y el marido, asustado por lo vehemente de aquel acceso de furor, luchaba a brazo partido por atara su mujer.

Esto parte el corazón.

Un artista muy célebre, no atreviéndose a pintar el rostro de una madre que ve el cadáver de su hijo, lo cubrió con un velo; y nosotros tenemos que pasar en silencio algún detalle porque no podemos pintar ni describir la fisonomía de aquel pescador al ver el desesperante estado de la que había jurado ser su compañera en la tierra.

Aquella mujer lanzaba frenéticos rugidos; forcejeaba entre los brazos de su marido; quería morderle; copiosas gotas de un sudor frio semejante al de la agonía, brotaban del tostado cutis de su rostro; sus ojos girando incesantemente bajo los enrojecidos párpados irradiaban la luz con siniestro fulgor, lanzando ávidas é intensas miradas cuyo brillo amenazante era imposible resistir.

— ¡Déjame! ¡Déjame!—gritaba enfurecida y salvaje— me está ahogando y yo quiero buscar a mi marido, decirle que quieres matarme, decirle...

Y se interrumpía porque una compacta espuma rebosaba en sus cárdenos labios que temblaban, se abrían o cerraban haciendo horribles muecas. Los tendones de su cuello saltaban bajo la epidermis; su suelta y desgreñada cabellera se enmarañaba sobre el rostro y algunas veces la pobre loca llevaba á ella sus manos y con movimiento nervioso se le arrancaba a mechones.

El pobre pescador llevaba ya horas en aquel trabajo que era ciertamente una bien dolorosa prueba; nadie le auxiliaba y la presencia de sus asustados é inmóviles hijos aumentaba aquel dolor.

Nadie le socorría en tal infortunio: estaba solo con la desgracia, con esa hija de la humanidad que tantas veces clava un puñal envenenado en el pecho de su madre.

El pescador, hombre de callosas carnes y ruda musculatura, sintiendo que las fuerzas iban a abandonarle pronto, quiso acelerar en lo posible aquella desesperada lucha con la enfurecida loca.

¡Cuántas de sus amargas lágrimas caían sobre el palpitante rostro de aquella mujer que le era tan querida! ¡Cómo la sangre de sus agitadas venas saltaba en el corazón y martillaba Lis hondas sienes de aquel infeliz hijo de las olas!

Pone al fin una de sus rodillas sobre el pecho de la loca; y con una de las cuerdas de su barco, la ata fuertemente las manos.

Esto dio mayor coraje al enfurecimiento de aquella mujer a la que ninguna palabra del marido conseguía tranquilizar.

Los pies fueron bien pronto atados también sólidamente y la loca al sentirse privada de los principales movimientos, volvió á sí su impotente rabia, mordiéndose los labios con sus mandíbulas rechinantes, dando con la cabeza fuertes golpes sobre el pavimiento, abriendo desmesuradamente sus ojos, revolcándose y forcejeando entre estertores y gritos hasta hacer saltar sangre en el lugar de las ligaduras.

Uno de los hijos, de dos años de edad no pudiendo resistir por más tiempo la vista de tan tristísimo espectáculo, se desmayó y con esto el llanto de sus hermanos se hizo mayor y mas doloridos sus sollozos.

El padre, sin fuerzas ya, se tendió también en el suelo.

Aquel día era el decimoquinto de un furioso temporal que había impedido salir de la playa un solo barco. El pescador no había podido ir al mar en todo ese tiempo; sus mezquinos recursos se habían agotado bien pronto, ningún alimento había en su casa... y la fatiga, el infortunio y el hambre le vencían haciéndole caer exánime sobre las losas.

¡El hambre! Esto solo bastaba, porque es la concentración de todos los dolores cuando amaga también a una mujer y a unos hijos, porque esa palabra hambre, es quizás la más terrible que pronuncia la lengua humana después de esta otra: crimen.

En aquel momento, una persona atraída por los gritos de la loca, llegó hasta aquella morada de dolores, entró en la estancia y quedó sobrecogida al contemplar con compasiva mirada aquel cuadro de terrible desolación.

Era su nombre Rafael de Torres, y vestía el uniforme de la Guardia Civil con los distintivos de cabo.

A los pocos momentos, este benemérito individuo del Cuerpo, entraba presuroso en la casa-cuartel, llamaba a los Guardias que en ella estaban, les refería lo que acababa de ver y reuniendo treinta y seis reales, corre a la morada del pobre pescador, se acerca a él, y le dice:

—Tome usted esto por ahora, buen amigo, y dé pan a su familia.

¡Oh! Dios debió sonreír en aquel momento, porque la humanidad que ha formado aparecía tal como él la había querido.

Patética era la escena que allí tuvo lugar y una gran verdad dice el Alcalde de Roquetas cuando al dar noticia del suceso escribe:

«Hechos como este moralizan y civilizan un pueblo y «honran al Cuerpo.»

Hay más aun. Al día siguiente, la esposa del cabo Torres, a semejanza de otras muchas unidas por vínculos sagrados a individuos de la Guardia Civil, prohijaba al niño de dos años, hijo del pobre pescador de las Roquetas, que recibió además nuevos socorros pecuniarios.

Creemos innecesario comentar estos hechos.

CRONICAS ILUSTRADAS DE LA GUARDIA CIVIL – 1865 -

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