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ANTECEDENTES A LA GUARDIA CIVIL: GUARDAS DE LA COSTA DEL REINO DE GRANADA.

  • Escrito por Redacción

isabel y fernando

GUARDAS DE LA COSTA DEL REINO DE GRANADA.

(Regional Andalucía)

Tras una época de crisis a mediados del siglo XVII, los rudimentarios grupos de atajadores recibieron un gran impulso, constituyéndose como instituto armado, que llegó a alcanzar efectivos de trescientos treinta y seis hombres entre arcabuceros y ballesteros, más doscientas treinta lanzas. Tanto su organización como sus misiones fueron revisadas. Se habilitaron para alojamiento locales donde anteriormente se habían aposentado con la denominación de Guardias Viejas, para diferenciarlas de las reorganizadas o nuevas. Subsistieron hasta 1848, aunque, desde mucho antes su existencia era más bien simbólica. El personal que la constituía quedó absorbido en las Milicias Urbanas Andaluzas y, posteriormente, fueron destinados como torreros. Su último destino fue el de “mantener vela”, vigía o centinela permanente en los parajes dominantes de la costa granadina, malagueña y almeriense.

Gracias a ellas, labradores, pescadores y vecindario de los pueblos costeros, de lagares y cortijos pudieron dedicarse más confiadamente a sus ocupaciones. Como recuerdo de aquellas guardas o guardias, están las campañas de la vela de castillos y alcazabas, empleadas para dar la alarma ante la presencia de bajeles y corsarios berberiscos.

Su origen estuvo por demás justificado, al quedar, tras la guerra de Granada, castillos y torres en las que, bien por vicisitudes internas, bien como garantía del comercio y la navegación, o como misión de cobertura, hubo que sostener en ellos la debida guarnición, cuyo mantenimiento era por cuenta de los propios alcaides y también por cuenta de los pueblos mediante prorrateo. Con el fin de mantener constantemente la vigilancia, se establecían toques de campana desde las nueve de la noche a las cuatro de la madrugada, dándose por cuartos y medias horas. Los vigías situados en la torre afirmaban su presencia enarbolando una bandera. Pasado el tiempo, en las vegas del litoral se siguieron utilizando las campanas para señalar las horas de riego, perdurando así dilatadamente un sistema tradicional.

Las Guardas de la Costa del Reino de Granada tuvieron su reconocimiento oficial por real cédula de 5 de julio de 1562, que las hacía depender orgánicamente del capitán general del distrito y, por delegación, de las autoridades locales. Para inspeccionar los servicios estaban los veedores y contadores de la Costa, en cuyas oficinas se custodiaban las documentaciones.

El servicio de cobertura se hacía sobre la lengua del agua. Si desde alguna torre se divisaban naves sospechosas se corría la alarma de torre en torre mediante luminarias o ahumadas, según fuese de noche o de día. Otras veces los avisos y novedades se pasaban de boca en boca o por derrotero, de guarda a guarda, a lo largo de la costa. Felipe II aumentó la consignación por derrotero a un real y ordenó que el “sistema granadino” de vigilancia se extendiera hacia Murcia y Levante y al otro lado del estrecho de Gibraltar. En cada torre hubo de dotación un cabo, dos torreros y dos verederos (atajadores de a pie). Actualmente estas torres han quedado como vigilantes silenciosos de la cosmopolita Costa del Sol.

La práctica de los servicios de vigilancia fue sumamente eficaz y en esencia aceptada más tarde por los Carabineros de Costas y Fronteras y heredada por la Guardia Civil. Cada cabo torrero disponía de un cuaderno donde se registraban los recorridos de los verederos que cubrían su trayecto, uno hacia Levante y otro hacia Poniente, hasta mitad de camino de la torre próxima, donde se entrevistaban con los verdaderos correspondientes. Cuando se producían situaciones especiales de gran peligro, esta sutil línea de vigilancia era reforzada con destacamentos de Infantería y Caballería.

Siendo capitán general de Granada el marqués de Mondejar, por real cédula de 8 de mayo de 1567, la plantilla se compuso de doscientos treinta y cinco hombres de a caballo, de los que ciento setenta y cinco eran forasteros (mercenarios), mantenidos en parte, como ya dijimos, con la farda, cuyo monto ascendía entre los quince y los dieciocho mil maravedíes. En cuanto a los trescientos treinta y seis hombres de a pie, recibían como gratificación de dos a dos ducados y medio al mes.

Aguado.

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