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RELATOS: EL DEDO DE DIOS.

  • Escrito por Redacción

GUARDIA-CIVIL-1852

EL DEDO DE DIOS.

Junio de 1852.                                                                        

La noche era negra y calurosa, aunque su negro manto había enfriado un tanto la atmósfera, quemada durante el día por un sol abrasador.

Muchos, la mayor parte de los habitantes de Bentelló (1) se habían entregado al reposo reparador de las fatigas del día y tan necesario para continuar las del siguiente.

Hemos dicho que esto hacían la mayor parte de los vecinos, porque no todos daban al sueño el cuotidiano tributo.

Ved sino aquel alegre grupo de personas, casi todas jóvenes, que recorren las calles cantando alegremente y con el decidido proyecto de no dejarlas hasta que la luz del nuevo día, dé fin á la apacible noche y á la ronda, como ellos llaman á aquel nocturno paseo.

Cruzando unas y otras calles, ya lanzaban alegres gritos ó ya se detenían ante una casa y cantaban alguna copla cuya intención en aquel caso era por todos bien conocida.

Sin embargo, no eran siempre tan pacíficas como pudiera desearse aquellas manifestaciones de alegría.

El abuso en la bebida, esa causa de tan espantosos é innumerables desastres, ahogando con sus vapores la luz de la razón que debe siempre y naturalmente iluminar todos los actos del hombre, hacia que algunos de los rondadores olvidasen muchas veces todo asomo de prudencia.

Así no era extraño ver que uno sacaba un arma y amenazaba con ella á los demás; ver que otro sin motivo de ningún género trababa lucha de sendos garrotazos con un compañero.

El porrón pasaba velozmente de manos á manos y de estas á la boca, y uno mascullaba una canción ininteligible acompañándola con peligrosas oscilaciones y traspiés, al par que otro contestaba que estaba lloviendo si le preguntaba qué años tenía.

—Paremos aquí—decía uno pasando los dedos por las cuerdas de una vieja guitarra es necesario que yo cante una copla á mi novia.

—Entendido; es justo—dijeron algunos.

—¡Tu novia!—exclamaron otros en tono de mofa, si la cantas tantas como años tiene, mañana á la noche vendremos á buscarte y aun no habrás concluido la serenata.

—¿Y qué os importa?—dijo el rondador pronunciando con bastante dificultad las palabras.

—¡Como ha enviudado dos veces!

—Pues á la tercera va la vencida; ahora le toca a él—replicó otro de los compañeros.

—No me habléis mal de mi novia... ya sé que se murmura... y al que se atreva!..

Hizo el mozo un ademan de hostil provocación, y como en tales casos andan los ánimos de sobra alterados, no faltó quien se le pusiera delante contestando á ademan con ademan.

Y ciertamente no hubiera acabado en bien la lucha si uno de los rondadores llamado José Ferrer no se interpusiese entre sus dos compañeros.

—José—le dijo otro que tenia por nombre Miguel Vinardell mal haces en meterte en lo que no te importa: sigue el ejemplo de tu hermano que no quiere mezclarse en asuntos que son de los demás y no estires el pié mas allá de donde llega la manta por presumir de mucho.

—Ya sabía yo, Miguel, que había de parecerte malo todo lo que yo hago con satisfacción de todos. Hace tiempo que me guardas rencores, y como conmigo no te atreves, buscas el medio que otros lo hagan por tú... ya sabes que te espero siempre. ¿Quieres que ahora mismo te lo pruebe?

—Yo no te guardo odio alguno, José; pero si me amenazas... ahora...

—¡Basta! ¡Basta!—gritaron varios y entre ellos el hermano de José Ferrer que era tocayo de Vinardell.

—Canto ó no canto?—gritó con voz vinosa el que quería dar serenata á su prometida—¡Callaos ya!

—Yo no tengo más que hablar—dijo José con calma.

—Por más que digas, Miguel, todos te conocemos. Sabemos que has sido ladrón en cuadrilla, sabemos que has estado en presidio, sabemos que has querido fugarte de la cárcel de La Bisbal, tirándote por una ventana de cuyas resultas no andas muy derecho: y en fin, sabemos...

—Tanto sabes y no sabes lo mejor.

—¿Qué?

—Ya lo sabrás por otro. Aquí concluyó tan agresiva reyerta, y entonces el mozo que empuñaba la guitarra, gritó:

—¡Silencio! voy á cantar.—Rasgueó la guitarra, y estirando el cuello, empezó así:

«He tenido seis novias,

«diez novias, ciento,

«y es la mejor de todas

«la que no tengo.

«Por esta causa...»

Aquí se detuvo el mozo viéndose en gran aprieto para continuar la canción por haberla olvidado en aquel punto. Tornó á repetirla, le dio cien vueltas á lo de por esta causa... y no encontrando lo que debía seguir, salió de la dificultad diciendo:

—Por esta causa... me callo y me voy.

La causa en verdad, era el vino y los licores.

Tal suceso aumentó la general alegría de los rondadores y como algunos exclamasen:

—A las eras! á las eras!—el grupo se separó gradualmente de las casas de Bentelló y se encaminó á las cercanías.

Las exclamaciones, los gritos imitando los de algunas aves, las frases disparatadas, las amenazas y la estrepitosa algarabía de tantas voces broncas que cantaban tan distintas cosas, no cesaron allí y formaron un monstruoso y atronador desconcierto.

Los perros de las eras, asustados por gritería tan tumultuosa, comenzaron á lanzar agudos é incesantes ladridos y unido todo era imposible que hubiese un sueño capaz de resistirlo sin interrumpirse.

Así que, algunas personas que dormían en las eras se despertaron revelando en sus primeros movimientos la extrañeza que el suceso les causaba, si bien no tardaban en figurarse la exacta razón de aquella gritería.

Una de ellas era un niño y ya le veremos después tomar mucha parte con la Guardia Civil en esta historia.

Hicieron alto los alegres rondadores y se diseminaron un tanto sin que cesasen por esto las conversaciones, burlas, gritos, canciones y sonidos de cascadas guitarras.

Pero un segundo bastó para que todo cambiara enteramente de aspecto.

Sonó un tiro, vieron algunos la rápida llamarada de la pólvora, oyeron bien cercano un ¡ay! de agonía... y en un instante de todos aquellos hombres solo tres quedaban allí.

Huyeron despavoridos y desbandados como pájaros que en mitad de la noche sienten un tiro en medio de las ramas en que duermen agrupados.

De los tres que quedaban, uno era ya cadáver: José Ferrer había muerto.

Otro, llamado Miguel, dejaba caer de sus manos el arma homicida y exclamaba:

—¡Oh! vil de mi, que he muerto á mi hermano!

El tercero era Miguel Vinardell.

Se acercó con mucha prudencia á su tocayo, entonces fratricida, y le dijo en voz baja:

El tiro no ha debido alarmar á nadie esta noche, porque todos saben que andamos de ronda; yo alcanzaré á los amigos y les prevendré de todo para como deban obrar y decir. Ahora llevemos el cadáver á aquel huerto y podrá hacerse creer que le mataron allí por haberle cogido robando.

—¿Ves á alguna persona..? preguntó temblando el fratricida.

—A nadie, á nadie veo. Arrastremos el cadáver cuidando de evitar el rastro de sangre y vamos hacia el huerto. No tienes mala puntería.

—¡Calla!

—Cógele tú. por los pies... y al huerto.

—Vamos allá. Cuida de que no nos perdamos...

—No temas; nadie podrá decir nada. Y asiendo el cadáver, le llevaron al lugar que habían determinado como más conveniente para sus deseos.

Al día siguiente de este suceso dos Guardias de segunda clase, Jacinto González Sanz (1) y Benito Fernández, del puesto de Torruella de Montgrí, hacían su acostumbrada correría por los caseríos de Olivas y Vilaur, cuando llegó á su conocimiento la noticia del asesinato referido que ya había traspasado los límites de Bentelló.

Ignoramos por qué medio la supieron los Guardias y preferimos y preferiremos siempre decirlo así, á escribir lo que no esté bien probado ó sea contrario á la verdad pues esta es la que antes que todo debemos tener en cuenta continuamente.

Sabida la noticia, los Guardias toman sin dilación el camino de Bentelló, y llegan á este punto.

En él les informan de que allí se hallaba también el cabo 1.° Andrés Fernández, su comandante, con la fuerza restante del puesto y corrieron á su encuentro para ponerse á sus inmediatas órdenes.

La conjetura mas válida de todas las que circulaban por el pueblo acerca de la muerte de José Ferrer, consistía en creer que habiendo el difunto salido de ronda con otros compañeros, estos no debían ignorar el motivo de aquella muerte violenta.

Nadie sin embargo hacia más que darse á sospechas y los que conocían bien todo lo sucedido callaban como mudos ó fingían entregarse como los demás á conjeturas mas ó menos vagas, lejanas é inverosímiles.

Es lo cierto que la autoridad civil local no pudo descubrir ningún indicio exacto en las primeras diligencias.

El Cabo sin embargo, apercibiéndose de la consistencia del rumor más probable, propuso al Alcalde que se procediese á la detención de todos los mozos que en la noche anterior habían rondado por el pueblo para ver si alguno daba los apetecidos indicios.

Verificó estas detenciones la Guardia Civil, y llamados á declarar privadamente los rondadores, no se consiguió á pesar de los esfuerzos del alcalde y secretario, encontrar una sola contradicción ó abrir un camino que llevase con mas ó menos rodeos al conocimiento de quien fuera el asesino.

Todo vino á estrellarse en este misterio.

¿Cómo aclararlo? Vista la uniformidad de las declaraciones dadas, parecía imposible, y ya se empezaba á atribuir á inciertas causas la muerte de José Ferrer.

Todos los recursos ordinarios en este género de asuntos se había agotado sin dar resultado alguno,

Las pesquisas, si se hacían, debían ser particularizadas y esto no se logra sin que haya un indicio que guie en ellas, que marque un punto, así como el marino surca el Océano valiéndose de la estrella ó de la brújula que le marca un polo.

Llevando algo conocido, se puede buscar con fundamento; cuando nada se conoce es entregarse por completo á la casualidad.

Este extremo era el que arrojaba el proceso empezado en Bentelló...

El libro de sospechosos de la Guardia Civil, no podía tampoco dar alguna luz al misterio.

De gran importancia, son esos libros, según el. conocimiento y minuciosa experiencia de quien los escribe, comprendiendo lo mucho que valen y su poderosa trascendencia; en los pueblos pequeños donde todas las vidas son conocidas, esos libros suelen y deben tener una exactitud y precisión admirables.

Pero ¿de qué servirían en el acontecimiento que preocupaba los ánimos de los vecinos de Bentelló?

Serian inútiles según toda probabilidad, y cuanto sobre sus datos se hiciese saldría frustrado.

Eran ocasiones perdidas, semejantes á muchas otras de que hablaremos en otra ocasión al hablar de las cédulas de vecindad, asunto que juzgamos de mucha importancia.

Pero contrayéndonos ahora á nuestro principal asunto, será forzoso conocer que el descubrimiento del asesino, no dependía directamente del valor, ni de la abnegación, ni de una actividad que no sabría en qué ejercerse; dependía solamente del talento.

Que el Guardia Civil necesita educar su inteligencia y poseerlo, es de todo punto indudable.

Que en general lo tiene, podrían ponerlo en juicio algunos; pero tanto esta Crónica como otros infinitos hechos les harían palpable su error; si á pesar de esto persistiesen en negarlo, sería juzgar una cosa sin conocerla; y ninguna importancia concedemos ni concede nadie á las personas que así tan de ligero ó con tan mala fe juzguen las cuestiones...

Veamos ahora como obró en tan misterioso caso la Guardia Civil.

El cadáver había sido encontrado en el huerto de que hemos oído hablar á Vinardell; todo en aquel cuerpo inerte indicaba un asesinato; y era urgente descubrir al asesino.

Hoy parece que la ciencia médica ha hecho un importantísimo descubrimiento, según varios periódicos científicos han asegurado últimamente.

Se ha conocido, á favor de un microscopio que en los ojos del cadáver muerto repentinamente queda como retratada la imagen del último objeto que ve.

Y se dice que en Francia, al examinar así los ojos de una joven asesinada, se vio en ellos parte de la figura de un hombre, cuya mano derecha blandía un puñal.

Gracias á este descubrimiento, se dan por descubiertos últimamente muchos criminales.

Decíamos que, existiendo vehementes sospechas de asesinato, y no arrojando luz alguna las declaraciones tomadas a los rondadores, solo una especial idea podría guiar á la captura del misterioso asesino.

No faltó por fortuna. Cuando ya iban á ser puestos en libertad los detenidos, el Guardia Jacinto González Sanz solicitó de su jefe de puesto y del Alcalde permiso y facultades para obrar según necesitase con el objeto de descubrir los criminales. Aconsejó que continuase la detención de los rondadores y era tal su confianza que se comprometió á poner muy en breve ante las leyes el oculto u ocultos delincuentes.

Le fue concedido cuanto pedía y comenzó á poner en práctica su ingenioso proyecto, saliendo á las calles.

Paseó con fingidas muestras de no hallarse de servicio y arreglando bajo esta apariencia todos sus ademanes y palabras, llamaba á los niños de 6 á 10 años, los alhajaba y concluía por pedirles con gran disimulo noticias acerca de lo sucedido.

Nada pudo conseguir en aquellas primeras indagaciones, pero no desanimó por ello. Continuando en su propósito, llamó á sí á una niña muy pequeña, hija de un amigo suyo á la cual compró algunos dulces.

—¿Sabes tú—la dice después acariciándola—quién mató á José Ferrer en las eras? No has oído nada de esto?

—Sí;—le contestó inocente niña con gran ingenuidad—el hijo del sereno sabe quien le ha pegado el tiro á José; pero no quiere decírnoslo porque su padre le ha pegado por haberlo dicho ya, y le amenazó con matarlo si lo decía.

Al oír esto, no pudo el Guardia contenerse y dando sin cariñoso abrazo á la niña despidiese de ella con estas palabras:

—Sin duda Dios se vale de un ángel para descubrir un crimen.

Dejó aquel sitio, conoció que faltaba mucho que hacer y que todo recomendaba especial prudencia, y corriendo en busca de otro compañero, se armaron precipitadamente.

Sin perder tiempo y evitando todo ademán que demostrase hostilidad ó prevención, dirigirnos los dos Guardias hacia la casa del sereno, pero siempre aparentando estar de marcha y ser aquel el camino.

Por fortuna encontraron al niño clave de aquel misterio y le propuso González Sanz que si quería acompañarlos al vecino pueblo de Barbará, porque ellos desconocían el mejor camino. No amedrentó esto al infante, pues le pareció muy natural y como Barbará estaba cerca, podía muy pronto volver á su casa.

Sin sospechar ni remotamente lo que iba a sucederle, aceptó con alegría el ofrecimiento y se pusieron los tres en marcha no deteniéndose hasta llegar á un olivar situado en paraje solitario.

Allí, detuvo al niño el Guardia González y poniéndose ante él con ademan imponente le dijo, firme en su proyecto:

—Niño, nosotros venimos enviados por Dios y la justicia; las dos nos han dicho que tú sabes quién mató á José en la noche del sábado; sabemos también que tu padre te ha amenazado, pero si ocultas ese horrible crimen, te condenas desde ahora mismo. Tu padre nada sabrá de lo que nos digas, porque para que nada sospeche seguirás con nosotros hasta Barbará ya que él te permitió que nos acompañases. Si no confiesas lo que sabes, estás condenado y te dejaremos en el hueco de aquel olivo hasta que el diablo venga á cogerte y te hunda de repente en los infiernos.

Estas palabras, dichas con la entonación que requerían, hicieron en el niño mas efecto que el que cualesquiera otras hubieran producido.

Una rápida conmoción se apoderó de él y una intensa palidez cubrió su expresivo semblante.

Pero el miedo que á su padre tenía le hizo reponerse bien pronto y con una calma y sangre fría muy de extrañar en su corta edad dijo y repitió que nada sabía de lo que le preguntaban.

Vuelve el Guardia González Sanz á repetirle las amenazas y lo fatídico de las palabras, el continente de los Guardias, la soledad del olivar y el asomo de un cruel remordimiento, vencen al fin al niño por cuyas pálidas mejillas rodaron instantáneamente dos lágrimas.

Temblando entonces suplicó á los Guardias que nada dijesen á su padre de cuanto iba él á manifestarles, y recogida la promesa, trocó su angustia y temor en confianza y cariño.

—Sí—dijo—yo lo sé todo porque lo vi estando acostado en la era. Oí un tiro y al hermano de José que gritó:

—¡Oh vil de mí, que he muerto á mi hermano!

Y siguió narrando lo que nuestros lectores saben ya.

Si alguna duda había podido tener hasta entonces González Sanz, esta última revelación las ahuyentaba todas.

Había pues, cumplido su promesa en el mismo día de haberla hecho.

Escusado nos parece decir que los Guardias no siguieron el camino de Barbará. Antes bien, después de dar todas las seguridades al niño confidente, tomaron de nuevo con paso presuroso la ruta de Bentelló.

Llegaron y entraron sin más demoras en la cárcel; allí González dispuso que Ferrer y Vinardell fuesen puestos en prisión separada de los demás detenidos y dirigiéndose á estos les dijo:

—Pongan ustedes las manos sobre el corazón y conocerán que no le tienen tranquilo... porque no han dicho la verdad. Ya sé yo quienes son los que han hecho la muerte... ustedes acaban de verlos separar. No quieran ustedes hacerse cómplices del crimen por miedo de comprometerse; digan cuanto han oído y visto y yo les prometo que el que amplíe la declaración diciendo la verdad marchará en seguida á su casa y sin peligro alguno.

Oído esto, todos los rondadores permanecieron mudos; ninguno se atrevía á ser el primero en demandar ampliación á lo declarado.

El mozo de la copla se mordía las uñas, dándose tiempo á recapacitar sobre lo que convenía hacer. Al fin, uno de sus amigos, que era soldado y estaba disfrutando de licencia temporal, pidió declarar de nuevo, y entonces nada contuvo á aquellos hombres que pidieron inmediatamente lo mismo.

Declararon todos y los reos fueron completamente conocidos.

Ferrer, Vinardell y otros dos fueron puestos inmediatamente bajo el severo fallo del Juzgado de primera instancia del partido.

Treinta horas habían bastado para conseguir un fin que aparecía tan confuso y lejano, y en el cual se muestra visiblemente el dedo de Dios.

No es—ya lo hemos dicho —el valor, la caridad, la abnegación, lo que podremos apreciar en este pequeño relato, lo es sí, la previsión y el talento del Guardia Civil.

Y nadie dudará de que esta es una cualidad tan necesaria é imprescindible como las otras para el más exacto cumplimiento de los deberes que el Guardia se impone al jurar bajo sus sagradas banderas.

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