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RELATOS: HUETE Y ALCANTUD.

  • Escrito por Redacción

GUARDIA-CIVIL-HUETE

HUETE Y ALCANTUD.

En el día 14 del mes de Febrero de 1849, entraban en Huete por el camino de Tarancón varias personas que vestían el traje de la Guardia Civil. Algunas cabalgaban sobre buenos caballos, otras marchaban á pié y llevando entre filas á un hombre atado codo con codo.

De esta manera, y delante de otras que con trajes extraños las seguían, llegaron á Huete á las seis y cuarenta minutos de la mañana.

Al penetrar por una de las calles, vieron a un hombre que se ocupaba en abrir la puerta de una tienda de cerrajería de la que era dueño.

Uno de los recién llegados, a quien había llamado la atención la chaqueta amarilla y gorro de cuartel que el herrero tenia puesto, se le acercó preguntándole por el puesto de la Guardia.

—¿De dónde vienen ustedes?—les preguntó el artesano.

—Venimos de Madrid—contestó uno—y debemos hacer entrega del preso que traemos al señor sargento de Huete.

—Yo les guiaré á ustedes hasta hablar con él, que debe hallarse en la casa-cuartel situada en el que fue convento de la Merced.

Echaron con esto á andar, y durante su camino fue refiriendo el herrero al que primero le hubo dirigido la palabra, que él también había servido en la Guardia Civil, en la cual ascendió a Guardia 1.°; pero que habiéndose casado en Huete, hacia solo mes y medio que había tomado su licencia a pesar de los consejos que en contrario sentido le daba el sargento Sr. Delatre, a cuyas inmediatas órdenes había servido.

En esta plática llegaron al convento mencionado, entraron por una de las puertas que miran al Poniente y llegando á una larga sala hallaron en ella al Guardia Antonio Martínez que aprovechando la luz del amanecer se ocupaba en colocar una hombrera á su levita.

Entonces el herrero Juan Diez, acercándose á su antiguo compañero le dijo:

—Estos señores preguntan por el primero.

Y aun no había concluido el Guardia Martínez de contestarles cuando los hombres que seguían á los recién llegados aparecieron en el claustro, y el preso mirando al licenciado Diez, sacaba un enorme trabuco.

Los que vestían el uniforme de la Guardia Civil y los últimamente llegados, gritaron entonces a una voz:

—¡Viva Carlos sexto!

Pero antes de seguir, narraremos algunos sucesos que nos explicarán la presencia en aquel sitio de los fingidos Guardias.

Era la facción mandada por los cabecillas San Juan y el célebre Pimentero.

El día antes se había organizado aquella gente en Tarancón; y sorprendiendo en la noche al capitán del Cuerpo, D. José Méndez, que salía del palacio del Excelentísimo Sr. Duque de Riansares, y poco después á los Guardias allí destacados, les quitaron traidoramente toda resistencia y se vistieron diez ó doce con los uniformes del Cuerpo.

Marcharon seguidamente a la cárcel y dieron libertad a los presos a condición de que se unirían a la facción, cosa que aquellos prometieron de muy buena gana.

Dispusieron entonces los cabecillas que todos los de su gente que estaban por completo vestidos y armados de Guardias formasen la vanguardia del pelotón, y al efecto haciendo que uno de los facciosos se fingiese preso, le colocaron en medio, y de este modo los insurrectos salieron precipitadamente para Huete, llevando por retaguardia a los presos y demás hombres que no vestían el uniforme, aunque para resguardarse del mucho frio de la noche, llevaban ropas fuertes y de abrigo.

En el camino robaron algunos caballos, porque a todo iban decididos y al amanecer llegaron a Huete.

Ya hemos visto cómo hallaron al licenciado Diez; cómo este les guió a la casa-cuartel; cómo en aquel momento aparecieron las gentes de la retaguardia; cómo en fin, se dio el grito de ¡viva Carlos sexto!

La casa-cuartel de Huete tenía entonces cuatro individuos; el sargento 1.°, D. Constantino Delatre y tres Guardias de segunda clase. Dos de estos habían salido el día anterior a prestar el servicio de Instituto, y en aquella mañana solo el Sr. Delatre y el Guardia Martínez se hallaban en el convento.

Los facciosos que así les sorprendían eran en número mayor de cuarenta.

El antiguo convento de la Merced es grande y se conserva en buen estado. Está situado al Este de la villa, tiene tres grandes entradas al Oeste y su fachada principal mira al Sur.

Una de aquellas da paso al teatro y cuartel, y otra á la iglesia parroquial de San Esteban protomártir.

Entraron por la primera los facciosos y en un momento los cabecillas dieron colocación a todas sus fuerzas.

Tres hombres de caballería estaban situados bajo las ventanas del convento; varios otros en la esquina de la casa donde trabajaba el Diez; algunos también delante de la habitada por D. Diego de Parada; y nueve mas de caballería en la puerta principal.

La intención de todos era apoderarse de las armas de la Guardia Civil, sacar el dinero existente en la Administración de Rentas, y engrosar sus filas con los presos de aquella cárcel. Todo esto hacia de aquellos hombres, no una facción de bando político, sino una gavilla de salteadores; para la que todos los medios y todos los hombres eran buenos.

El claustro en que los fingidos Guardias encontraron a Martínez tiene ciento diez y seis pasos de longitud y seis de ancho; su entrada es por la parte de Oeste y por otro claustro que conduce á la escalera principal; tiene además comunicación con otras habitaciones, y de una de estas salió el sargento Delatre advertido por el rumor que escuchaba.

Al aparecer ante los facciosos, estos prorrumpieron en confusos gritos; el sargento, creyendo que los supuestos Guardias eran varios de nueva entrada que de un dio a otro debían pasar de Madrid para Cuenca, les reprendió enérgicamente por aquellas voces.

En este momento, el fingido preso que como hemos dicho había mirado con mucha atención al licenciado Diez, descargó sobre él su trabuco a quemarropa.

Aquel hombre era un criminal que había sido años antes conducido por Diez a presidio; en aquella circunstancia y durante el camino prometió al Guardia vengarse de él si se le presentaba ocasión; pasaron algunos años, el preso encontró a Diez en Huete y de aquel modo tomaba al conocerle su vil venganza.

Quizás si el forajido contiene por algún tiempo más sus vengativos instintos, no hubiera quedado a los dos Guardias ningún género de salvación, hallándose solos entre tantos hombres y que tan traidoramente les sorprendían.

Disparado un tiro, otros varios le siguieron instantáneamente.

El licenciado, herido ya, y conociendo al fin lo que aquella gente era, se arroja en medio para amparar a sus antiguos compañeros, recibe tres balazos y cae revolcándose en su propia sangre y con sus ropas ardiendo. El valiente Diez no podía olvidarse de que había pertenecido a la Guardia Civil.

Martínez, rueda también por el suelo, se levanta, vuelve a caer y lucha a brazo partido.

Todos los disparos se hicieron a la distancia de ocho pasos.

Afortunadamente, de los dirigidos al señor Delatre, ninguno le hirió; el sargento envuelto repentinamente en una espesa nube de humo y polvo nada divisaba, hasta que aclarada algo la atmósfera pudo ver a los que componían la retaguardia de la facción, vestidos como hemos dicho, de extraño modo; pues unos llevaban sombrero y levita de Guardias con calzón corto y albarcas y otros levita de uniforme con montera de pieles, etc.

Todo esto pasó en cortísimos instantes. El inteligente y previsor sargento conoció entonces lo que aquello significaba; dio por muerto al Guardia Martínez; conoció que le era imposible vencer a aquella muchedumbre solo y sin arma alguna porque todas ellas estaban en el armero ocupado ya por la facción, y prefiriendo morir a entregarse, se precipitó a su habitación en donde no vio ya a su señora, y se arrojó a la huerta desde una altura de 35 pies.

Allí, contuso de gravedad, quedó por algún tiempo completamente privado de sentido; lo que dio después motivo a una comunicación que más adelante conoceremos.

Por salvar a un hombre hubiera expuesto gustoso el señor Delatre una vez más su vida; exponerla entonces, hubiera sido morir inútilmente a manos del enemigo, y sin ninguna ventaja para el Cuerpo.

Además, salvándose el señor Delatre, salvaba con él a los individuos de los puestos cercanos, como tendremos tiempo de ver en los siguientes capítulos.

Don Constantino Delatre es uno de los individuos más distinguidos de la Guardia Civil.

El número de sus servicios importantes es muy grande.

Nos complacemos en reconocer el mérito donde quiera que se halle y ensalzarlo es el objeto de este libro; pero hablen por nosotros las comunicaciones oficiales referentes a los hechos que engrandecen la larga hoja de servicios de quien ha sabido conquistar paso a paso y a fuerza de valor, de actividad y de trabajo un distinguido grado y un general reconocimiento en las poblaciones recorridas durante su honrosa carrera militar.

En comunicación de 18 de Febrero de 1854, se dice en referencia al señor Delatre: esta recompensa es por los constantes y buenos servicios que ha desempeñado en todas las provincias y destinos.

En otra de 30 de Diciembre de 1844: me prometo: que su buen celo concluirá con TODOS los malhechores de esa comarca.

En otra de 20 de Agosto de 1854 el gobernador de Guadalajara alaba la excelente conducta, actividad, celo y acierto del señor Delatre, sus conocimientos del terreno, sus importantes trabajos sobre estadística de criminales y el haber logrado hacerse respetar y obedecer por todos indistintamente é inspirar la confianza necesaria al mejor servicio del Cuerpo. Dudo que haya persona que comprenda mejor su deber y estoy seguro de que nadie podrá reemplazarle con ventaja en el servicio. Por esta razón, cumplo un deber al recomendarle eficacísimamente se sirva darle ingreso en la 6ª compañía para que continúe como hasta aquí, prestando sus importantes servicios en esta provincia.

En otra del Excmo. Sr. Duque de Ahumada, se dice que: debido a su celo y actividad, son muchos los criminales que diariamente se entregan a los tribunales.

En otras se aplauden sus mejoras introducidas en el servicio, su disposición, celo incansable y serenidad; y por último, en la referente al hecho que es motivo de esta Crónica, se dice:

He visto con tanta más satisfacción la bizarría de este sargento, cuanto desde luego predije no caería en poder de la facción porque conozco su buena disposición militar. Le dará usted las gracias por su serenidad en libertarse en medio de los enemigos. Cuidará usted de que nada le falte en su curación del golpe que recibió etc. AHUMADA.

Ha limpiado de criminales a grandes comarcas; en el tiempo de su estancia en Huete, los gitanos, lañadores y malhechores desaparecieron en algunas leguas a la redonda. Salía solo, especialmente en noches de lluvia y tormenta, y en una de estas capturó a dos facinerosos.

El señor Díaz Valderrama ha reconocido también la importancia y renombre del señor Delatre al hacer ligera mención de uno de sus actos de bizarría en la página 57 de su obra.

Y nosotros, cumpliendo estrictamente nuestro deber marcado en la Dedicatoria de este libro, y en vista de las cien comunicaciones que hemos revisado, reconocemos que el señor Delatre es, como hemos dicho, uno de los muchos individuos distinguidos y dignos de ejemplo de la Guardia Civil.

Continuemos ahora nuestro relato, porque lo reclama el interés de lo que de él falta por narrar.

El sargento, vuelto en fin al sentido y dominando sus dolores, se dirigió a las ruinas del cercano convento de San Francisco, burlando felizmente a los numerosos carlistas que rodeaban el de la Merced, y con objeto de expedir propios montados a los puestos de Buendía, Riego, Carrascosa y Cabrejas; como así lo hizo, evitando que fueran después sorprendidos los dos primeros.

El valiente Guardia Martínez, viendo que por todas partes tenia cortado el paso, luchó brazo a brazo con los facciosos y logró abrirse camino por medio de ellos saliendo milagrosamente ileso. Ningún hombre ha tenido la muerte más segura que él y una reunión de circunstancias le salvó.

Atravesando impávido el compacto grupo de facciosos pudo llegar a las gradas de la puerta principal. Allí debía haber encontrado varios centinelas de caballería, pero como los que habían penetrado en el interior del convento descargaron sus armas sobre Martínez, creyeron que aquellos disparos eran de los Guardias del puesto, y se replegaron hacia la derecha. Así, después de una lucha desesperada consiguió Martínez salvar su vida, saliendo del convento y dirigiéndose a la fragua que oportunamente había dejado abierta su antiguo y valiente compañero Diez, moribundo entonces.

Los facciosos entretanto se desparramaron por los ámbitos del convento registrándolo todo. Solo quedaba allí la esposa del sargento; señora de esforzado ánimo y valor poco común en su sexo, pues en su odio profundo hacia todo delincuente, algunas honrosas capturas han sido debidas a tan animosa dama.

Esta señora se salvó ocultándose en una habitación y teniendo la oportunísima previsión de cerrar herméticamente todas las ventanas de aquella. Los facciosos golpearon fuertemente la puerta, pero viendo oscura la estancia desistieron de penetrar en ella creyendo que sería una de las muchas deshabitadas del antiguo convento.

Atendidas las especiales circunstancias del suceso, podrá decirse que habíase ganado una victoria; no era victoria morir inútilmente á manos del número y de tan traidora sorpresa; lo era sí burlar solo dos hombres, a más de cuarenta, dirigidos por célebres y experimentados cabecillas.

El valiente ex-Guardia Diez, espiró a la una de la tarde de aquel día. Los facciosos ocuparon después su fragua y delante de ellos se le dio el santo óleo.

Había tomado la licencia para dedicarse a sus quehaceres domésticos en tranquila vida; pero su alma continuaba siendo la de un Guardia Civil. Murió por haberse interpuesto generosamente por salvar a sus antiguos compañeros de armas y el Cuerpo y S. M. la Reina concedieron a la viuda un socorro de 4,200 reales y una pensión vitalicia.

Bueno será hacer constar que cuando los facciosos ocupaban las pequeñas habitaciones de la casa-fragua, el Guardia Martínez estaba oculto en una de ellas.

Finalmente, la facción salió de Huete en la tarde de aquel día, llevándose los caudales, robando algunos caballos y dando libertad a los presos.

—En dos pudiera dividirse ahora el presente relato dando motivo a una nueva Crónica; pero como los acontecimientos fueron continuados y la facción la misma, creemos más oportuno dar a las siguientes páginas el nombre de:

Los campos de Alcantud

EPILOGO.

Han pasado solos cinco días; estamos en 19 de Febrero de 1849 y en los campos de Alcantud.

La aparición de los facciosos capitaneados por los cabecillas San Juan y el Pimentero por, aquellos valles, había sido comunicada a todas las autoridades. También la Guardia Civil había desplegado sus aguerridas fuerzas volando en persecución de los perturbadores del orden público.

Hallábase pues en la sierra y ermita de Bienvenida un destacamento del Cuerpo al mando del 2.° capitán D. Félix Fernández Soto, hoy coronel; y con él estaban el teniente D. Joaquín Bober, hoy 2.° jefe; y el alférez D. Pedro Carabaza, difunto capitán.

Estos distinguidos oficiales, con veinticuatro Guardias de infantería y ocho de caballería, marchaban tras los pasos de la facción, cuando se les incorporó el sargento 2.° D. Vicente Velilla y Medina, con dos jinetes mas. Había salido de Algora para encontrarse en Guadalajara con el mencionado jefe; y habiendo sabido allí que la fuerza había partido ya en persecución de los facciosos, tomó inmediatamente dirección y haciendo el tercer día de viaje llegó a la ermita de Bienvenida.

Breves momentos después la Guardia Civil divisaba a la facción en las eras de Alcantud y a la conclusión de la sierra por la cual bajaba precipitadamente.

El capitán Sr. Soto dispuso inmediatamente que la caballería partiese y cargara a los facciosos marchando él mismo al frente, acompañado del alférez Carabaza y el sargento Velilla.

Los Guardias empezaron su carrera acortando a cada instante la media legua escasa que les separaba del vecino pueblo.

La facción, que siente ya los relinchos de los caballos enemigos, pretende desordenarse; pero contenida por sus cabecillas desfila por la parte opuesta del pueblo.

Sigue la Guardia su carga; atraviesa el pueblo; pasa bajo un molino, llega a una altura y allí forma en ala.

Entonces el jefe, recordando la clase de gente que componía la facción, grita con voz enérgica:

—¡Guardias! ¡Viva la Reina! ¡a esa canalla!

Una entusiasta aclamación contesta a sus palabras y los Guardias caen como iracundos rayos sobre los facciosos que esperaban parapetados en un pinar.

Casi a quemarropa hicieron estos una formidable descarga.

Dos balas hieren gravemente al Sr. Soto y otras penetran en el cuerpo de algunos caballos.

El sargento Velilla, arrebatado por su ardimiento guerrero, adelanta solo tras los facciosos que huían en retirada.

Alcanza a uno, le vence; y con él, su caballo y tres facciosos mas de infantería volvía a la columna, al tiempo que los Guardias Timoteo Pablo y Feliciano Velilla al verle solo con sus cuatro prisioneros salen a escape a su encuentro.

El bizarro sargento se bastaba para sujetar a aquellos hombres.

Las dimensiones de este epílogo no nos permiten extendernos mas. Solo diremos que la facción capitaneada por los célebres cabecillas San Juan y el Pimentero fue completamente arrollada y vencida.

Desde entonces hay un sitio más que recuerda las glorias de la Guardia Civil.

Los hermanos habían vengado a los hermanos.

No poca parte de aquella gloria corresponde en esta acción al denodado sargento D. Vicente Velilla y Medina, como su dignísimo jefe el Sr. Soto reconoció en una comunicación en la que afirma deberse en gran parte el buen éxito de aquella brillante jornada al sargento Velilla y los dos Guardias que le acompañaban.

Desde entonces, como acabamos de decir, hay un sitio más que recuerda las inmortales glorias de la Guardia Civil:

Los campos de Alcantud.

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