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RELATOS: LAS MINAS

  • Escrito por Redacción

INUNDACION-MINA

LAS MINAS.

Vamos á relatar un servicio de los que mas han contribuido por sus circunstancias á aumentar la fuerza moral que es la base mas sólida de la Institucion.

El nos probará una cosa que hemos dicho ya; nos probará que el Guardia civil rara vez tiene mas apoyo que su misma fuerza al prestar en los pueblos sus servicios. Rara vez es secundado por otras fuerzas en las circunstancias mas arriesgadas; porque ese mismo riesgo que en ocasiones dadas hace mas necesario ese auxilio, contribuye al mismo tiempo para que nadie se atreva á prestarlo.

No digamos mas; y sustituyamos á las palabras, los sucesos de esta Crónica que llevarán mejor á nuestro ánimo la prueba de que aquellas son una gran verdad.

—Las nueve eran de la noche del 27 de Noviembre de 1858, cuando el sargento 2.° Ildefonso Lozano Ginés, comandante del puesto de Linares (Jaen) recibió en la casa-cuartel un aviso del alcalde D. Blas José de Mesa, por el que se ponia en su noticia la espantosa catástrofe que acababa de ocurrir en la cercana mina del Romero.

El suceso era este: al caer la tarde de aquel dia, una espantosa nube habia descargado con tanta fuerza sobre el término de Linares que la tierra parecia amenazada por un segundo diluvio.

El agua, encauzando en diversos declives, habia penetrado á torrentes por la boca de la citada mina y socavando rápidamente las arcillosas paredes de su interior, habia producido en breves horas un estrepitoso hundimiento á tiempo en que trabajaban en las galerías subterráneas sesenta y cuatro operarios.

Muchos de los caños de la mina estaban completamente cegados por las aguas; y otros ya conmovidos daban indicios de una cercana y total destruccion.

De los sesenta y cuatro operarios, habian podido salir cuarenta y tres sin grave lesion. Quedaban pues, veintiuno enterrados en vida entre escombros y agua, en la mina del Romero.

Al recibir el sargento Lozano tan funesto parte, dió inmediatamente orden de que le siguieran los Guardias segundos de su puesto Agustin Sanchez Sedano y Sebastian Fuche Morales, y marchó con ellos aceleradamente al lugar de la catástrofe.

Su presencia en él era de una urgente necesidad.

Llegó en breve á las minas y allí entre un numeroso grupo de gentes encontró al Sr. Ingeniero director, algunas de las personas destinadas por el Gobierno para inspeccionar y dirigir los trabajos y á varios de los operarios que habian tenido la suerte de hallar una fácil salvacion.

Todas estas personas fueron de una misma opinion al preguntarles el sargento Lozano su parecer acerca de cómo debería bajar á la mina.

Le manifestaron que todos los pozos y caños estaban obstruidos por el agua y los escombros que caian de los trabajeros; que el hundimiento po Iria hacerse mayor muy pronto; y que no siendo posible bajar al fondo de la mina sin llegar á él cadáver, irian los Guardias á una muerte segura.

Pero estas razones mas ó menos fundadas que la ciencia de los unos y la práctica de los otros manifestaban, no podian hacer que los tres mencionados Guardias dilatasen hasta la luz del próximo dia la operacion de salvar á los veintiun infelices sorprendidos par el hundimiento en las galerías mas angostas y profundas.

Lozano manifestó su firme decision de bajar.

—¡Es su muerte segura!—exclamaron algunos.

Y nadie, ni una de las numerosas personas que allí estaban quiso correr con ellos los riesgos de aquel peligroso descenso.

Allí habia hombres que conocian palmo á palmo la mina; personas ligadas por los vínculos de la familia con los mismos que acaso morían en los subterráneos... y sin embargo, no se alzó una voz para decir á los Guardias:

—Yo os guiaré; yo bajaré tambien.

Aquel grupo de personas aterrorizadas y ropas movidas por el frio viento de la noche, hablaba mucho. Señalaban la mina, explicaban el hundimiento, escuchaban creyendo percibir quejidos de suprema angustia que salían del fondo de la tierra; hacian cálculos acerca del número de los muertos; uno lloraba, rezaba el otro...

Los Guardias no desisten por eso de llevar á cabo el cumplimiento de su deber, bien difícil en aquellas peligrosas circunstancias. No se contagian con el estupor que domina á los que los rodean y caminando á una muerte cierta, se provée Lozano de una luz y seguido por sus dos valientes Guardias Sanchez y Fuche, dá comienzo con segura planta y ánimo sereno á la peligrosa bajada.

La ansiedad que dominó á todos al ver desaparecer de su vista y silenciosamente á los tres veteranos, fué extraordinaria. Todos los corazones saltaron violentamente dentro de aquellos pechos; todas las miradas fijas avidamente en la negra entraña de la mina, pedian en vano á la oscuridad alguna prueba de que un obrero era salvo, de que los Guardias no habian muerto destrozados por un nuevo derrumbamiento.

La mina permaneció callada durante largo tiempo.

Algunas voces llamaron á los Guardias y no fueron contestadas. La luz que llevaban se habia perdido ya completamente.

Lozano y sus Guardias, á poco de empezar el descenso, pisaron la primera planta.

Estaban entonces á las sesenta y cinco varas de profundidad.

Los trabajos iban á empezar y con ellos los grandes peligros.

Allí el agua no les permitió poner con seguridad el pié sobre el desigual pavimento que cubría. Los Guardias nadaron.

Si el lector piensa breve rato en la situacion de aquellos tres individuos, creemos que no podrá menos de concluir admirando su arrojo y humanitaria decision.

Estaban en un lugar que desconocian completamente; nadaban en aguas mas peligrosas que las del mar; y la frialdad de ellas que como es sabido entibia tanto el ardimiento de un ejército cuando por azar de una guerra vadea un rio, no doblegó los bríos de aquellos intrépidos Guardias.

Recorrer los caños y pozos era su pensamiento; pero, ¿cuántas circunstancias de peligro y riesgo de vida no encerraba ese proyecto?

La oscuridad; un nuevo derrumbamiento que les matase ó cortara el paso dejándolos encerrados en aquel sitio; un pié puesto en falso, una vuelta mal dada, un apoyo que cede; una piedra saliente, todo esto y mas podia decidir de sus vidas.

No exageramos pues al decir que lucharon con infinitos peligros que á la cualidad de innumerables unian la de desconocidos. Eran peligros de esos que no pueden preveerse ni admiten que el hombre se prepare para evitarlos: bay que luchar con ellos á ojos cerrados y á merced solamente de la buena ó mala fortuna.

—Bajar es perecer—se habia dicho á los Guardias.

Y ellos decian ahora:

—Subir es honra.

Este subir significaba salvar algunas vidas.

Si se medita en lo que es una vida se la encontrará tan grande que no habrá premio que pague el hombre que pueda decir:

—Ese hombre que veis ahí, vive porque yo le salvé la vida; porque sin mí, estaría á esta hora convertido en sucia tierra ese robusto cuerpo que admirais.

¿Cuántos de nuestros lectores podrán decirlo y no de una vida, sino de diez? La historia del Cuerpo demuestra que son innumerables.

Volviendo á los Guardias de Linares y siguiéndoles en la conquista de una gran página para la Institucion, diremos que conociendo cuanto convendría la prontitud del socorro á los que allí se encontrasen moribundos, duplicaron sus esfuerzos y empezaron á recorrer ya nadando, ya encorvados, ya asidos á las paredes, los caños y pozos en que tanlo abundaba aquella mina de sulfuro de plomo.

Y empiezan entonces á tropezar con lo que buscaban. Encuentran varios cadáveres ahogados unos, heridos otros por el hundimiento; y encuentran tambien séres vivos pero moribundos todos.

De oir eran los gritos que media hora despues lanzaban los grupos formados en la boca de la mina al ver aparecer á la luz vacilante y roja de un hachon, sobre los bordes de la cava, las figuras de los Guardias que dejando allí un cuerpo humano, desaparecían por intérvalos y tornaban á aparecer con otros cuerpos.

La gente se arrojaba anhelante sobre ellos, los examinaba con ansiosa mirada y exclama:

—¡Muerto!—al ver uno.

—¡Vivo!—al reconocer otro.

Cuando los tres heroicos Guardias aparecieron en la entrada de la mina con visibles señales de haber dado fin á su glorioso trabajo, eran doce los cadáveres que el hachon iluminaba de un modo fatidico; y NUEVE LAS VIDAS QUE SE HABIAN SALVADO.

Cinco de estas eran de niño; de niño tambien habia algunos cadáveres.

Al amanecer fueron estos conducidos en carros al hospital, y los seres salvados entregados á sus familias por el sargento Lozano.

Desde entonces, los vecinos de Linares, entusiasmados por tan heroico hecho, siempre que los encontraban á su paso los saludaban y conocian con el nombre de los salvadores de Linares.

¿Qué mas diremos acerca del importante servicio cuya ligera reseña acabamos de hacer?.

Una sola cosa. Llamaremos la atencion de nuestros lectores hácia él, para que vean si aprueba la verdad de lo que al empezar el relato dijimos.

El Guardia Civil está casi siempre solo.

Pero bien es verdad — y Las Minas lo prueban que puede decir:

—Me basto yo.

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