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RELATOS: EL CORTE CINCO

  • Escrito por Redacción

EL-CORTE-CINCO

EL CORTE CINCO.

I.

Era el dia 30 de Mayo de 1855. Las facciones carlistas, últimos restos del ejército que había peleado contra la legitimidad de nuestra augusta Reina Doña Isabel II de Borbón, mantenían aun la alarma en algunos pueblos de España.

Su causa estaba perdida desde que en los campos de Vergara se habían abrazado los Generales Espartero y Maroto y desde que allí sentados estos en unas rotas sillas de paja, firmaron sobre una mesa de pino sin pintar, (1) el célebre Convenio que dio la paz á España.

Sin embargo, de vez en cuando el Gobierno de S. M. tenía noticias ya de que varias partidas amagaban á un pueblo, ya de que otras improvisadas se levantaban.

En Mayo y Junio del mencionado año aparecieron algunas por Aragón y bien pronto corrieron las órdenes necesarias para que todas las tropas disponibles marchasen en persecución de los insurrectos.

El encuentro tuvo lugar en el pueblo de Godos (1) y en el día a que hemos hecho referencia.

El señor Comandante general de la provincia dispuso que cargase primeramente contra los facciosos una columna de caballería de la Guardia Civil y así se verificó, marchando esta con su bizarro teniente á la cabeza, sobre los sublevados.

El combate empezó y la lucha se presentó desde su principio, poco favorable á los carlistas.

Unanle los Guardias de la columna, llamado Mariano Beltrán Aguiran (2), hubo de separarse algo del grueso de aquella, merced á uno de los incidentes del combate.

Vio entonces á tres facciosos que tomaban apresuradamente por un cerro, y sin temer á lo que pudiera sobrevenirle aislándose, corrió tras ellos intimándoles la voz de rendición.

Al oírle, dan los facciosos rienda suelta á sus caballos y Beltrán la da también al suyo que avivado por el ardor de su jinete y ligero como el viento alcanza después de una carrera desesperada á los tres que huyen.

Conocida es ya la fama que el caballo se ha conquistado por su nobleza y clarísimo instinto.

Se le ha visto tomar parte activa en el combate de su jinete, luchando á muerte con el caballo montado por el contrario y siendo dos á un tiempo las luchas, los jinetes y los caballos.

¿Qué inteligencia no revela este solo hecho?

Se le ha visto llorar sobre el cadáver de su dueño tendido en el campo de pelea, y luchar desesperadamente contra los que querían llevarse el cuerpo muerto.

Se le ha visto en medio de la noche anunciar con sordos relinchos la aproximación de los enemigos, así como conocer los de África y América la de las panteras y serpientes.

Se le ha visto después de una larga guerra adquirir un odio profundo al traje de los enemigos; y si una sola prenda de él se le presentaba, arrojarse á ella lleno de ira y enfurecimiento.

Se le ha visto, en la retirada de Rusia hecha por Napoleón después de la batalla de Moskowa, arrojar su aliento sobre el rostro de su jinete que había caído en la nieve aterido por el frio; frio tan fuerte que como es sabido, hacia caer las narices de muchos soldados del Imperio.

Se le ha visto, en innumerables ocasiones, perder la vida para salvar á su amo, corriendo hasta caer muerto de fatiga.

Cuentan de un caballo del Duque de Alba, en las guerras de Flandes, que al ver rodar hasta él una bomba próxima á estallar, bajó su vientre hasta tocarla, salvando así la importantísima vida de su dueño, pues los cascos de la bomba se hundieron en los intestinos del noble animal.

Y en fin, proverbiales son ya como hemos dicho la nobleza, lealtad é inteligencia de esa raza.

Un Emperador romano de los tiempos antiguos, llegó á tener en tanta estima su caballo, que lo nombró Cónsul de la República haciendo que todos le reconociesen como tal.

II.

Viéndose el Guardia Beltrán tan separado ya de la columna, se decidió á concluir de una vez con los que perseguía.

Les presenta combate con decidido arrojo; y al trabarse la escaramuza, huyen dos, mientras Beltrán combate con el tercero, obligándole á abandonar su caballo y espada.

Toma solamente su trabuco y huye con extraordinaria precipitación por un barranco de difícil paso para el caballo del Guardia.

Síguele este sin embargo, y vuelve á alcanzarle al fin de aquel camino. Pónesele entonces en frente el faccioso, admirado de aquella tenacidad y le dice:

—Si pasas de este sitio mueres (1).

Beltrán le contesta:

—Haga usted, si quiere, uso del arma que lleva, ó ríndala; pero yo no vuelvo á incorporarme á la columna, sin llevarme la persona de usted por delante.

Al oír esto, dispara el faccioso su trabuco sobre el Guardia; este cierra con el carlista á cuchilladas y esgrimiendo su espada á tiempo que con la otra mano dirigía el caballo, prepara el corte cinco y abre con él la cabeza de aquel enemigo de la Reina y de la tranquilidad pública (1).

Busca entonces Beltrán con su mirada á los otros dos, y no viéndolos, vuélvese hacia Godos.

Los facciosos habían sido dispersados.

Y á tiempo que esto sabia, Mariano Beltrán, daba cuenta á sus Jefes D. Pedro Marta (de Sección) y D. Escolástico de Domingo (de la provincia), del servicio que acababa de prestar y nosotros de reseñar, como importante, en nuestro libro.

CRONICAS ILUSTRADAS DE LA GUARDIA CIVIL - 1865

 

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